En la segunda mitad de los años sesenta, un meteorito intelectual recorrió EEUU y Canadá. Marshall McLuhan era un profesor de Literatura en la Universidad de Toronto y, como tantos otros profesores universitarios, parecía llamado a una vida de semianonimato alejada de los focos. Sin embargo, sus ideas desconcertantes pero extrañamente lúcidas, y su manera aforística de presentarlas, lo convirtieron en poco tiempo en una celebridad intelectual, una especie de oráculo délfico que lanzaba sus crípticos anuncios en los platós de televisión. Los entrevistadores y la mayoría de sus admiradores reconocían no comprender el noventa por ciento de lo que McLuhan decía, pero el diez por ciento restante era tan atractivo, tan perspicaz e insospechado, que no tardó en convertirse en el erudito más solicitado por los medios de comunicación. Las cadenas de televisión y de radio, las revistas, los periódicos, hacían cola a su puerta esperando su turno. Grandes empresas como IBM o General Electric comenzaron a reclamar sus servicios como consultor. Su dictum «El medio es el mensaje» estaba en boca de todos y se convirtió en un estribillo que la mayoría repetía sin reflexionar sobre su significado. El fenómeno llegó tan lejos que no era raro encontrarse con coches y señales de tráfico en los que unas pegatinas rezaban: «Watcha doin Marshall McLuhan?» (¿Qué estás haciendo, Marshall McLuhan?). El oscuro profesor de Universidad había atravesado la barrera de la curiosidad pública para entrar en el histérico e impredecible mundo del fervor popular.
Pero, ¿cuáles eran esas fascinantes ideas que convirtieron a McLuhan en una celebridad? Como todo genio, McLuhan tenía una vena monomaníaca. Su obsesión eran los medios y sus poco estudiadas consecuencias antropológicas. Con la palabra «medios» McLuhan se refería a cualquier tecnología creada por el hombre como una extensión de sus propias facultades o funciones. Desde la rueda hasta la televisión pasando por el alfabeto fonético y la imprenta, esos medios han modificado por completo nuestro mundo, influido de forma decisiva en la organización política y, en último término, alterado nuestra propia psique y nuestro sistema sensorial. Cada medio crea un entorno que el ser humano asimila inconscientemente como algo natural, sin comprender que se trata de un reajuste artificial para dar cabida a ese medio. La mayoría de las personas nunca reflexiona sobre esos entornos precisamente porque nos envuelven con su omnipresencia. Como solía repetir con frecuencia: «No sabemos quién descubrió el agua, pero no fue un pez».
La primera obra de McLuhan que alcanzó notoriedad, La Galaxia Gutenberg, explica cómo la invención de la imprenta acabó por exacerbar el componente visual que desde el alfabeto fonético había predominado en nuestra estructura de percepción. El alfabeto fonético, al traducir a contenido visual lo que pertenecía al ámbito acústico, introdujo un desequilibrio entre nuestros sentidos. Comenzamos a entenderlo todo, incluido el espacio y el tiempo, en términos puramente visuales. Ese predominio de lo visual favoreció el avance científico y filosófico, ya que permitía aislar los componentes de cada fenómeno como si fueran imágenes estáticas, y de ese modo se podían estudiar detenidamente sus propiedades. Sin embargo, también dejó fuera de nuestro conocimiento otros fenómenos que requerían una mayor sinestesia o equilibrio entre sentidos para poder ser captados. Al fin y al cabo, tenemos cinco sentidos porque es la manera más óptima para el ser humano de conocer la realidad que le circunda.
