Al hilo de Robert Graves

El mundo cambiará todo lo que quieran las huestes del progreso; pero si uno se resiste, puede neutralizar los efectos de esa mudanza forzosa

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Anoche dediqué unas horas a la traducción de una hermosa pieza del poeta Robert Graves, más conocido en España y en el mundo como el autor de las exitosas novelas históricas Yo, Claudio y Claudio el dios que por sus sobrios e impecables versos, que sin embargo serán (junto con su autobiografía, Adiós a todo eso) los que asegurarán su sueño eterno en el panteón de las letras universales. Ahora tengo la intención de dejar en largo reposo estos primeros borradores, antes de volver sobre ellos dentro de unos días.

            Graves era un «poeta ebanista» formidable, ajeno en su día a toda moda, a toda tendencia, a toda «modernez». Un poeta de perfecto corte clásico, especializado en breves piezas de impecable factura, que trataban muchas veces del amor (solía él mismo afirmar que no escribía poemas de amor, sino poemas sobre el amor. Sabia distinción).

            Cuanto más regreso a la poesía del expatriado de Mallorca, más me seduce la fina belleza artesanal de sus bien torneados versos. La sensibilidad del gran caballero inglés está imbuida de una profunda, perceptiva y amena sensatez; eso que sin duda quería decir Gabriel Ferrater cuando exigía de un poema que fuera divertido. Hablamos, por supuesto, en el sentido más amplio y abarcador del adjetivo. En ello precisamente estriba el inmenso atractivo de los clásicos latinos; es lo que encontramos en las sublimes páginas de Séneca o de Marco Aurelio. Entre autores contemporáneos, además del propio Robert Graves, y salvando todas las distancias, es también la suculencia que hallamos en Somerset Maugham, por ejemplo; un escritor menospreciado siempre por la crítica, y por los «intelectuales sesudos», pero que —como Baroja— no cesa de ser reimpreso y reeditado.

2

Es muy curioso que en una de las estrofas del poema que anoche estuve traduciendo hablara Graves de la bruma que cubría un valle, porque esta madrugada, poco antes del alba, una densa niebla envolvía los alrededores de mi casa. No llegaba a alcanzar el espesor de lo que en Inglaterra llaman pea soup, o «puré de guisantes», pero por momentos reproducía esa textura. Inerte y dormido, el barrio entero yacía emboscado entre sus grávidas volutas de impenetrable seda.

            Más tarde, cuando he terminado el desayuno, ya se había despejado el ambiente, aunque en la atmósfera seguían raleando etéreas gasas flotantes.

            A media mañana he subido, dándome un largo paseo de casi tres cuartos de hora, hasta las Cuatro Torres, en cuyos alrededores debía prestar un servicio de intérprete. Un fino velo de neblina se me adhería al pelo y al rostro mientras caminaba. Al cruzar el pinar de La Ventilla, olores de tierra húmeda y vegetación mojada invadían mi olfato.

            El sol ha salido, con cauto esplendor, hacia las doce.

3

Sentado en un banco, disfruto de los rayos del astro rey a las cuatro de la tarde, tras comer en la estación de Chamartín. Una joven brasileña, participante en el cursillo en el que desempeño mis labores profesionales, se me ha acercado para pedirme lumbre, y le he hecho los honores con mi recién estrenado mechero Lubinski. He tenido algunos problemillas para darle fuego, a causa de los golpes de aire, pero al final la chica ha conseguido prender su esbelto y alargado cigarrillo.

            “We’ve finally made it!”, le he dicho en inglés. ¡Lo hemos conseguido!

            La brasileña me ha brindado una sonrisa, dándome las gracias, y un fleco suelto de su largo cabello castaño, batido por el suave vientecillo, me ha acariciado la cara por un instante, impregnándome de voluptuoso perfume y de una intensa y a un tiempo vaporosa sensación de dicha.

4

Delicia de viernes por la tarde, con sol de invierno, en Madrid.

            Se diría, paseando por los alrededores de Chamartín, que no nos hemos movido de los 70. Es algo que me encanta; recuerdo los bares, las cafeterías, las calles, los sonidos y los olores de mi infancia, mi adolescencia, mi primera juventud. El mundo cambiará todo lo que quieran las huestes del progreso; pero si uno se resiste —Robert Graves, en su poesía, se resistía— puede neutralizar los efectos de esa mudanza forzosa. Y yo, paradójico ser, en flujo heraclitiano de perpetuas vueltas y revueltas que siempre retornan al punto de partida, me sumo al desafío, pues me resisto (con una discreta energía pasiva que tiene más de ausencia de aprecio que de desprecio beligerante).

            Sea esto el mundo. Sea esto la luz. Sea esto, sin complejos y también sin aspavientos, la felicidad.

(En la fotografía, el busto de Robert Graves en Deyá).

Roger Wolfe (Westerham, Kent, 1962) es poeta, narrador y ensayista. Autor, entre otros libros, de «Días perdidos en los transportes públicos», «Hablando de pintura con un ciego» o «El arte en la era del consumo».

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