El 30 de octubre, el acuerdo de reclutamiento germano-turco cumplió su sexagésimo quinto aniversario. Y como es la primera vía por la que Alemania empezó su transformación en una sociedad multicultural, recibió los homenajes entusiastas del régimen de Berlín. Unos actos que quizás los historiadores del futuro equiparen en cuanto a irrealidad a la celebración del jubileo de plata del emperador Guillermo II en 1913, cinco años antes de su abdicación y huida.
En su mensaje de conmemoración, el canciller Friedrich Merz (de la CDU) se deshizo en elogios a los turcos: “Han contribuido a construir este país, lo han moldeado y han creado la infraestructura de la prosperidad en la que vivimos hoy. De trabajadores invitados se convirtieron en conciudadanos –amigos, familia, colegas y vecinos. Por eso les damos las gracias”. En otro momento, se apartó de la industria para centrarse en la cultura y el ocio: “¿Qué sería de la literatura alemana hoy sin Aras Ören y Deniz Utlu? ¿El cine alemán sin Fatih Akın y Sibel Kekilli? ¿El fútbol alemán sin İlkay Gündoğan? ¿Qué sería de la oncología y la inmunología alemanas sin los fundadores de BioNTech, Uğur Şahin y Özlem Türeci?”. Por último, arremetió contra la propuesta de “remigración” del partido AfD (Alternativa por Alemania): “un ataque contra la Alemania moderna que hemos construido juntos a lo largo de los últimos 65 años”.
Merz no tuvo ninguna palabra de agradecimiento similar a los alemanes que huyeron a la República Federal de Alemania de la comunista República Democrática alemana y de los territorios ocupados (Silesia, Pomerania y Prusia Oriental), ni a los italianos, que empezaron a llegar en 1956, ni a los españoles, con cuyo gobierno se había firmado otro acuerdo anterior al turco, en marzo de 1960. Como genuino representante de la oligarquía globalista que detesta a sus compatriotas, Merz se considera en deuda permanente con los trabajadores asiáticos, antes que con los trabajadores nacionales o europeos.
Pero, ¿cuál es la razón de que haya unos tres millones de turcos, con sus descendientes, en Alemania? ¿Es que los ganchos de la patronal alemana se fueron a buscar mano de obra barata a Turquía porque se sentían en deuda con su antiguo aliado de la Primera Guerra Mundial?
SACRIFICIOS EN LA ALIANZA ANTICOMUNISTA
La historia es propia de una teoría de conspiración, que encantará a los aficionados a este tipo de literatura (o política), porque tiene todos los elementos: la OTAN, comunistas, empresarios avariciosos, políticos pusilánimes, sindicatos comprados, misiles balísticos, geopolítica… Y, encima, como casi todas las que conocemos desde hace unos años, es verdad.
El meteorólogo norteamericano Edward Lorenz dictó en 1972 una conferencia titulada “¿El aleteo de las alas de una mariposa en Brasil desencadena un tornado en Texas?”. A partir de entonces, esa imagen fue el modelo que se usó, con otros ejemplos, para expresar las consecuencias inesperadas que tienen unos acontecimientos en lugares distantes. Así, podríamos preguntarnos por la relación entre una protesta en Ankara en la que un estudiante agarró al primer ministro por el cuello y la aparición de trabajadores turcos en las cadenas de montaje de Volkswagen en Wolfsburgo.
Al comienzo de la década de 1960, uno de los puntos más débiles en la OTAN era Turquía, que, junto con Noruega, tenía frontera con la URSS y, a la vez, enconadas disputas con Grecia, otro miembro de la alianza. El primer ministro Adnan Menderes, vencedor de las dos anteriores elecciones, se enfrentaba a protestas sindicales y estudiantiles, que reprimía con dureza. En mayo de 1960, el Ejército dio el primer golpe de estado militar desde la formación de la república en 1923. La junta derrocó a Menderes, lo juzgó por la muerte de varios manifestantes y lo ahorcó el 17 de septiembre de 1961.
