Hay unos 40.000 somalíes en Finlandia, lo que puede parecer poco pero es mucho en un país de cinco millones de habitantes: imaginen a 400.000 somalíes en España. De ellos, una parte emigraron para recibir paguitas o porque están realmente hartos del calor del Cuerno de Africa; el resto pensaron que ellos o sus hijos se labrarían un futuro en un país próspero y con menos AK-47 por las calles. Los más ilusos son el segundo grupo.
Un problema fundamental para que los somalíes y/o sus hijos se labren un futuro en Finlandia es que el país nórdico es uno de los que tienen mayor coeficiente de inteligencia en el planeta, y Somalia uno de los que menos. Cuando tienes que ir a una cultura extranjera a competir contra los nativos y resulta que los nativos están bien por encima de tus capacidades cognitivas básicas, pocos estarán a la altura.
Esta es la realidad para la mayoría de inmigrantes de segunda generación en occidente. La meritocracia exige mérito, y el mérito (como sabe cualquiera que haya practicado un deporte con cierta seriedad) exige una combinación de habilidades naturales y de esfuerzo. No sirve de nada practicar el baloncesto a todas horas todos los días desde los tres años si eres un culón que mide 1,60: nunca llegarás a la NBA, amigo, no importa cuánto te esfuerces.
La biodiversidad es fácil de observar para cualquiera que haya viajado algo (por ejemplo, al barrio madrileño de Lavapiés) y era un tema constante entre los escritores y sabios antiguos. Sin embargo, el ascenso del socialismo igualitario, con su obsesión por la pedagogía, convirtió en el siglo XX cualquier discusión de las diferencias medias estadísticas entre razas humanas en una autoacusación de nazismo, fascismo y racismo.
Desde finales del siglo XX, los biempensantes de la sociedad han decidido ignorar que los grupos humanos no somos todos iguales, y que la mayoría de los bolivianos son bajos y la mayoría de los holandeses son altos. Esto crea un problema fundamental: cuando en una sociedad como Finlandia tienes diferencias en los resultados académicos y profesionales de gentes de diferentes razas, y no puedes citar las brechas de coeficiente intelectual, la única solución que queda es culpar al racismo inherente en un sistema que genera resultados desiguales aunque la materia prima introducida es, teóricamente, igual.
Éste es un problema que se detectó primero en EEUU. La “discriminación positiva” que favoreció el empleo de afroamericanos en la administración y otros ámbitos, y su entrada en las grandes universidades a pesar de tener notas muy inferiores a la media, no resultó en aumentos de la riqueza de la población. Al no poder citarse el obvio dato de que la media blanca de inteligencia en EEUU es 100, y la asiática 105, mientras que la afro-americana es 85 (por encima de la media de en torno al 75 en África Subsahariana, incluyendo Somalia) la única respuesta que quedaba era el racismo.
Si uno lo piensa, el ascenso de la cultura woke a partir de la década de 2010 es inevitable, dado que el antirracismo te prohíbe decir la verdad. Si no incluyes las diferencias de aptitud natural en el cálculo, es obvio que los resultados opuestos llaman la atención. ¿Por qué no hay más chinos o indios en la NBA? ¿Por qué es la NBA tan racista contra los chinos o contra los indios?
Estos argumentos que les acabo de presentar forman la base de la visión sobre biodiversidad y cultura de Nathan Cofnas. Probablemente no le recuerden. Fue Cofnas, profesor adjunto estadounidense en una universidad belga y treintañero con cara de ser el sobrino soso de Woody Allen, quien en agosto organizó un escándalo internacional cuando desveló uno de los muchos secretos a voces que hay en el mundo académico: que el profesor de Cambridge Jason Arday, hijo de inmigrantes africanos, era un fraude y un fabulista que había logrado uno de los puestos más deseados del mundo académico solo por el color de su piel.
Como escribió Carlos Esteban en estas páginas, Cofnas fue suspendido de su puesto (paso previo al despido) después de que Arday, ya para entonces el objetivo de múltiples artículos sobre sus engaños una vez que Cofnas abrió la veda, se suicidara causando un escándalo significativo en el Reino Unido. Como me comentó Cofnas en una reciente conversación telefónica, fue solo la intervención de la administración estadounidense, vía el embajador en Bélgica, lo que le salvó del despido, la defenestración pública y la destrucción de su propia carrera académica.
La decepción de Cofnas es palpable. En primer lugar, con la Universidad de Cambridge que defendió al fabulista Arday, aún a sabiendas de sus manipulaciones, hasta que la presión mediática llegó al punto en el que le dejaron caer, previo paso a su suicidio; en segundo lugar, con los medios de comunicación que se negaron a citar su trabajo investigando los engaños de Arday justo hasta el suicidio, momento a partir del cual le pasaron todas las culpas a Cofnas.
“A todo el mundo le interesa que yo sea la cabeza de turco”, explica. “Fue la prensa británica la que escribió cientos de artículos de Arday cuando ya había dimitido de su puesto y ya no había nada que reportar. Si quieres buscar un culpable, sería la prensa a quien tendrías que apuntar”.
Como señala Cofnas, el rector de la Universidad de Cambridge le culpó exclusivamente a él en un comentado artículo en el periódico The Guardian, acusándole de racismo y otros graves cargos. Cuando el sindicato de periodistas británicos publicó un comunicado lamentando la muerte de Arday, la única persona que fue citada por nombre fue Nathan Cofnas: de todos los implicados en el escándalo, la que actuó en todo momento de forma transparente, y la única que no tiene un equipo legal detrás para defenderse de demandas y calumnias en los tribunales.
“Me atacan a mí, aunque solo escribí un artículo que resultó ser exacto, porque es lo que les conviene”, añade Cofnas. “Saben que no les puedo demandar, así que no me tienen miedo”.
Cuando hablé con Cofnas, se extrañó de que en un país como España se pueda todavía escribir sobre los temas que él trata. Toda su vida profesional ha sido un cúmulo de persecuciones y rechazos, solo por mantener lo que es la postura científica de consenso: que diferentes grupos humanos relacionados muy estrechamente entre sí por miles de años de intercambio genético (“razas”) tienen, de media, habilidades y tendencias distintas.
Este consenso explica que tales grupos, cuando han evolucionado en sociedades tropicales en ausencia de la presión evolutiva que implica la urbanización masiva, suelen estar caracterizados por menores coeficientes de inteligencia medios que el resto. Es ello lo que explica que, en sociedades occidentales, los miembros de tales mayorías globales (porque la mayoría son ellos, las personas de origen europeo en el mundo somos menos del 20%) tengan dificultades para acceder a puestos de responsabilidad y que, cuando llegan, como en el caso de Arday, muy frecuentemente estén ahí solo para que alguien se ponga medallas antirracistas. La verdad es tozuda y no se va a callar. Cofnas tampoco.