Por un lado tenemos a este tipo, que consiguió un buen empleo sin tener experiencia previa alguna, que acabó sus días retirándose a una isla y que, ay, se negó a transmitir su sabiduría a la siguiente generación. Y luego tenemos este otro, que no ha conseguido el ascenso esperado a pesar de estar calificado como el mejor empleado y cuyo jefe tiene más años que un bosque pero nunca acaba de retirarse, bloqueándole todo avance.
Así dicho, cualquiera deducirá que hablamos de la polémica ya generalizada entre el prototipo de búmer y el típico millennial o zoomer. En realidad, el meme que estoy citando se refiere a dos personajes muy concretos, ambos completamente ficticios aunque universalmente famosos: Luke Skywalker y su padre, Anakin, AKA Darth Vader.
Buena parte de la generación más joven, especialmente en Estados Unidos, ha decidido que el ‘malo’ más icónico del cine de fantasía de las últimas décadas es, en realidad, el héroe de la historia. Anakin Skywalker, el muchacho que termina enfundado en la armadura negra de Darth Vader, se está convirtiendo en una desconcertante bandera generacional. Los memes proliferan, los comentaristas políticos discuten su significado y los guardianes de la interpretación ortodoxa de La guerra de las galaxias contemplan horrorizados cómo sus jóvenes espectadores han decidido ponerse de parte del malo.
Para quienes crecimos con la trilogía original, había pocas cosas tan evidentes como que Darth Vader representaba el mal. Su respiración mecánica, su uniforme negro, su obediencia al Emperador y su costumbre de estrangular subordinados poco satisfactorios, todo envuelto en la siniestra Marcha Imperial compuesta por John Williams, no dejaban demasiado margen a la ambigüedad. El Imperio era una tiranía y la Alianza Rebelde luchaba por la libertad. Hasta los soldados imperiales, insólitamente torpes, llevaban uniformes que recordaban a los de las tropas de asalto nazis, por si quedaba alguna duda. Lucas nos ofrecía una historia de buenos y malos, contada con extraordinario talento, en la que hasta el villano podía encontrar la redención mediante el sacrificio final.
Pero los nuevos espectadores han descubierto que la historia puede contarse de otra manera. El fenómeno ha recibido incluso un nombre, Anakin-maxxing, y ha alcanzado una visibilidad considerable. El pasado 1 de noviembre, Elon Musk difundió en su propia red social, X, una imagen que mostraba un desenlace alternativo de la saga. Anakin aparecía sentado en un imponente trono imperial, con Padmé a su lado, sus hijos como herederos y la guardia del Imperio custodiando a la familia reinante. Texto: «Esto es lo que nos robaron». La imagen presenta como final feliz aquello que la narración original nos enseñó a temer: el triunfo del Imperio y la fundación de una dinastía.
Los demás memes permiten reconstruir el nuevo proceso contra los Jedi. En uno, Obi-Wan Kenobi explica a Anakin por qué no pueden rescatar a su madre, que continúa viviendo como esclava en Tatooine: «Es una no-go zone, Anakin. No podemos salvar a tu madre allí, sería entrometernos en los asuntos de los Hutt, son sus costumbres y tenemos que respetarlas». El Consejo Jedi se ha transformado en una caricatura del relativismo multiculturalista, dispuesto a tolerar la esclavitud por respeto a la multiculturalidad.
En otro, Obi-Wan se presenta ante su antiguo discípulo adornado con pañuelo palestino, insignias antifascistas y consignas como No Borders o Defund the Police. En la película, el maestro advierte a Anakin de que tiene la posición elevada, una ventaja decisiva en su duelo. En el meme, lo que proclama es su «superioridad moral». El juego entre high ground y moral high ground convierte una escena dramática en una sátira del progresista convencido de que sus credenciales ideológicas bastan para ganar cualquier discusión.
La versión española del fenómeno tiene su propia mala leche. En una imagen, Obi-Wan pregunta a Anakin en qué le afecta personalmente que hayan encontrado unas joyas en una caja fuerte del maestro Yoda, trasladando al Consejo Jedi una defensa reconocible de los escándalos de nuestras élites políticas. En otra, durante el enfrentamiento final entre maestro y discípulo, Kenobi proclama: «¡Anakin, yo debo lealtad a la Constitución del 78, al sistema de pensiones, A LA DEMOCRACIA!». Traducción: el anciano maestro reclama fidelidad a un orden institucional que garantiza los derechos adquiridos de los mayores mientras sus jóvenes discípulos se preguntan si algún día podrán disfrutar de las mismas ventajas.