La Casa Blanca, donde se encontraba desde enero de 1961 Jack Kennedy, quería estabilizar Turquía. Además, en abril, había fracasado la invasión de Cuba para derrocar a Fidel Castro. Al Departamento de Estado se le ocurrió que, puesto que las empresas no iban a trasladarse a Anatolia, que fueran los turcos quienes se mudaran donde ya había fábricas. El único país con un fuerte crecimiento industrial y dispuesto a obedecer a Washington era la RFA. Entre otros motivos, 250.000 militares norteamericanos estaban desplegados en su territorio, para defender Europa Occidental del Pacto de Varsovia.
Konrad Adenauer, canciller desde 1949, y sus ministros se resistieron, con los argumentos de que no necesitaban obreros turcos, pues éstos carecían de formación técnica y venían de muy lejos (y la distancia se medía no sólo en kilómetros), mientras que ya disponían de trabajadores suficientes, tanto alemanes como de otras naciones europeas (los gastarbeiter o trabajadores invitados).
El gobierno de Kennedy insistía en que, por el bien de la alianza anticomunista, los alemanes debían sacrificarse. Un acontecimiento ayudó a la campaña norteamericana. En agosto de 1961, el régimen colaboracionista de Alemania Oriental levantó el “muro antifascista” que rodeaba las zonas de Berlín controladas por EEUU, Gran Bretaña y Francia, con lo que uno de los mayores flujos de mano de obra para la industria alemana se cerró.
Por fin, el 30 octubre se firmó en Bonn el acuerdo entre alemanes y turcos. Los escrúpulos que solían tener los europeos, tanto de izquierdas como de derechas, al tratar con la España franquista se disiparon en el caso de la dictadura militar turca. Los sindicatos, reconstruidos después de la guerra, no protestaron ante la competencia de trabajadores extranjeros. El 27 de noviembre, el primer contingente de obreros turcos, formado por 55 mineros, aterrizóen el aeropuerto de Düsseldorf.
Hoy, en cambio, el presidente que vive en la Casa Blanca, Donald Trump, no quiere movimientos de población y prefiere deportar a los inmigrantes ilegales.
A pesar de la doctrina oficial sobre la ‘imprescindible’ aportación de los turcos, a los que no se puede negar que trabajaran y pagaran impuestos, éstos llegaron cuando ya se había generado el ‘milagro alemán’. En la década de los 50, la economía de la Alemania Occidental creció una media de un 8% anual y en 1960 su PIB superaba al del Reino Unido en más de un 5% y al de Francia en un 20%. En ese año, Alemania Occidental era la tercera economía del mundo, sólo superada por las de EEUU y la URSS, vencedores en la Segunda Guerra Mundial y con unas poblaciones que triplicaban o cuadruplicaban a sus 55 millones de habitantes.
Se trató, por tanto, de una decisión política. Porque en más ocasiones de las que nos imaginamos, al mercado no lo mueve una mano invisible, ni a sus participantes un cálculo económico abstracto.
EL PRIMER PLAN DE REMIGRACIÓN
Pero el beneficio de la OTAN y la patronal alemana, se consiguió a costa de los ciudadanos alemanes, obligados a convivir con una comunidad que desde hace tiempo detrae más recursos de los que aporta y ha formado una sociedad paralela, como reconoció Helmut Kohl hace 45 años.
Recién nombrado canciller, en octubre de 1982, Kohl mantuvo una reunión confidencial con la primera ministra británica Margaret Thatcher en la que le dijo que uno de sus objetivos consistía en enviar de regreso 50% de los inmigrantes turcos y sus familias, para lo que recurriría al dinero: pagos únicos a los afectados, que saldrían de la capitalización de sus aportaciones a la Seguridad Social, y ayuda al desarrollo para el gobierno de Ankara. Justificaba esta medida porque los turcos, en vez de aceptar las costumbres alemanas, mantenían las suyas, como los matrimonios pactados. Como ejemplos de integración citaba a los portugueses, los italianos y las personas originarias del sudeste asiático.

