El dragón despierta

«Mano oculta» expone desde el principio la naturaleza leninista del órgano rector del país, el Partido Comunista chino, y su estrategia de frente unido

Tanto China como España tenemos principios y abogamos por la justicia, y estamos dispuestos a estar del lado correcto de la historia. Xi Jinping

Comprender la actual situación de enfrentamiento global entre China y los Estados Unidos que afecta fuertemente, como ha mostrado Javier Benegas en su libro pionero La guerra invisible, los asuntos internos de España, hace necesario desglosar sintéticamente los acontecimientos más relevantes ocurridos en Extremo Oriente desde comienzos del siglo XX.

   Entre 1945 y 1949, tras las explosiones nucleares que pusieron punto final a la participación de Japón en el conflicto y consagraron la victoria definitiva de los Estados Unidos en el frente del Pacífico, se reanuda la guerra civil en China, que se había iniciado en 1927, entre nacionalistas (Kuomintang) y comunistas. La historia de Rusia y la de China tiene menos puntos de contacto de lo que suponemos con relación a muchas cosas, entre otras el acceso de los comunistas al poder. La “revolución de octubre” de 1917 en Rusia, país muy castigado por la Gran Guerra en la que paradójicamente participó con el bando ganador, fue sucedida por una sangrienta guerra civil. En China, la precedió. En 1949 Chiang Kai-shek (1887-1975) abandona el Continente y se establece en Taiwan. Los comunistas chinos bajo el eslogan de la “Liberación” han derrotado a las fuerzas nacionalistas, desciende sobre China el Telón de Bambú. Término creado por la revista Time en 1949, dos semanas después de la llegada al poder de Mao (1893-1976).

   La dinastía manchú, los Quing (1636-1912), que como los mongoles (dinastía Yuan) eran extranjeros étnicos y civilizacionales, fue derrocada en 1911. En 1912 se proclamó la República, su primer presidente fue Sun Yat-sen (1866-1925). Cristiano, médico y republicano que será considerado “Padre de la Patria” tanto por nacionalistas como por comunistas. En 1912 fundó el Kuomintang; en 1921 se creó en Shangay el Partido Comunista Chino. Durante los primeros años ambas formaciones combatieron a los japoneses y a diversos centros de poder autóctonos (los Señores de la Guerra) Los primeros no iniciarán la invasión a gran escala de China hasta 1937 pero ya por entonces ocupaban posiciones estratégicas. Tanto la China republicana como Japón participaron en la Gran Guerra del lado de los vencedores, el problema llegó con la gestión de las colonias alemanas y el control económico y estratégico de Manchuria. Japón decidió apropiarse de ambos pasteles. China estaba sumida por entonces en el desorden pero con el tiempo, muchos años después, descubrirían que fue una época fecunda en muchos aspectos y desde luego más libre. Tras ella llegaría una tiranía distópica, tripulada por una secta de asesinos que aun sigue gobernando, con la que Pedro Sánchez comparte el “lado correcto de la historia”.

   Con esto el lector español queda más o menos informado del punto de partida de acontecimientos que ocuparán casi medio siglo y que dejarán como precipitado la actual división del poder en Asia. Es posible pues, como señaló Alain Peyrefitte (1925-1999) en su libro Cuando China despierte (1973), titulado así por un comentario de Napoleón Bonaparte (1769-1821), que estemos confrontando aquí y ahora, cara a cara, al Dragón.

   Voy a hablar de un excelente libro, aun no traducido al español, que contiene una gran cantidad de información bien estructurada sobre la China contemporánea y el alto grado de amenaza y distorsión que propone con sus acciones (muchas de ellas realizadas a la sombra del espionaje, la desinformación y la propaganda) al orden político y económico internacional. Hidden Hand (“mano oculta”), con el significativo subtítulo: how the chinese communist party is reshaping the world (cómo el partido comunista chino está reorganizando el mundo), está escrito por dos académicos. Uno australiano, Clive Hamilton, la otra, europea, Mareike Ohlberg. Dos profesores, nada heterodoxos por lo demás, que sin embargo pusieron sobre el tapete con esta obra la infiltración y la manipulación que el Partido Comunista chino lleva poniendo en práctica desde hace décadas, con mayor o menor intensidad, en las sociedades occidentales.

