Podría comenzar este reportaje hablando de Charles Aznavour, Cher o las Kardashian, celebridades con ascendencia armenia. Pero en realidad pocos conocen a este país. Y prácticamente nadie sabe que allá por el año 311 fue la primera nación que se proclamó cristiana. Era en esa época monarca Tirítades III que, según la tradición, fue convertido al cristianismo por San Gregorio el Iluminador. Antes, el mismo rey había perseguido a cristianos, hasta que el encarcelamiento por casi tres lustros de Gregorio, le llevó a aceptar la fe. Por ello, Tirítades III estableció como religión oficial al cristianismo, antes incluso de que este hecho aconteciera en Roma años más tarde.
Pero para entender la peculiaridad de este pequeño país, encajonado entre el Cáucaso y el islamismo más extremo, y que además fue aplastado por el Imperio Otomano durante la Primera Guerra Mundial a través del primer genocidio como tal y haber sido parte de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, hay que asumir que los armenios componen la comunidad cristiana más antigua de Jerusalén y el único grupo cristiano oriental que ha tenido custodio permanente del Santo Sepulcro desde la Edad Media. Incluso, los armenios controlan varias capillas dentro del complejo donde se incluirían partes del lugar de la crucifixión además de la tumba de Jesús. Por lo tanto, los armenios son guardianes históricos del Santo Sepulcro, con una presencia continuada desde hace más de 1.500 millones de años.
¿Y puede una nación cristiana, hoy república, vivir en paz en una zona donde no es usual difundir las enseñanzas de Cristo? Para nada. Y por eso las fronteras laterales del país –con Turquía y Azerbaiyán– andan cerradas a cal y canto: la primera, tras el insultante genocidio del pueblo turco, que entre los años 1915 y 1918, y justo cuando los enfrentamientos con el Imperio Ruso arreciaban, decidió esquilmar a alrededor de millón y medio de armenios, generando la mayor diáspora en desproporción con los habitantes de un país: el antiguo reino de Ararat mantiene en su seno a tres millones de habitantes cuando su colonia exterior casi triplica esa cifra, con Estados Unidos, Rusia, Francia, Siria, Líbano, Argentina, Uruguay, Canadá y Australia como las principales naciones donde el exilio se agrupa, tratando de mejorar las condiciones del encajonado país gracias al envío de remesas. Otro día hablaremos de cómo cientos de miles de armenios fueron llevados al desierto por los turcos, sin agua ni comida, en una de las mayores brutalidades documentadas de la historia de la humanidad. Luego llegarían Hitler, Mao y Pol Pot. Pero esa ya es otra historia.
Además de Turquía, enemigo acérrimo, hay que hablar de Azerbaiyán, la otra ex república socialista soviética que tras la desintegración de la URSS y dar forma a su independencia, decidió, primero al ralentí y luego con inusitada maldad, golpear al pueblo armenio hoy desaparecido del entorno de Nagorno–Karabaj donde, desde siempre, fueron mayoría sobre los musulmanes. Y por ende, la frontera con Azerbaiyán también está cerrada a cal y canto por ambos lados, cuando aún continúan las escaramuzas que han provocado decenas de miles de vidas perdidas, la inmensa mayoría de ciudadanos armenios, además de cientos de miles de desplazados.
En el colmo del drama, el Monte Ararat, símbolo nacional, religioso y cultural para los armenios, se encuentra en la actualidad dentro de los dominios de Turquía, por lo que visitarlo es completamente imposible. Y esto acrecienta la fractura con los vecinos, herederos del Imperio Otomano. Hay que decir que en la insignia nacional armenia es justamente la citada montaña –hoy mismo cubierta de toneladas de nieve– la que aparece en su escudo, por lo que la frustración es máxima. Algo así como sentirse torero en Siberia o tener que celebrar la Semana Santa en Marruecos.
Según la Biblia, el Arca de Noé se posó en el monte Ararat tras el diluvio universal, diluvio al que hoy en día sólo se le espera en forma de daños colaterales tras el incesante bombardeo al que se está viendo sometido Irán que devuelve las bombas a diestro y siniestro. Eso sí, el primer ministro armenio, Nikol Pashinyan, ha asegurado mediante declaración oficial que su país es “neutral y pacífico” y que ve imposible un desabastecimiento de productos de primera necesidad; y que llegado el caso, tomaría las medidas oportunas. Pero, ¿sería esto posible? ¿O es otro de los clásicos brindis al sol con los que los políticos nos tratan de adormecer? Si las próximas elecciones no tuvieran lugar este próximo mes de junio, cuando la popularidad del primer ministro anda muy a la baja, no nos lo tomaríamos en serio. Pero… ¿y a partir de julio? ¿Habrá restricciones y alza en los precios si la guerra continuara?

