¿Por qué la extrema derecha, derecha soberanista, o como se quiera llamar, es ya primera fuerza en países cercanos? ¿Ese despegue entre 2024 y 2026 de RN, FPÖ o AfD se debe al cordón sanitario o a otros motivos? Para entender qué está pasando hay que mirar el territorio, la organización interna de los partidos, la sociología de sus electorados y la lucha entre las distintas élites que compiten por controlar la organización.
El marco de moda es la ventana de Overton que, aunque resulta útil, no es definitiva. Viene a decir que los políticos normalmente reaccionan ante el espacio de posibilidades que perciben en la sociedad. Pero Joseph Overton no explica cómo partidos pertenecientes a una misma familia ideológica pueden seguir trayectorias completamente distintas. Algunos se moderan, y crecen, alcanzando una importante implantación electoral y territorial. Otros, incluso después de entrar en las instituciones y participar en gobiernos de coalición, conservan o incluso acentúan su dureza.
Robert Michels explicó la ley de hierro de la oligarquía que, aunque resulta demasiado general para explicar por sí sola la evolución de un partido, afirma correctamente que cuando una organización crece, aparecen dirigentes profesionales y grupos con intereses y estrategias diferentes.
Una posible clave está en el territorio, en la implantación territorial. Para Angelo Panebianco, un partido no es simplemente un conjunto de votantes que comparten una ideología. Es una organización en la que existen dirigentes, cuadros, militantes, representantes institucionales y grupos con recursos diferentes. Y da un paso más: lo importante no es solamente que exista una élite, sino qué coalición consigue controlar la organización.
Esto permite distinguir entre éxito electoral e implantación territorial. Un partido puede obtener muchos votos sin disponer de una estructura local profunda. Puede tener diputados y aparecer diariamente en televisión sin tener concejales, alcaldes, militantes y cuadros repartidos por el territorio. La situación cambia cuando el partido comienza a construir una verdadera infraestructura territorial.
El primer Frente Nacional de Jean-Marie Le Pen constituye un buen ejemplo. Durante los años ochenta seguía siendo una fuerza marginal. En 1986 alcanzó casi el 10% y consiguió 35 diputados gracias al sistema proporcional. En las presidenciales de 1988 llegó al 14,5% y en 2002 a casi un 17%, pasando a la segunda vuelta. Pero obtener votos no es lo mismo que controlar el territorio.
El FN tardó mucho más en construir una red local comparable a su creciente importancia nacional. Con el tiempo comenzó a conseguir alcaldías y concejalías. En 2014 las listas apoyadas por el partido consiguieron doce alcaldías y, en las regionales de 2015, el FN alcanzó casi el 28% en la primera vuelta y el 27% en la segunda. La construcción de bastiones locales fueron importantes precisamente porque permitieron al FN dejar de ser solamente un partido nacional de protesta y empezar a presentarse como una fuerza capaz de administrar territorios.
La comparación con Jörg Haider resulta oportuna. El FPÖ encontró en Carintia un territorio donde podía convertir una corriente política en poder institucional. Haider llegó a ser gobernador en 1989 y volvió a ocupar el cargo después de las elecciones de 1999, cuando el FPÖ consiguió el 42% de los votos y 16 de los 36 escaños. En 2004 volvió a obtener alrededor del 42,5%. Lo interesante es que en 2004 el FPÖ obtenía más del 42% en Carintia mientras a escala nacional había conseguido un poco más del 6% en las elecciones europeas de ese año y venía de obtener solo el 10% en las legislativas de 2002.
Un territorio puede convertirse así en un laboratorio político. Se crean cuadros, redes, cargos públicos y experiencia de gobierno. Una organización puede ser débil nacionalmente y, al mismo tiempo, disponer de una estructura extraordinariamente fuerte en determinados territorios. Pero el territorio no determina la ideología. Lo que hace es proporcionar recursos.
Aquí pueden aparecer dos trayectorias. Por un lado, una élite puede considerar que la radicalidad fue útil para entrar en el sistema, pero que ahora constituye un obstáculo para ampliar el electorado y llegar al Gobierno. Otra puede considerar que precisamente esa radicalidad es el principal activo del partido. Moderarse demasiado significaría perder militantes, votantes y la propia identidad de la organización.
El caso francés permite observar una estrategia de normalización progresiva. Marine Le Pen llevó muy lejos la dédiabolisation iniciada con el cambio de nombre a Reagrupación Nacional. Contó con miembros de la izquierda, sobre todo en su programa económico. El cambio no fue únicamente electoral, sino organizativo. Gran parte de los perfiles cercanos a Jean-Marie fueron purgados, hasta él mismo en 2015 por declaraciones revisionistas.
En este caso fue un éxito. Marine Le Pen pasó del 18% en la primera vuelta presidencial de 2012 al 21% en 2017 y al 23% en 2022. En las segundas vueltas pasó del 34% al 41,5%. En las legislativas, el partido pasó del 13% en 2017 al casi 19% en 2022 y al 28% en la primera vuelta de 2024, llegando a un 33% en la segunda. Aunque los porcentajes no demuestran por sí mismos que la normalización fuese la causa de ese crecimiento, sino que puede atribuirse a la implantación territorial. Además, perfiles derechistas como Marion Maréchal se sintieron descontentos, y se fueron con Eric Zemmour, que sigue en un 5% electoral actualmente.
AfD es el contrapunto. En 2013, el partido de economistas contrarios al euro y a la gestión de los refugiados, saltó en 2017 al 12,5%. En 2021, tras una gran purga interna retrocedió a menos del 10,5%. Y en 2025 alcanzó casi el 21%. Pero todavía resulta más interesante observar dónde se produjo ese crecimiento. En Turingia, AfD ya había llegado al 33% en 2024, siendo su primera victoria. En Sajonia-Anhalt, acaba de llegar en 2026 casi al 44%.
