A estas alturas de la película, es difícil sorprenderse con los datos de la inmigración en España, que ya hace dos décadas eran algo apabullante. Sin embargo, la realidad es tozuda y no se va cuando dejamos de mirar, y es también lo bastante deprimente como para exigir medidas inmediatas.
La invasión de Ceuta por inmigrantes ilegales el verano pasado no llega ni a punta de iceberg. Como explica Nicholas Eberstadt en este reporte del Instituto de Empresa Estadounidense, sucesivos gobiernos españoles – del PP y del PSOE – han apostado por la inmigración de fuera del continente europeo desde hace años, en mayor medida que ningún otro país europeo. No hablamos de un accidente, ni de oleadas inevitables: hablamos de una política clara, consciente y teledirigida para obtener un propósito específico, que ha sido la adición de millones de extranjeros a la población española, muchos de ellos de las comunidades más inestables del planeta.
Esto es una política que arrancó durante el gobierno de José María Aznar (1996-2004), con una liberalización de las leyes de inmigración y una serie de amnistías masivas y medidas generosas para la obtención de la nacionalidad. En aquellos tiempos, se hablaba de compensar un bajón de la natalidad: pues bien, ahora la natalidad está en mínimos históricos, las parejas españolas no tienen sitio ni dinero para tener hijos, y los nacimientos de españoles en 2024 apenas llegan a un tercio de los que se registraron en 1924.
¿Han escuchado a alguien del PP anunciar que aquella política fracasó? ¿Decir que lo que hicimos estaba mal orientado, mal pensado y peor implementado? ¿Haber pedido perdón?
Hace más de una década que las defunciones han superado a los nacimientos en España. A medida que los nativos españoles se extinguen, la composición de la población española, lógicamente, cambia. En 2025, aproximadamente una de cada cinco personas en España había nacido en el extranjero: una proporción notablemente superior a la de Estados Unidos ahora mismo, o en cualquier punto de la historia de una república definida y creada por la inmigración.
Durante años, en España nos hemos congratulado de que otros países europeos tienen un aún mayor porcentaje de población extranjera: pero lo que siempre se ignora es que muchas de esas cifras están infladas por la inmigración dentro de Europa. En países como Alemania, Suecia, Austria o Irlanda existe mucha más migración intracomunitaria que en España. En España, casi una de cada seis personas procede de países ajenos a la Unión Europea, la proporción más alta jamás registrada en un gran país europeo.
Las personas de mi generación (los “X”, nacidos en los 1970), si tenemos suerte y somos longevos, vamos a morir en un país al que no reconocerá ni su madre. Ahora mismo, uno de cada tres recién nacidos en España tenía una madre nacida en el extranjero. Para cuando yo me jubile, con el ritmo actual de fertilidad e inmigración, es más que probable que los españoles nativos sin ascendencia extranjera seamos minoría en España.
Como señala Eberstadt, los españoles “autóctonos” debemos estar ahora mismo en unos 37 millones, y cayendo, con España en casi 50 millones de habitantes; esta situación es solo comparable, entre los países de la OCDE de cierto tamaño, con lo que está ocurriendo con Canadá y Suiza, donde más de dos de cada cinco madres recientes han nacido en el extranjero.
No necesito contarles anécdotas, porque todos las tenemos. Tampoco quiero entrar mucho en los datos de impacto económico, porque ya los hemos repasado bastante. La clave ahora mismo es mirar al futuro, y poner este problema bajo control, sin que se desate en toda España, e incluso en toda Europa, una oleada de racismo. Hay que hablar claro, explicar las cosas sin ambages como la hace gente al estilo de Nathan Cofnas, quien ha arriesgado su carrera para insistir en lo absurdo de importar gente de bajo nivel intelectual y luego pretender que el único obstáculo para que compitan con los europeos nativos es la discriminación racial.
Las realidades demográficas son tozudas. En España, y en EEUU, durante décadas ya hemos escondido la cabeza en un agujero con la excusa de que la mayoría de la inmigración venía de Hispanoamérica, y es mucho más fácil de integrar que la de Africa y Oriente Medio: lo que es verdad, y si no miren lo que ocurre en Francia o en el Reino Unido. Pero las tendencias mundiales de fertilidad nos dicen que durante la próxima década se van a acabar los inmigrantes colombianos y rumanos, por las sociedades de Europa y de Latinoamérica están envejeciendo a toda velocidad.
En muy pocos años, los únicos inmigrantes disponibles van a ser africanos, árabes, pakistaníes e indios de las castas más bajas y más pobres, todos ellos gente cuya integración en las sociedades europeas es básicamente imposible como hemos visto ya durante muchas décadas y en muchos países. No queda nada más, señores del PP y la patronal: el mundo no es un menú en donde puedas pedir cuarto y mitad de noruegos para compensar los cien gramos de afganos que te ha colado el PSOE.
Cualquier futura política migratoria ha de tener en cuenta esas realidades y dejarse de ficciones. No hay, en ningún sitio del planeta, inmigrantes disponibles que le puedan pagar la pensión ni en el mejor de los casos, ni en un mundo ideal. Lo único que hay es problemas potenciales para nosotros mismos y para nuestros descendientes.