Ceuta, una composición de lugar

Tengo serias dudas de que todo esto no sea un circo

Tiago es uno de los escasos amigos portugueses con el que conservo cierto hilo comunicativo. Nos conocimos en Cabo Verde en 2018. Y tras nuestra victoria en el pasado mundial, algo que según me dijo padeció en demasía –además, les eliminamos en octavos–, me devolvió de forma concreta nuestro éxito internacional: “Si no os hubiéramos dado Ceuta la habríamos defendido bastante mejor que vosotros”. Avergonzado, le dije que tras casi dos décadas recorriendo Asia, ando algo alejado de la geopolítica española, la cual, y viendo los acontecimientos, parece no transitar por su mejor momento. 

Porque Ceuta fue portuguesa. Medio siglo, hasta que España vio en los ceutíes de la época un afán españolista sobresaliente: decidieron ser españoles aunque los portugueses se acabaran de independizar de nuestro reino. Según cuenta la historia, Juan I de Portugal conquistó Ceuta el 21 de agosto de 1415 gracias a la intensa niebla, en la que los lusos siempre han sido especialistas, dado su clima –y humor– profundamente nublado. El Sultanato Benimerín, en esa época, controlaba, de aquella manera, la zona. Por cierto, si en agosto son típicas las neblinas, hoy –4 de agosto–, el sol impera, incluso en la playa de la Ribera, alejada del epicentro de la invasión de 70.000 marroquíes, donde ocho de ellos rellenan sus botellas de agua de las duchas municipales, sitas a escasos metros de la orilla en la que una señora embutida en un pareo aprovecha para retirarse la arena de los pies. Uno de ellos, lleva la camiseta de la selección española. Dos van descalzos. Otros tres se bañan vestidos muy cerca de la orilla. Y uno que parece menor de edad hace el pino sin camiseta contra la pared de un chiringuito. El caos es evidente. 

La llegada al puerto de Ceuta, suave como la seda. Aunque lo llamativo fue corroborar cómo en el barco con capacidad para 428 pasajeros éramos 38, la práctica totalidad árabes. “Es agosto, temporada alta. Tendríamos que comenzar la feria hoy mismo, pero las autoridades la han cancelado. Además, muchos ceutíes que residen en la península, nos visitan en estas fechas para estar con sus familiares. Pero todo se ha ido al garete. Nadie ha venido. Y cero turistas. Las playas están vacías y las reservas de hotel han sido canceladas. ¿Quién pagará este agujero económico?”, me comenta Marián, una ceutí de nacimiento que aunque asegure que la convivencia con los marroquíes siempre ha sido correcta, es imposible sostener una ciudad de 80.000 habitantes con cientos de ilegales que acceden a diario sin que la policía se esfuerce en sacarlos. “Si disparamos una sola vez y algún marroquí muere, la Unión Europea nos sancionará. Por eso nadie hace nada. Eso sí, manifiéstate a favor de la unidad nacional o en contra de Pedro Sánchez y verás cómo alguna porra podría astillarte el húmero y el radio”, aseguró Marián, muy indignada. 

Si caminas a través de la peatonal Gran Vía se observa, sin temor a estar padeciendo un brote de visión lisérgica, cafeterías llenas, dentro y fuera, de marroquíes machos –ni una sola dama; ¿dónde quedó la igualdad ibérica?– consumiendo cafés y tés morunos. En el colmo de la locura, como si Buñuel estuviera guionizando este martes de agosto, un joven alauí, descalzo, tapa su torso con una camiseta de la Guardia Civil, la cual no es, precisamente, de los chinos. Alucinante. 

