«Sólo un samurái puede vencer a otro samurái», reza un viejo proverbio nipón. Y, como todos los proverbios, generaliza pero tiene base real: en el Japón feudal, los samuráis prácticamente no conocían la derrota, a no ser por parte de un guerrero de su mismo rango. Y fuera de Japón, no tenían rival.
Y, sin embargo, en la batalla de Cagayán, un puñado de soldados españoles aniquilaron a tropecientos samuráis. Fue algo tan insólito, que dio lugar a un oscuro mito japonés: la leyenda de wo-kou, los «peces-lagarto», contaba la historia de unos lovecraftianos demonios, mitad peces y mitad lagartos, que surgieron de los mares filipinos a bordo de kurofunes —en cristiano, «naves negras»— y descuartizaron a un batallón de samuráis.
Naturalmente, los kurofunes no eran más que galeones curtidos y oscurecidos por la brea. Y los «peces-lagarto» eran Tercios, unidades militares del Imperio Español que hicieron estragos en los campos de batalla europeos durante los siglos XVI y XVII, gracias a su su dominio del arte de la guerra.
Esbozada por los cronistas de su tiempo y después desarrollada por historiadores y divulgadores de toda índole, la batalla de Cagayán ha sido narrada mil y una veces, exagerando o suavizando los méritos españoles según el sesgo del escribiente. Hagámoslo una vez más: en estos tiempos de materialismo pacifista, necesitamos más que nunca a nuestros héroes.
El Imperio
En el siglo XVI, éramos la primera superpotencia global. Con un territorio que se extendía por América, Asia, África y Europa, España era un vasto imperio que Felipe II luchaba por ampliar y mantener. Entre las posesiones de la Monarquía Hispánica estaban las Islas Filipinas. Conquistadas en 1565, permitieron a España utilizar la corriente marítima de Kuroshio que, tras ser descubierta por el navegante y monje agustino Andrés de Urdaneta, permitió que las mercancías viajaran rápidamente desde Filipinas hasta la Antigua California.
Pero el comercio genera riqueza, y la riqueza es un imán para los ladrones. Pese a la toma de Manila en 1571, el archipiélago filipino sufría continuos ataques de piratas asiáticos, que a duras penas lograban repelerse: España no tenía suficientes hombres para proteger el extenso litoral de aquellos virulentos saqueadores.
En 1574, 62 barcos y 3000 corsarios amarillos, capitaneados por el pirata chino Li Ma Hong, trataron de tomar la costa del archipiélago, aunque finalmente fueron rechazados por tropas hispano-filipinas. Pero a partir de 1580, la frecuencia de los ataques piratas se disparó, poniendo en peligro la ruta del Galeón de Manila y la paz de las posiciones españolas en el archipiélago.
Los japoneses
Entre los piratas que castigaban la costa filipina, había numerosos samuráis. Activos durante la era del Japón feudal, los samuráis (palabra que significa «aquellos que sirven») se distinguían por la lealtad a su señor feudal, la práctica del budismo zen y una singular maestría en el manejo de la espada. Pero, ¿cómo acababa un guerrero de semejante calibre convertido en pirata?
Por aquel entonces, Japón era un país azotado por las guerras civiles, y había infinidad de samuráis que perdían a su señor por muerte, ruina o desacuerdos. En ese momento, el samurái perdía su estatus, sus tierras y sus privilegios, pero también su razón de vivir. Entonces, o bien se suicidaba mediante el rito del seppuku, o bien se convertía en mercenario, sicario o vagabundo. Por eso, a los samuráis sin amo les llamaban ronin, palabra que significa «hombre de las olas» y refleja la deriva de estos mílites sin amo.
La existencia del samurái se regía por el bushido, un férreo código de honor que solía aflojarse al perder a su señor. Pero esta desgraciada situación no quitaba que, a nivel bélico, los samuráis siguieran siendo guerreros del más alto rango. Y fueron muchos los que se aliaron al caudillo Tay Fusa y participaron en los saqueos de la costa norte de Filipinas, haciendo tambalearse el orden implantado por las autoridades españolas.