La perturbación de la sinestesia natural con el incremento del componente visual tuvo consecuencias que todavía hoy se pasan por alto. Según McLuhan, por ejemplo, el espacio euclidiano concebido por los griegos, y toda la geometría que se derivó de él, responden a esa estructuración visual de la realidad. Por otra parte, al rebajar la interacción oral y favorecer el aislamiento, el alfabeto fonético supuso el fin de la sociedad tribal. Con la llegada de la imprenta, esa tendencia alcanzó su máxima expresión fomentando aun más el individualismo y, por otra parte —y aunque parezca paradójico— el nacionalismo. La repetibilidad de la tecnología de Gutenberg exigió la estandarización de las lenguas vernáculas, lo que a su vez propició un sentimiento de pertenencia común que habría sido imposible a esa escala sin la aparición de la imprenta. En cuanto a las consecuencias para la economía, por primera vez un producto se podía producir en masa con idéntico valor, de modo que con la imprenta aparecieron por primera vez los precios fijos.
McLuhan examinaba estos y otros efectos de los medios mecánicos procurando no emitir juicios de valor, dejando que el lector se ocupara de clasificar sus observaciones y de dividir los efectos de esos medios en «ventajas» y «desventajas». Sin embargo, lo que más le interesaba enfatizar es que los nuevos medios eléctricos iban a propiciar un cambio tan drástico como en su día lo provocó el alfabeto fonético o la imprenta. Los medios eléctricos no son extensiones de partes del cuerpo humano, como la rueda lo era del pie o la imprenta de la mano, sino extensiones de todo el sistema nervioso. Esos medios tienen el poder suficiente como para revertir el proceso civilizatorio y provocar una retribalización de la sociedad, ya que rebajan el componente visual y devuelven a lo audio-táctil su relevancia.
McLuhan no solía anunciar esto con un tono alarmista, sino con la aparente frialdad de una observación científica. De hecho, desconcertaba a sus entrevistadores y oyentes, pues a veces parecía estar a favor de esa retribalización y otras en contra. Por ejemplo, le parece que el hombre de la era eléctrica, al rebajar la hegemonía del componente visual, está mejor preparado para descubrir y comprender las geometrías no euclidianas y la física cuántica, en las que lo secuencial y conectado no es tan importante. Sin embargo, en alguna ocasión confesó que él era personalmente contrario al cambio, y en sus últimos años reconoció que los medios eléctricos podrían jugar un papel no solo negativo, sino apocalíptico:
Creo que este podría ser el tiempo del Anticristo. Cuando la electricidad permita la simultaneidad de toda la información para cada ser humano, será el momento de Lucifer. Él es el mejor ingeniero eléctrico. Técnicamente hablando, la era en la que vivimos es ciertamente favorable para un Anticristo. Imagínense: cada persona puede sintonizarse instantáneamente con un “nuevo Cristo” y confundirlo con el verdadero Cristo. En tales momentos, se vuelve crucial escuchar bien y sintonizarse con la frecuencia correcta.
La realidad es que McLuhan se limitaba a observar y explicar las consecuencias de ese cambio de paradigma, y cuando esas consecuencias parecían positivas o negativas no intentaba disimularlo. «No explico, exploro», solía responder a sus interlocutores. «No intento concebir, sino percibir lo que está frente a mí».Le parecía extraño que cuando alguien intenta captar y describir un fenómeno la gente suela dar por hecho que está a favor de dicho fenómeno, pues en su caso particular era todo lo contrario.
McLuhan era católico y, como él mismo añadía con humor: «De la peor clase: converso». Se había convertido a través de sus lecturas y acudía a Misa diariamente. Corinne Lewis, su mujer, reconocía en una entrevista que la religión católica era lo más importante para él, por encima de su trabajo y de ella misma. Pero, aunque no ocultaba su fe, creía que para el cometido que se había propuesto era mejor no implicarla demasiado en sus obras, ya que, como explorador y de cara al público, se había propuesto no emitir juicios de valor, sino sólo captar y describir fenómenos. Eso no le impidió asociarse con grupos provida para oponerse al aborto, o escribir algunos textos en los que reflexionaba directamente sobre la religión católica. Algunos de esos textos fueron reunidos en 2010 en el libro The Medium and the Light.
