Para combatir las distintas modalidades bajo las que el miedo se hace presente en la vida del hombre, nuestra época ha procedido a parcelarlas. La teoría dicta que aplicando una denominación precisa a cada desorden psicológico se abrevia el camino hacia su tratamiento. Se produce así un florecimiento léxico que desde la literatura médica desciende hasta los estratos más populares del lenguaje. Fobias y neurosis, en sus distintos grados y variantes, se vuelven realidades próximas y van perdiendo una porción de su aureola maldita a medida que la gente común las incorpora a su acervo.
La eficacia del terapeuta comienza con su capacidad de nombrar el mal que afecta a su paciente. Todo médico sabe que lo primero que aguarda el enfermo que se sienta frente a él es que de sus labios salga una palabra que, como un sortilegio, disipe el enigma que le aflige. La formulación del diagnóstico es esencial porque, al margen de despejar el camino para una eventual intervención farmacológica, le adjudica un rostro definido a lo que hasta ese momento no era más que una difusa constelación de síntomas.
El listado de dolencias se amplía a medida que la realidad se hace más compleja. Las variadas presiones del entorno provocan que apenas quede alguien que, en algún momento de su vida, haya permanecido inmune a los efectos desestabilizadores que sobre el ánimo de la persona ejercen las potencias que modelan nuestro mundo. De ahí que resulte sorprendente que hasta la fecha no haya aparecido un término médico para aludir a esa paralizante sensación de malestar que a todos nos ha soliviantado —y probablemente en más de una ocasión— mientras hacíamos frente a un trámite administrativo.
En efecto, la burocracia es un poder opresivo. Es la forma en que una administración desprovista de sentimientos —y cada vez más asiduamente de rostro—se relaciona con sus súbditos. Consiste en un despotismo frío, en una ciencia del sometimiento que actúa mediante la cancelación de todo vínculo humano entre las partes. Sus rasgos la vuelven idónea para convertirla en la manifestación más acabada de los regímenes que, pese al respeto superficial por los formalismos democráticos, han reducido la política a un distante ejercicio de racionalización tecnocrática.
La burocracia se impone en aquellas naciones que, tras ser despojadas de su matriz orgánica, han sido degradadas a la condición de artefacto. De ahí que su proliferación se justifique en la medida en que nos recuerda que ya no somos tanto sujetos depositarios de derechos políticos inalienables —si es que alguna vez lo fuimos— como engranajes de una maquinaria a cuyo funcionamiento estamos obligados a contribuir.
Las sociedades se fragmentan, las familias se destruyen, los lazos comunitarios ceden terreno ante la incesante ampliación del universo de las microidentidades, pero la burocracia se afianza como el elemento que impone un patrón nivelador a todos los individuos sometidos a una misma jurisdicción política. Hay luchas culturales, refriegas ideológicas, agresivas modalidades de activismo social, y aun así, en medio de esta efervescencia aparente, la burocracia preserva sus lindes milimétricamente acotadas y hace que la vida resulte inviable fuera del ámbito que decretan sus disposiciones.
Pero ¿de dónde surge este poder aplastante?, ¿dónde situar el momento histórico en el que lo que hasta entonces era un medio más o menos modesto para organizar la vida en común asume una pretensión totalizadora? Pensadores de reconocida solvencia argumentan que su origen resulta indisociable de la concepción acerca del hombre y de la sociedad que se abre paso en Europa con la modernidad política. Las teorías contractualistas de Hobbes y Rousseau inciden, cada una a su manera, en una idea mecanicista de la sociedad en virtud de la cual sus miembros quedan despojados de su estatus de persona y asumen la condición de piezas intercambiables —y, en consecuencia, fácilmente reemplazables- dentro de ese artificio a medio camino entre lo tiránico y lo benevolente que representa el Estado.
Con la Revolución Francesa, las tesis precedentes adquieren entidad histórica. Los revolucionarios acometen una labor titánica: la ruptura total con el pasado, la siembra de un nuevo origen. Como apunta Robert Nisbet, su propósito es doble: la individualización de la sociedad y la racionalización de todo. El interés por la persona se sustituye por la veneración hacia la Idea. La política se reviste de un carisma religioso. Hay un timbre fundacional, una vehemencia sacra en los manifiestos que sirven de preámbulo a las leyes que aprueba la Convención. Y hay una intolerancia fanática frente a toda opinión sospechosa de sugerir una dirección distinta a las ansias uniformizadoras que dirigen las actuaciones del Comité de Salud Pública.
