Arqueofuturismo: una utopía neopagana

Exploramos el concepto ideológico acuñado por el pensador francés Guillaume Faye, que profetizó un idílico matrimonio entre tecnociencia y tradición

2030: es el año establecido por la ONU para culminar su siniestro plan de desarrollo sostenible, pero también podría ser el fin del Kali-Yuga, el ciclo cósmico que ha puesto al mundo patas arriba. En su libro Las cuatro edades de la humanidad (1976), el historiador guenoniano Gaston Georgel se entrega a complejos cálculos simbólicos y matemáticos hasta fechar el fin del Kali-Yuga, precisamente, en 2030.

Para Georgel no hay era de Acuario que valga, sino sólo un período de purga durante el cual se va disolviendo toda «forma» hasta que sólo queda la «esencia». El 2030 sería, pues, el principio del fin del mundo moderno; después, se iniciaría un nuevo ciclo ascendente, un Satya-Yuga del que pocos se han atrevido a hablar.

Ante la posible inminencia del colapso, convendría tener unas mínimas nociones de lo que será El Día Después. Y, sin duda, uno de los autores que mejor ha dibujado el paisaje postapocalíptico es Guillaume Faye, excéntrico gabacho que inventó el arqueofuturismo y dio un soplo de aire fresco a la Nueva Derecha, que a finales del siglo XX ya no era ni tan nueva ni tan derecha.

Harto de un pasadismo caduco y un progresismo abyecto, Faye rompe la dicotomía entre tradicionalismo y modernismo para pronosticar una herejía: el maridaje entre arcaísmo y tecnociencia, la reconciliación de Evola con Marinetti, la fusión del creacionismo estético y la voluntad de potencia histórica. Sólidos cimientos para un nuevo orden mundial.

Un ideólogo mutante

Guillaume Louis Marie Faye (Angulema, 1949) nació en el seno de una familia bonapartista, pero fue construyendo su propia cosmovisión a base de estudiar al geopolitólogo Carl Schmitt, al ideólogo de la Revolución Conservadora alemana Armin Mohler, al filósofo e historiador Oswald Spengler y a Leo Strauss, el discípulo judío de Heidegger. Pero el gran maestro de Faye fue el periodista y escritor Giorgio Locchi, un romano afincado en París que le inculcó una platónica visión: el retorno de los europeos al sol, tras su salida de la caverna liberal-democrática.

En 1970, Faye estudiaba Geografía, Historia y Política en el Sciences Po cuando Dominique Venner le invitó a formar parte de GRECE, la seminal comunidad etnonacionalista que fundara junto a Pierre Vial y Alain de Benoist. Faye encajó en ese colectivo neoderechista que mezclaba raíces paganas con estrategias gramscianas, y que rechazaba tanto el capitalismo como el liberalismo.

Muy pronto, Faye comprendió que sus ideas eran demasiado radicales para la política activa, ya que, a su juicio, «el auténtico político es un artista, un constructor de proyectos, un escultor de la historia», pero no un simple intelectual. Se resignó entonces a escribir, publicando libros tan virulentos como El sistema para matar pueblos (1981), La nueva sociedad de consumo (1984) y Los nuevos desafíos ideológicos (1985).

Cada vez más radical, Faye arremetió contra la derecha francesa en bloque: desde GRECE, a quienes acusaba de academicistas y blandengues, hasta el Frente Nacional, según él, un partido simplista, nostálgico y burgués. Entre sus viejos colegas, unos creían que se había vuelto loco, mientras otros lo consideraban un visionario elegido por los dioses para señalar las lacras de Occidente.

Tras ser desterrado de GRECE, Faye entró en una etapa un tanto rocambolesca. A lo largo de una década, trabajó como periodista y animador en prensa, radio y televisión. Su insultante dandismo se hizo muy popular en los medios franceses. Además, escribió guiones de cómics, enseñó sexología en la universidad y hasta ejerció de actor en películas porno.

Fotomontaje de Guillaume Faye junto al culturista sueco Marcus Follin ataviado con casco corintio

Pero la cabra tira al monte y, en 1998, Faye volvió al ruedo con Arqueofuturismo, un libro-bomba, a caballo entre el ensayo, el panflejo y la narrativa, que profetiza la reconciliación de la ciencia con los valores arcaicos. Fue un texto sonado que reactivó su prestigio, pero la paz no duró mucho. Dos años después, Faye publicó La colonización de Europa, una dura crítica a la inmigración masiva que se saldó con una condena judicial por «incitación al odio». Faye critica la «prioridad nacional» ideada por Jean-Yves Le Gallou, pues implica aceptar la permanencia en Europa de comunidades no europeas, y defiende el «etnodiferencialismo» y la deportación masiva.