Hay memes todavía más provocadores. Uno muestra tres etapas de la vida de Anakin, correspondientes a 2016, 2020 y 2025. El niño cree en la igualdad, aunque desconfía de ciertas formas de feminismo; el joven concluye que nunca existió un feminismo bueno; y Darth Vader, culminación del proceso, sentencia que el sufragio femenino fue un error. La transformación que Lucas concibió como una caída moral aparece reinterpretada como una sucesión de revelaciones políticas. El héroe se vuelve más oscuro a medida que, según el chiste, comprende mejor el mundo.
Todos estos memes utilizan los mismos personajes, los mismos diálogos y los mismos acontecimientos que conocíamos desde hace décadas, pero les atribuyen un significado opuesto. Es como si un grupo de historiadores revisionistas hubiera decidido reexaminar la caída de la República Galáctica y descubierto que la versión de los vencedores contiene numerosas contradicciones. Con una particularidad deliciosa: su principal fuente documental es el propio George Lucas, el hombre que quería convencernos de que los Jedi eran los buenos.
Aquí hay que rendirle al cineasta. Lucas creó un universo tan rico, con instituciones, intereses, conflictos y personajes suficientemente complejos, que permite discutir su historia como si hubiera ocurrido realmente. Un historiador puede describir con precisión unos acontecimientos y, sin embargo, interpretarlos desde sus prejuicios. Sus lectores, partiendo de los mismos datos, pueden llegar a conclusiones contrarias. Eso es exactamente lo que estos jóvenes están haciendo con La guerra de las galaxias.
La República que conocemos en las precuelas es una maquinaria política paralizada, dominada por intrigas y corruptelas, incapaz de impedir que intereses particulares la conduzcan a la guerra. Los Jedi, que se presentan como guardianes de la paz, acaban convertidos en generales de un ejército. Predican el desapego mientras exigen una lealtad absoluta a su propia orden. Se llevan a un niño esclavo de Tatooine porque reconocen en él unas facultades extraordinarias, pero dejan a su madre en la esclavitud. Le prohíben formar una familia y, cuando demuestra una capacidad excepcional, lo admiten en el Consejo sin concederle el rango de maestro.
Yoda, entretanto, lleva siglos ocupando la cúspide de aquella organización. Nueve siglos de sabiduría son una credencial impresionante; nueve siglos sin renovación de la dirección empiezan a parecer un problema institucional. A su lado, cualquier presidente del Tribunal Constitucional parece un becario.
El destino de los hijos de Anakin proporciona otro detalle que los revisionistas podrían explotar con entusiasmo. Tras la caída de la República, Yoda, Obi-Wan y el senador Bail Organa deciden separar a los dos gemelos recién nacidos para protegerlos del Emperador. La niña es entregada a una familia real, crece en un palacio, recibe una educación privilegiada y acaba convertida en princesa y senadora. Al niño lo mandan a un planeta miserable, donde pasará su juventud trabajando en una granja de humedad bajo la autoridad de su tío, soñando con una oportunidad de marcharse. La hermana hereda una posición social; el hermano tendrá que conquistar la suya. Cuesta imaginar una ilustración más despiadada de lo que ciertos jóvenes denuncian como los privilegios femeninos de nuestra moderna ginocracia. Y todo por decisión de los venerables guardianes de la justicia galáctica.
La princesa, además, terminará encabezando una rebelión contra el orden que le ha permitido crecer como princesa. Luke, que sí ha conocido la vida de los desposeídos, tendrá que recibir de ella sus primeras instrucciones sobre cómo luchar por la libertad.
Lucas necesitaba mostrar la decadencia de la República para explicar cómo podía surgir el Imperio. Necesitaba presentar los errores de los Jedi para hacer comprensible la tragedia de Anakin. Lo que seguramente no esperaba era que una generación posterior encontrase más convincente el diagnóstico del joven rebelde que las enseñanzas de sus maestros.
Hay además una paradoja temporal. Dentro de la ficción, Anakin es el padre de Luke. En nuestro mundo, Luke nació veintidós años antes que su padre: apareció en las pantallas en 1977, mientras que el Anakin joven de las precuelas llegó en 1999. El padre es, cinematográficamente, el hijo.
Los guionistas, incluso cuando cuentan historias situadas en un pasado remoto de una galaxia muy lejana, siguen siendo hombres de su tiempo. El Luke de 1977 encarnaba al joven que se rebelaba contra un poder opresivo, una figura perfectamente acorde con el prestigio cultural que la rebeldía había adquirido durante los años sesenta. El Anakin de 1999 nació de una imaginación que llevaba dos décadas más contemplando la política, la burocracia, las instituciones y sus contradicciones.
