Cada año voy tres o cuatro veces a mi ciudad, donde paso entre uno y dos meses. Mi ciudad es Ceuta. Allí asisto a la misa en mi parroquia, la iglesia de Nuestra Señora de África; es por eso que puedo decir que conozco al sacerdote de quien les voy a hablar, aunque él, si acaso, solo me conoce de vista. Me he confesado con él y he escuchado muchas de sus predicaciones. Su nombre es Jesús Francisco Molina, un sacerdote joven que no llega a los treinta años y que hace días ha salido a la palestra mediática y al anfiteatro, donde las fieras, esta vez lobos disfrazados de cordero, se le han echado encima para devorarlo. Estoy seguro de que el P. Jesús no tiene miedo a las fieras ni necesita la defensa que voy a hacer de él. Pero yo, en orden a la justicia, sí necesito defenderlo.
Todo empezó cuando ante un micrófono de televisión sentenció el P. Jesús dos cosas: la primera: «Hay un orden en la caridad: primero al prójimo, que es el próximo, después a los otros». La segunda: «La labor esencial, primordial de la Iglesia es atender a los fieles en orden a sus necesidades sobrenaturales». Cuando escuché estas palabras, que yo ya conocía por sus predicaciones, sabía que sería blanco de las fieras, y ya intuía que las fieras más despiadadas serían los lobos que se han hecho con el disfraz Premium de cordero: los cristianos woke. Una serie de medios, revistas, periódicos cristianos, cuyos colaboradores ni son del mundo ni están en el mundo. Aunque sería mejor decir que, no sabiéndolo ellos, estos cristianos están en el mundo mucho más de lo que creen, asolándolo y destruyéndolo con su visión ingenua e irresponsable de un cristianismo que se alía en la misma trinchera que un podemita. Son grupos “cristianos” que asumen y propagan todo el pack de la ideología woke, y que, sin saberlo, apelando a un evangelismo “puro”, y a una caridad “sin fronteras”, “sin límites”, se alían con las fuerzas del capitalismo feroz cuya máxima es el reemplazo de la población europea por mano de obra barata; un capitalismo que pretende como fin indiscutible, arrasar con la justa, bella y buena doctrina social de la Iglesia, una doctrina social fruto de la unión de los evangelios con la reflexión teológica y la Tradición; unión que da como resultado un orden en la caridad indubitable, tal como defiende santo Tomás de Aquino, san Agustín, nuestro catecismo actual, y el Padre Jesús Molina. Ha habido artículos contra el P. Jesús especialmente delirantes y falseados, maliciosamente tendenciosos, sobre todo el de “religióndigital”, titulado “Jesús Francisco Molina o la negación del prójimo”. En este artículo se dice que las declaraciones del P. Jesús traicionaban tanto el mensaje de Jesús como el de los Padres de la Iglesia. Quien escribió ese artículo debe desconocer que san Agustín es el gran Padre de la Iglesia, quien habló claramente del orden de la caridad en su obra Doctrina christiana, Capítulo 28, Libro III, donde es inequívoco el santo al afirmar que el cristiano debe amar primero a los suyos (a los más cercanos), debiendo atender primero a aquellos que, por disposición de las circunstancias de la vida (lugar, tiempo, lazos de parentesco o relaciones), nos están “más estrechamente vinculados”. El ataque furibundo al P. Jesús por parte del articulista y los directores de esta revista —y de otras— saca a la luz, de forma tendenciosa, entre otros, este pasaje evangélico: “Tuve hambre y me disteis de comer, fui extranjero y me acogisteis…”. En este pasaje, Jesús de Nazaret abraza las leyes de la hospitalidad que ya estaban en el mundo antiguo, en La Odisea de Homero, en los beduinos, en los pueblos germanos… Estas leyes obligaban moralmente a dar acogida al extranjero, alimentarlo y acogerlo en tu casa, pero a los pocos días, el que acogía te proveía de comida