«Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto, porque sin mí no podéis hacer nada. Si alguno no permanece en mí es arrojado fuera, como los sarmientos, y se seca…»
(Juan 15, 5-6)
Reza un viejo dicho francés que “qui mange du Pape, en meurt”, quien come Papa, muere. Lo que no significa necesariamente que el Sumo Pontífice sea venenoso, pero sin duda puede resultar indigesto para quien se opone a él, al menos si se pretende continuar dentro de la Iglesia.
Hace apenas unos días, la Sociedad Sacerdotal San Pío X consagró cuatro nuevos obispos sin mandato pontificio o, por mejor decir, contra el expreso deseo del Papa. Roma había advertido reiteradamente de que hacerlo supondría un desafío directo a la autoridad del Papa y acarrearía las consecuencias canónicas previstas por el Derecho de la Iglesia. La Fraternidad respondió que actuaba por estado de necesidad, para garantizar su supervivencia y preservar la Tradición católica frente a una deriva doctrinal que considera iniciada tras el Concilio Vaticano II.
No es la primera vez que sucede. En 1988, Marcel Lefebvre ya consagró cuatro obispos en circunstancias semejantes, provocando una de las mayores crisis internas del catolicismo contemporáneo. La historia parecía repetirse. Cambian los nombres de los protagonistas, cambian los pontífices y cambian los titulares de los periódicos, pero el argumento permanece inalterable: un grupo de católicos afirma que precisamente para seguir siendo fiel a la Iglesia debe desobedecer a la Iglesia.
Es una situación extraordinariamente rara. El protestantismo nunca pretendió obedecer a Roma. Tampoco la Iglesia ortodoxa. Pero, en este caso, los protagonistas, más que abandonar Roma, pretenden que «Roma ha dejado de ser Roma».
Nihil novum sub sole. Si alguna vez, querido lector, visita Múnich, desvíese unos minutos hasta la iglesia de San Salvador durante la misa. Todo le resultará familiar: el altar, las vestiduras, las lecturas, el Credo, la Eucaristía. Pero quizá esté oficiando una sacerdotisa, y es posible que escuche una defensa serena de doctrinas que la Iglesia católica considera incompatibles con su fe.
No es una iglesia protestante o anglicana; se trata de una celebración de la Iglesia Vieja Católica.
Cuando el papa Pío IX convocó el Concilio Vaticano I en 1869, la Iglesia atravesaba uno de los momentos más delicados de su historia moderna. La vieja Cristiandad era apenas un recuerdo, en una Europa agitada por las revoluciones y el nuevo paradigma nacido de la Ilustración. El propio Papa del concilio no tardaría en ser prisionero de un Estado laico, sin un palmo de tierra que llamar suyo. “L’infâme”, por parafrasear a Voltaire, parecía haber sido efectivamente “écrasé”. Para muchos, era el fin.
Pío IX reaccionó doblando la apuesta en el punto más delicado: la autoridad de Roma. El Vaticano I definiría dos doctrinas estrechamente relacionadas. La primera era la jurisdicción suprema e inmediata del Papa sobre toda la Iglesia. La segunda, mucho más conocida, la infalibilidad pontificia cuando el Romano Pontífice define solemnemente una doctrina sobre fe o moral destinada a toda la Iglesia.
La infalibilidad papal es una de las doctrinas peor entendidas. En Retorno a Brideshead , Evelyn Waugh hace una divertida parodia de cómo se solía entender esta doctrina, como el canadiense converso creyendo que lloverá mañana si el Papa así lo proclama. Es, por decirlo suave, algo bastante más matizado.
Y no es tanto que se dudara de la doctrina en sí, como que muchos de quienes cuestionaban lo oportuno de hacer, precisamente entonces. Entre estos respetuosos disidentes, si se les puede llamar así, estaba el gran converso del anglicanismo, el Cardenal Newman. Pero su figura más representativa era Johann Joseph Ignaz von Döllinger (en la ilustración), un hombre con un impecable historial teológico.
Sacerdote, profesor en la Universidad de Múnich, historiador de inmensa erudición, dominaba como pocos la historia de los primeros siglos del cristianismo. Era, probablemente, la mayor autoridad académica católica de Europa en historia de la Iglesia. Y era ese conocimiento lo que le hacía inquietarse.
