A algunos lectores no le dirán mucho estas tres letras, acrónimo de ‘Music Television’, pero para quienes fuimos jóvenes en los años ochenta y noventa era lo más parecido a un parque de atracciones pop, abierto 24 horas al día y siete días a la semana, donde en un rato descubrías la música más excitante del momento. Hace poco anunciaban su retirada de la televisión generalista, quedando solo para plataformas digitales. Se seguirán celebrando los vistosos Video Music Awards (VMA) y los European Music Awards (EMA), termómetro de tendencias en la industria musical. La próxima Nochevieja sabremos qué videoclip escogen para enterrar sus emisiones analógicas, que se abrieron el 1 de agosto de 1981 con “Video killed the radio star”, de The Buggles. Casi medio siglo después de su estreno, la MTV fue liquidada por el tsunami de Internet.
La mayor contribución del canal fue el estallido del formato videoclip. Cinco años después de echar a andar, los artistas más inteligentes ya habían comprendido el juego: Peter Gabriel lo dio todo con el minucioso “Sledgehammer”, un delirio arty de plastilina y stop-motion donde decenas de objetos bailan alrededor de su cabeza en primer plano. Esa misma temporada, Run DMC triunfaban en el crossover —cruce de públicos— reinventando el vibrante himno de Aerosmith “Walk this way” (1975), que logró unir a raperos y rockeros. Antes los noruegos A-ha arrasaron con el infeccioso “Take on me”, en el que una pareja se busca entre el mundo real y un cómic dibujado a lápiz. Millones de espectadores se acostumbraron a ver de manera constante la cara de sus ídolos, algo que no ocurría en la radio. Además esperaban de ellos intrincadas narrativas audiovisuales y gestos de desafío, que pronto llegaron a granel. La cadena se mitificó tan pronto que ya en 1985 la cita el grupo británico Dire Straits en su himno “Money for nothing”.
Los comienzos de la MTV no fueron tan sencillos como imaginamos: hubo tensiones por la resistencia de la directiva a emitir videoclips de artistas negros. La justificación es que son una cadena de rock, por tanto más proclive a los blancos. Al lúbrico Rick James no le programan “Super freak” alegando vulgaridad, su excusa más frecuente después de que “también buscamos al público de la América Profunda, no solo el de Nueva York y Los Ángeles”. David Bowie les avergonzó públicamente en una entrevista de 1983. James tuvo su alegre venganza en 1990, cuando MC Hammer arrasa en la cadena con “U can’t touch this”, basada en un sampler de “Super freak”. Al final, el racismo se diluyó ante la evidencia del éxito devastador en los ochenta de los clips de Michael Jackson, que abre la puerta a otros artistas afroamericanos. Poco a poco, el hip-hop se hizo un hueco crucial en la programación, convirtiéndose en uno de los pilares de la marca. La MTV terminó siendo testigo y cómplice de cómo este género pasa de ser “la CNN de los barrios negros” (como dijo Chuck D, de Public Enemy) a una especie de teletienda donde los raperos exhiben mansiones, cochazos y harenes en bikini.
A partir de los años noventa, sin prisa pero sin pausa, la cadena se convierte en una especie de hipódromo donde los caballos que las discográficas consideran ganadores corren dopados por presupuestos millonarios. La cima se alcanza con el vídeo de “Scream” (1995), de Michael Jackson con su hermana Janet, que exprime un presupuesto de siete millones de dólares para crear un mundo futurista de superficies deslizantes (Alaska confesó que le encantaría vivir allí dentro). En una jugada similar, Madonna se gasta cinco millones en la una distopía urbana titulada “Express Yourself” (1987), basada en oscuras factorías y escenas sadomaso. No solo es que los clips se acerquen a las películas de alto presupuesto, sino que Hollywood comienza a obligar a hacer un videoclip para cada uno de sus grandes lanzamientos, donde las estrellas pop intercalan escenas o interactuan con los actores. Así podíamos encontrar al hoy olvidado Billy Ocean bailando en un escenario con Michael Douglas, Kathleen Turner y Danny de Vito en “When the going gets tough, the tough get going”, tema principal de Tras el corazón verde (1984). Los taquillazos y estrellas pop de moda se funden a partir de entonces.
