El primer soberanismo contemporáneo

La Declaración de Independencia no solo emancipó a los Estados Unidos, estableció los principios de una nueva soberanía

And that Posterity will tryumph in that Days Transaction,

even altho We should rue it, which I trust in God We shall not”.

John Adams, 3 de julio de 1776

Un documento, breve, que cambió el mundo. El 4 de julio de 1776 se firmó la Declaración de independencia de las trece colonias norteamericanas. Frente a una monarquía colonial pretendidamente limitada o cuasidemocrática, gobernada desde el Reino Unido y a través de sus empresas ultramarinas, no solo nacía una república radicalmente democrática que inspiraría a todo Occidente y que culminaría, doctrinalmente en su primera fase, cuando trece años después se proclamó una Constitución federal que comenzaba con el épico “we, the people”. Porque con este documento, sencillo, se fundaba el soberanismo norteamericano originario, que marcaría el destino de una nación emergente que acabaría convirtiéndose en la primera potencia mundial.

La venganza de Cromwell, de sus herederos, de aquellos disidentes políticos y religiosos expulsados por el anglicanismo oficial, más allá del océano. Los hijos de pioneros, peregrinos y republicanos que rompían con la metrópolis, con la todopoderosa elite de Londres (artificies de la eclosión de la segunda Globalización) reclamaban la soberanía integral: de lo económico (gestionando sus propios recursos) a lo religioso (apelando en todo momento a la “divina providencia”). Así lo proyectó el primer y decisivo “Comité de los Cinco” , compuesto por prohombres tan destacados como John Adams, Benjamin Franklin, Thomas Jefferson, Robert R. Livingston y Roger Sherman y con una ideario cercano al actual libertarismo. Y así escribía el mismo Jefferson: “mi estudio de la historia me convence de que la mayoría de los malos resultados de los gobiernos provienen de tener demasiado gobierno”.

El segundo Congreso continental, celebrado en Filadelfia, alumbró este documento histórico: The unanimous Declaration of the thirteen united States of America. Impulsada por Adams, redactada por Jefferson, corregida por Franklin, firmada por 56 delegados de las trece colonias (tras superarse recelos o posiciones probritánicas de varias de ellas) y comunicada por Richard Henry Lee (con su posterior “Resolución” a modo de instrumento legal), la Declaración marcaba un antes y un después. En primer lugar, suponía la ruptura definitiva con el monarca inglés Jorge III, dos días después de que dicho Congreso aprobase la secesión en plena guerra de independencia, comenzada un año antes de manera formal con las Batallas de Lexington y Concord. Y en segundo lugar, no solo comenzaba la emancipación de las Américas, sino también emergía un auténtico “populismo” para la época (gobierno por y para el pueblo en su libertad máxima) más allá de vigentes reyes divinizados, razones de estado e ilustrados despóticos: la soberanía de ese pueblo por encima de todo, aunque ligada al imperio de la ley y a la fe comunitaria, a diferencia de la inmediatamente posterior Revolución Francesa; eventos transformadores relacionados a uno y otro lado del Atlántico pero que marcarán dos grandes caminos, y realmente distantes, para la “democratización” final del mundo occidental.

Derribo de la estatua de Jorge III, obra de Johannes Adam Simon Oertel

            Ruptura política y territorial, pero continuidad en la lengua heredada, en la fe original y la expansión continental. Porque frente al gran Imperio de su tiempo y del que surgió (el de los “hermanos británicos”), esta nación diferente se construía sobre un discurso soberanista con la libertad propia como identidad diferenciada, de rápida cohesión y aún más rápida difusión, que siglos después sustituiría a la plutocracia victoriana, primero, como poder referente en las Américas, después como el líder talasocrático contemporáneo (oficializado con su victoria sobre los restos de la España Imperial en 1898) y, finalmente, como potencia global de referencia desde el siglo XX.