Döllinger no discutía que el Papa ocupara un lugar único dentro de la Iglesia ni negaba su primacía, pero no creía que la infalibilidad pontificia pudiera presentarse como una doctrina mantenida siempre, en todas partes y por todos. Cuanto más estudiaba los concilios antiguos, los Padres de la Iglesia y las controversias doctrinales de los primeros siglos, más convencido estaba de que la autoridad se había ejercido entonces de una forma mucho más colegial.
Lejos de ser un rebelde, Döllinger no buscaba un enfrentamiento con Roma. Al contrario. Durante años evitó cuidadosamente toda ruptura pública. Esperó que el Concilio no llegara a definir el dogma. Después esperó que la definición fuera redactada en términos más prudentes. Después confió en que los acontecimientos políticos obligaran a suspender el Concilio antes de la votación definitiva. Pero el 18 de julio de 1870, la constitución Pastor Aeternus fue aprobada por una mayoría abrumadora.
Muchos de los obispos que habían expresado reservas ya no estaban en Roma. Habían abandonado la ciudad antes de la votación para no verse obligados a votar contra el Papa. Cuando regresaron a sus diócesis, casi todos acabaron aceptando el nuevo dogma. Consideraban que, una vez pronunciado solemnemente por un concilio ecuménico y confirmado por el Romano Pontífice, su deber era someter el juicio personal al juicio de la Iglesia.
Döllinger no pudo hacerlo. Estaba convencido de que la Iglesia no podía enseñar como verdad revelada algo que, en conciencia y después de una vida entera dedicada a estudiarlo, juzgaba históricamente insostenible. Sus amigos intentaron convencerle. Algunos obispos procuraron encontrar fórmulas de compromiso. Roma esperaba una retractación que nunca llegó. En abril de 1871 fue excomulgado.
Döllinger no respondió organizando una nueva Iglesia, ni con un manifiesto dirigido a sus seguidores proponiendo un nuevo credo. Se limitó a seguir viviendo como sacerdote y profesor, persuadido de que algún día la Iglesia reconsideraría aquella decisión, algo que nunca ocurrió.
Pero alrededor de su figura empezó a reunirse un número creciente de católicos alemanes, suizos y austriacos que compartían su convicción de que el Vaticano I había introducido una novedad incompatible con la tradición de la Iglesia antigua.
Y ahí está lo curioso: no eran ellos los innovadores, era la Iglesia la que había cambiado. Ellos se mantenían en la Tradición, tanto que eligieron un nombre muy elocuente para identificarse: Viejos Católicos. Los preconciliares, solo que del Vaticano I. Los que permanecían donde siempre había estado la Iglesia mientras Roma, según ellos, se alejaba de ese camino.
Los primeros Viejos Católicos se hubieran ofendido si alguien les hubiera acusado de fundar una nueva confesión. La idea misma les habría resultado ofensiva. No pretendían corregir el cristianismo ni adaptarlo a los nuevos tiempos, al revés: consideraban que el Vaticano I había alterado un delicado equilibrio mantenido durante casi dos mil años al convertir en dogma una interpretación maximalista de la autoridad pontificia que, a su juicio, no podía encontrarse en la Iglesia de los primeros siglos.
En su momento, muchos observadores pensaban incluso que el tiempo terminaría dando la razón a Döllinger, algo que el propio erudito creía. Murió sin haber celebrado una sola misa como sacerdote viejo católico. Su convicción fue siempre que permanecía dentro de la Iglesia y que era Roma quien, tarde o temprano, acabaría reconociendo que había ido demasiado lejos.
Fuero algunos de sus discípulos quienes dieron el paso fatídico. Pero se encontraron con un obstáculo que sonará a quien siga la actualidad eclesial: una ‘Iglesia Católica’ separada de Roma necesita obispos válidos. Sin obispos no hay ordenaciones; sin ordenaciones no hay sacerdocio; sin sacerdocio no hay sacramentos. El movimiento necesitaba una sucesión apostólica si quería seguir afirmando que no era una invención reciente, sino la continuidad del viejo catolicismo.