Todavía más revelador es el Luke de las secuelas: aquel muchacho que desafió al Imperio ha envejecido hasta convertirse en un maestro desencantado, retirado en una isla y reacio a transmitir sus conocimientos. La propia franquicia ha terminado proporcionando el retrato perfecto del búmer que, después de disfrutar de las oportunidades de su juventud, cierra el paso a quienes vienen detrás.
Connor Tomlinson, uno de los comentaristas que han defendido con mayor claridad esta reinterpretación, ha explicado que los jóvenes encuentran en Anakin a un hombre que desea cosas perfectamente comprensibles: formar una familia, servir a su comunidad, desarrollar sus capacidades, obtener reconocimiento y pertenecer a algo que merezca la pena. Y encuentran también unas instituciones que, mientras le exigen obediencia y sacrificio, obstaculizan una y otra vez esas aspiraciones.
Es una descripción en la que resulta fácil reconocer las frustraciones de una parte considerable de la juventud occidental. Sus padres y abuelos accedieron a la vivienda, formaron familias y acumularon patrimonio en condiciones que hoy parecen extraordinariamente favorables. Los jóvenes han heredado sociedades más ricas en términos absolutos, pero también mercados inmobiliarios prohibitivos, expectativas de movilidad social menguantes y sistemas de protección cuya sostenibilidad futura resulta incierta. Se les pide que estudien más, esperen más, se sacrifiquen más y retrasen indefinidamente decisiones que las generaciones anteriores podían tomar mucho antes.
Cuando protestan, reciben sermones sobre la paciencia, la responsabilidad y los valores de unas instituciones dirigidas por personas que parecen decididas a no ceder el cetro jamás.
La brecha generacional tiene, además, una dimensión ideológica que se manifiesta de manera especialmente llamativa entre los sexos. En distintos países occidentales, los hombres jóvenes muestran una mayor inclinación hacia posiciones reaccionarias que las mujeres de su misma edad, mientras estas se identifican con más frecuencia con posiciones progresistas.
La inclinación progresista de una parte de la juventud resulta perfectamente comprensible a la vista de su educación sentimental. Durante décadas, las aulas, la industria del entretenimiento, las universidades y buena parte de los medios de comunicación han presentado una determinada visión del progreso social como horizonte moral indiscutible. Los jóvenes han crecido entre películas, series, videojuegos y discursos escolares en los que las virtudes progresistas reciben una aprobación casi automática. Lo sorprendente es que, después de una exposición tan prolongada a ese universo cultural, una parte de ellos haya terminado rechazándolo con semejante entusiasmo.
Y especialmente los varones. El joven que se identifica con Anakin ha aprendido desde niño que debe desconfiar de las jerarquías, celebrar la diversidad, cuestionar los modelos tradicionales de masculinidad y considerar la democracia liberal como la culminación natural de la evolución política. Ahora contempla a un guerrero excepcional que desea casarse, tener hijos, servir a una comunidad y alcanzar una posición de autoridad, mientras una organización de ancianos célibes le explica que todas esas aspiraciones son peligrosas manifestaciones de apego.
Hay una ironía histórica en todo esto. La generación que se educó en la rebeldía, que convirtió la contestación a la autoridad en una virtud y la transgresión en un deber moral, ha terminado criando a sus propios contestatarios. Con el pequeño inconveniente de que estos han decidido rebelarse contra las ideas de sus padres. Después de medio siglo enseñando a los jóvenes a cuestionarlo todo, los antiguos rebeldes descubren que ese «todo» también incluye sus convicciones más queridas.
En mi lejana juventud, Paco Ibáñez cantaba unos versos de José Agustín Goytisolo que empezaban así: «Érase una vez un lobito bueno al que maltrataban todos los corderos». El poema continuaba presentando un mundo al revés, poblado por personajes que habían intercambiado sus atributos morales tradicionales. Era una pequeña declaración de principios de la cultura contestataria: sospechar del relato recibido, invertir los papeles, descubrir la bondad donde nuestros mayores nos habían enseñado a ver el mal.
La palabra revolución procede del latín revolutio, derivada de revolvere, volver a girar. La imagen resulta especialmente apropiada para esta historia. Después de una vuelta completa, el que estaba arriba queda abajo y el que estaba abajo ocupa su lugar. El lobo feroz se convierte en víctima de los corderos. Darth Vader pasa a ser el muchacho incomprendido y los venerables Jedi, los matones que defienden un orden injusto. Lo que para una generación representaba la liberación, para la siguiente puede representar precisamente aquello de lo que desea liberarse.
El meme sobre el ascenso de Anakin resume una experiencia reconocible. El joven extraordinariamente competente descubre que el mérito no basta para ascender en una organización cuyos puestos de mando están ocupados por una gerontocracia convencida de su superioridad moral. El mensaje que recibe es que debe esperar, obedecer y confiar en unos superiores que jamás parecen dispuestos a dejarle sitio. Para una generación que contempla cómo sus mayores concentran el patrimonio, la vivienda y buena parte del poder político, la analogía resulta irresistible.