Además, se unieron al ejército de Tay Fusa muchos ashigaru, soldados rasos que formaban parte de la guardia personal de los shôgun (jefes militares) y cuya casta era muy inferior a la de los samuráis: no venían de la aristocracia, sino de la plebe o el campesinado, usaban armas más cutres, carecían de código de honor y también de paga, conformándose con lo robado durante los saqueos.
Los españoles
En 1582, Tay Fusa y sus hombres se establecieron en la provincia de Cagayán y exigieron un rescate a España a cambio de la vida de sus habitantes. Felipe II recibió una carta del gobernador de Filipinas, Gonzalo Ronquillo de Peñalosa, en la que le explicaba el peligro que suponían estos piratas: «Los japoneses son la gente más belicosa que hay por aquí. Traen artillería y mucha arcabucería y piquería. Usan armas defensivas de hierro para el cuerpo».
Las fuerzas españolas en Filipinas no pasaban de los 500 hombres y, aunque a veces contaban con la ayuda de los indígenas tagalos, no se podían fiar de ellos, pues tenían un carácter traicionero. Así las cosas, Felipe II mandó llamar al general palentino Juan Pablo de Carrión, que a la sazón tenía 69 años, y le encargó la misión de limpiar la isla de piratas.
Procedente de una familia hidalga, Carrión era un militar maldito que en 1543 había fracasado en su intento de colonizar Filipinas junto a Ruy López de Villalobos. Después, ocupó puestos administrativos en España y dirigió un astillero en México. Cometió Carrión la insensatez de casarse con una mujer en Sevilla y con otra en Colima, cosa que provocó que la Santa Inquisición le abriera un procedimiento, acusándolo de bigamia y de judaizante. Se salvó por los pelos de las galeras, pero le embargaron sus bienes y lo obligaron a vivir con su primera esposa. Aburrido, en 1577 convenció a Felipe II de que lo ascendiera a general y lo destinara a Filipinas. Un lustro después, fue elegido para capitanear la suicida ofensiva contra los piratas japoneses. Y en verdad no había hombre más adecuado para el reto: un guerrero crepuscular que sólo había conocido la derrota, veía al fin la ocasión de ser un héroe.
A Carrión le dieron sólo una pequeña flota: el navío San Yusepe, la galera Capitana y cinco fragatillas; a bordo, 20 marineros y 40 hombres de armas, en su mayoría soldados de los Tercios, veteranos curtidos en campos de batalla europeos y soldados que habían trabajado como guardias de dignatarios. Considerados una de las mejores infanterías de la historia, combinaban una incombustible vocación militar, una inquebrantable lealtad a la monarquía y una profunda fe católica.
Primera batalla
Carrión y su flota pusieron rumbo a la región de Cagayán, al norte de Manila. Por el camino se tropezaron ya con un barco pirata japonés, y lo cañonearon hasta que se batió en retirada. Cuando Tay Fusa se enteró, montó en cólera y envió a la zona un gran junco —embarcación tradicional muy usada por los piratas asiáticos— y 18 sampanes —barcos ligeros de una sola vela— tripulados por más de 1000 hombres, que tomaron posiciones mientras se entretenían en saquear con saña las poblaciones que se encontraban por el camino.
Al llegar a la altura del cabo Bojeador, los españoles detectaron un junco que acababa de arrasar la costa filipina. La galera española se dirigió rápidamente hacia el barco y, al llegar a su altura, disparó sus cañones, derribando a un buen número de piratas. Capitaneados por el propio Carrión, los cuarenta infantes españoles abordaron la nave, pero los japoneses repelieron la ofensiva y contraatacaron, abordando al buque español armados con katanas y arcabuces. Al barco de Carrión no le quedó más remedio que retroceder y replegarse sobre su propia popa.
