El espejismo eterno de Jauja

Después de tantos intentos fallidos, las promesas de una sociedad perfecta conservan su capacidad de seducción

«Llámase esta ciudad Jauja,

Isla deliciosa, y tanto

que allí ninguna persona

puede aplicarse al trabajo,

y al que trabaja le dan

doscientos azotes agrios,

y sin orejas le arrojan

de esta tierra desterrado».

(La Isla de Jauja, romance popular)

Decenas de cuerpos en descomposición se hacinan en las calles. Como fantasmas consumidos hasta los huesos, los supervivientes salen arrastrándose de sus escondrijos. Durante meses han soportado el hambre, las delaciones y las ejecuciones públicas. Un sastre se ha proclamado rey por voluntad divina, ha acumulado esposas y ha gobernado mediante el terror. Münster, junio de 1535. Y todo empezó con la promesa de construir el Paraíso en la Tierra.

«Otro mundo es posible» se ha convertido en una de las consignas preferidas de la nueva izquierda.. Lleva un cuarto de siglo resonando en sus manifestaciones, desde los foros antiglobalización hasta el 15M y las acampadas de nuestros días. Y sí, claro que es posible, aunque no necesariamente mejor. De hecho, los intentos de traer el cielo a la tierra suelen acabar en tiranías atroces, en opresión, represión, miseria, mentiras y ríos de sangre.

Ahora que el Gobierno de Pedro Sánchez ha descubierto, en tiempo de elecciones, una urgencia casi mesiánica por resolver problemas que llevan años enquistados, merece la pena preguntarse por qué este género de promesas conserva intacto su atractivo. No es ningún misterio la razón de los decretos Maricarmen y las nuevas ofertas de redención social que nos ofrecen; lo misterioso es que mantengan su atractivo, que con toda la abundante evidencia empírica en contra se siga creyendo en Jauja.

Mucho antes de que Marx escribiera una sola línea, los europeos ya habían imaginado una sociedad sin pobreza, sin trabajo y sin preocupaciones materiales. Era el País de Cucaña, el Schlaraffenland de los alemanes, la Jauja de nuestra tradición popular (en la ilustración, pintada por Pieter Brueghel el Viejo). Allí los ríos llevan leche y vino, las casas están construidas con alimentos y los animales se presentan voluntariamente ante el comensal, convenientemente asados. El trabajo está rigurosamente desaconsejado. En algunas versiones, dormir y holgazanear constituyen el camino más seguro hacia la prosperidad. La naturaleza ha sido organizada para satisfacer todos los apetitos humanos sin exigir esfuerzo alguno.

La fantasía tenía una explicación bastante sencilla: durante la mayor parte de la historia, la inmensa mayoría de los hombres vivió a un paso del hambre. El sueño de una abundancia inagotable era el reverso de una existencia dominada por la escasez. Cucaña era el mundo visto desde el estómago vacío. Lo interesante es que aquella broma de hambrientos encerraba una aspiración mucho más ambiciosa. ¿Y si fuera posible organizar de verdad una sociedad en la que desaparecieran las servidumbres ordinarias de la existencia? ¿Y si la pobreza, la desigualdad y la necesidad de trabajar fueran únicamente consecuencias de una organización social equivocada? A partir de ese momento, Cucaña podía dejar de ser una fantasía para convertirse en un programa.

Platón había imaginado en su República una ciudad sometida al gobierno de los filósofos, donde la vida de los guardianes quedaba minuciosamente regulada. Tomás Moro describió en Utopía una isla sin propiedad privada, con trabajo obligatorio y una administración que intervenía en numerosos aspectos de la existencia. Campanella llevó todavía más lejos el afán organizador en su Ciudad del Sol.

Resulta curioso que muchas sociedades ideales, examinadas desde la sensibilidad contemporánea, tengan un aspecto bastante poco apetecible. La libertad individual suele ocupar en ellas un lugar modesto. Sus habitantes disfrutan de la felicidad que alguien ha decidido que les corresponde, conforme a reglas que nadie les ha consultado.