Y encontraron una solución. Desde hacía más de un siglo existía en los Países Bajos una pequeña Iglesia separada de Roma cuyo origen se remontaba a las viejas disputas en torno al jansenismo y a la autonomía de la Iglesia de Utrecht. Había sobrevivido discretamente, casi olvidada por el resto de Europa, conservando, sin embargo, algo esencial: una sucesión episcopal cuya validez ni siquiera Roma discutía. Aquellos obispos aceptaron consagrar a los nuevos prelados alemanes y suizos. Gracias a Utrecht, el naciente movimiento podía sostener con fundamento que seguía poseyendo un episcopado legítimo y, con él, la plenitud de la vida sacramental.
Durante décadas habría resultado difícil para un observador poco atento distinguir una parroquia vieja católica de una parroquia romana. La misa seguía un desarrollo prácticamente idéntico. Se administraban los mismos siete sacramentos. Se veneraba a la Virgen. Se rezaba el Credo. Los sacerdotes vestían de manera semejante y celebraban la misma liturgia. Incluso el desacuerdo doctrinal que había provocado la ruptura parecía, visto desde fuera, extraordinariamente limitado. No discutían la divinidad de Cristo, ni la Trinidad, ni la presencia real en la Eucaristía, ni la autoridad de la Escritura, ni la inmensa mayoría de las enseñanzas católicas. Todo parecía reducirse a una pregunta muy concreta: ¿había enseñado siempre la Iglesia que el Papa era infalible al definir solemnemente una doctrina de fe o moral?
En 1889, las distintas Iglesias Viejas Católicas formalizaron su comunión mediante la Declaración de Utrecht. El documento resulta hoy una lectura fascinante porque transmite con absoluta sinceridad la conciencia que aquellos hombres tenían de sí mismos. No hablan como reformadores, sino como custodios de la Tradición. No presentan su separación como una liberación frente a la autoridad, sino como un acto doloroso impuesto por la necesidad de permanecer fieles a la tradición recibida. Quien lea esas páginas sin conocer la historia posterior difícilmente imaginará el lugar al que conduciría aquel camino.
Pero, por mucha retórica que aplicasen para disfrazar su rebeldía, el hecho es que se habían separado de Roma, y esa separación tiene una obstinada tendencia a la deriva doctrinal más absoluta.
Los primeros Viejos Católicos vivían obsesionados por la autoridad del Papa, pero las siguientes generación tuvieron que enfrentarse en solitario al liberalismo teológico, al movimiento ecuménico, a las guerras mundiales, a la secularización de Europa y, finalmente, a la revolución cultural de la segunda mitad del siglo XX. La vieja discusión sobre la infalibilidad pontificia dejó de ser el centro, porque ya no era el debate entre las iglesias. Y así llegamos a nuestros días, cuando los Viejos Católicos, que empezaron oponiéndose al Papa en nombre de la Tradición, ahora han renunciado a partes sustanciales de esa misma tradición. Admiten a las mujeres en el sacerdocio, algunas facciones casan a homosexuales, el Sexo Mandamiento se ha relativizado al máximo… En suma, han sucumbido al espíritu de los tiempos.
Nadie sabe en qué acabará la Sociedad Sacerdotal San Pío X. Sus circunstancias no son en absoluto idénticas a las de los Viejos Católicos. Pero tampoco la primera generación de Viejos Católicos podrían soñar que su movimiento acabaría como lo ha hecho.
En 1870, los Viejos Católicos estaban convencidos de que la Iglesia había abandonado la Tradición y de que ellos eran quienes la conservaban. Pero la historia tiene un curioso modo de aplicar la ‘heterogénesis de los fines’, el hecho de que un fenómeno acabe teniendo los efectos contrarios de los pretendidos en origen.
Esto no es una reflexión teológica, de la que me confieso incapaz, o eclesiológica. Quizá es solo la excusa de exponer una analogía curiosa. Pero lo comprobable es que no parece existir una forma de conservar intacta una tradición separándose de la comunidad que afirma haberla transmitido durante dos mil años. Los Viejos Católicos creyeron que sí. La historia de los Viejos Católicos es, precisamente, la respuesta que dio la historia a esa pregunta.
Y quizá por eso conviene volver ahora al pasaje de san Juan colocado al comienzo de estas páginas. Crea uno o no en la autoridad del Evangelio como profecía, al menos por ahora ha funcionado bastante bien como predicción. El sarmiento no deja de parecer, durante un tiempo, un sarmiento, con la misma forma y color. Solo más tarde empieza a secarse y a sospechar, al menos, que la cuestión no es solo parecerse a la vid, sino en permanecer unido a ella.