Hay un gesto muy antiguo que atraviesa la historia humana y que quizá resume mejor que ningún otro lo que significa vivir con sentido: alguien pone un plato caliente sobre la mesa para otro. No es una gran teoría política, ni un programa educativo, ni una ideología; es un gesto. Sin embargo, en ese gesto se condensa una filosofía entera: cuidado, amparo, responsabilidad, presencia. Josep Maria Esquirol comienza su ensayo La resistencia íntima. Ensayo de una filosofía de la proximidad precisamente con esa imagen, como si quisiera recordarnos que la filosofía no empieza en las abstracciones, sino en la vida concreta. Esa es, quizá, la primera lección de su pensamiento: la filosofía no es un sistema, es una mirada; no es una teoría, es una forma de estar en el mundo; no es una construcción conceptual, sino una atención a lo que nos pasa. Esquirol ha ido construyendo, ensayo tras ensayo lo que él llama una filosofía de la proximidad, una antropología filosófica que parte de una idea sencilla y radical: lo humano no se entiende desde el poder, sino desde la vulnerabilidad.
Durante siglos, la tradición occidental ha pensado al ser humano desde la capacidad, desde la autonomía, desde el dominio: el hombre como animal racional, como sujeto autónomo, como voluntad de poder, como dominador de la naturaleza. Esquirol invierte esa perspectiva y propone algo profundamente distinto: lo humano no se define por lo que puede, sino por lo que le pasa. No somos, en primer lugar, sujetos que actúan; somos sujetos a los que les pasan cosas. Nos afectan la vida, la muerte, el otro, el mundo, y precisamente porque nos afectan, respondemos. La acción humana es, en el fondo, respuesta. Esta idea es relevante porque desplaza el centro de la antropología desde la autonomía hacia la responsabilidad, desde la autosuficiencia hacia la interdependencia. En ese punto, el pensamiento de Esquirol conecta con una tradición filosófica que va de Lévinas a Ricoeur, pero también conecta con algo mucho más antiguo y más sencillo: la experiencia cotidiana de que la vida humana no se construye desde la independencia, sino desde el vínculo. Nadie se hace solo, nadie se sostiene solo y nadie se salva solo. Sin embargo, nuestra época ha construido su imaginario sobre la idea contraria. Quizá por eso vivimos en sociedades cada vez más conectadas y, al mismo tiempo, cada vez más solas.
Si hubiera que resumir la antropología filosófica de Esquirol en una sola idea, probablemente sería esta: la vulnerabilidad no es un defecto de lo humano, sino su núcleo. La vulnerabilidad no es solo fragilidad; es lo que hace posible el cuidado, la responsabilidad, la promesa, la fidelidad, el amor, la educación, la comunidad. Esquirol habla de la “herida infinita” para referirse a esa condición humana de estar afectados por la vida, por la muerte, por el tú y por el mundo. Esas cuatro grandes afecciones constituyen la dramática de la existencia humana. Esto es importante porque el ser humano no se define por una sola experiencia fundamental, sino por varias afecciones que se entrecruzan: la conciencia de la muerte, el amor al otro, el asombro ante el mundo. De esa tensión nace la cultura, la filosofía, el arte, la ciencia, la política y también la vida cotidiana. En ese sentido, la filosofía de Esquirol no es pesimista, aunque piense desde la herida, pero tampoco es un optimismo de consigna. Es una filosofía que reconoce la fragilidad de la vida y, justamente por ello, sitúa en el centro el amparo, la comunidad y el cuidado.
Uno de los conceptos más conocidos de Esquirol es el de “resistencia íntima”. No se trata de una resistencia política en sentido clásico, ni de una revolución social, ni mucho menos de una lucha ideológica. Es una resistencia mucho más silenciosa y, quizá, más honda: la resistencia de la vida cotidiana frente a la deshumanización. Resistir, para Esquirol, es cuidar, educar, escuchar y defender lugares donde la vida tenga sentido. En uno de sus ensayos, resume la situación contemporánea de forma clara: lo valioso está amenazado, y hoy esa amenaza procede sobre todo de la homogeneidad, del economicismo, de la aceleración y de la colonización tecnológica del mundo. La amenaza no es solo económica o política; es antropológica. Lo que está en juego no es solo la organización social, sino la idea misma de lo humano. Por eso su resistencia no es la del activista, sino la del maestro, la del padre, la del médico, la del amigo, la del escritor, la del vecino: personas que sostienen el mundo sin hacer ruido. En este punto, su pensamiento conecta profundamente con algo que rara vez se dice en la teoría política contemporánea: las sociedades no se sostienen por las leyes, sino por los vínculos.
