La impotencia homosexual de la derecha

Nada simboliza mejor la derrota conservadora en este debate que arrugarse cuando contamos con una nítida superioridad moral

El profesor José María Marco, una de las firmas con más sustancia de nuestro liberalismo, se atrevió a abordar hace unos días un conflicto que suele evitarse: la viscosa relación entre los partidos de la derecha española y los sectores gays. “En el mundo conservador europeo, ya casi desaparecido, hasta los años 70 la homosexualidad no estaba bien vista, pero estaba tolerada. En España, la Ley de peligrosidad social, que no se derogó hasta 1979, la reprimía y no admitía manifestaciones públicas, pero no tiene la voluntad de hacer que los homosexuales cambien su orientación, como ocurría en las dictaduras cubana y soviética”, recordaba el profesor en una entrevista con El Mundo.

Como por arte de magia, o más bien de publicidad engañosa, ha sido el progresismo el que ha logrado vender la idea de que es el defensor y representante de la comunidad homosexual. Marco denuncia la perversión que trajo en los años setenta el enfoque del filósofo antisistema Michel Foucault. “Es una estupidez y una aberración. Las sociedades liberales [según el pensador francés] necesitan saber para clasificar, para tenerte controlado, que es un gran tema de Foucault. De esta forma, cuando nos declaramos homosexuales, lo que hacemos es someternos a un orden liberal que en realidad es más totalitario que cualquier orden totalitario, es decir, caemos en una trampa política. Y así, salir del armario implica necesariamente, para cumplir una misión revolucionaria, tener una actitud de crítica constante del sistema, es decir, haces de la homosexualidad la punta de lanza de una revolución permanente”, denuncia.

Consecuencia inmediata: si no eres un radical de izquierda, no eres buen homosexual. El discurso foucaultiano es todo memos marginal: sus tesis han sido abrazadas con entusiasmo por el Estado moderno. Todo el paradigma gay progresista «está patrocinado por el poder, es decir, por los ministerios de Cultura y Educación, por las consejerías de todos las comunidades, por las universidades y las élites culturales… Todo el poder está centrado en la promoción de la homosexualidad como una bandera de izquierdas», denuncia Marco.

Mientras tanto, nuestro Partido Popular no sabe a qué carta quedarse. En el año 2000 perdió la oportunidad de aprobar una ley de parejas de hecho, luego se quedaron catatónicos ante el abrumador apoyo social al matrimonio gay de Zapatero y —lo peor de todo— lleva décadas eludiendo la tarea de articular una visión propia de la homosexualidad (se limita a asentir cuando le exigen celebrar el desfile del Orgullo Gay en un centro urbano y a poner la bandera del arcoiris en cualquier balcón oficial). Ha quedado, como tantas veces, como el hermano tonto del PSOE o su saco de boxeo.

Para comprender la brecha política en esta batalla, podemos apoyarnos en una comparativa entre dos líderes gays recientes: el holandés Pim Fortuny y el español Pedro Zerolo. El brutal contraste entre ambos muestra cómo un bando desatiende a sus mártires, mientras que el otro consigue entronizar hasta al más triste burócrata de la igualdad y la inclusión. El católico Fortuny fue un valiente aspirante a primer ministro, asesinado a tiros en mayo de 2002 por un agresor ‘progre’, histérico por el hecho de que un político abiertamente gay fuera militante contra la inmigración islámica. La derecha europea ni siquiera ha intentado convertir a Fortuny en un símbolo. Zerolo, en cambio, fue un mediocre comisario político del arcoiris, centrado en el matrimonio gay, los derechos trans y la adopción por parejas del mismo sexo. Su única hazaña consistió en ser abogado de la cantante kitsch Yurena y pasarse la vida en los medios progresistas, machacando argumentario del zapaterismo. Hoy Zerolo es un mito político y le han dedicado una plaza en Madrid, arrebatada por cierto al gran pensador tradicionalista Vázquez de Mella.

Clímax de la intervención de Jaime de los Santos (PP) en el Congreso días atrás

Tampoco se libra de enfoques titubeantes la extrema derecha francesa. Tras muchos años de trabajo, el gurú político Florian Philippot logró desdiabolizar al Frente Nacional de Marine Le Pen, subrayando, entre otras cosas, que no es un partido homófobo (ninguna derecha occidental lo es). Una vez convencidos los franceses, aparece la oleada juvenil conservadora en forma de Manif Pour Tous, una especie de 15-M derechista, que tenía como principal bandera la oposición al matrimonio gay. Philippot ve derrumbarse el trabajo de años, ya que él había intentado minimizar este conflicto, convertirlo en algo tan poco relevante como una ley sobre el cultivo de bonsais. ¿Cuál de los dos bandos tiene razón?

En realidad, no es que exista una posición correcta y otra equivocada, sino que muchos partidos de derecha no se deciden entre dos sacos de heno, así que terminan muriendo de hambre como el asno de Buridán. A pesar de esta disfunción, el conservadurismo siempre tiene un as en la manga, que no se utiliza lo suficiente: muchos gays votan extrema derecha porque es la opción política que más lucha contra la guetificación islámica: esas zonas urbanas europeas donde no es prudente que dos gays se besen o caminen de la mano. Tras las elecciones europeas de 2019, un estudio de la consultora IFPO revelaba que el lepenista Agrupación Nacional era el partido más votado por los gays franceses (22%), por encima de los macronistas En Marche! (19%), los Republicanos (11%) y los Verdes (9%).