y bebida para varias jornadas y tenías que irte. Y el mismo Jesús también lo hizo; Jesús se fue de los lugares donde le acogieron. El sesgado y delirante artículo cita también a Juan Crisóstomo, a san Basilio, a san Ambrosio, quienes escribieron durante la caída y decadencia del Imperio. No existían naciones ni nada que se le pareciera, por eso apelan a ese mundo sin fronteras. Pero no citan a San Agustín, quien, viviendo en esa misma época de la decadencia del Imperio, sí vio con lucidez lo que podría venir después: un orden de Estados o de Imperios. Este ordo caritatis que abordó san Agustín fue tratado nueve siglos después exhaustivamente por santo Tomás de Aquino en la Summa Theologica, en la II-II, Cuestión 26, especialmente en los artículos 6-13. La caridad no solo permite, sino que exige un orden (artículo 6); los vínculos de parentesco, amistad y la condición de compatriotas constituyen razones para una mayor intensidad de amor y responsabilidad. Los artículos que han arremetido contra el P. Jesús Molina obvian no solo a estos santos y doctores de la Iglesia, sino también al mismo san Pablo: 1 Timoteo 5,8: «Si alguno no se ocupa de los suyos, y sobre todo de los de su propia casa, ha renegado de la fe y es peor que un infiel«. Gálatas 6, 10: «Por tanto, mientras tenemos tiempo, hagamos bien a todos, pero especialmente a los de la familia de la fe». Y las críticas al valiente sacerdote escamotean también al mismo Catecismo de la Iglesia católica, que en su número 2239 sigue fiel a la enseñanza tomista del ordo caritatis, que llega hasta la defensa militar legítima como consecuencia del amor (2308-2310). Por citar solo una frase de las muchas de estos números del catecismo: «El amor y el servicio de la patria forman parte del deber de gratitud y del orden de la caridad». El catecismo, al igual que santo Tomás, enseña que primero hay que amar a Dios, después a uno mismo para salvar la propia alma; y estos dos primeros amores son de orden sobrenatural. El P. Jesús no se equivocaba respecto a la importancia del orden sobrenatural. Solo después se sitúa el amor al prójimo, ligado esencialmente a los dos primeros amores, y dentro del amor al prójimo existen deberes prioritarios hacia quienes están más estrechamente vinculados a nosotros (familia, conciudadanos…). Muchos se empeñan ahora en examinar la “estructura de pecado” en la que vive el mundo; pero ahora lo que se vive en Ceuta es una situación tan límite que uno se ve forzado a elegir. O ellos o los míos, porque no somos ingenuos: acoger por un largo periodo de tiempo a una población que supera con creces las posibilidades de una ciudad va a hacer que pronto venga otra invasión y entonces o perderemos Ceuta o habrá inevitablemente un conflicto armado. La racionalidad de la misma fe exige evitar el mal mayor.
Contra los «ciudadanos del mundo»
La inquina contra el P. Jesús Molina procede de que este sacerdote ha proclamado la doctrina de la Iglesia y la doctrina social de la Iglesia, la gran unión entre los evangelios, San Pablo y la teología. Pero el núcleo verdadero es que estos cristianos woke se escudan en el evangelio como arma arrojadiza contra los que consideran “extrema derecha” (es decir, todos los que no piensen como ellos). Y el verdadero quid de la cuestión es que sueñan con hacer un mundo apátrida; su sueño es hacer un mundo sin fronteras de ninguna clase, como termina el artículo que intentamos demoler: “sin fronteras, sin exclusiones, sin coartadas”. Dicho de otra forma, desean convertirnos en “ciudadanos del mundo”.
Ser ciudadano del mundo no solo es un sueño delirante woke, es una aberración moral. Y ahora dejamos al joven, valiente y sabio P. Jesús para meternos de lleno a criticar este núcleo que persigue el progre woke: ser “ciudadano del mundo”.