Pero el sueño de la regeneración total tuvo también protagonistas menos eruditos y consecuencias mucho más sangrientas. En la Persia del siglo VI, el sacerdote zoroástrico Mazdak encabezó o inspiró en Persia un movimiento de reforma religiosa y social que las fuentes posteriores vinculan con la redistribución de riquezas, la comunidad de mujeres y la crítica de los privilegios aristocráticos. Su recuerdo sobrevivió durante siglos y reapareció, transformado, en movimientos como el de los jurramitas.

Mazdak siendo ejecutado

En la Europa medieval, las esperanzas de una renovación definitiva de la humanidad adoptaron con frecuencia un lenguaje apocalíptico. Algunos predicadores anunciaban la proximidad de una edad nueva, libre de las corrupciones del mundo presente. Fray Dulcino y sus seguidores, a comienzos del siglo XIV, terminaron enfrentándose a las autoridades en una guerra que concluyó con su derrota y ejecución.

El denominador común de estas experiencias era la convicción de que la historia se encontraba a las puertas de una transformación radical. La sociedad existente estaba corrompida hasta los cimientos y debía ser sustituida por otra, purificada de sus males. En 1534, esa convicción se apoderó de una ciudad entera.

Münster era una próspera ciudad episcopal de Westfalia cuando un movimiento anabaptista radical consiguió hacerse con el poder. Sus dirigentes estaban convencidos de que había llegado el momento de instaurar el Reino de Dios en la Tierra. Münster sería la Nueva Jerusalén, el centro desde el que comenzaría la regeneración universal.

El predicador Jan Matthys anunció la inminencia del juicio divino. Los habitantes que rechazaban la nueva fe fueron expulsados y se impuso una comunidad religiosa sometida a una disciplina cada vez más rigurosa. Entretanto, el príncipe-obispo, desalojado del poder, organizaba el asedio de la ciudad.

Matthys confiaba tanto en la protección celestial que, el domingo de Pascua de 1534, salió con un pequeño grupo de seguidores a enfrentarse a las tropas sitiadoras. Lo mataron y despedazaron. El episodio debió de resultar desconcertante para quienes esperaban una intervención inmediata de la Providencia.

Su sucesor, Jan van Leiden, era un joven sastre holandés de considerable talento para la profecía y el mando. Terminó proclamándose rey de la Nueva Jerusalén, con corona, corte y una autoridad que decía recibir directamente de Dios.

Se había abolido la propiedad privada y establecido una comunidad de bienes. Pero la igualdad de los elegidos resultó perfectamente compatible con la aparición de una nueva aristocracia religiosa. El rey acumuló esposas, privilegios y un poder prácticamente absoluto sobre sus súbditos.

La poligamia fue impuesta en una ciudad donde, como consecuencia de las expulsiones y del asedio, había muchas más mujeres que hombres. La disidencia religiosa y política podía pagarse con la vida. Los dirigentes administraban la virtud pública mediante el miedo.

Mientras tanto, el cerco se estrechaba. El hambre comenzó a consumir a los habitantes de la Nueva Jerusalén. Las promesas de una victoria milagrosa se sucedían, pero los alimentos escaseaban y la situación militar se hacía desesperada.

En junio de 1535, las tropas del príncipe-obispo penetraron finalmente en Münster. La conquista fue sangrienta. Jan van Leiden fue capturado y ejecutado meses después, en enero de 1536, junto con otros dos dirigentes. Sus cadáveres fueron encerrados en jaulas de hierro y expuestos en la torre de la iglesia de San Lamberto. Las jaulas siguen allí, cinco siglos después, como un recordatorio poco habitual de los peligros de confundir la salvación eterna con un programa de gobierno municipal.

Una distopía no es más que una utopía aplicada en el mundo real. El caso de Münster plantea una pregunta incómoda. ¿Cómo pudo una comunidad que aspiraba a instaurar la fraternidad cristiana terminar sometida a un rey polígamo, rodeado de privilegios y dispuesto a ejecutar a sus adversarios? Parte de la respuesta está en un inconveniente que los utopistas llevan siglos intentando sortear: los habitantes del “paraíso” siguen siendo seres humanos, sujetos a lo que Shakespeare llama “los mil males que componen la herencia de la carne”.