José María Marco fue uno de los difusores en España de Mientras Europa duerme (2006), del escritor neoyorquino Bruce Bawer. El libro profetizó hace veinte años los conflictos de la inmigración masiva en nuestro continente. «Los gobiernos europeos se adhieren a la peor clase de corrección política. Desde Noruega hasta Italia, colman a los inmigrantes de beneficios, pero al mismo tiempo los confinan en guetos, les impiden convertirse en ciudadanos de pleno derecho y hacen la vista gorda ante los ataques musulmanes contra mujeres, judíos y homosexuales», advertía. Hoy sabemos que tenía toda la razón. Bawer supo ver antes que nadie las disfunciones de una sociedad ciega, más pendiente de colgar la bandera del arcoiris en un estadio o un ayuntamiento que por proteger a sus ciudadanos homosexuales de las bandas criminales del islamismo radical.

Una de las mayores dificultades de este debate radica en el hecho de que gran parte de la derecha es consciente de que el discurso de líderes como Viktor Orban contra el lobby LGTBIQ+ acierta en lo fundamental. El magnate global George Soros promociona el glamuroso del estilo de vida posmo-gay como alternativo a la familia tradicional. La idealización LGTBIQ+ en series, películas y telediarios contribuye a que la familia tradicional parezca algo obsoleto y ominoso, propio de gente atrasada. No es que Orban y otros líderes afines quieran erradicar la homosexualidad, sino solo evitar que se convierta en el centro de la vida sociocultural de su país (en especial, de la educación temprana). No es cuestión de homofobia, sino de arraigo. A muchos les sonará exagerado, pero basta con acercarse a cualquiera de nuestras bibliotecas públicas para comprobar que todas tienen una amplia sección LGTBIQ+ y unas insignificantes o inexistentes estanterías sobre familia y religión, pilares culturales de nuestra sociedad. Gran parte de la derecha no es capaz de posicionarse contra este desequilibrio como tampoco lo hizo contra la sobredosis de personajes gays, trans o lesbianas en Netflix durante los años de esplendor del wokismo. Sencillamente sigue pesando el complejo.

Sobrevive también un secuestro por parte de la comunidad gay de diversos iconos culturales a los que se simplifica en beneficio de la causa. El caso más obvio es Federico García Lorca, reducido a mártir de los maricas, una condición que eclipsa otras facetas más sustanciosas, por ejemplo su querencia taurina, el deslumbramiento ante la belleza de la misa católica o su profunda devoción por la narrativa popular, que hizo que José Antonio Primo de Rivera le considerase el escritor idóneo para convertirse en poeta de cabecera de Falange Española. Por desgracia, nuestra derecha no tiene cintura cultural para reclamarle como poeta nacional.

Si nos ponemos rigurosos, grandes autor gays como Oscar Wilde y Pier Paolo Pasolini son sobre todo escritores nacional-populares con una profunda carga católica. Basta leer De profundis del primero o el poema breve “Saludo y deseo” del segundo: “Defiende el prado/ entre la última casa y la acequia/ defiende, conserva, reza”. Quien escribe esto solo puede ser un convencido conservador, a quién por cierto expulsaron del Partido Comunista Italiano por sus inclinaciones sexuales.

Seguimos estando demasiado callados ante programas de concienciación como la reciente “Mariconízate”, que más que combatir la homofobia parece que busque un predominio gay en las aulas rurales. La derecha es incapaz de poner pegas a cualquier producto cultural compulsado por la izquierda, sea un musical de monjas de Los Javis, las juergas tipo Lloret de Mar de la semana del Orgullo o la mafia rosa dominante en sectores como el pop, la moda y el arte contemporáneo (ambientes donde, de manera sospechosa, nunca se ha hecho un Me Too, a pesar de que se supone que la masculinidad tóxica no entiende de orientaciones sexuales). Más grave es la inexplicable tolerancia con Cuba, conocido paraíso del turismo sexual gay.  No cuajó a largo plazo transformar en icono al mártir Reynaldo Arenas y personajes siniestros como Bob Pop siguen paseando por las tertulias soltando perlas como que los campos de concentración para homosexuales en la isla “no eran para tanto” y “se lo pasaban pirata”.

En el fondo, la actitud calculadora de nuestra clase política está bien representada en la escena de Torrente Presidente donde los directivos de Nox cuestionan al personaje de Segura por ser partidario del matrimonio homosexual.  Éste les responde algo así como que “España está llena de maricones y no conviene enfadarlos porque son inofensivos y representan millones de votos”. En realidad, esta es la estrategia estrella del PSOE, un partido que seguirá instrumentalizando la homosexualidad hasta que la derecha —como explica José María Marco— articule un discurso propio, con sus hitos, sus héroes y su vocación de hegemonía. Desde Yukio Mishima a Álvaro Pombo, pasando por Renaud Camus y su teoría del Gran Reemplazo, hay figuras gays de sobra para ondear un paradigma político potente desde el antiprogresismo.

Posdata: Quizá la actitud ideal ante esta batalla no sea solamente una mayor beligerancia académica,  sino la naturalidad radical de Mario Vaquerizo, con sus chaquetas ‘animal print’ y su lata de Mahou en la mano, mirando desde arriba a los tertulianos zurdos como si fueran retrasados mentales incurables. Si lo pensamos con calma, es bastante inexplicable que existan gays de izquierda.

Víctor Lenore (Soria, 1972) es periodista cultural. Ha colaborado en distintos medios, entre ellos El Confidencial, Vozpópuli, El País, La Razón y Rolling Stone. Es autor de los ensayos 'Indies, hípsters y gafapastas' (Capitán Swing, 2014) y 'Espectros de la movida. Por qué odiar los años ochenta' (Akal, 2018)

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