Nuestro egoísmo más primario no alcanza cotas de tan refinada inconsciencia como cuando decimos algo así: “Mi patria son los libros, y nada tengo que ver con el patán de mi vecino. Más hermano mío es un lector de Faulkner albanés o nigeriano que este gañán español, sobre todo si es facha”. Seguro que muchos hemos sido autores de frases similares en algún momento de nuestras vidas. La solidaridad y el aprecio hacia el que —la mayoría de las veces sin conocerlo— comparte supuestamente nuestras afinidades son comprensibles hasta cierto punto, y lo son porque los seres humanos, sin una fuerza superior que nos una, somos insolidarios y egoístas por naturaleza con los seres más próximos. Los cristianos woke eluden así la solidaridad con los más próximos, porque en realidad los detestan. Pero de forma muy especial, el sentirse unido a otro ser humano gracias a un nexo libresco o “cultural” denota un elitismo de etiqueta que resulta especialmente deplorable. En su libro El infinito en un junco, Irene Vallejo suele hablar de “familia de los lectores”, de “tribu de los lectores”; esto no es sólo una expresión de la autora de este –pese a todo- interesante y hermoso ensayo, sino que trasluce un particular orgullo narcisista muy extendido en considerarse un ciudadano o ciudadana del mundo, orgullo incrementado si esa cadena familiar o tribal tiene como eslabones los libros, la “cultura”. Suelen ser seres tan pueriles que ni siquiera consideran que el “ciudadano” sólo tiene sentido, fin y función en una patria. “Ciudadano del mundo” es una expresión tan imposible como “nación de naciones”.
Desconociendo por completo el verdadero sentido y significado de “patria”, estos ciudadanos del mundo vienen a creer que sus auténticos compatriotas son aquellos que comparten sus afinidades electivas, por lo que su clasista patria de diseño —y de sueño— se convierte en una universal bañera de espuma en la que chapotean los “ciudadanos del mundo”, sean estos españoles, turcos, esquimales, intelectos agentes o inteligencias marcianas.
Sin embargo, los ciudadanos del mundo se confiesan muy generosamente abiertos a otros seres menos refinados que ellos y ajenos por completo a sus propias afinidades. El requisito suele ser uno: que pertenezcan a otras culturas, África, India… Y si son moros, la simpatía crece. Los cauces que los unen a estos otros seres suelen ser las películas, viajes de placer o la imposibilidad de amar al cercano, al próximo, para lo cual deben necesariamente sublimar al lejano, pues un ser humano no puede vivir sin amar o sin creer que ama.
Podemos entender que haya cierta desafección por el prójimo, ya que de este ser próximo se oyen sus gritos, los ladridos de su perro, sus defectos se ponen en evidencia a diario ante nuestros sentidos, sus frases en momentos de enfado. La de los lejanos, no tanto. Suele pasar lo mismo con las edades del hombre: santificamos la infancia o la juventud porque los gritos, las amenazas, los malos olores que en ella padecimos ya pasaron.
La Europa que Stefan Zweig añoraba en El mundo de ayer y la incitación al cosmopolitismo que rezuma dicho libro pueden ser algo muy bello, pero aquella Europa y aquel mundo de Zweig no eran sino el mundo de unos intelectuales adinerados. El desprecio a lo próximo y la empatía hacia lo lejano no hacen sino cavar el inmenso y eterno hoyo en el que se siembra el egoísmo humano. La patria celeste del cristiano podía ser para muchos una tierra lejana, pero jamás se dijo que a dicha patria celeste podría accederse despreciando al prójimo como próximo, sino sólo a través de él y con él.
Al igual que el elitista y clasista ciudadano del mundo, el comunismo impulsó en su origen un movimiento apátrida con el lema “proletarios del mundo, uníos”. En este caso, la patria ya no se fundaba en el terruño de papel de lo libresco sino en el azadón y el martillo. Comparados con los primeros, estos segundos, puestos en el contexto de su época, me resultan menos desagradables. Pero lo peor de todo es que los elitistas ciudadanos del mundo, los pijos de las ONG y los magnates que las sostienen, suelen simpatizar con el comunismo de etiqueta, no siendo nada difícil encontrar a globalistas multimillonarios despreciando a su vecino albañil. Se agazapa tras el globalista ciudadano del mundo, la voladura con dinamita de los lazos de solidaridad, de los eslabones que unen a los nuestros, la voladura de la soberanía de las naciones.