Aprovechando el respiro, los hombres de Carrión formaron una sólida barrera defensiva, con piqueros delante y arcabuceros y mosqueteros detrás, y atacaron en plena armonía. Tuvo Carrión la feliz idea de cortar de un sablazo la vela mayor de la Capitana, que cayó sobre cubierta, creando una trinchera tras la que los mosqueteros españoles se parapetaron y dispararon sus atronadoras armas de fuego, causando bastantes bajas entre los japoneses.
En el combate cuerpo a cuerpo, los rodeleros y piqueros españoles hicieron gala de un gran dominio de las armas, parando los mandobles de los samuráis con escudos y armaduras de hierro, a la vez que atacaban a espadazo limpio. Como no tenían escudos, los samuráis usaban sus katanas tanto para el ataque como para la defensa, perdiendo así preciosos instantes. Además, las armaduras japonesas eran muy vulnerables al filo de las espadas españolas. El resultado fue una auténtica carnicería.
Al ver que los samuráis estaban en apuros, desde el barco japonés varios tiradores dispararon hacia el navío español. Pero en ese momento llegó al rescate el San Yusepe y acabó a tiros con casi todos los piratas nipones. Los pocos supervivientes saltaron al agua y, en su mayoría, murieron ahogados al ser arrastrados al fondo del mar por el peso de sus armaduras.
Segunda batalla
Carrión ordenó dirigir el navío hacia la desembocadura del Río Grande de Cagayán, que entonces aún se llamaba Tajo. Allí sorprendieron a 18 sampanes cuyos tripulantes saqueaban una pequeña población. Crecidos por su superioridad numérica, los japoneses se lanzaron contra los españoles a lo loco y pagaron las consecuencias: una lluvia de cañonazos atravesó los cascos de sus barcos y los tiros de culebrinas y arcabuces acabaron con los samuráis de las cubiertas.
Acto seguido, Carrión y sus hombres se prepararon para atacar el refugio de los japoneses. Tras desembarcar en un recodo del río, el general español mandó cavar trincheras y situar cañones a escasos metros de los piratas. En cuanto todo estuvo listo, los Tercios bombardearon el refugio enemigo hasta matar a unos 200 japoneses; entre ellos, un hijo de Tay Fusa.
Esta nueva masacre subió la moral de la tripulación española, pero los números eran implacables: por cada amarillo que mataban, aparecían veinte más. No en vano, al llegar a la desembocadura del río, Carrión descubrió 11 barcos piratas y, en tierra, un fuerte y un millar de japoneses armados hasta los dientes. Alguno de sus hombres aconsejó al general una prudente retirada, pero él decidió seguir adelante y atacar por tierra, aunque la desproporción de las fuerzas invitaba al más negro pesimismo: 40 tercios contra más de 1000 japoneses; entre ellos, 600 samuráis.
Batalla final
Buscando un recodo, Carrión y sus hombres navegaron río arriba y desembarcaron en la playa de Birakaya. Con los pocos recursos que les quedaban, montaron una trinchera trufada de cañones. Ante este panorama, el caudillo Tay Fusa, que ya había perdido cientos de hombres y varios barcos, trató de negociar con Carrión: abandonaría Luzón a cambio de una compensación en oro, para paliar las ganancias que perdería al dejar de saquear la zona. Carrión se negó en redondo: por un lado, no se fiaba de la palabra del pirata; por otro, el cuerpo le pedía guerra.
Tay Fusa tampoco se encanijó: estaba convencido de que los españoles perderían en el combate cuerpo a cuerpo porque eran muchos menos y, a su juicio, peores espadachines que los samuráis. Entretanto, Carrión preparó sabiamente a sus hombres para la batalla. Dispuso a los piqueros en primera línea de fuego, después a los rodeleros y, finalmente, protegidos por ambos, a los sirvientes de las armas de fuego.