Uno de los ensayos más recientes de Esquirol, La escuela del alma. De la forma de educar a la manera de vivir, desarrolla una idea clave: la educación no consiste principalmente en transmitir conocimientos, sino en ayudar a vivir. La escuela, dice, es el lugar para salir del solipsismo y del narcisismo; es el lugar donde se aprende a vivir con otros, a confiar, a dar frutos, a encontrar sentido. Esto es profundamente contracultural, porque hoy solemos pensar la educación en términos de competencias, empleabilidad, productividad o resultados académicos. Esquirol recuerda que la crisis educativa no es principalmente una crisis de leyes ni de presupuestos, sino una crisis de sentido, una crisis de vida espiritual. La educación, en su sentido más profundo, no es preparación para el mercado laboral; es preparación para la vida humana. Y la vida humana no consiste solo en producir, sino en vivir con sentido, en crear vínculos. Por eso habla de “vivir poéticamente”: ser obrero de mundo, obrero de vida, obrero de fraternidad y obrero de sentido. Es difícil encontrar una definición más bonita de lo que significa vivir bien.
Otro aspecto significativo de su pensamiento es su recuperación de la filosofía como cuidado de sí, en la tradición socrática. La filosofía no es una disciplina académica, sino una forma de vida, una atención a la existencia, un ejercicio espiritual. En este sentido, su obra se inscribe en una larga tradición filosófica que entiende la filosofía no como teoría, sino como práctica de vida: Sócrates, los estoicos, Montaigne, Kierkegaard, Simone Weil. La filosofía no sirve para saber más, sino para vivir mejor, o al menos para vivir con más conciencia. Esto es algo que nuestra época ha olvidado, pues hemos convertido la filosofía en historia de la filosofía, en teoría crítica, en análisis del lenguaje, en epistemología, pero hemos olvidado que la filosofía nació como una pregunta por cómo vivir. Quizá por eso los ensayos de Esquirol tienen tantos lectores: porque la gente no busca teorías, busca sentido.
Si uno tuviera que describir nuestra época con una sola palabra, probablemente sería el cansancio. No solo cansancio físico, sino moral, existencial y de sentido. Sabemos muchas cosas, tenemos información, tecnología y posibilidades, pero no sabemos muy bien para qué. En ese contexto, la filosofía de Esquirol tiene algo de medicina lenta. No propone soluciones rápidas, ni ideologías, ni sistemas políticos, ni teorías sociales grandilocuentes. Propone algo mucho más humilde: cuidar la vida cotidiana, cultivar la atención, sostener vínculos y resistir la deshumanización desde la proximidad. Su filosofía no pretende cambiar el mundo de golpe; pretende cuidar el mundo que tenemos cerca y quizá esa sea la forma más realista de cambiar el mundo.
En el fondo, la obra de Esquirol es una defensa del humanismo, pero no de un humanismo abstracto o ideológico, sino de uno cotidiano, concreto, doméstico y cercano. Un humanismo que no se mide por los grandes discursos, sino por los pequeños gestos, como escuchar, acompañar, cuidar, cocinar, leer, conversar, recordar, celebrar. Es un humanismo que parte de una idea fundamental: lo humano se sostiene en el cuidado. No en el poder. No en la tecnología. No en la economía. No en la política. Esto, que parece una obviedad, es quizá la verdad más profunda de la vida social. Tal vez la idea más importante del pensamiento de Esquirol sea esta: la resistencia más importante es frente a la indiferencia, a la deshumanización y al abandono. La resistencia íntima no es heroica ni espectacular; es silenciosa. Pero sin esa resistencia silenciosa, el mundo se desmoronaría muy rápido, porque el mundo no se sostiene por las grandes ideas, sino por los pequeños gestos repetidos cada día.
Hay, además, un punto en el que el pensamiento de Josep Maria Esquirol conecta de manera muy fecunda con otros autores contemporáneos que, desde campos distintos, han llegado a intuiciones muy similares. Pienso especialmente en Luigina Mortari y en Diego Gracia. Los tres, desde la filosofía, la pedagogía del cuidado y la bioética, están recordando algo que nuestra época parece haber olvidado: que la vida humana no se sostiene solo por normas, derechos o estructuras, sino fundamentalmente por el cuidado. Luigina Mortari ha desarrollado lo que denomina una filosofía del cuidado que, en el fondo, es también una antropología filosófica. Para ella, el cuidado no es una actividad secundaria ni una virtud privada, sino la estructura misma de la vida humana. Vivir es cuidar y ser cuidado. La vida humana no comienza con la autonomía, la autosuficiencia, sino que comienza con la dependencia y con la vulnerabilidad. Rasgos que no desaparecen nunca del todo: simplemente cambian de forma a lo largo de la vida.
