Envidia igualitaria, izquierda y derecha

Fernández de la Mora nos muestra lo que dijeron sobre la envidia los más grandes pensadores de la humanidad en los últimos 2.500 años

“La violencia de la izquierda no es una “protesta”. Es una revuelta de lo peor contra lo mejor. Es la pataleta de los débiles, los mediocres y los cobardes contra los fuertes, los capaces y los buenos. Son aquellos que no saben construir, crear ni lograr nada grande… y por eso deciden vengarse del mundo destruyendo lo que otros levantaron con esfuerzo, talento y visión. Eso es el izquierdismo radical en su esencia más pura. Da igual la etiqueta del momento: anticapitalista, antiimperialista, comunista, anarquista, marxista, progresista o activista climático. El ADN es siempre el mismo. Es resentimiento venenoso disfrazado de justicia social. Es envidia podrida maquillada de igualdad”.

(Marco Rubio, Secretario de Estado de los Estados Unidos de América)

Sekotia, con patrocinio de Centro Diego de Covarrubias, acaba de reeditar La envidia igualitaria, de Gonzalo Fernández de la Mora. Es un libro esencial para entender por qué la envidia de los inferiores se plasma en la política contemporánea en ideologías igualitaristas, hostiles a la excelencia y la verdadera justicia social: que le vaya mejor a quien se esfuerza limpiamente y con acierto; que no le vaya bien a quien quiera vivir a costa de los demás gracias al Estado sin estar impedido para trabajar; o que el sexo de los aspirantes a un cargo público o a consejero de una empresa no sea un mérito relevante para lograrlo. Y por qué la fobia al éxito lastra la prosperidad y la libertad en las sociedades en que se impone. Antes de exponer con su elegante prosa todo eso, Fernández de la Mora nos regala en esta obra excepcional un completísimo análisis crítico de lo que dijeron sobre la envidia los más grandes pensadores de la humanidad en los últimos 2.500 años, producto de una ingente labor de investigación en los escritos que nos legaron centenares de grandes figuras históricas. Y remata su ensayo con un elaborado elogio de la desigualdad creadora y la jerarquía basada en el mérito, y con sensatas propuestas para combatir la envidia y sus efectos, como trocar en fecunda emulación la destructiva envidia (es destructiva socialmente, y lesiva para quien la padece), o desarrollar al máximo los talentos propios, de los que nadie carece.

Entre los pecados capitales, la envidia (“la tristeza por el bien ajeno”, para Aristóteles) es el único que no es productivo para el pecador. Solo le causa sufrimiento, con el daño moral adicional de incitarle a desear el mal ajeno, y no pocas veces, a procurarlo. En palabras de San Juan Crisóstomo, “el fornicador puede excusarse con el pretexto del instinto; el ladrón, de la pobreza; el homicida, con el de la ira… pero el envidioso no tiene excusa alguna”. Por eso, no es extraño que, como señaló Plutarco, nadie diga que es envidioso: “Entre los desórdenes del alma, la envidia es el único inconfesable”.

El libro está repleto de frases dignas de ser enmarcadas.

“La deletérea envidia igualitaria dicta las páginas oscuras de la Historia; la jerárquica emulación creadora escribe las de esplendor”

“Un enmascaramiento muy actual de la envidia colectiva es la llamada justicia social, partiendo de la base de que una sociedad es tanto más justa cuanto más iguales son sus miembros en preparación, posición y patrimonio. Se parte de que quienes están en mejor posición social son explotadores inicuos, y los que están en inferioridad son explotados inocentes. Para el envidioso esto es música celestial: ahora el mejor es peor, y el peor, mejor. Y como corolario, hay que expropiar al superior y distribuir los bienes entre los inferiores” 

Para Fernández de la Mora, como para Baltasar Gracián, Montesquieu, Stuart Mill, Menéndez Pidal o Marañón, la envidia es el pecado capital de los españoles. Mucho más modestamente, a comienzos de los años 70, siendo yo un niño, le pregunté a mi padre, que viajaba mucho por trabajo a Alemania –mucho más adelantada y rica que España entonces– si los alemanes eran más inteligentes que los españoles. Me respondió: “yo no observo eso, no creo que sean más listos. Pero sí que los alemanes aceptan de buen grado que les mande alguien más inteligente que ellos, y los españoles, no”. Los envidiosos son enemigos de quienes tienen mérito, y sin premio al mérito y a la excelencia, hay muchos menos éxitos que cuando sí lo hay, a todos los niveles sociales.