Por si fuera poco, Faye vaticinó terribles profecías en Antes de la guerra: crónica de un cataclismo anunciado (2002) y La convergencia de catástrofes (2004), donde predice para Europa una caída diez veces peor que la del Imperio Romano. Además, da un giro geopolítico: si antes era antisionista y proárabe, ahora, preocupado por la invasión de Francia, reivindica a Israel como potencial aliado frente al islamismo. Se explaya sobre este asunto en La nueva cuestión judía (2007), un libro que logró que lo echaran del grupúsculo identitario Tierra y Pueblo.

Escritos desde una solitaria trinchera, sus últimos libros fueron actualizaciones de su pensamiento: en Sexo y desviación (2011) arremete contra el feminismo y el mestizaje, y en Arqueofuturismo 2.0 (2012) compone una colección de relatos basados en sus visiones metapolíticas. En esta última etapa, se acercó al Frente Nacional de Marine Le Pen, por considerar que era la única fuerza politica con peso suficiente para frenar la inmigración y plantar cara a Bruselas.

He aquí el valor de Faye como ideólogo: un revolucionario perenne y proteico, ajeno a dogmas y corsés políticos. Como él mismo dijo, «el espíritu es inmutable (polo arcaico), pero la forma tiene que renovarse sin cesar (polo futurista)».

Un porvenir premoderno

El arqueofuturismo comienza donde el mundo moderno acaba. Occidente será devastado por una convergencia de catástrofes ecológicas, económicas, demográficas, epidemiológicas, geopolíticas y religiosas. Faye lo celebra porque cree que ya no es posible frenar la decadencia mediante reformas pacíficas: «La historia nos enseña que los hombres no cambian de civilización voluntariamente, sino como resultado del caos que ellos mismos han generado».

El enterramiento de la Europa moderna propiciará una resurrección de lo «arcaico», que para Faye no es sinónimo de «anticuado», sino —como en la antigua Grecia— de «fundamental»: las tradiciones operativas, los linajes y el patrimonio biológico serán los fundamentos que sostengan el desarrollo tecnocientífico, pues «el submarino nuclear es descendiente directo del trirreme».

Un férreo autoritarismo domará la tecnología desbocada por el mito igualitario. La ciencia sólo es útil si tiene un contrapunto que la depure: «Futurismo y arcaísmo son imbricaciones de los principios apolíneo y dionisiaco, siempre opuestos, pero siempre complementarios».

Una auctoritas digital

Tras el inevitable colapso del sistema democrático, se producirá una recuperación de la auctoritas, un concepto que debemos a Roma y que —a diferencia de la potestas, donde el poder lo otorga el cargo público— basa la autoridad en valores superiores y principios atemporales.

Mientras el estado-nación moderno ha separado al pueblo de la soberanía, Faye vislumbra una Europa descentralizada, donde una autoridad férrea garantice la defensa común, pero cada tribu tenga sus propias leyes, a la manera del Sacro Imperio Romano Germánico. Las consultas individuales se realizarán de forma inmediata a través de mensajes electrónicos cerrados, en una versión digital de las «asambleas de hombres libres» de los pueblos nórdicos, a las que sólo asistía la casta guerrera.

Las sociedades productoras de tecnología serán las primeras en volver a una jerarquía meritocrática, donde sólo ascenderán aquellos que pasen los debidos ritos de iniciación, aprendizaje y excelencia. La gran mentira de la modernidad, que pregona que todo el mundo puede ser cualquier cosa, será destruida en aras de un sistema donde cada uno ocupará el puesto que legítimamente le corresponde.

Unos clanes biotecnológicos

Destrucción de la familia, decadencia de la educación, hedonismo exacerbado, divorcio exprés, ridiculización del ama de casa, abundancia de parejas efímeras y estériles… No fueron más que modas pasajeras que se irán por el desagüe de la Historia.

El futuro restaurará el orden en todas sus dimensiones: el clan o familia extensa como núcleo jerárquico, la continuidad de la línea de sangre, el respeto a los ancianos, el culto a los ancestros, el liderazgo patriarcal… Habrá una separación de roles, donde la maternidad y el cuidado del hogar volverán a brillar como funciones biológicas de primer orden, complementarias a las responsabilidades masculinas tradicionales.

Portada de la edición española del libro ‘Arqueofuturismo’, de Guillaume Faye (Ediciones Titania)

La reimplantación del paganismo propiciará la recuperación de viejos mitos, que servirán para darle a la familia un sentido de trascendencia y cohesión. Esto se coordinará con una avanzada gestión de la crianza: la medicina genética, la selección prenatal, la educación algorítmica y la monitorización biotecnológica de la salud garantizarán el vigor del clan. La eugenesia se utilizará para potenciar los valores indoeuropeos de fuerza, honor y vitalismo.