   Avisar al lector que la fecha de publicación de la obra es el año 2020, en las inmediaciones de la mal llamada “pandemia” de COVID-19. China agredió al mundo con la mala gestión de la fuga de un producto de laboratorio, que aun hoy niega y trata de ocultar, y la puesta en práctica de unas políticas draconianas de confinamiento, sumamente perjudiciales por lo demás, sin precedentes en la historia humana. A ello habría que añadir un esfuerzo decidido de desinformación con el objetivo de dañar los sistemas de producción, las cadenas de transporte, comunicación y cimentación social y cultural de los países occidentales. De este asunto, donde España asumió acríticamente las políticas chinas, no nos hemos recuperado aun ni asumido siquiera una explicación consensuada en Europa. En los Estados Unidos tienen las cosas más claras, producto de ello es la publicación en 2024 de un Informe del Subcomité Especial sobre la Pandemia de Coronavirus de la Cámara de Representantes. Como mínimo tuvo un origen artificial y se ocultó la fuga del laboratorio del “producto”.

   Mano oculta expone desde el principio la naturaleza leninista del órgano rector del país, el Partido Comunista chino, y su metodología, haciendo hincapié en la estrategia de “frente unido” que viene aplicando desde años antes incluso de su llegada al poder (1949). El origen se encuentra en los desarrollos que tuvieron lugar en la Rusia soviética durante los años 20, 30 y 40 del pasado siglo, a los que hay que añadir la propia experiencia del partido en su despliegue hacia la conquista del poder desde su fundación. Sintetizando: se busca agrupar, mediante colaboración o coerción, todos los grupos posibles en un “frente unido” para llevar a la práctica los objetivos del Partido Comunista. Componente básico de esta estrategia: designar a los enemigos y eliminarlos.

   Esta manera de operar, que los comunistas chinos han elevado al rango de “ciencia”, hace hincapié, tras la llegada al poder de Xi Jinping (2012), en la promoción de una visión favorable de las políticas chinas en las sociedades occidentales haciendo especial hincapié en la captación de sus élites (“haciendo amigos”). El libro dedica capítulos independientes a la penetración en Norteamérica y Europa. El caso canadiense es especialmente inquietante. Pero Francia, Alemania e Inglaterra no le van a la zaga.

ESCONDER EL BRILLO, NUTRIR LA OSCURIDAD

   Cuando la China comunista inició su andadura en el concierto internacional como nación independiente, la “república popular”, y al margen de la fuerte represión operada en el interior del país, sus crímenes exceden con mucho los del nazismo, quedó claro que era una potencia marcadamente agresiva y depredadora. La invasión y anexión del Tíbet en 1950, un año después de la “liberación”, o su participación en la misma época, por lo demás poco afortunada, en el conflicto coreano, enfrentándose a las fuerzas norteamericanas y de las Naciones Unidas, dan cuenta de lo que afirmamos. Llenar el Tibet de emigrantes chinos como llenar Ceuta de marroquíes despierta la percepción de siniestros paralelismos.

   Tanto el espionaje industrial, que implica la violación permanente de la propiedad intelectual, como el robo de secretos militares, constituyen aspectos comunes de las actividades chinas fuera de su país. Las “operaciones de influencia” son continuas y están intensamente vinculadas a la habilidad de las agencias comunistas para penetrar en los más altos niveles de las estructuras gubernamentales y societarias occidentales. A ello hay que añadir la estrategia de “los mil granos de arena”, un programa difuso de captación de información que trabaja con gran eficacia las fuentes abiertas y al que hay que añadir diversas acciones de micro espionaje descentralizado a cargo de  turistas chinos.

  En 2017 según el especialista francés Roger Faligot se produce un incremento formidable en la actividad del aparato chino de Inteligencia. No es difícil comprender el porqué: Donald Trump gana las elecciones con el partido republicano en 2016 y toma posesión en 2017. En 1996 los comunistas chinos pretenden influir directamente en las elecciones estadounidenses mediante procedimientos irregulares de financiación. El evento se conoció como “Chinagate”. En 1999 es bombardeada la embajada china en Belgrado. En el 2001 entra China en la Asociación Mundial de Comercio (WTO) El impulso inicial para ello lo había dado Bill Clinton y se concretó durante la Presidencia de George W. Bush. Esta decisión, que cambiaría la política internacional y daría paso a la Globalización en sentido estricto y a la calamitosa desindustrialización de los Estados Unidos, a la que pretende poner coto con energía el presidente Trump durante su segundo mandato, no tuvo en cuenta el detallado informe publicado en 1999 por un Comité de la Cámara de Representantes, con relación a temas de Seguridad Nacional vinculados a China. Hablamos del “Informe Cox”, tres volúmenes donde se recogen multitud de acciones de espionaje militar, nuclear e informático realizadas por los comunistas chinos durante las décadas de los 80 y los 90.

