En 2017 Michel Houellebecq impartió la conferencia Los intelectuales abandonan la izquierda en Buenos Aires. Pasó inadvertida, y ahí está la semilla de su obra. En aquella conferencia, Houellebecq, después de analizar la evolución de los intelectuales franceses, desde Sartre y Camus hasta los filósofos de la French Theory (Derrida, Lacan, Foucault, etc.) certificó el fin del “poder intimidatorio” de la izquierda. Esa izquierda, dijo, está presa de un “pánico total” porque ha perdido la hegemonía en la batalla de las ideas. Lo decía él, que había contribuido, con sus novelas y ensayos, a erosionar el liderazgo de una izquierda intocable desde el final de la II Guerra Mundial. Houellebecq, bestia negra de Le Monde y de otros medios progresistas, fue incluido por Daniel Lindenberg en la lista de los “nuevos reaccionarios”, junto con Alain Finkielkraut, Éric Zemmour, Maurice Dantec y Philippe Muray. De estos dos últimos, especialmente de Muray, se reclamó discípulo y deudor de sus ideas.
Pero lo más evocable de aquella conferencia es cuando Houellebecq desvela qué autor ha sido el más determinante en su obra. Y no cita a un novelista —Sade, Céline y Camus figuran entre sus influencias— sino a un pensador político: Alexis de Tocqueville. Este era, en realidad, el tapado de Houellebecq. Para concluir su intervención leyó un pasaje de la segunda parte de La democracia en América, publicada en 1840. Este fragmento está extraído del capítulo titulado Qué tipo de despotismo amenaza a las naciones democráticas.
Antes de analizar el influjo de Tocqueville en la narrativa del francés, convendría hacerse la siguiente pregunta: ¿qué tiene en común el autor de Ampliación del campo de batalla con el de El antiguo régimen y la revolución? A primera vista, muy poco, salvo la nacionalidad. Sus orígenes sociales son diferentes. Tocqueville (1805-1859) nació en una familia principal de la nobleza normanda que sufrió el trauma de la revolución. Houellebecq, por el contrario, lo hizo en Saint-Pierre, en la isla de Reunión; fue hijo de militantes comunistas y pronto, tras el divorcio de sus padres, quedó al cuidado de los abuelos. El autor adoptó el apellido de soltera de su abuela paterna, pues su verdadero nombre es Michel Thomas.
Un hombre de orden y un polemista
Además de escritor, Tocqueville fue juez en Versalles, miembro de la Cámara de los Diputados (1839-1851) y ministro de Asuntos Exteriores bajo la presidencia de Luis Napoleón. A primera vista, un hombre intachable, un ciudadano de orden. En cambio, a Houellebecq le ha perseguido la polémica desde sus inicios como escritor. Tildado por sus detractores de racista, misógino e islamófobo, enemigo de la democracia representativa y de la eutanasia, partidario de la prostitución como “pilar” de la sociedad —así lo afirma en Buenos Aires—, Houellebecq es la estrella de las letras galas. Ha sido novelista, ensayista, poeta, cantante, guionista y director de cine, y hasta actor porno. Las últimas creaciones de su obra son el poemario Combat toujours perdant y el disco Souvenez-vous de l’homme (Acordaos del hombre), con versos recitados sobre músicas de Frédéric Lo.
Pese a que aparentemente nada tienen que ver, Tocqueville y Houellebecq, además de asegurarse un lugar en la memoria cultural de Francia, comparten el don de la profecía. En enero de 1848, el autor de La democracia en América, muy crítico con la ceguera del liberalismo burgués de su tiempo, pronosticó la revolución que se avecinaba.
Houellebecq es también profeta, a su pesar. Un año después de publicarse Plataforma, en el que se narra un ataque terrorista contra turistas, se produjeron los atentados de Bali (2002). Sumisión, novela distópica en la que el islam se hace con el poder en Francia con el apoyo de la izquierda, se publicó el mismo día de la masacre en la revista Charlie Hebdo, en enero de 2015. La posibilidad de una isla, novela de ciencia ficción, pronostica un mundo dominado por el transhumanismo.
La libertad como dique contra la igualdad
Además de las semejanzas referidas, Houellebecq y Tocqueville comparten la pasión por la libertad individual, imprescindible para asegurar el respeto a los derechos de las personas. La defensa de la libertad frente a una igualdad que amenaza con destruirla, es la idea central de La democracia en América, resultado de la estancia de Tocqueville en Estados Unidos, en 1831, para investigar sobre su sistema penitenciario.