Encerrada entre el inmenso Cáucaso y rodeada de países islamizados, algunos de ellos hasta la médula, el reino cristiano más antiguo del mundo, que además no posee una amplia población, palidece ante esta guerra que podría desmejorarla aún más. Pero antes de los recursos económicos que llegan, a mansalva, a través de Irán, explicaré su ancho calado geopolítico, única manera por la que la nación podría salvarse en esta guerra que amenaza con ser mundial.
Porque Armenia, tras el hundimiento literal en el final del Imperio Otomano, y después de la desintegración de la URSS, decidió buscar el mayor número de aliados dada su evidente fragilidad. Primero están los iraníes, que aunque distintos cultural y religiosamente, además de armados hasta los dientes, los necesitan por ser un paso seguro hacia Europa y Rusia, a sumar que los persas no desean que Turquía y Azerbaiyán roben –lo han intentado en varias ocasiones y lo seguirán tratando de hacer– los 44 kilómetros armenios de frontera terrestre con Irán a través de la ciudad de Meghri. Luego, Rusia sigue siendo la mamá; aunque tras haber mirado para otro lado tras la guerra contra Azerbaiyán de 2023 por el enclave de Nagorno-Karabaj, diríamos que gozan de peor imagen que hace unos años. Y luego quedan los Estados Unidos, que aunque lejanos, apoyan a los armenios por la sencilla razón de que es una de las escasísimas democracias en la región convertida en constante polvorín. Aunque los rumores también indicarían que los propios americanos estarían jugando a dos bandas apoyando a sus enemigos azeríes en sus intereses de abrir un corredor para comunicar el sur de Azerbaiyán con la república autónoma de Najicheván, que justo al otro lado, entre Turquía y Armenia, quiere servir de puente para los sueños conquistadores e insaciables de los azeríes.
Y volviendo a la economía, que es la madre de todas las madres, Armenia podría sufrir un fuerte desabastecimiento además de un alza de los precios por la sencilla razón de que recibe la mayoría de sus bienes importados desde la antigua Persia. Y no sólo hablamos de hidrocarburos, esenciales para una nación donde a día de hoy las temperaturas mínimas siguen estando bajo cero, sino porque desde Ormuz y a través de la tierra de los ayatolás otros productos de primera necesidad (frutas, verduras, tubérculos…) se han visto bloqueados por la guerra, asumiendo que si la misma sigue sosteniéndose en el tiempo, Armenia, una nación tan pequeña como encajonada, tendría serios problemas para aguantar con sueldos en la capital de alrededor de 600 euros cuando el básico, que es el habitual, no alcanza los 200.

En el paso fronterizo de Norduz, cerca de la ciudad de Meghri, el resquemor va en aumento al comprobarse cómo, con el avance de la guerra, el transporte de mercancías es prácticamente inexistente –salvo los que portan crudo– cuando el de los iraníes que dejan su país, aunque a cuentagotas, sube de manera que podría llegar a ser, en algún momento, problemático. Porque atrás quedan los días en que los iraníes cruzaban la frontera para entregarse al vicio, desinhibiéndose justamente donde su nación restringe: en el alcohol, las discotecas, los bares, las fiestas… y en donde no llevar el velo o escuchar música occidental no es ni pecado ni ilegal.
Avet, periodista local con más de cincuenta años de experiencia contando todo lo que ocurre en Armenia, lo tiene muy claro: “Si la guerra se complicara y entrarán en mi país solamente un millón de iraníes, estaríamos muertos, porque seríamos incapaces de poder darles de comer y dormir”. Aunque para el corresponsal de un medio americano la mayor incertidumbre del pueblo armenio es sospechar que entre azeríes y turcos podrían robarles su frontera terrestre con Irán. “Cada vez que Azerbaiyán ha amenazado con robarnos ese trozo de tierra los iraníes han realizado maniobras militares disuasorias. El problema es que ahora, defendiéndose y atacando en esta guerra, dudo mucho que tuvieran tiempo para ayudarnos. O sea, estamos en serio peligro de que nos arrebaten nuestra frontera terrestre con Irán. Y nosotros solos seríamos incapaces de defendernos”, concluyó.
Ereván es la tufa rosa, piedra volcánica que proyecta una imagen color chicle de una capital tan bella que nadie querría verla envuelta bajo las llamas o conquistada por alguno de sus vecinos musulmanes. Porque dos genocidios en dos siglos consecutivos no tendría parangón alguno.
Joaquín Campos, Ereván
(Fotografías de Mar Mas Oliva)