El 10 de noviembre de 1983, el Bundestag, con la oposición de los socialdemócratas y de los verdes, que acaban de entrar en él, aprobó la Ley para Fomentar la Voluntad de los Extranjeros de Regresar a sus Países de Origen; ésta entró en vigor el 1 de diciembre. El borrador del Gobierno calculaba unos 20.000 solicitantes de ayuda para el retorno y 50.000 solicitantes de prestaciones de pensión. Cifras pequeñas. Y, encima, todo dependía de la voluntad de los turcos.
El gobierno de Ankara, también entonces bajo control militar, boicoteó el plan porque quería las remesas de marcos alemanes. Y muchos de los turcos asentados en la RFA, aunque tenían una tasa de paro de un 15%, gozaban de los privilegios del Estado de Bienestar alemán, por lo que no querían regresar a la madre patria, donde la renta per cápita era la quinta parte y los servicios públicos escasos y de peor calidad.
En resumen, el plan de Kohl no se cumplió. Lo peor, sin embargo, es que la partitocracia germana no aprendió de la experiencia con los turcos.
En los años 90, la guerra civil en Yugoslavia, a cuyo desmembramiento ayudó Alemania, causó la emigración de casi un millón de personas. Kohl seguía siendo canciller en esa década, hasta 1998. Y otra canciller, también democristiana, pero antigua miembro del partido comunista de Alemania Oriental, Angela Merkel, aceptó la entrada de cerca de 1,3 millones de sirios. El 31 de agosto de 2015 dio la consigna que le hizo célebre: “Alemania es un país fuerte. El espíritu con el que afrontamos este reto debe ser: hemos superado muchas cosas, ¡podemos lograrlo!”.
LOS EUROPEOS, ESCLAVIZADOS
Las consecuencias están a la vista para quienes deseen verlas. Alemania, como toda Europa, se está desindustrializando, aunque este proceso no es responsabilidad de los inmigrantes, sino de la clase dirigente europea, fanática de la lucha contra el cambio climático. Por tanto, no hay trabajo de calidad ni para los nacionales ni para los extranjeros. Las personas de fuera de la Unión Europea (afganos, eritreos, iraquíes, sirios, turcos, somalíes, bosnios…) han formado comunidades separadas, la mayoría de ellos vive de las ayudas sociales que abonan los alemanes que trabajan (las Administraciones desembolsan en partidas relacionadas con los inmigrantes y refugiados casi 30.000 millones de euros anuales) y están sobrerrepresentados respecto a su porcentaje en la población en la delincuencia, en especial en los delitos sexuales contra las mujeres y los acuchillamientos a paseantes.
Éste es el saldo final de la migración que comenzó en 1961, cuando Europa occidental entraba en una era de prosperidad que parecía interminable.
También en los años 60 comenzó el Gran Reemplazo en Francia, dirigido por los gobiernos del general De Gaulle y de Pompidou, aunque, a diferencia, del que estaba ocurriendo en Alemania, no hubo injerencia extranjera. Se trató de una decisión soberana francesa, cuando los políticos soberanistas de entonces (De Gaulle retiró a su país de la OTAN en 1966), tan admirados en España, se sometieron a las exigencias de la patronal.
En los años siguientes, los comunistas, encabezados por Georges Marchais, secretario general del PCF, se opusieron a la inmigración africana, porque bajaba los sueldos de los nativos. Luego la izquierda descubrió que los inmigrantes eran su “ejército de reserva” para sustituir en el combate político y subversivo a los obreros, desertores de la revolución.
En ambos casos, las puertas se abrieron desde dentro. Ahora, comprobado el desastre que es la sociedad multicultural, muchos europeos están tratando de cerrarlas.