Lo que Tocqueville observa en Norteamérica —el materialismo, el triunfo del individualismo, la “dulcificación” de las costumbres, el hedonismo, la centralización del poder y la persecución de los disidentes bajo la tiranía de la mayoría— lo proyecta a Europa. Y advierte de los peligros de la igualdad. Esta puede llevar, escribe, “a la servidumbre o la libertad, a la civilización o a la barbarie, a la prosperidad o a la miseria”. Casi doscientos años después de aquella premonición, caben pocas dudas de que la igualdad se ha impuesto a la libertad, en términos reales y no retóricos, bajo el dominio de un despotismo democrático en el que, dice Tocqueville, “no parece posible que se den tiranos entre sus dirigentes, sino más bien tutores”.
En las sociedades occidentales del siglo XXI, en el que emergen el matriarcado como forma de Estado, según explica Philippe Muray, adquiere sentido el pasaje de Tocqueville, citado por Houellebecq en su conferencia argentina.
Leamos algunos extractos de este pasaje.
En el despotismo nacido de un uso perverso de la igualdad, el pensador francés observa “una inmensa multitud de hombres parecidos y sin privilegios que los distingan incesantemente girando en busca de pequeños y vulgares placeres, con los que contentan su alma, pero sin moverse de su sitio”.
Y añade: “Cada uno de ellos, apartado de los demás, es ajeno al destino de los otros; sus hijos y sus amigos forman para él toda la especie humana”. Houellebecq precisa que la familia y la amistad han dejado de tener el valor de los tiempos de Tocqueville. El individuo se ha quedado solo.

Las vísceras podridas de la sociedad occidental
El Houellebecq novelista destaca, precisamente, por ser el cirujano que abre en canal la sociedad occidental para mostrar sus vísceras podridas, como un discípulo aplicado de aquel Balzac que hacía lo propio en el siglo XIX. Desde el joven ingeniero informático, abocado a la depresión, en Ampliación del campo de batalla, hasta Florent-Claude Labrouste, el agrónomo impotente por el consumo de antidepresivos, protagonista de Serotonina, toda la obra del autor francés está empapada de soledad, incomunicación, individualismo, nihilismo; de sexo como huida y desesperación, gobernado por las leyes del mercado… Y, en efecto, todo estaba ya en La democracia en América.
Este individuo sin pulso, inconstante, caprichoso, con “desgana de vivir”, obsesionado por lo material, incapaz de hacer “nada grande, apacible ni duradero”, en palabras de Tocqueville, ha puesto su vida en manos del Estado.
Para ilustrarlo continuemos leyendo el pasaje de La democracia en América: “Por encima se alza un poder inmenso y tutelar que se encarga exclusivamente de que (los ciudadanos) sean felices y de velar por su suerte. Es absoluto, minucioso, regular, previsor y benigno. […] No persigue más objeto que fijarlos irrevocablemente en la infancia; este poder quiere que los ciudadanos gocen, con tal de que no piensen sino en gozar”. Y acaba Tocqueville con la siguiente pregunta: “¿no podría librarles (a los ciudadanos) por entero de la molestia de pensar y del trabajo de vivir?”.
La concentración de poder en las democracias modernas, prevista por Tocqueville, ha dado lugar a unos estados que controlan hasta el más mínimo detalle de las vidas de las personas. Sus viajes, sus cuentas bancarias, su lenguaje, su comida, sus lecturas, su intimidad. Este Estado —a los que algunos insisten en llamar del bienestar— “no destruye las voluntades, las ablanda, las doblega y las dirige” hasta el punto de reducir “a toda la nación a un rebaño de animales tímidos e industriosos cuyo pastor es el gobierno”, se lee en La democracia en América.
La caza del discrepante por el Estado
El discrepante, quien se enfrenta a ese Estado —o lo que es peor, a un macroestado como la Unión Europea— acaba pagando cara su osadía, como Aymeric, personaje de Serotonina, ganadero de profesión que, acorralado por las políticas de la UE, acaba suicidándose, como el agricultor aragonés David Lafoz en 2025.
La última semejanza entre estos dos franceses geniales, aunque parezca increíble, de creer, es que ambos dejan abierta la puerta a la esperanza. No se dan por vencidos. Tocqueville defiende que el hombre, “dentro de sus vastos límites”, es “poderoso y libre”. De él depende hacer uso del libre albedrío que la ha concedido la Providencia, para no caer en el despotismo.
Houellebecq, profeta del desarraigo existencial, a la manera de un Camus contemporáneo, cronista cínico de nuestra soledad e incomunicación, moralista sobrevenido, confía aún en la posibilidad del amor, en los tiempos de Tinder, y así narra en Aniquilación, su última novela, el reencuentro de una pareja rota, formada por Paul y Prudence, en un mundo que se deshace a pedazos.
Ojalá no todo esté perdido y sea cierta la conclusión a la que llegó aquel francés que gobernó Europa cuando Tocqueville era un niño: que al final siempre triunfa el espíritu frente a la espada (entiéndase esta como las múltiples manifestaciones del poder que someten al ser humano).