El cristianismo llama naturaleza caída a esa condición que nos hace capaces de actos admirables y de las mayores vilezas. El hombre puede ser generoso, heroico, sacrificado. También es ambicioso, egoísta, envidioso, cobarde y extraordinariamente hábil para convencerse de que sus intereses coinciden con el bien común. Y aquí aparece una palabra que debería figurar en letras enormes a la entrada de cualquier ministerio: incentivo, un concepto que parece inasimilable para los adeptos de la utopía.

Supongamos que entregamos a una autoridad todos los recursos necesarios para organizar una sociedad perfectamente justa. Supongamos incluso que esa autoridad posee los conocimientos precisos para hacerlo. Queda una pregunta bastante elemental: ¿qué incentivo tiene para emplear ese poder en beneficio de los demás? El gobernante puede premiar a sus amigos, castigar a sus enemigos, reservarse privilegios y perpetuarse en el cargo. ¿Por qué habría de renunciar voluntariamente a semejantes ventajas?

El problema se reproduce hacia abajo. ¿Por qué esforzarse más si el esfuerzo no recibe recompensa? ¿Por qué ahorrar si alguien garantiza el abastecimiento futuro? ¿Por qué decir una verdad incómoda cuando resulta más rentable repetir la mentira oficial? ¿Para qué poner tu casa en alquiler si el inquilino puede dejar de pagarte sin que puedas echarle?

Naturalmente, los seres humanos también actúan por amor, deber, lealtad y convicciones morales. Pero cualquier organización social que necesite que todos sus miembros se comporten permanentemente como santos tiene un serio problema de diseño.

James Madison lo expresó en El Federalista con admirable economía: si los hombres fueran ángeles, no necesitaríamos gobiernos. Y si fueran ángeles quienes gobernaran, tampoco necesitaríamos controles sobre el poder.

Los arquitectos de la sociedad perfecta tropiezan una y otra vez con esa dificultad. Para corregir los defectos humanos concentran un poder extraordinario en manos de unos pocos hombres que, por alguna razón, se supone que estarán libres de esos mismos defectos. En Münster, el resultado fue un sastre convertido en monarca absoluto.

La experiencia alemana no acabó con las esperanzas de una sociedad radicalmente nueva. Las utopías tienen una extraordinaria capacidad para sobrevivir a sus propias derrotas. En Inglaterra, el sacerdote John Ball, uno de los inspiradores de la gran revuelta campesina de 1381, planteaba una pregunta que ha atravesado los siglos: «Cuando Adán cavaba y Eva hilaba, ¿quién era entonces el señor?». La frase, que conocemos por las crónicas de la época, condensaba todo un programa de regeneración social. Si Dios había creado iguales a los hombres, ¿de dónde procedían los privilegios hereditarios? La sociedad justa estaba ya dibujada en el Génesis, antes de que aparecieran los nobles, los siervos y los recaudadores de impuestos. Bastaba con recuperar aquel orden original. Pocos siglos después, Gerrard Winstanley y los diggers defendieron el cultivo comunitario de la tierra y una reorganización igualitaria de las relaciones económicas. Sus experimentos fueron breves y terminaron bajo la presión de propietarios y autoridades.

En el siglo XVIII, Morelly atribuyó a la propiedad privada buena parte de los males sociales y propuso una organización colectiva de la economía. La Revolución francesa proporcionó después un escenario para proyectos todavía más ambiciosos. Babeuf y sus Iguales soñaron con una república donde la igualdad dejara de ser una declaración jurídica y se convirtiera en una condición material impuesta por las instituciones.

Étienne-Gabriel Morelly

Marx llegó bastante después. Su contribución consistió en dotar a la vieja esperanza de un aparato teórico que pretendía explicar científicamente la evolución de las sociedades. El paraíso dejó de depender de la llegada del Mesías y pasó a presentarse como resultado necesario de las contradicciones del capitalismo. El lenguaje religioso fue sustituido por el de las fuerzas productivas, la lucha de clases y las leyes de la historia. La promesa seguía siendo reconocible: una sociedad reconciliada consigo misma, libre de las grandes contradicciones que habían atormentado a la humanidad. El comunismo marxista fue una formulación particularmente influyente de una aspiración mucho más antigua. Y con resultados especialmente desalentadores.

Aquí llegamos al verdadero misterio de esta historia. ¿Por qué las promesas de una sociedad perfecta conservan su capacidad de seducción después de tantos intentos fallidos?