Esa es la táctica que demuele la idea solidaria de patria. Cuando en España invertebrada se quejaba Ortega y Gasset de esa carencia de proyecto comunal en suelo español, señala el filósofo esto mismo: falta de solidaridad que lleva a la falta de unidad, porque la caridad es amar la multiplicidad que nos rodea de forma más inmediata, y la unidad, cuando falta la caridad a lo próximo y múltiple, es sólo un aparato de juguetería.
San Pablo hablaba de los dones diversos que el Espíritu otorgaba a los miembros de una comunidad; de ahí que san Ignacio de Loyola o Huarte de san Juan insistieran en reconocer esa multiplicidad de dones, de capacidades diversas para fundar una patria. La unidad no es algo monocolor sino precisamente asunción de lo múltiple en base a un fin: el crecimiento moral y espiritual de los miembros de una patria junto con el desarrollo material. El cosmopolitismo es sólo una huida de lo real para despojarnos de lo nuestro y sobre todo de lo más nuestro, que es nuestro impulso moral a la cooperación con el próximo y al amor hacia él.
La modernidad, que nos ha servido en bandeja de plata la cercanía de lo lejano, opera nublando el panorama y creando el espejismo de que es más necesario e incluso más noble entenderse con el de allí que con el de aquí. Pero es un engaño, un espejismo tras el cual se esconde la más feroz ideología desenraizante y desvinculante. Todo proyecto común empieza con lo pequeño, desde la armonía de cada ser humano consigo mismo, con su familia, su municipio, su patria. Y el movimiento se realimenta en dirección contraria; la patria ha de fomentar la armonía del municipio, de la familia y de cada persona en su aspecto moral, espiritual y económico. Esto es un ideal, pero como todo gran ideal coincide con la realidad y con la naturaleza, mientras que el cosmopolitismo, bien publicitado como el más noble ideal, no es sino la más brutal ideología: el idealismo, que nos sitúa fuera de la realidad y nos hace despreciarla. La máxima tan sencilla del evangelio: “Ve primero a reconciliarte con tu hermano” esconde el alto ideal moral y espiritual de la patria; así como, por el contrario, el ideal de la modernidad y del progreso es hacer añicos ese fin por medio del cosmopolitismo pánfilo.
Como hemos apuntado en la primera parte de este ensayo, cuando el cristianismo se desarrolla en sus primeros siglos de existencia, carece de patria, se asienta en comunidades y en familias, pero en una etapa posterior adquiere forma en el Imperio romano, y cuando este cae, permanece vivo en otros imperios y en otras patrias. El catolicismo ha sido así, el fundamento del bienestar y del crecimiento moral y espiritual, y también del material. Por ello, los cosmopolitas y los despreciadores de la patria, aquellos que creen tener más que ver con un lector de inglés de Balzac que con su vecino del tercero, tienen como auténtico enemigo al catolicismo, y por ende, al P. Jesús Molina, como representante fiel del catolicismo. No soportan su presencia porque les está mostrando, contrariamente a lo que ellos creen, su egoísmo, su ceguera, su ideología destructiva y les señala en cambio el alto ideal de la caridad y de la solidaridad de la cercanía, y una vez cumplida esta, atenderé al otro, porque nadie niega la dignidad de toda persona, ni el Padre Jesús, ni santo Tomás, ni el catecismo. Eso es lo que creen los desnortados cristianos woke.
Por todo esto, no nos extraña que nuestro actual gobierno y revistas “cristianas” pretendan crear división entre los miembros de la patria, de una forma tan evidente. Es la forma de alejarnos de un proyecto común, moral, espiritual y material; creen que alcanzarán sus fines, unos fines que ni siquiera son ya los suyos, sino los de sus mecenas woke. Pero en su odio bien perfumado y en su supina ignorancia no se dan cuenta de que la ruina moral a la que nos conducen habrá de servir para que aquello que quieren derribar, el catolicismo y la doctrina de la Iglesia, salga fortalecido. Y entonces rabiarán, más de lo que ya rabian.