En este punto, Mortari, Esquirol y, también, Diego Gracia coinciden en algo decisivo: la ética no nace del poder, ni del contrato, ni de la ley abstracta; la ética nace de la experiencia de la vulnerabilidad. Primero aparece el otro vulnerable, después aparece la responsabilidad y solo después aparecen las normas. Diego Gracia lo explica bien cuando distingue entre máximos y mínimos morales. Los máximos pertenecen a los proyectos de vida buena, a las convicciones personales o a las tradiciones culturales; los mínimos, en cambio, son aquellos principios éticos sin los cuales la convivencia humana se rompe, como son no hacer daño, respetar la dignidad, proteger la vida vulnerable y actuar con justicia. La bioética, en su planteamiento, es precisamente la ética de esos mínimos necesarios para que la vida humana sea posible en común. Si se piensa bien, la bioética nace en hospitales, en decisiones médicas difíciles, en situaciones donde alguien depende radicalmente de otro para vivir o morir; es decir, nace en el territorio de la vulnerabilidad. Eso la conecta profundamente con la filosofía del cuidado de Mortari y con la filosofía de la proximidad de Esquirol. Los tres, cada uno desde su campo, están pensando lo mismo desde lugares distintos: que la dignidad humana no se entiende desde la autosuficiencia, sino desde la fragilidad; que la ética no empieza en la libertad absoluta, sino en la responsabilidad hacia el vulnerable; que la sociedad no se sostiene solo por derechos, sino por cuidados.
Esto es importante porque durante décadas hemos construido nuestras sociedades sobre el lenguaje de los derechos —lo cual ha sido un avance histórico enorme—, pero hemos olvidado que los derechos no se sostienen solos. Para que existan, tiene que haber instituciones; para que haya instituciones, tiene que haber personas que trabajen en ellas; y para que esas personas trabajen bien, tiene que haber responsabilidad, vocación y ética profesional. Es decir, tiene que haber una cultura del cuidado. Los derechos son imprescindibles, pero no cuidan a nadie por sí solos, porque quien cuida son las personas. Si se mira con cierta distancia, podría decirse que Mortari, Gracia y Esquirol están pensando tres dimensiones de una misma realidad. Mortari piensa el cuidado como estructura de la vida humana; Gracia como fundamento de la ética y de la bioética; Esquirol como forma de resistencia frente a la deshumanización contemporánea. Ontología del cuidado, ética del cuidado, resistencia del cuidado. En ese triángulo se puede construir una de las antropologías más interesantes de nuestro tiempo, porque obliga a cambiar el punto de partida desde el que pensamos al ser humano: del individuo autónomo al ser vulnerable, interdependiente y responsable.
Ese cambio no es solo filosófico, pues tiene consecuencias en la educación, en la sanidad, en la política, en la organización del trabajo y en la cultura. Si el ser humano es vulnerable, entonces la prioridad social no puede ser solo la productividad, sino el cuidado. Si el ser humano es interdependiente, entonces la prioridad social no puede ser solo la libertad individual, sino la responsabilidad mutua. Si el ser humano es relacional, entonces la prioridad social no puede ser solo el éxito individual, sino la calidad de los vínculos. En el fondo, lo que estos autores están proponiendo es volver a colocar el cuidado en el centro de la vida humana. No como tarea secundaria o privada, sino como tarea humana fundamental. Porque, en realidad, la vida humana siempre es la misma historia: alguien cuida de alguien y entre los cuidados recibidos y los dados se despliega toda la vida humana. Quizá por eso la pregunta más importante no sea qué hemos conseguido, ni qué hemos producido o logrado, sino otra mucho más franca: de quién hemos cuidado y quién ha podido vivir mejor gracias a que nosotros hemos estado en el mundo.
Quizá la razón por la que los ensayos de Josep Maria Esquirol resultan tan necesarios hoy es porque no hablan de cosas extraordinarias, sino de un territorio más ordinario y aparentemente pequeño pero donde se juega todo: la casa, la escuela, la conversación, el cuidado, la amistad, la educación, la vida cotidiana. En un mundo que ha hecho del poder, de la velocidad, de la productividad y de la visibilidad sus grandes valores, Esquirol recuerda algo mucho más antiguo y mucho más auténtico: que lo humano se mide por la capacidad de cuidar, de responder, de acompañar, de dar amparo. Tal vez la gran tarea de nuestra época no sea ser más poderosos, ni más eficientes, ni más tecnológicos, ni siquiera más inteligentes. Tal vez la gran tarea sea ser, en definitiva, más humanos en lo más humano del humano.
(Fotografía de Matteo Vistocco)