Tras el fracaso total y sangriento del comunismo, los mediocres resultados de la socialdemocracia pasada de vueltas –como en la Europa actual, mucho menos dinámica que la de hace 50 – 60 años–, y el colosal éxito del capitalismo en erradicar la pobreza en Occidente, sin la envidia igualitaria, y la posibilidad de llegar al poder estimulándola en amplias capas de la sociedad, la izquierda clásica (cuya esencia es: “los inferiores lo son por culpa de los superiores. Hay que expropiarlos de una u otra forma”) ya no tendría razón de ser. Pero sigue más o menos tan fuerte como siempre. Tras 40 años de franquismo, en 1977, pese a que la renta per cápita de los españoles se multiplicó por 3,1 en relación a 1935 y la esperanza de vida aumentó más de 20 años (y más aún la de los pobres), los españoles votaron más o menos como en la República: la mitad, a la izquierda. Como una amplia mayoría de los votantes de izquierda en 1936 y 1977 eran de la media España con menos nivel económico, pero los zurdos de 1977 tenían en promedio mucho más nivel de renta y esperanza de vida que el derechista medio en 1936 (y encima una amplia mayoría de los rojos de 1977 vivían en una casa regalada o semi-regalada por el franquismo), es evidente que en su inmensa mayoría no eran de izquierdas por su nivel absoluto de riqueza, sino por el relativo. O sea, mayormente por envidia social. Tras ocho años con Aznar, entre buenos y excelentes para la economía, en los que el paro bajó del 22% de 1996 al 11% –su nivel menor desde 1980–, las cuentas públicas mejoraron muchísimo, los impuestos bajaron sensiblemente y la bolsa subió 114%, bastó el 11-M y su pésima gestión comunicativa por el gobierno saliente para que la izquierda volviera al poder, al mando de un amante de las joyas de nula valía intelectual y moral. Y tras la calamitosa gestión de Zapatero, que dejó España quebrada y con tasas de paro estratosféricas, sólo siete años después, con una economía en mucho mejor estado tras el gobierno de Rajoy, la izquierda volvió a ganar elecciones generales con Sánchez y Podemos.

Procurar que mejore el 50% de la sociedad que está peor, y no digamos el 20% – 25% inferior de esa mitad, es un empeño justo y nobilísimo. Hacerlo estimulando la envidia igualitaria y dañando a los mejores, visto lo ocurrido desde hace más de 100 años allí donde ha gobernado la izquierda radical, es necio y maligno. Pero la izquierda, con mutaciones en el foco de quiénes son oprimidos / víctimas y quiénes sus opresores, sigue muy pujante en todo Occidente, porque la derecha elude la batalla cultural contra la gran fuerza basal de su oponente, la envidia, y cree que con una buena gestión de la economía es suficiente. No es así. La izquierda se nutre electoralmente una y otra vez con ideas tan falaces y dañinas como “que paguen muchos más impuestos los ricos y habrá para todos”; “el problema de la vivienda es por los grandes tenedores y los fondos buitre. Desahuciar a quien no paga el alquiler o la hipoteca es inmoral”; “como todo somos iguales, los hombres predominan en los puestos directivos en las empresas y la política porque son malos. En cambio, todas las mujeres son buenas”; “los blancos copan los mejores puestos en EEUU de forma injusta”; etc.

Por ello, si la derecha quiere ganar de forma estructural la batalla cultural contra la izquierda, en beneficio de toda la sociedad, el combate explícito a la envidia igualitaria debería estar en primer plano –con él llegó Javier Milei al poder–, con un triple mensaje:
-La envidia perjudica de forma directa al envidioso que la sufre, y la emulación creadora y desarrollar los propios talentos nos elevan y dan más felicidad a todos.
-La envidia igualitaria perjudica a toda la sociedad, y la meritocracia beneficia a todos. Si se castiga el mérito, habrá mucha menos excelencia.
-La envidia igualitaria, al dañar tanto la economía, perjudica especialmente a los que tienen menos recursos, que seguirán estando abajo, con más dificultades de ascenso social, peores sueldos, menos empleabilidad y peor acceso a la vivienda, con un Estado con menos capacidad económica para dar buenas prestaciones. Y las cuotas de sexo en puestos importantes, meritofóbicas, quitando a esa ínfima minoría directamente beneficiada, nos perjudican a todos los demás, mujeres de a pie incluidas.

La envidia igualitaria de Fernández de la Mora es lectura óptima para entender mejor los efectos envilecedores de la envidia en los que sucumben a ella –¿quién no siente la tentación de caer en ella en ocasiones?–, su daño a las sociedades y cómo combatirla. También lo sería para la formación integral de los adolescentes en todo el mundo, pensando en la mejora de los países y la felicidad humana. Y más en España, por padecer de forma más intensa este mal inconfesable.

Ingeniero, experto en demografía, director de la Fundación Renacimiento Demográfico y autor de los libros 'El suicidio demográfico de España' (2011) y 'Suicidio demográfico en Occidente y medio mundo' (2017)

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