Unos primeros colonos que fundaron esa identidad nacional orgullosa de su misión emancipadora, basada en la soberanía más radical del momento: libertad extrema, originariamente de índole fiscal (con la famosa “rebelión del Té”) y de naturaleza religiosa (inspirada “por el Creador”). Frente a un poder planetario que dirigía sus destinos desde la distancia, robaba sus recursos de manera directa y los consideraba meros vasallos sin opinión ninguna, una “democracia soberana” se configuró en el Nuevo Mundo, venciendo no solo en la batalla militar (en parte, gracias a las armas suministradas por franceses y españoles), sino especialmente en la guerra de las ideas, desde un sentido identitario con aquella misión superior contenida en el llamado “destino manifiesto”, principiado en la Declaración y proclamado un siglo después por John O`Sullivan:

El cumplimiento de nuestro destino manifiesto es extendernos por todo el continente que nos ha sido asignado por la Providencia, para el desarrollo del gran experimento de libertad y autogobierno. Es un derecho como el que tiene un árbol de obtener el aire y la tierra necesarios para el desarrollo pleno de sus capacidades y el crecimiento que tiene como destino”.

Un pueblo elegido, excepcional, diferente que gestionaría sus propios impuestos, defendería un autogobierno propio (individual, local y federal) y se expandiría por su espacio vital sin límites ni complejos, con la libertad más amplia posible como bandera (pese a limitaciones como el esclavismo sureño o prácticas imperialistas sin freno). El “padre fundador” Adams escribía en 1811:

Todo el continente de América del Norte parece estar destinado por la Divina Providencia a ser poblado por una nación, hablando un idioma, profesando un sistema general de principios religiosos y políticos, y acostumbrado a un tenor general de usos y costumbres sociales. Para la felicidad común de todos ellos, por su paz y prosperidad, creo que es indispensable que se asocien en una Unión federal”.

La redacción de la Declaración de Independencia en 1776 (Franklin, Adams y Jefferson), de Jean Leon Gerome

 Y una tarea superior en sus manos, a modo de pueblo elegido, ante las inmensas llanuras y recursos del norte de América por descubrir y conquistar, y frente a enemigos lejanos o cercanos a sus fronteras, bajo los principios establecidos, como guía de partida, en la Declaración:

Primer principio. Soberanía, fundado en el derecho de autodeterminación ante la opresión: “cuando en el curso de los acontecimientos humanos se hace necesario para un pueblo disolver los vínculos políticos que lo han ligado a otro y tomar entre las naciones de la tierra el puesto separado e igual a que las leyes de la naturaleza y el Dios de esa naturaleza le dan derecho, un justo respeto al juicio de la humanidad exige que declare las causas que lo impulsan a la separación”. Y lo proclamaba otro “padre” como Franklin de forma muy directa: “quienes pueden renunciar a la libertad esencial para obtener un poco de seguridad temporal, no merecen ni libertad ni seguridad”.

Segundo principio. Ley natural, basada no solo en el cristianismo: «sostenemos que estas verdades son evidentes, que todos los hombres son creados iguales, que están dotados por su Creador con ciertos derechos inalienables, que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”. Porque pese a la importancia de las Sagradas escrituras (en especial de las interpretaciones calvinistas) en el texto, o en las cartas y discursos de los “padres fundadores”, destacaron decisivamente las referencias a pensadores “ilustrados” de la talla de John Locke, Francis Hutcheson, Jean-Jacques Burlamaqui, Emmerich de Vattel y, en especial, de Montesquieu (como siempre subrayó James Madison).

Tercer principio. Democracia representativa, con una función popular: “para garantizar estos derechos se instituyen entre los hombres los gobiernos, que derivan sus poderes legítimos del consentimiento de los gobernados; que cuando quiera que una forma de gobierno se haga destructora de estos principios, el pueblo tiene el derecho a reformarla o abolirla e instituir un nuevo gobierno que se funde en dichos principios, y a organizar sus poderes en la forma que a su juicio ofrecerá las mayores probabilidades de alcanzar su seguridad y felicidad”. Apartado ligado a la decisiva influencia de la anterior Declaración de Derechos de Virginia (de junio de 1776), con George Mason como autor principal.

