Octubre ha sido un mes caliente. Francia ha sido incendiada y saqueada; la revuelta cruzó montañas. Más allá de los Alpes, miles de italianos replicaron lo ocurrido en el país vecino. Cruzando los Pirineos, en Barcelona se vivió una réplica, con protagonistas semejantes: «jóvenes» con DNI, sí, pero de etnias concretas. «Jóvenes» más centrados en saquear comercios que en protestar por algo en concreto. Esto es justamente lo inquietante.
Para entender este fenómeno es conveniente escuchar las tesis de David Betz (en la imagen), catedrático de Guerra en el Mundo Moderno en el King’s College de Londres. Su especialidad es la contrainsurgencia, el estudio de cómo se descomponen las sociedades. En 2023 publicó en Military Strategy Magazine el ensayo «Civil war comes to the West» («La Guerra civil llega a Occidente»), en 2025 una segunda parte. Su tesis es la siguiente: la principal amenaza para la seguridad en Occidente no viene de fuera sino de dentro.
Las guerras civiles no estallan en países ricos ni en países estables. Una democracia aguanta cuando sus ciudadanos sienten que el sistema es justo. Betz plantea si las democracias occidentales siguen cumpliendo estos criterios. Su respuesta es negativa y para ello señala dos factores: la confianza y la cohesión.
La primera se ha desplomado. El barómetro Edelman concluye que la desconfianza es la emoción mayoritaria en nuestras sociedades. El capital social –el pegamento que mantiene unida a una comunidad– está en declive. Además, la economía ha llegado al final de un ciclo de deuda y consumo que abre una distancia enorme entre lo que la gente espera y lo que realmente tendrá. Según todos los estudios, las brechas sobre expectativas son muy peligrosas.
Respecto de la cohesión, la propia Ángela Merkel declaró en 2010 que el multiculturalismo había fracasado. Por su parte, David Cameron afirmó poco después que lo que producía era aislar a las personas en grupos sin identidad común. Recordemos que a ninguno se les puede tachar precisamente de «populistas». Quince años más tarde Betz llega a una conclusión demoledora: hace tan solo una generación los países occidentales eran naciones; hoy son sólo rompecabezas de tribus amalgamadas por su identidad, que viven segregadas y compiten por recursos cada vez más escasos.
Cerca del 75% de las guerras civiles posteriores a las Guerra Fría las han librado facciones étnicas. Para Betz, Occidente no tiene por qué ser una excepción. El culpable ha sido la aceptación generalizada de la política de identidad, en que cada grupo defiende sus intereses sin referencia a una comunidad política común. Las sociedades son abiertamente posnacionales y justo eso, para Betz, la guerra civil no es sólo improbable, sino prácticamente inevitable.
Según la literatura académica, las sociedades más inestables no son ni las muy homogéneas ni las muy dispares, sino las intermedias, especialmente cuando una mayoría percibe que está perdiendo el lugar que tradicionalmente ocupaba: cuando no está en sus manos decidir qué lengua se habla, con qué criterios se aplican las leyes y qué culturas se respetan y cuáles no. Betz añade que Europa padece un agravante, el «multiculturalismo asimétrico»: se puede celebrar el orgullo de grupo y la solidaridad étnica en todas las minorías, mientras que si esto mismo lo hace una mayoría se lo califica como supremacismo. El resultado inevitable es la sensación de injusticia que crece cada vez más.
En caso de estallar un conflico, ¿cómo se produciría? Tendría un marcado carácter del campo contra la ciudad, debido a que los inmigrantes tienden a concentrarse en las grandes ciudades. Para ilustrarlo, Betz toma de Richard Norton el concepto de feral city, esa ciudad asilvestrada en la que ya no impera la ley. Con zonas donde la policía tiene que negociar su presencia (o directamente no entra), infraestructuras ruinosas y un progresivo aumento de la seguridad privada.
El escenario sería el siguiente. En primer lugar, las ciudades se vuelven ingobernables y la legitimidad del sistema está por los suelos. Quienes no viven en las ciudades empiezan a verlas como territorio perdido, de forma que atacan los sistemas de los que dependen: todo lo que mantiene viva una metrópoli –gas, electricidad, agua, transporte de mercancías– pasa por el campo. Y en Europa está desprotegido: en el Reino Unido hay veinticuatro estaciones de compresión de gas, con una valla metálica como única defensa. Una gran ciudad apenas tiene comida almacenada para unos pocos días.
En su segundo ensayo, Betz ofrece la probabilidad de que un conflicto de este tipo estalle en Europa. En un país donde se dan las condiciones mencionadas, la probabilidad es del 4% anual, es decir, de un 18’5% en cinco años. Si diez países europeos enfrentan estos problemas, la probabilidad de que estalle una «guerra civil» en cinco años es del 87%, del 95% si contamos quince países. Los candidatos favoritos son Reino Unido y Francia. Betz admite que las cifras son discutibles pero que, aunque fueran menores, la situación seguiría siendo alarmante.
Betz no propone evitar la guerra, le parece inevitable, sino prepararse para ella. Las recomendaciones parecen de otro siglo. Alienta a proteger el patrimonio, para ello recurre a lo ocurrido durante la Guerra Civil española, con la quema de iglesias y la exhumación y exhibición de los cadáveres de cientos de monjas de clausura. Profanar los símbolos, lo que es sagrado para el otro, sirve para provocar al enemigo, cohesionar a los tuyos y hacer imposible la vuelta atrás. Propone también preparar zonas seguras, donde pueda mantenerse una vida civil mínima.
Este profesor advierte del peligro del sesgo de normalidad, es decir, la tendencia a no reaccionar ante un peligro inminente simplemente porque antes no se ha producido. También hay quien alerta del peligro de hablar del riesgo de guerra civil, por el miedo a que la gente empiece, de hecho, a prepararse para una. Betz responde diciendo que ocultar un diagnóstico no cura la enfermedad, solo retrasa el tratamiento hasta que éste resulta inútil. Europa lleva décadas tratando de condenar al ostracismo a quienes advierten del problema, como Houllebecq y Zemmour en Francia. De hecho, en el apéndice de su segundo ensayo recoge advertencias de casi veinte líderes europeos. Entre ellos, las declaraciones de Santiago Abascal en 2021, tras la primera crisis de Ceuta, en las que alertaba de que la inmigración descontrolada podría desembocar en un conflicto civil. La palabra más suave con la que se le describió fue alarmista. El pasado sábado 24, en la plaza Cataluña, la policía detuvo a chicos sin antecedentes ni causa política alguna, la mayoría de origen extranjero con DNI español, convocados para imitar lo que ocurría en Francia. Mientras escribo estas líneas, se alerta de que hay convocadas revueltas generalizadas para el sábado 31 de octubre. ¿Cuántos sábados necesitaremos más tomarnos en serio lo que lleva años blanco sobre negro?