Imaginemos a un alquimista que asegura haber descubierto la fórmula para convertir el plomo en oro. Reúne los ingredientes, prepara los alambiques, enciende el fuego y, en lugar del oro prometido, el laboratorio salta por los aires. Mala suerte. Quizá había alguna impureza en el plomo. El alquimista vuelve a intentarlo, esta vez extremando las precauciones, y vuelve a volar el laboratorio. Cabe todavía concederle el beneficio de la duda. Pero cuando el experimento se repite una tercera vez, y una cuarta, y una quinta, siempre con el mismo resultado, empieza a ser razonable sospechar que el problema reside en la fórmula. Nuestro alquimista, sin embargo, tiene una explicación para cada explosión y promete que la próxima vez funcionará. Lo verdaderamente extraordinario es que siga encontrando quien le financie otro laboratorio.

La primera explicación es que el mundo existente compite siempre en inferioridad de condiciones con el imaginado. La realidad tiene defectos comprobables, consecuencias imprevistas y facturas que alguien debe pagar. La utopía disfruta del privilegio de no existir todavía. Puede prometer cuanto quiera sin tener que rendir cuentas.

La segunda es que la doctrina dispone de una defensa casi infalible frente al fracaso. Si el experimento termina mal, siempre cabe alegar que fue traicionado, saboteado por sus enemigos o aplicado incorrectamente. La próxima vez será diferente. La verdadera utopía sigue esperando su oportunidad.

La tercera tiene que ver con el relevo de las generaciones. Cada nueva generación descubre las injusticias del mundo con una indignación perfectamente nueva. Las experiencias que sus abuelos padecieron se han convertido para ella en nombres y fechas de un manual. Y siempre resulta tentador pensar que ahora sí disponemos de la inteligencia, la técnica o la virtud necesarias para hacer lo que otros no consiguieron.

Pero queda una explicación más profunda, que probablemente sea la decisiva. Cucaña promete satisfacer deseos humanos que preceden a cualquier doctrina política: abundancia sin esfuerzo, seguridad sin responsabilidad, igualdad sin sacrificio, justicia sin conflicto. La esperanza de que alguien, en alguna parte, pueda librarnos definitivamente de las servidumbres ordinarias de la existencia.

Y aquí se cierra el círculo. La misma naturaleza caída que hace tan difícil construir el paraíso explica buena parte de nuestro deseo de vivir en él. El hombre sueña con un mundo habitado por seres perfectamente generosos, desinteresados y justos, pero se reserva el derecho a seguir siendo él mismo.

En la política contemporánea, hay reformas necesarias, intervenciones públicas útiles y problemas que exigen respuestas colectivas. La dificultad aparece cuando la voluntad política se presenta como un sustituto de las limitaciones económicas, de los incentivos y de la propia naturaleza humana. Cuando se pretende, en fin, hacer felices a los ciudadanos por decreto.

En la España de esta campaña electoral, los decretos Maricarmen y las nuevas promesas del Gobierno ofrecen una ocasión para observar el viejo mecanismo. Quienes han ejercido el poder durante años anuncian ahora soluciones extraordinarias a problemas que conocen desde hace mucho tiempo. La discusión pública gira alrededor de las intenciones proclamadas, mientras cuestiones menos emocionantes —los costes, los incentivos, los efectos secundarios— quedan relegadas.

Podemos conceder que sus promotores conocen perfectamente las limitaciones de sus propuestas. La política tiene sus propias reglas y las promesas de un futuro mejor constituyen una herramienta electoral demasiado eficaz para renunciar a ella. Lo interesante es que siempre encuentran público. «Otro mundo es posible», nos dicen. Por supuesto que sí. La historia está llena de ellos. Y convendría echarles un vistazo antes de encargar el siguiente.

Quince años en el diario líder de información económica EXPANSIÓN, entonces del Grupo Recoletos, los tres últimos años como responsable de Servicios Interactivos en la página web del medio. Luego en Intereconomía, donde fundó el semanario católico ALBA, escribió opinión en ÉPOCA, donde cubrió también la sección de Internacional, de la que fue responsable cuando nació (como diario generalista) LA GACETA. Desde hace unos años se desempeña como freelance, colaborando para distintos medios.

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