En La Paloma, uno de esos negocios donde la mujer marroquí no aparece ni para recoger las tazas vacías con restos de hojas de hierbabuena, Hassan parece estar dando una charla a sus cuatro amigos. Me acerco. Cuando le digo que soy periodista, se levanta y me abraza. Habla español perfectamente. Parece un político. “Estoy triste. Muchos hermanos entraron ilegalmente. Y claro, no pueden quedarse. Lo entiendo todo, amigo. Lo entiendo”, me asegura. Mientras me voy, todos sonríen. Tengo serias dudas de que todo esto no sea un circo. Un circo donde ya van algo más de cien fallecidos, todos marroquíes, que han muerto por ahogamiento –muchos escriben y leen de aquella manera y no saben ni nadar; ¿estamos seguros que esos que saltan la valla son los que vienen a pagarnos nuestras pensiones?– cuando otros, y esto me lo asegura un empleado del Hospital Universitario de Ceuta, al que cacé en el restaurante Baco, donde el bacalao es fabuloso, agranda la desidia: “Alguno ha fallecido por ahogamiento… con medio kilo de arena dentro de los pulmones y las fosas nasales. Llegaban sin fuerzas, y se tiraban de cara contra la arena. Lamentable”. 

Conforme más me acerco al paso fronterizo de chichinabo que España ha permitido con Marruecos –ahora existe una especie de flotador gigante e inservible, porque si la meta era que no accedieran personas a nado todo parece ahora preparado para un campeonato de natación en aguas abiertas donde el plástico naranja hace de límite–, las personas con las que me topo, siempre en grupos de dos, cuatro, seis e incluso ocho, suelen ir descalzas e incluso descamisadas. No se observa mujer alguna. Ni niño. Todos son adultos, y todos te miran y realizan gestos. “Los que se han quedado, que siguen siendo miles, tocan a los porteros de los edificios para que les abramos. Buscan techo. Lo increíble es que detrás de la frontera marroquí no es esa misma zona desprestigiada de hace décadas. Hoy existen muchas fábricas y los nativos suelen disponer de trabajo”, me asegura Marian. Por lo que debe ya de quedarnos claro es que esos setenta mil alauíes estaban tan teledirigidos como la marabunta de La Marcha Verde que el 6 de noviembre de 1975 cruzó la frontera marroquí para quedarse con el Sahara español, acción que organizó el rey Hassan II, el cual, a posteriori, fue un gran amigo de Juan Carlos de Borbón. 

Hoy su hijo, Mohamed VI, que suele moverse más entre Francia, Alemania y Gabón, y que colecciona coches de lujo Lamborghini, ha sido la persona que ha organizado, o al menos permitido que 70.000 marroquíes accedieran a España como si todo el monte fuera orégano, señal de lo que vendrá después si no existe freno. Pedro Sánchez, nuestro presidente, no sólo ha mirado para otro lado sino que ha enviado 25 millones de euros exprés para los nuevos menas. Marruecos, por cierto, sigue permitiendo que muchos de sus habitantes convivan con un ostracismo económico permanente mientras su rey amasa, según Forbes, unos 7.000 millones de dólares –lo contabilizaron en 2015; hoy atravesamos 2026–, cuando todo el mundo sabe que el tráfico de hachís que, a veces, sega la vida de mileuristas guardiaciviles españoles atrapados en patrulleras del siglo pasado, lo maneja esa Casa Real que ahora adula a los EE.UU. e Israel, auténticos interesados en controlar el estrecho desde los dos lados: el ceutí, cuando sea marroquí, además de Gibraltar, que es británico, o sea, proamericano. 

Antonio bebe un Ribera del Duero en la Esquina Ibérica donde hoy no ha entrado pescado fresco. La clientela asume, en una especulación constante que tanto se parece a la de los platós televisivos, que por culpa del caos reinante no se ha podido faenar. Sea como fuere, acarrear con toneladas de hierro hasta Ceuta dentro de un barco atravesando el Estrecho, suele ser positivo salvo si al llegar, las autoridades han cancelado la Feria de la ciudad, que en los últimos cien años sólo se suspendió durante la pandemia de 2020. “¿Quién va a pagar este desastre? No es que no vayamos a facturar, es que hemos perdido lo invertido. Vengo de hablar con las autoridades, que tratarán de hablar con Moncloa. Nos arruinamos”, me aseguró. ¿Y los chiquillos? ¿Quién les devuelve su semana de cachivaches y sus algodones de azúcar? Porque sin los reyes son los padres, el infierno son las autoridades. 

