El experimento republicano de Estados Unidos

Los europeos, sometidos a oligarquías partitocráticas y tecnócratas no electos, deberíamos mirar a EEUU, al menos, con respeto

Presentarse como admirador de Estados Unidos en Europa o Hispanoamérica te carga con miradas de incredulidad, de desprecio, de repugnancia y hasta de odio. Y no sólo generadas por entusiastas de la tiranía castrista, sino por todo el catálogo de gente partidaria de la propiedad privada y moderada: democristianos, liberales, conservadores, libertarios, etc. Y ahora que el presidente es Donald Trump, esas miradas se acompañan con bufidos que podría proferir un buey antes de embestir. Los reproches son los ya conocidos: la guerra de Cuba y el populismo; a veces asoman el evangelismo y hasta los acuerdos con el régimen franquista.

Por mi parte, de Estados Unidos considero asombroso y digno de imitar su régimen político. A lo largo de 250 años que se cumplen este 4 de julio, ha mantenido sin interrupciones la elección popular de su presidente y su parlamento, y sus instituciones han aguantado guerras, ególatras y magnicidios. Si la alternativa a la gran república fuese una monarquía tradicional, quizás pensaría de otra manera, pero como ya no existen, me considero liberado para escoger monarca.

Ahora los europeos estamos sometidos a oligarquías partitocráticas y a tecnócratas no electos, que nos prohíben el aire acondicionado, llenan nuestros países de multitudes de extranjeros y nos preparan nuevas opresiones con la excusa de una guerra contra Rusia. Por eso, deberíamos mirar a EEUU, e incluso a características como el derecho a portar armas y la votación de candidatos en los caucus, al menos con respeto.

UNA REPÚBLICA, NO UNA DEMOCRACIA

Cuando consiguió su independencia, la república de los Estados Unidos de América tenía mucho en común con uno de los Estados africanos descolonizados apresuradamente en el siglo XX.

Carecía de industria; las nueve décimas partes de su población de poco más de tres millones vivían en granjas y de ellas; su ejército no alcanzaba el millar de hombres y no tenía marina; estaba endeudada y abundaban los billetes emitidos por autoridades locales, de modo que el comercio estaba paralizado; las divisiones regionales amenazaban con escisiones; tenía enemigos internos que planeaban guerras de anexión o rebeliones; permanecían en su suelo tropas extranjeras; numerosos veteranos soñaban con coronar rey al caudillo militar que derrotó a la metrópoli; y dos imperios poderosos, el español y el británico, acechaban en sus fronteras.

Acto de firma de la Constitución en la Convención de Filadelfia

Por ello, el historiador Carl Neumann Degler escribió en su Historia de Estados Unidos al concluir su descripción de este período:

“Si los norteamericanos mantendrían su independencia y se convertirían en un pueblo auténticamente unido era algo que sólo el tiempo y la propia gente podrían decidir.”

El primer paso de los cincuenta y cinco delegados de todos los estados (salvo Rhode Island) que acudieron a la Convención de Filadelfia en 1787 fue desobedecer el mandato de sus asambleas y, en vez de enmendar los Artículos de la Confederación, redactaron una Constitución.

Los «Padres Fundadores», una de las reuniones más destacadas de personas de genio, de similar inteligencia y repercusión a las que hubo en las cortes de los Reyes Católicos y Carlos I de España, se enfrentaron al desafío de fundar un régimen sin precedentes en la historia. Sus soluciones consistieron en un sistema político de «controles y equilibrios» entre las instituciones y el pueblo, suavizado por la ambigüedad.

La soberanía, que en Europa residía en los monarcas, con la excepción británica, se depositó en el pueblo y, además, se distribuyó entre los estados de la Unión y el poder federal en una balanza, que oscilaría en las siguientes décadas, a veces con violencia.

La asamblea legislativa federal se dividió en dos cámaras, a fin de tranquilizar a los estados pequeños: el Senado representaría a los estados, cuyos parlamentos elegirían a los senadores (así fue hasta 1913), y la Cámara de Representantes, al pueblo. En el Senado, los trece estados tendrían el mismo número de senadores, con un mandato por seis años, mientras que, en la Cámara, la distribución de los diputados, con un período reducido a dos años, dependería de la población.

Las diferencias sobre la esclavitud surgieron inmediatamente. Los estados sureños querían que sus esclavos contasen como habitantes para la asignación de diputados en la Cámara de Representantes y, a la vez, que quedasen exentos de la tributación directa. Los estados norteños tenían la postura contraria: excluirlos de la representación porque no eran ciudadanos y gravarlos fiscalmente, pues eran una propiedad. El conflicto se zanjó con uno de los muchos compromisos decididos en la Convención: un esclavo equivalía a tres quintos de una persona libre, tanto para la representación como para la tributación.

El presidente federal sería elegido por un Colegio Electoral, en el que intervendrían representantes de todos los estados. Para designar nombramientos y aprobar tratados con países extranjeros tendría que obtener la aprobación del Senado, el cual, además, podría destituirle, pero él no podría disolver ninguna de las dos cámaras.

PRESIDENTE IMPERADOR

En los años siguientes, Estados Unidos evolucionó de manera distinta a como lo habrían esperado los «Padres Fundadores». Surgieron los partidos, el Tribunal Supremo se arrogó la facultad de anular las leyes de todos los Parlamentos y la Presidencia fue acumulando poder y prestigio. La sociedad se industrializó y recibió millones de inmigrantes de Europa y Asia. Abandonó su pacifismo y su aislacionismo para establecer alianzas con potencias europeas y participar en guerras exteriores, algunas de ellas de rapiña, como cualquier otra potencia del repudiado Viejo Mundo, tal como fue la librada contra México (1846-1848). Pero se hizo realidad el lema «E pluribus unum».