La influencia de MTV es enorme. Según cuentan los ejecutivos de publicidad, seis meses después de cualquier clip exitoso, aparece un anuncio que parasita su estética. También marcan el mundo del pensamiento, con la profesora de arte Camille Paglia identificándose con la lógica cadena —“Mi mente es como MTV: flash, flash, flash”—, además de defender que Madonna es la diosa pagana de nuestro tiempo y Guns N’ Roses el equivalente a Lord Byron. Quizá el novelista más influido por MTV sea Bret Easton Ellis, cuyos personajes guapos, ricos y amorales tienen sintonizado casi siempre el canal. Su primera novela, Menos que cero (1985), copia el título de un himno de Elvis Costello y se abre con una devastadora cita de Talking Heads: “Mientras todo se derrumbaba/ nadie parecía interesado”. En España, José Ángel Mañas retrata los subidones y frustraciones de la generación MTV en la novela Historias del Kronen (1994), un drama nihilista que lleva a la modernidad las enseñanzas de Galdós, Delibes y Marsé.
A finales de los noventa, se convierte en tópico filosófico y mediático decir que la MTV representa la mente posmoderna: líquida, narcisista y obsesionada por la juventud eterna. Al mirar con perspectiva desde 2025, vemos que fue uno de los productos culturales más perfectos del globalismo progresista, válganos la redundancia. En 1992, la campaña Rock the Vote, para que los jóvenes acudan a las urnas, contribuye de manera significativa a la victoria del demócrata Bill Clinton, seguramente el primer presidente con el que simpatizan los oyentes de la cadena, aunque la mujer de su vicepresidente —Tipper Gore— reunirá a varias ‘esposas de Washington’ para inventar unas infames pegatinas para las portadas de los discos, con la leyenda “Aviso parental: letras explícitas”. Se trataba de señalar a los artistas deslenguados y fomentar la censura artística y comercial. Lo único que consiguió fue que pareciesen más excitantes las canciones marcadas.
En el plano sociocultural, la MTV es la banda sonora del socialprogresismo. El diario Washington Post, hace un par de años, publicó un tribuna titulada “¿Cómo llegó la política a ser tan terrible? La culpa es de la MTV de 1992”. Corto y pego un fragmento: “Todo el mundo tiene una teoría sobre por qué la política estadounidense actual es tan desastrosa. Yo culpo a MTV. Más específicamente, culpo a la campaña ‘Rock the Vote’ del canal de música a principios de los 90. Ese fue el momento en que los creadores de tendencias de la cultura popular decidieron que la percepción generalizada de que la política no es cool era un problema que había que resolver. Había que hacer que la política fuera cool. Y, por lo tanto, que no fuera aburrida”, denuncia Jim Gerardthy. MTV marca un canon estético que se convierte en dominante para vender cualquier cosa, desde zapatillas hasta candidatos. La presa son los jóvenes adultos más inseguros, neuróticos y consumistas de la historia de la humanidad.
MTV pasará a la historia por la hazaña de convertir el hip-hop en un fenómeno global: piensen lo complicado que resulta que millones de jóvenes de clase media occidental se enganchen a una subcultura que se expresa en jerga para hablar sobre todo de armas, detenciones y crack. Hay algo en la dureza de los guetos negros del cambio de milenio que es una metáfora del capitalismo y de la vida. El segundo gran logro de MTV consiste en acelerar el ritmo de los ciclos pop, como pudimos ver en directo en 1991 cuando el grunge barre en pocos meses al heavy metal, cambiando los excesos y la alegría de vivir por cantantes con depresión crónica aullando sobre sus obsesiones, muchas veces enfermizas. El suicidio de Kurt Cobain, líder de Nirvana, agobiado por la heroína y por la aspiración de ser auténtico, es un indicio de que el paraíso consumista neoliberal no hace felices a muchos jóvenes.
El último destello de genio de la MTV es alimentar a una generación de humoristas cáusticos y descerebrados, desde la franquicia Wayne’s World a la apología cafre de Jackass, pasando por los entrañables dibujos de Beavis y Butthead. Con todos sus defectos, podríamos decir que aquella generación supo reírse de sí misma con un voltaje que no tuvieron los hippies ni los punks. La decadencia de MTV comienza cuando sustituyen estos contenidos abrasivos por realities clasistas como Jersey Shore o dedicados a burlarse del estilo de vida de los negros con dinero, véase Cribs (sobre sus mansiones kitsch) y Pimp my ride (sobre su obsesión de tunear sus coches). La MTV muere cuando ya había dicho todo lo que tenía que decir, así que tampoco proceden grandes llantos.