Tiros y swings

Nadie que guste del campo, de la naturaleza, de los libros buenos, debería dejar de leer el apasionante relato de Richard Adams

Día lento y grávido, de manso cielo aplastado y bajo.

            Estoy viendo practicar el golf a un grupo de dispersos jugadores, en un campo de las afueras de Madrid, a la caída de la tarde. Los golfistas ensayan tiros y swings; sus lejanas figuras se recortan sobre el paisaje como las de los «hombres cerilla» de los cuadros de L. S. Lowry, trasplantados de los desangelados fondos industriales característicos del pintor a este desvaído y melancólico marco semirrural. En el aire quieto resuenan, secos y eléctricos, los chasquidos de sus palos cada vez que hacen impacto: «¡Tac! ¡Taac! ¡Taaac!».

            El terreno de juego es vasto: lomas de hierba compacta y parda, sucedidas de sinuosas hondonadas que se hunden y vuelven a emerger, rodando como pesadas olas de pasto inerte hacia el horizonte, en cuya línea hay un largo jirón de luz anaranjada que traza un gajo entre la tierra y el vientre plomizo de las nubes fatigadas.

            Llega el crepúsculo. De pronto, cerca de mí, saltan y corren —flechas de pelusa entre los arbustos— dos conejos. Son de verdad, pero son también como de cuento: las blancas manchas de sus colas se yerguen, en la retaguardia de sus ágiles cuerpecillos del color de la ceniza, como borlas sacadas de una polvorera. Y ya se han esfumado.

            Richard Adams les dedicó a los conejos una de las más maravillosas historias que en mi vida de lector he disfrutado: la novela La colina de Watership; una odisea animal de desahucio, peregrinación y arribo a Tierra Prometida, en la que los conejos son los protagonistas, con sus nombres y sus gestas, sus actos heroicos, su historia de supervivencia. Nadie que guste del campo, de la naturaleza, de los libros buenos, debería dejar de leer ese apasionante relato del «comandante Bigwig» y sus huestes en diáspora.

            Pero ya me he despistado, y a punto está de descender el telón de sombras de la noche. A finales de una tarde como esta, hace hoy bastantes años, me vino un poema inspirado no por conejos, sino por mis perros Pancho y Yul, en el Cerro de Santa Catalina, en Gijón.

            Solo en la terraza del club de golf, desecho un recién fumado cigarrillo en el hueco de cartón de mi vaso de café vacío, dejo caer el vaso en la papelera, y cierro la jornada recordando, como si contemplara con el ojo de mi mente los gastados colores y los contornos desdibujados de una postal antigua, las imágenes —en lenta fuga hacia el olvido— de aquella pieza gijonesa.

                        FUERA DE TEMPORADA

                        Mis perros bóxer giran

                        alrededor del prado,

                        olisqueando la hierba

                        con un barrido simultáneo

                        de círculos opuestos.

                        Mirándolos,

                        sus movimientos adquieren

                        un algo casi como

                        de ballet.

                        Está empezando

                        a hacer frío.

(Ilustración: detalle de Perros corriendo en el prado, de Paul Gauguin)

Roger Wolfe (Westerham, Kent, 1962) es poeta, narrador y ensayista. Autor, entre otros libros, de «Días perdidos en los transportes públicos», «Hablando de pintura con un ciego» o «El arte en la era del consumo».

Más ideas