Y aquí aparece Björn Höcke. En 2016, Höcke, suficientemente consolidado en su región, provocó una crisis interna con su famoso discurso sobre un giro 180 grados en la política alemana de memoria. La dirección de AfD llegó a plantear su expulsión. Frauke Petry lo consideraba un problema para el partido. Sin embargo, Höcke no fue purgado. Al contrario: conservó una estructura territorial propia en Turingia y posteriormente se convirtió en uno de los dirigentes más importantes del ala nacionalista de la organización. Él ha sido el que ha introducido el término remigración, que Alice Weidel se ha visto obligada a aceptar, y la necesidad de proteger etnoculturalmente al pueblo alemán. Un experto en Overton.
En 2015 había impulsado junto con otros dirigentes Der Flügel, una corriente interna que acabaría convirtiéndose en uno de los principales polos de poder de AfD. La dirección liberal intentó contenerlo, pero la existencia de una red territorial y militante propia hizo que fuera imposible. Der Flügel terminó siendo disuelto formalmente en 2020, pero de ahí habían salido una parte considerable de los mandos y las juventudes. En 2021 los liberales que no aceptaron una visión nacionalista e identitaria se fueron. Aunque sigue habiendo perfiles deseosos de moderación, AfD muestra cómo una corriente más derechista puede adquirir suficiente peso organizativo como para impedir que el crecimiento electoral produzca una moderación equivalente.
La sociología territorial también importa. AfD ha obtenido sus mejores resultados con una diferencia de 20 puntos en Alemania del Este, en donde existe una menor confianza institucional, problemas demográficos y económicos por una mal realizada unificación, una fuerte base social derechista que ocupaban Die Republikaner y el NPD, y, como explica Fernando Paz, un pueblo que sufrió una fuerte represión por la RDA, pero no Mayo del 68, esa represión cultural que creó el sentimiento de culpa que tiene el pueblo alemán más occidental. Pero no debemos confundir esa explicación sociológica con la explicación organizativa. El territorio demanda, pero las élites partidistas deciden cómo organizar y convertir esa demanda en una adecuada oferta política. Y Höcke es el mejor en este juego, sabe cómo mover Overton y cómo controlar el poder de una organización política.
Finalmente, el FPÖ moderno ofrece probablemente el ejemplo más claro de todos. El partido había entrado en el Gobierno austríaco en 2017 junto al ÖVP, siendo muy derechista todavía. Heinz-Christian Strache era vicecanciller y Herbert Kickl ministro del Interior. Era una etapa de poder institucional para el sector que había llevado al FPÖ hasta el Gobierno. Entonces llegó el escándalo de las grabaciones de Ibiza, que provocó la dimisión de Strache, la ruptura de la coalición y la salida de los ministros del FPÖ. Kickl también fue destituido como ministro del Interior.
Y aquí se produjo algo especialmente interesante desde el punto de vista organizativo. Después de Ibiza, Norbert Hofer, un liberal moderado, asumió el liderazgo del FPÖ. Hofer representaba una imagen más moderada. Kickl, en cambio, mantuvo una posición mucho más combativa y continuó teniendo una enorme influencia dentro de la organización. La propia dinámica interna enfrentó a ambos dirigentes.
El FPÖ del 26% en 2017, cayó al 16% en 2019 con Hofer y posteriormente volvió a crecer hasta casi el 29% en 2024 con Kickl. Hofer terminó dimitiendo como líder en junio de 2021. Herbert Kickl fue elegido entonces nuevo presidente del FPÖ con el 88% de los votos de los delegados. Es decir, después de Ibiza no se produjo una evolución hacia la moderación. Hubo primero un intento de normalización bajo Hofer y después una recuperación del control del partido por parte de Kickl.
Y la clave aquí es que una organización puede entrar en el Gobierno, puede moderar su imagen, puede cambiar de dirigente. Y, sin embargo, la corriente que pierde temporalmente el control puede conservar suficientes recursos para volver a conquistar la dirección. El poder no modera necesariamente. Depende de quién controla el partido. La historia del FPÖ es una historia de alternancia entre élites.
Y falta una variable que atraviesa prácticamente todos estos casos: el liderazgo, ligado al concepto de autoridad carismática de Max Weber. El líder puede hacer algo que la organización todavía no puede hacer: construir un relato antes de disponer de una estructura territorial suficientemente fuerte, que le permita perpetuarse. Jean-Marie Le Pen hizo eso con el FN. Haider con el FPÖ. Y, en diferentes grados, puede observarse una dinámica semejante en Marine Le Pen, Höcke o Kickl.
La conclusión es la siguiente: la implantación territorial no conduce necesariamente a la moderación ni a la radicalización. La experiencia gobernando tampoco. Lo que hacen ambas es aumentar los recursos organizativos disponibles para las élites del partido. La trayectoria posterior depende de qué coalición dominante consigue controlar esos recursos, de la sociología del territorio donde se ha implantado, de la estructura de competición del sistema y de la estrategia del liderazgo.
Los resultados electorales muestran que no existe una única trayectoria. RN ha pasado de ser una fuerza marginal a rozar el poder nacional mientras desarrolla una estrategia de normalización. AfD ha crecido con especial fuerza en determinados territorios y ha mantenido una intensa disputa interna, ganada por el sector más soberanista. El FPÖ demuestra que la entrada en el Gobierno no impide que una corriente más dura siga o vuelva a imponerse.