Por primera vez se legisla no en función de aquello que dicta la experiencia, sino según un designio utópico acerca del “curso de la historia” o de “la naturaleza del hombre”. “Nuestros revolucionarios –anota Tocqueville— sentían una especial inclinación por las generalizaciones amplias, los sistemas legislativos estereotipados y por una simetría pedante; un mismo desprecio por los hechos incontestables; idéntico gusto en reformar las instituciones siguiendo líneas nuevas, ingeniosas y originales; el mismo deseo de reconstruir toda la constitución de acuerdo con las reglas de la lógica y de un sistema preconcebido en lugar de intentar la rectificación de sus partes defectuosas”.
La llama revolucionaria prende con facilidad porque el orden que le precede se halla carcomido en sus más ocultas raíces. En la mentalidad jacobina, hay que demoler hasta la última piedra del edificio del Antiguo Régimen para, acto seguido, empezar a levantar desde los cimientos el palacio ornado de leyes emancipadoras que el hombre nuevo está llamado a habitar. Pero para la culminación de sus fines a los revolucionarios les resulta imprescindible el Terror. Robespierre, el incorruptible, declara: “Si en tiempos de paz, la base del gobierno popular es la virtud, en tiempos de revolución la base del gobierno popular es la virtud y el terror: la virtud sin terror carece de poder; el terror sin virtud es asesino”.
El mundo que alumbra la revolución (y que sigue siendo nuestro mundo) surge por tanto a partir del establecimiento de una simbiosis íntima con el miedo. Volvemos así a la tesis con que se abría este artículo: el miedo como uno de los rasgos definitorios de nuestra época. Un miedo desencarnado, que se experimenta no hacia una persona en concreto, sino más bien hacia un estado de cosas, hacia un poder en definitiva tan difuso como intimidatorio, tan abstracto como amenazador, porque intuimos que su alcance no respeta ningún límite.
No en vano, los revolucionarios franceses asientan su dominio sobre la base de la aniquilación de cualquier instancia comunitaria en cuyo seno la persona pueda encontrar amparo. Se legisla contra la familia, la Iglesia y los gremios, contra toda estructura de autoridad distinta del Estado. La consecuencia es que, en lo sucesivo, la sociedad ya no se manifiesta tanto como un tejido vivo de relaciones personales cuanto como una masa de individuos homogéneos, cuyas mentes se amoldan con una facilidad asombrosa a los patrones ideológicos que difunde la propaganda.
En buena medida, nosotros somos los herederos de aquel descomunal experimento de reelaboración de la persona. Seguimos hechizados por el mito del igualitarismo en un mundo crecientemente desigual; seguimos obnubilados por el ideal de libertad en un entorno sometido a un control cada vez más asfixiante; nos seducen aún los dulces acordes de la fraternidad en un medio dominado por el cálculo del beneficio individual y la lógica devoradora del utilitarismo.
Nuestros miedos, eso sí, han mudado de piel. Ahora no se alzan guillotinas en las plazas públicas para deleite y amedrentamiento de las masas, pero de la utopía revolucionaria nos ha quedado como herencia tóxica un gigantesco aparato funcionarial que extiende sus redes sobre la práctica totalidad de nuestras vidas. Frente a tal panorama estamos solos, atemorizados por las evidencias de un poder poco menos que absoluto, abrumados por la gélida impasibilidad con que, a diario, nos atenazan sus tentáculos.
El sueño revolucionario que venía a traer la libertad culmina, pues, en un delirio de leyes, regulaciones y otros medios de coerción colectiva que estrangulan la alegría de vivir. La mentalidad racionalista-burocrática eleva hasta la cima de la pirámide institucional a una nueva casta de tecnócratas que, desde sus bien remuneradas alturas, dirigen con arrogancia nuestras vidas sin rendir cuentas acerca de la razón de sus decisiones. Cuando se equivocan, nadie se hace responsable de sus despropósitos y todos hemos de asentir con una blanda sonrisa de consenso. Hasta que, como profetizara Tocqueville, “…cada nación quede reducida a nada mejor que una multitud de animales tímidos y diligentes, de la que el gobierno es el pastor”.
(Ilustración: Comité revolucionario de la sección parisina. Jean-Baptiste Huet)