Mujeres bailan durante la ofrenda de flores a la Virgen de África, en Ceuta, el martes cuatro de agosto

Begoña, abuela de dos mostrencos de once y nueve años, lo tiene claro: “Nuestra familia no tiene dinero para ir a la Feria de Málaga. Y esto nos destruye como pueblo. Porque si no podemos decidir nuestras fiestas patronales, mal vamos. Que bastante tenemos cuando los moros apedrean a nuestro Cristo de Medinaceli”. Según la hemeroteca y varios vecinos consultados, han sido ya varias veces las que ceutíes de origen marroquí, se han molestado cuando El señor de Ceuta, ha salido en procesión desde un barrio del Príncipe donde hace años que no entra el repartidor del Telepizza porque le roban la moto. allí sólo viven ceutíes islámicos. ¿Dónde queda la alianza de civilizaciones, propuesta por Zapatero?

La Plaza de África es el centro neurálgico de Ceuta. Además de la Catedral de la Asunción, está situado el Santuario de Nuestra Señora de África, el ayuntamiento y el Parador de Ceuta, donde no queda Coca Cola ni vino blanco de Rueda. La camarera, de cabello rubio mostaza, nos lo explica: “Es que no están llegando los barcos. Hay retraso. Con todo este lío faltan cosas. Imagino que en dos o tres días volverá todo a la normalidad”. 

Dentro de la cafetería, numerosos periodistas patrios –también los hay franceses, británicos, alemanes y portugueses–, obstruyen, por el empalagoso mundo del corporativismo, el tratar de estar solo y buscar noticias para, a cambio, tomar cafés y darse los WhatsApp. Mientras, un amigo de Madrid votante de izquierda me envía un mensaje claro y conciso: “Y aunque vuelvan a entrar, no hay que pegar tiros. Eso nunca”. 

Cae la noche. Y tras el final de ofrenda floral a la Virgen, con cientos de nativas ataviadas con trajes de gitana, todos los negocios de hostelería de la Gran Vía y la calle Real están completamente colapsados. A su vez, cientos de ilegales pasean por la misma zona la cual ofrece una postal extrañísima, que se eleva a la lisergia cuando militares, policías y guardias civiles, hacen lo propio por la misma zona. Uno, que presume de haber viajado y vivido, olisquea la imagen que me acerca a Beirut e incluso a Trípoli. ¿Qué futuro le espera a Ceuta? Nada halagüeño, supongo. 

La cajera de un supermercado –no digo cuál, por las represalias– me cobra el kéfir y el agua mineral, dignos productos para cerrar el largo día antes de cepillarme los dientes y acostarme. Como hablo con todos, le pregunto qué tal ve la cosa. Y tras intimar, todo lo que se puede intimar en dos minutos, me lo suelta con claridad meridiana: “No nos preocupa que llegue VOX, sino Marruecos. Porque a los políticos se les puede sacar cada cuatro años”. ¿Te gustaría tener un pasaporte marroquí?, le pregunto. “Pero qué dices. Si hasta ellos se escapan de Marruecos y solicitan la nacionalidad española. ¿Estás loco?”. Mientras charlábamos, dos ceutíes que hablaban árabe, pidieron un botella de DYC 8 años. No hay nada como la globalización alcohólica.  Desde la habitación número 2 de la Pensión La Bohemia, la cual da a la misma calle Real, se escucha, hasta altas horas de la madrugada, el árabe. Algunos gritan. Y muchos duermen en la calle. Son marroquíes abandonados a su suerte por un monarca, sátrapa hasta la médula, que no presta la más mínima atención a sus súbditos, algo que sí lleva haciendo España desde que tengo uso de razón. De hecho, Moncloa sigue luchando contra el fantasma de Franco –se murió en una cama, de viejo, hace ya 51 años–, mientras mejora a dictaduras incomprensibles: la china, la venezolana, la iraní y, cómo no, la marroquí. Porque si algo exporta España, además de vino y aceite de oliva, es locura colectiva. Al menos, Europa ya está al acecho, porque nuestras fronteras no se defienden.  

Joaquín Campos (Málaga, 1974), es escritor y reportero. Desde 2007 lleva residiendo en Asia (China, Camboya, Tailandia, Indonesia) cuando en la actualidad lo hace en Japón. Sus obras basculan entre géneros tan diversos como los diarios, el relato periodístico, la novela y la poesía. Escribe para medios sobre geopolítica y religión.

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