Al alba, una horda de 600 samuráis atacó el parapeto español en la playa. Los arcabuceros y los artilleros dispararon todo lo que pudieron para diezmar al ejército enemigo, pero sólo lograron que retrocedieran un poco y volvieran a la carga, chocando contra la primera línea de piqueros, a los que trataron de arrebatarles sus armas. Por suerte, Carrión había ordenado embalsamar el armamento con sebo, así que los piratas no pudieron hacerse con él.
Los japoneses se replegaron, pero poco después acometieron un nuevo asalto, alcanzando la trinchera y dejando diez muertos españoles sobre el campo de batalla. Sin munición y reducidos a 30 hombres, los Tercios se centraron en el combate cuerpo a cuerpo. Dado su escaso número, recurrieron a una táctica aprendida en Flandes: mientras los japoneses atacaban de forma caótica e intentaban esquivar a los piqueros para avanzar, algunos españoles se infiltraron bajo las picas de sus compañeros y, desde esa posición, fueron rajando a los guerreros japoneses, cortando sus tendones y apuñalando sus miembros con dureza. Aun siendo maestros de la katana, los japoneses no lograban usar, por falta de espacio, sus armas a dos manos. Muchos intentaron escapar, pero los españoles, raudos, los persiguieron y acuchillaron.
Cuatro largas horas duró el combate entre Tercios y samuráis. Contra todo pronóstico, ganaron los españoles. Y no sólo porque la esgrima ibérica se impusiera a los mandobles nipones o porque el acero toledano cortara las recias katanas, sino también porque la incompleta armadura oriental protegía menos los cuerpos que el recio exoesqueleto español.
Los pocos piratas que quedaron vivos cogieron sus naves y escaparon a mar abierto, resignándose a no volver por Luzón en lo que les quedaba de vida. Entretanto, los españoles saquearon los cadáveres de los samuráis muertos, en lo que fue un glorioso botín, pues provenía de una de las más altas culturas bélicas de la tierra; entre otras cosas, se llevaron imponentes cascos con motivos terroríficos, puñales de hoja corta para el seppuku y las míticas katanas, esas espadas mágicas que, según la leyenda, estaban íntimamente unidas al espíritu de su propietario.
Coda
La batalla de Cagayán fue el único encuentro de la historia entre samuráis y guerreros occidentales. Tras él, Tay Fusa se esfumó y Japón no volvió a ser una amenaza para los tagalos hasta la Segunda Guerra Mundial, cuando las islas llevaban ya medio siglo sin ser españolas. En cuanto a Carrión, pocos recordamos hoy su nombre; que yo sepa, nadie le ha hecho una estatua donde caguen los pájaros, aunque un pájaro llamado Ángel Miranda le dedicó una novelita gráfica titulada Un canalla sin ventura. Paparruchas: Carrión fue un héroe turbio, pero héroe al fin y al cabo. Tras su victoria, pacificó la zona y fundó la ciudad filipina de Nueva Segovia, hoy Lal-lo. Después, desapareció. Da igual, tanto él como los samuráis muertos tienen su sitio en la eternidad: la gloria es, en efecto, para los vencedores; pero los caídos en combate van directamente al Cielo: así está escrito en la Bhagavad Gita.
Habrá quien nos eche en cara que revivamos las batallitas que nuestros ancestros libraron en una época remota, que contrasta con la decadente realidad de una España moderna que ni sus fronteras sabe defender. Pero recordar estos ejemplos de heroísmo español puede ser el primer rayo de luz para un nuevo amanecer. La Hispanidad no es un concepto histórico, sino una eterna pulsión racial, y aunque ahora anda achicada, sigue latente. ¿Seremos de nuevo un imperio? Sólo Dios mediante. Pero para ello, aparte de fe, hacen falta auténticos reyes y auténticos guerreros. Hacen falta mitos, ritos, armas y kamikazes. Hace falta que dejemos de ser rebaño y volvamos a ser lobos.
(ILustración: detalle de Espadas del fin del mundo, obra de Ángel Miranda)