A mediado de los años setenta la fama de McLuhan comenzó a menguar y sus apariciones públicas comenzaron a espaciarse. Las popularidades súbitas suelen tener finales súbitos. De repente, a la gente ya no le interesaba lo que tenía que decir, aunque en realidad nunca lo había comprendido del todo. La mayoría todavía no podía explicar qué quería decir exactamente McLuhan con su archiconocida fórmula: «The media is the message» (El medio es el mensaje) y sus juguetonas variaciones «The media is the massage» (El medio es el masaje) y «The media is the mass-age» (El medio es la edad-masa). La diferencia es que ahora el público se había aburrido y ya no intentaba comprenderlo.
En las cada vez menos frecuentes entrevistas de los años setenta, McLuhan demostraba conservar toda su chispa. Sus paradojas y aforismos seguían desconcertando y cautivando a sus entrevistadores: «La mayoría de gente no conocería el significado de sus posesiones sin la publicidad». «La gente no ve los anuncios para saber lo que tiene que comprar, sino para asegurarse que ha comprado lo correcto». «Cada medio tiene el contenido que se merece». «Si quieres occidentalizar a tus hijos, envíalos a Japón». «Siempre tengo mucho cuidado de no predecir nada que no haya ocurrido ya». Estas son sólo algunas de las frases lapidarias que McLuhan podía lanzar en cualquier momento de la entrevista, con la agilidad mental de un hombre curtido en mil conversaciones y debates.
Sin embargo, para las nuevas generaciones ya no era motivo de interés. Los jóvenes estudiantes ya apenas conocían a ese hombre que una década antes había sido casi tan conocido como los Beatles. La era eléctrica sobre la que tanto había reflexionado, y que pide constantemente nuevos estímulos y referentes, comenzó a dejarle atrás. De repente había entrado en el incómodo club de las «viejas glorias», en el cual son inscritos contra su voluntad los hombres que una vez fueron catapultados por la fama. Nombres que todavía resuenan en las nuevas generaciones, aunque no puedan ser ubicados con precisión, y que las viejas generaciones ya sólo reconocen con cierta nostalgia brumosa. Fue precisamente en calidad de «vieja gloria» que en 1977 hizo un fugaz cameo en la película Annie Hall, de Woddy Allen.

Poco después, en 1979, un derrame cerebral le afectó al habla. Pasó el último año de su vida física y mentalmente lúcido, pero sin poder apenas articular palabra. El hombre de las ideas rebosantes, que había pasado la mayor parte de su vida explicando sus teorías y hallazgos, de repente no podía expresarse. Debió resultar una experiencia terrible para él. Toda su deslumbrante retórica había quedado reducida a una repetición monótona: «Oh boy, oh boy, oh boy». Lo peor de todo es que su lucidez le permitía ser consciente de su estado y lamentar su impotencia, como testimoniaron muchos de sus amigos. Pero la agonía no duraría demasiado. Finalmente, la noche del 30 de diciembre de 1980, McLuhan se fue a dormir y nunca más despertó.
La tendencia natural del ser humano de clasificar a los hombres y sus ideas entró en conflicto con el pensamiento complejo y versátil de McLuhan. Sus años de fama exorbitada pueden explicarse como un intento del público por encasillar sus ideas para ahorrarse la molestia de comprenderlas, y el súbito declive de esa fama como una demostración de que el intento fue fallido. Sin embargo, los nuevos medios y las nuevas tecnologías del siglo XXI se han ajustado a los patrones descritos por McLuhan y han cumplido sus predicciones. El ser humano ha seguido creando medios antes de reflexionar sobre sus efectos antropológicos a largo plazo, algunos de los cuales pueden resultar irreversibles. La IA es la última prueba, pero no será la última. La obra de McLuhan puede ayudarnos a comprender el peligro de convertir al hombre en un siervo inconsciente de sus propios inventos, en un mero mecanismo de las tecnologías que produce. Sólo de ese modo el hombre recuperará su alta dignidad en la jerarquía de los seres, y sólo de ese modo podrá volver a reconocer a Dios en lo más alto de esa jerarquía.