Cuarto principio. Realismo político, al servicio de los intereses de la nación: toma de decisiones en beneficio propio ante las “demás colectividades humanas: enemigos en la guerra, en la paz, amigos”, con “pleno poder para hacer la guerra, concertar la paz, concertar alianzas, establecer el comercio y efectuar los actos y providencias a que tienen derecho los Estados independientes”. Libertad de un pueblo y para un pueblo, de creer en Dios o no creer en nada, de pagar o no pagar a la hacienda, de guerrear o de pactar en beneficio exclusivo de su pueblo y, de forma sorprendente para la época, de buscar cada norteamericano la “felicidad” personal con el sudor de la frente, tan subjetiva como creativa. Se prefiguraba en esta Declaración el particular American way of life que ha exportado modas y productos, amén de mentalidades, por casi todos los rincones de la tierra. Estilo de vida que para William Herberg, que cambió el marxismo radical de sus años juveniles por el conservadurismo religioso en su madurez, era:

individualista, dinámico y pragmático. Afirma el valor supremo y la dignidad del individuo; enfatiza la actividad incesante de su parte, pues nunca debe descansar sino que siempre debe esforzarse por «salir adelante»; define una ética de autosuficiencia, mérito y carácter, y juzga por los logros: «los hechos, no los credos» son lo que cuenta. El estilo de vida estadounidense es humanitario, «con visión de futuro» y optimista. Los estadounidenses son fácilmente las personas más generosas y filantrópicas del mundo, en términos de su pronta e incondicional respuesta al sufrimiento en cualquier parte del planeta. El estadounidense cree en el progreso, en la superación personal y, de manera casi fanática, en la educación. Pero sobre todo, el estadounidense es idealista”.

Introducción del documento original de la Declaración

Y quinto principio. Valores morales superiores como guía, propios de una era y un lugar: “con absoluta confianza en la protección de la Divina Providencia, empeñamos nuestra vida, nuestra hacienda y nuestro sagrado honor” en una combinación tan peculiar como exitosa de comunitarismo e individualismo desde el autogobierno de uno mismo. Un estado secular pero de inspiración cristiana (como se establecería en la posterior Primera Enmienda constitucional), a modo de transacción entre la herencia ilustrada y racionalista de sus promotores, y el fervor religioso de su población originaria (dividida, en extremo ante la sacrosanta libertad de culto, entre diferentes y numerosas denominaciones y congregaciones). Una identidad nacional inicialmente ligada al universo étnico WASP, pero progresivamente ampliada al melting pot controlado e integrado (bajo una bandera y un ideal), o descontrolado y divisor (por razas, etnias y sexos). Y un patriotismo sagrado capaz de ligar la libertad más personal, capaz de la innovación más audaz, con la colaboración en la causa común, luchando en frentes bélicos bien distantes, uniendo a todos en la gran misión nacional, como soñaba el asesinado presidente Abraham Lincoln y recogía de esta Declaración (en su famoso discurso en Gettysburg y ante la guerra civil):

Hace ochenta y siete años, nuestros padres hicieron nacer en este continente una nueva nación, concebida en Libertad y consagrada al principio de que todas las personas son creadas iguales (…) Que esta nación, Dios mediante, tendrá un nuevo nacimiento de libertad. Y que el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, no desaparecerá de la faz de la Tierra”.

Un documento, sencillo, donde se principiaba el modelo soberanista propio de un tiempo histórico concreto, que evolucionaría o mutaría ante liberalismos y estatismos patrios, y entre la defensa de ese espacio vital continental o un papel hegemónico como líder planetario. Y un documento que aun inspira, siglos después, sucesivas propuestas en defensa de mantener su esencia originaria (del autogobierno a ultranza al excepcionalismo singular) frente a tendencias de progresiva homologación global. Como aspiraba a conseguir, mutatis mutandis, el presidente Donald J. Trump y su movimiento MAGA, entre el culto personal y la modernización conservadora, al comienzo de los actos del 250 aniversario de la Declaración:

“Al igual que esos patriotas de 1776 en los últimos 17 meses, hemos tomado el poder de la clase política lejana. Hemos reclamado nuestra soberanía, recuperado nuestra libertad, restaurado nuestra prosperidad, y hemos salvado a nuestro país en todas las cosas (…) Gracias al coraje de esos patriotas del 4 de julio, la República Americana se erige hoy como la nación más grande, más excepcional y más virtuosa de la historia del mundo”.

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