   El 11 de septiembre de ese año 2001 tuvo lugar el atentado de la Torres Gemelas. En cuestión de poco más de una semana el presidente norteamericano declararía la “guerra contra el terror” y la boutade de que “el islam es una religión de paz”. Se iniciaban las desastrosas operaciones militares en Afganistán (2001-2021) y, por segunda vez, en Irak (2003-2011). También la consagración oficial de la “islamofobia” como pecado original de la sociedad occidental.

   En ese momento, que muy posiblemente los analistas futuros, si los hubiere, considerarán la fecha del comienzo de la Tercera Guerra mundial, China inicia una política activa cambiando sustancialmente su modus operandi. Siguiendo la directiva de Deng Xiaoping (1904-1997): esconder el brillo y nutrir la oscuridad, en español prosaico: “ocultar las capacidades propias y permanecer mudos”, se pone en marcha una voluntad de agrupar países del Tercer Mundo, categoría inventada por Mao, y minar el orden internacional forjado por los Estados Unidos tras la segunda guerra mundial. Un renacer de las ideas tercermundistas de los 50 y 60 propuestas entonces bajo la etiqueta de los “no alineados”. Toda esta palabrería sobre el multilateralismo, combinado con retórica pacifista y el volver a desenterrar el espantajo geopolítico eurasiático está relacionado con ello. Su objetivo: aprovechando “el declive del imperio americano”, apoderarse de Asia y convertirse en el poder global dominante del siglo XXI.

   Uno de los vectores más destacados es la “batalla cultural”. En ella se combinan: la expansión de las narrativas chinas sobre casi cualquier cosa, con el denodado deseo de cambiar el escenario académico internacional. El libro contiene numerosos ejemplos de esta estrategia de la cual los Institutos Confucio (nacen en el 2004 en Corea del sur y Maryland) son un importante activo. El fenómeno “woke” en su totalidad no es ajeno a estos designios. Desalentado dentro de China es instrumentalizado y modulado para el exterior, por ser un eficaz factor de descomposición de las sociedades occidentales.

   Belt and Road Initiative (“una franja, una ruta”), la Nueva Ruta de la Seda, es un vasto programa de inversiones en infraestructura, mediante créditos de bajo interés para ponerlas en marcha, utilizado como programa de poder y camuflado como ayuda al desarrollo. Una trama de chantaje económico que abraza el mundo entero. Nacido en 2013, bajo la iniciativa de Xi Jinping, el artífice del Sueño Chino (China Dream) En 2019 estaban encuadrados en este programa 60 países, hoy hay ya 145. Más de 50 son africanos. En Europa 17 países juegan en esta liga de influencia y poder. Sólo las exigencias de reciprocidad de Bruselas impiden por ahora que España forme parte de este escenario. Portugal y Marruecos, sí lo hacen.

  Terminamos recordando el asunto de Huawei, el conglomerado de comunicaciones chino al que puso el veto Donald Trump en 2019. La pareja del ministro español de Exteriores, Albares, se vio obligada a dimitir de su puesto de dirección de la parte española de la empresa. Nuestro país, llamarlo “nación” suena a broma, desde la etapa de Zapatero es un caso claro de lo que los comunistas llaman “eslabón más débil”.

   La infiltración y el entrelazamiento de los países occidentales con China es cada día más intenso y peligroso. Gran parte de las campañas para demonizar a Trump están relacionadas con esta voluntad decidida del magnate neoyorquino de poner un dique a las actividades de espionaje y robo de Pekín.   Hoy, hace unos días, ha salido a la luz como China busca ralentizar e intervenir la tecnología de la Inteligencia Artificial. Como en toda actividad donde el comunismo busca generar una hegemonía de pensamiento, la maquina propagandística abraza todos los sectores sociales.

   La “segunda guerra fría” podría terminar, según Niall Ferguson que parafrasea a TS Eliot (1888-1965),“no con una explosión, sino con un gemido”. Una desaparición miserable y gris de seres que han perdido el alma. Pongamos casualmente que hablo de España.

(Madrid, 1956) es escritor. Sus temas de interés se relacionan con la literatura, el cine y el arte fantásticos y en general con todas las vicisitudes relacionadas con lo inexplicable, entre otras la política internacional. Es autor de 'Pensamiento envenenado: Distopía y Estado Terapéutico' y de 'Protocolos para un apocalipsis' (con E. Freire), etc.

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