Durante décadas, la democracia ha funcionado en Occidente como una palabra casi sacramental. Invocarla equivalía a cerrar una discusión. Las instituciones eran legítimas porque eran democráticas; sus decisiones merecían obediencia porque procedían de mecanismos democráticos; y cuestionar el sistema suponía situarse peligrosamente cerca de los enemigos de la libertad.
¿Qué ocurre cuando una generación empieza a sospechar que esos mecanismos se han convertido en una forma de perpetuar el poder de quienes ya lo poseen? ¿Cuando los procedimientos, las garantías y los equilibrios institucionales se perciben menos como instrumentos al servicio del bien común que como excusas para impedir cualquier cambio sustancial?
La palabra democracia pierde su carácter mágico. Y el grito de Obi-Wan en defensa de la Constitución del 78, las pensiones y LA DEMOCRACIA deja de sonar heroico para convertirse en la caricatura de una clase dirigente que confunde la conservación de sus privilegios con la salvación de la civilización.
La cuestión se vuelve todavía más incómoda cuando aparecen jóvenes que ya no consideran evidente que la legitimidad política deba medirse exclusivamente por los procedimientos. Quieren orden, autoridad, eficacia, cohesión social, continuidad histórica. Quieren instituciones que protejan a sus familias y comunidades, que distingan con claridad entre lo justo y lo injusto y que no se limiten a administrar una decadencia presentada como inevitable.
Desde esa perspectiva, la República de Lucas empieza a parecerse peligrosamente a un régimen oligárquico que se protege tras una retórica democrática, mientras el Imperio ofrece, al menos en apariencia, decisión, jerarquía y propósito. La comparación puede conducir a conclusiones inquietantes, pero su atractivo resulta mucho menos misterioso cuando se comprende el punto de partida.
El título de un reciente programa de NXR Studios, en el que participa el pastor Joel Webbon, resume hasta qué punto algunos están dispuestos a llevar la provocación: I’ll Take Fascism Over Democracy. Que una conversación política pueda formularse en esos términos indica que las palabras que durante décadas bastaban para desacreditar una posición han perdido parte de su antigua eficacia. Lo que para unos constituye una confesión escandalosa, para otros empieza a funcionar como un desafío a los tabúes de sus mayores.
Que la República fuera corrupta no convierte automáticamente a Palpatine en un gobernante virtuoso. Anakin termina asesinando inocentes, sirviendo a una tiranía y participando en atrocidades que ninguna injusticia sufrida puede justificar. Pero ese desenlace tampoco demuestra que sus agravios fueran imaginarios, ni que las instituciones contra las que se rebeló merecieran la lealtad que exigían. Una cosa es explicar por qué alguien acaba convirtiéndose en un monstruo y otra muy distinta sostener que todos aquellos que contribuyeron a empujarlo hacia el abismo tenían razón.
La lectura revisionista exige preguntarse qué clase de mundo hizo posible que Anakin Skywalker terminara siendo Darth Vader. Y, sobre todo, por qué quienes tenían la responsabilidad de evitarlo fracasaron tan estrepitosamente.
Estamos ante un cambio de paradigma como la catedral de Burgos. La generación que creció con Luke Skywalker veía en la rebelión contra el Imperio una representación de sus propios ideales. Una parte de sus descendientes cree estar protagonizando una rebelión semejante, pero identifica al poder opresivo con las instituciones que aquellos antiguos rebeldes terminaron construyendo y administrando.
Lo más desconcertante es que estos nuevos rebeldes sueñan, en ocasiones, con un imperio. Creen que la libertad que les prometieron sus mayores se ha convertido en un sistema de impotencia, desarraigo y obediencia obligatoria, y que solo un poder capaz de decidir puede devolverles aquello que consideran perdido.
La imagen difundida por Musk resume esa aspiración. Anakin está sentado en su trono, rodeado de su familia, como fundador de una dinastía. Para los espectadores de otra época, aquella escena habría representado el triunfo definitivo del mal. Para quienes la comparten hoy, representa la vida que al héroe le impidieron tener.
George Lucas quiso contar la tragedia de un hombre que traicionó a sus maestros y destruyó la República. Sus nuevos espectadores se preguntan si aquellos maestros habían traicionado antes al hombre y si aquella República no llevaba mucho tiempo destruyéndose a sí misma.
Cuando cambia una época, hasta los héroes y villanos de sus mitologías pueden intercambiar sus papeles. Y hemos descubierto que la Fuerza era búmer.