En la construcción de la nación pesaron las previsiones de la Constitución y la ampliación de éstas por las necesidades históricas, la excavación de canales fluviales, la desaparición de los partidos originales y su sustitución por otros, la instauración de un banco nacional, el tendido de ferrocarriles, la colonización de los nuevos territorios, el crecimiento de los católicos…

En este proceso, que no concluyó hasta la victoria de la Unión sobre los secesionistas (demócratas y esclavistas, por cierto) en 1865, la Presidencia también se modificó.

Abraham Lincoln, 16º presidente, en plena guerra civil

Una de las reglas de la política es que un órgano ejecutivo siempre se impone sobre un órgano deliberativo, con más razón si ese ejecutivo lo desempeña una sola persona. De ahí que la Presidencia disponga desde la Segunda Guerra Mundial de unos poderes insospechados en 1800, no sólo por la tecnología, sino, además, por la ampliación de sus facultades para dirigir la economía, la política o la guerra.

El presidente, rodeado de un protocolo que está desapareciendo en las monarquías europeas supervivientes, tiene a sus órdenes a policías con jurisdicción en todo el país, espías situados en todo el mundo, agentes fiscales… y todos los gobernantes del planeta acuden a la Casa Blanca. Ningún vicepresidente de las últimas décadas se atrevería a imitar a su predecesor John Calhoun, que se atrevió a desairar en público al presidente Andrew Jackson y a abandonar su cargo por un acta de senador.

LA EXCEPCIONALIDAD

Estados Unidos jamás ha conocido un régimen autoritario ni ha sufrido una revolución socialista. Inglaterra, su madre patria, padeció en el siglo XVII una dictadura, primero parlamentaria y luego personal; entre los siglos XVII y XIX deportó a miles de sus súbditos a las colonias americanas y a Australia como castigo por rebelarse o profesar una religión diferente de la del Estado; y suspendió las elecciones parlamentarias durante la Segunda Guerra Mundial. En Estados Unidos, los ciudadanos no han dejado de elegir a su presidente y a su Congreso incluso durante la sangrienta guerra civil. Cuando a Abraham Lincoln le propusieron suspender las elecciones en 1864, respondió: “No podemos tener un Gobierno libre sin elecciones”.

Ronald Reagan, presidente 40ª, presta juramento en 1985 con motivo de su segundo mandato

Estados Unidos es una democracia o, mejor dicho, una república, que ha mantenido un gobierno libre desde 1788. Y la cima de este gobierno es el presidente. Un cargo que debe someterse a elección y quien lo ocupa debe abandonarlo en una fecha determinada de antemano.

Ronald Reagan, uno de los presidentes más conscientes de la excepcionalidad de su país, así lo subrayó en su discurso inaugural de 1981:

“La transferencia ordenada de la autoridad, tal como establece la Constitución, tiene lugar tal como ha sucedido durante casi dos siglos y pocos de nosotros nos paramos a pensar cuán singulares somos realmente. A los ojos de muchos en el mundo, esta ceremonia cuatrienal que nosotros aceptamos como algo normal no es sino un milagro.”

O ESCUDO O PUÑAL

Como quien esto escribe ya tiene la edad a la que Harry Truman y Gerald Ford asumieron la presidencia, recuerda el bicentenario, celebrado con el patético James Carter en la Casa Blanca. Entonces, el país estaba aplastado por el pesimismo de la derrota de Vietnam, la dimisión culpable de Richard Nixon, las conspiraciones en que estaba involucrada la CIA y la estanflación. Los anti-yanquis de izquierdas y de derechas fantaseaban con el fin del “imperio americano”.

Cincuenta años después, alcanzamos el CCL aniversario de su fundación. Su potencia militar y económica es inmensa, muy superior a la de entonces. Sólo China, bajo un férreo régimen comunista, puede oponérsele. Sus enemigos del siglo XX, Alemania, Japón y la Rusia que se desgajó de la URRS y lleva más de cuatro años embarrada en las trincheras ucranianas, son incapaces de hacerle frente. Los dos primeros dependen de EEUU para su defensa.

Sin embargo, el país sufre una crisis más profunda y divisoria que la de la de los años 60, por cierto, debida ésta, sobre todo, a los demócratas, que enviaron tropas a Vietnam y no querían terminar con la segregación en el Sur. Ahora los enemigos internos buscan la destrucción nacional, mediante el reemplazo poblacional, y el sometimiento de EEUU a una oligarquía que quiere convertirlo en el brazo armado del globalismo. Los traidores y sus cómplices se encuentran entre los más privilegiados y encumbrados, incluso en el Tribunal Supremo.

Donald Trump, 45º y 47º, recibe en el Despacho Oval a los máximos dirigentes europeos

En esta decadencia, EEUU se parece al resto de Occidente, del que puede ser protector o tirano, escudo o puñal. De nosotros, aunque no votemos en las elecciones, también depende el futuro de Estados Unidos. Al menos no nos equivoquemos de enemigo. Éste no es el ganadero del Medio Oeste orgulloso de su excepcionalidad y que desconoce la situación de España en un mapa, sino el tecnócrata universitario que asegura (o eso dice) que un hombre puede ser una mujer si así lo desea y que repite que “La diversidad es nuestra fuerza”.

Como escribió el historiador católico Paul Johnson, “el gran experimento republicano de Estados Unidos sigue siendo el centro de atención de los ojos del mundo. Todavía es la primera y mejor esperanza para la raza humana”.

Más ideas