Un imperio eurosiberiano

La caída de la Unión Europea dará paso a una profunda transmutación del continente, que empezará por una etapa de remigración masiva y reorganización territorial, tras la cual cada etnia ocupará la zona del globo que le corresponde.

Obsoletos los nacionalismos, los estados europeos se fundirán en una comunidad neofederal fundada sobre las regiones autónomas que se acabará uniendo a Rusia. Esto supondrá —amén de una considerable ampliación del territorio— un extraordinario aumento de los recursos energéticos, tecnológicos y militares. El resultado será Eurosiberia, un macro-estado imperial que se extenderá desde las islas Azores hasta los volcanes de Kamchatka. Y también una «etnosfera»: un santuario protegido para los pueblos blancos.

Así, la noción de Occidente desaparecerá, dando paso a la de Mundo del Norte o Septentrión. Como en la Antigüedad, volveremos a pensar en la tierra como un conjunto de grandes bloques en constante interacción: la gran potencia será Eurosiberia, que tendrá su mayor contrapeso en el bloque asiático dominado por China. En segundo plano, un bloque árabe-musulmán, constelación de naciones que abarcaría desde el norte de África hasta medio oriente. En cuanto a los Estados Unidos, perdería su hegemonía unipolar, transformándose en una potencia media enfocada en el continente americano.

Una guerra multipolar

Faye cree que «la tradición europea se basa en La Ilíada, la historia de una guerra y sus héroes». Así que Eurosiberia recuperará la metafísica de la guerra, y la casta Kshatriya —la aristocracia militar— volverá a estar en la cúspide. Pero las nuevas batallas no serán entre naciones, sino entre grandes bloques etnoculturales. Una guerra a la antigua usanza, donde se honra al enemigo y se combate con coraje, justicia y rectitud.

Faye siente un gran respeto por los valores arcaicos del islam: legitimidad de la conquista, etnismo exacerbado, religiosidad agresiva, tribalismo, culto al jefe, orden jerárquico… Recuperada su propia raíz, Eurosiberia volverá a ser el antagonista que el islamismo merece.

Al mismo tiempo, los bancos de información digitales ofrecerán a las élites eurosiberianas el fresco de la Historia; antes de gestar nuevos conflictos, se estudiarán las victorias y derrotas de los antepasados. En la nueva guerra, el uso de tecnología militar hiperavanzada se fundirá con estrategias ancestrales.

Una autarquía neotradicional

La gran catástrofe provocará una crisis económica mucho peor que la de los años 30. El paradigma económico moderno se estampará con un muro de acero: la imposibilidad del desarrollo igualitario.

Calmadas las aguas, el bloque eurosiberiano tendrá una total independencia económica, lo que le permitirá disfrutar de una próspera autarquía, rechazando tanto el comunismo como el libre mercado. El valor del trabajo, el arraigo a la tierra y el honor gremial volverán a tener más peso que la especulación financiera o el lucro individualista. El rechazo al mito de la productividad dará paso a un modelo que pondrá estrictos límites al consumo.

La sociedad eurosiberiana se dividirá en dos niveles: la mayor parte de la población vivirá en un hábitat neotradicional, dedicada a la economía de subsistencia, la agricultura orgánica, la artesanía o el comercio local, mientras una minoría científica y militar se ocupa de gestionar la alta tecnología, la industria pesada y la geopolítica.

Tras las huellas de la religión perenne

El declive de Occidente es, en parte, consecuencia de la progresiva modernización —o, lo que viene a ser lo mismo, autodestrucción— de la Iglesia católica. Un vacío espiritual que ha sido rellenado con nihilismo, culto al becerro de oro y doctrinas orientales descafeinadas.

Por más que valore su versión medieval y su papel identitario, Faye critica el cristianismo por haber derivado en un sistema de sumisión igualitaria. En cuanto al Islam, conserva su potencia pero es incompatible con Europa, ya que su esencia monolítica y teocrática acabaría destruyendo el espíritu libre y fáustico del continente. En el mundo arqueofuturista, la base del orden social, natural y tecnológico sería, pues, un neopaganismo politeísta, fuertemente arraigado en las tradiciones griega, romana, celta, germánica y eslava.

Sin embargo, a base de profundizar, Faye comprendió que el catolicismo tradicional no deja de ser una suerte de politeísmo disfrazado, y que, como dijo Aleksandr Duguin, «el cristianismo no anuló, sino que sublimó y reafirmó las creencias precristianas».

El caso es que, en 2018, en plena batalla contra un cáncer, Guillaume Faye sintió el impulso irresistible de reunirse con un sacerdote. El 27 de enero de 2019, se confesó por primera vez. Y el 6 de marzo de ese mismo año, tras recibir la extremaunción y el viático, murió muy cristianamente. Su teléfono móvil estaba iluminado en ese momento.

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