Empecemos por un flashback a 2004. ¿Se acuerdan ustedes de “Gasolina”? Hablamos de una época donde el reguetón no generaba grandes titulares, mucho menos grandes debates. El comentario habitual se limitaba a sentenciar que aquello sonaba como King África y que nadie lo recordaría en 2007. Ahora sabemos que teníamos una percepción equivocada, pero eso no nos ha quitado la extrema seguridad en nuestros análisis pop. Hay que volver a “Gasolina” porque en una de sus rimas está la clave para comprender La Casita: “Ella prende la turbina, no discrimina, no se pierde una ‘party’ de marquesina…”. Lo que mola de ir de fiesta es no discriminar, en su doble sentido de perder los prejuicios y perder un poco la cabeza, pero no es esa línea del himno la más importante para este artículo
Las ‘partys’ de marquesina son fiestas caseras, informales, que se celebran en las casas humildes de Puerto Rico. Son típicas de adolescentes que no tienen edad para ir a discotecas o dinero para gastar en dentro. Normalmente se celebran en los garajes, pero también en el jardín y se puede acabar perreando en el porche o en los aleros de la vivienda. Ese ambiente es lo que intenta recrear Bad Bunny en La Casita, el espacio más comentado de su última gira mundial, donde las estrellas más rutilantes del planeta se frotan con fans de infantería, escogidas por su equipo de entre el gentío de cada concierto. Es un homenaje a las ganas de gozar: a las alternativas que se inventan los pobres para disfrutar. De hecho, el reguetón en su origen es justamente eso: gente exprimiendo al máximo el placer de sus cuerpos porque no tienen otra cosa en esta vida. Es importante no olvidar esto. Es un enfoque inteligente.
Como era de previsible, muy pronto la fiebre por La Casita se ha desmandado y ahora abundan los vídeos de TikTok que te explican los secretos para ser seleccionada y poder entrar en la zona VIP más codiciada de 2026. «Lo más importante es detectar al reclutador”, aconseja un influencer. Los reclutadores suelen colocarse en la parte de atrás de la pista, no se escoge a nadie de primeras filas, ni a nadie que esté gritando. Lo importante es el aspecto: “Usted tiene que ir más playerito, más chill, con un outifit que encaje con las vibras de la gira”, recomiendan los creadores de contenido. El look ganador serían unos shorts vaqueros, camiseta con lema musical de color llamativo, el gorro de paja típico de Puerto Rico, perfume para que La Casita no apeste como una granja y —si es posible— unas zapatillas Adidas, la marca que patrocina al cantante (no quieren logos de Nike en las pantallas gigantes). Por supuesto, cuanto más guapo mejor.
El modelo, por lo tanto, no es la mansión Playboy ni el jacuzzi de Jesús Gil, sino las fiestas caseras de los inicios del género, algunas con tan poco espacio que se hacía natural el perrear. Como nuestra estrella es progresista, niño de clase media-baja con padres profesores, ha llenado el espacio de celebridades estilo Pedro Pascal, Javier Bardem, Marc Giró, Ibai Llanos, Ester Expósito, Lamine Yamal, Los Javis …La gran innovación de La Casita consiste en fundir la zona VIP clásica con la lógica de Instagram: no cuenta solamente poder acceder a un espacio reservado para los elegidos, privilegio que el dinero no puede comprar, sino que ese altar pagano debe ser transparente para que todo el mundo lo adore, 50.000 personas in situ y luego millones en redes.
En el contexto actual, el de la cultura de las celebridades, hay hasta empujones por rozarse con la estrella y aquello parece un cruce de “Supervivientes” con la jaula de las go-gós en el Amnesia de Ibiza, pero la intención de La Casita es muy noble: recordar que divertirse no tiene por qué ser caro. Y eso es justo de lo que no habla nadie, arrastrados por el debate puritano de si las feministas tienen derecho a divertirse (ojalá lo hicieran más).Mi famoso predilecto ha sido Héctor Bellerín, defensa del Betis, fashion victim de manual y hombre deconstruido al que un meme memorable representa en La Casita con un libro entre las manos, informando a las bellezas en shorts que él pasará el rato leyendo por si alguna necesita un encaje teórico para conciliar el empoderamiento femenino con la autoexplotación hipersexualizada del espacio. Es una burla a los debates recalentados e hiperventilados que cosechó esta gira.
El tuit más ciego de todos fue el del politólogo Santiago Armesilla, que no veía en el concierto más que un burdel de Davos: “Es una buena metáfora de las clases sociales en el momento actual. Ricos en La Casita sin pagar, pobres mirando la casita pagando un pastizal, y la única forma de ascenso social es ser puta. Y todos con mentalidad lumpen”. ¿De verdad se puede mirar un concierto de Bad Bunny y no percibir nada cálido y placentero, la alegría de vivir? El tuit más necesario fue el de Ana Iris Simón, rechazando las soflamas de género. “La tumba del feminismo lleva ya muchos clavos, pero las opiniones y los análisis de La Casita están siendo la resaca en el tanatorio. Señoras que llevan años levantando el dedito porque les pongan la coca-cola a ellas y la cerveza a ellos porque era un micromachismo pero ahora hablan de cabalgar contradicciones. Señoras con las tetas de goma o los labios pinchados denunciando la sexualización del evento y de la mujer en las canciones de Bad Bunny. Y en el centro, uno de los grandes pecados del feminismo: la autoindulgencia con una misma y la ausencia total de caridad con el otro. Algo que se parece mucho al narcisismo”. Nada que añadir.

Es cierto que, vista desde el sofá o del ordenador de la oficina, La Casita parece algo ridículo, como cualquier cosa protagonizada por el tipo de VIPs que recluta. Los millonarios ‘progres’ ya no pueden juntarse sin que pensemos en Team America, Zoolander, South Park y Ricky Gervais meándose en sus caras en la gala de los Globos de Oro. Reírse de los famosos ya está inserto ya en nuestra naturaleza (mezcla de tic sádico y mecanismo de autodefensa). Con esa venganza debería bastar. Ni Bad Bunny ni el reguetón tienen culpa de atraer a esa fauna.
Por Madrid ha revoloteado incluso Michael Jordan, la celebridad de mayor consenso de la historia. A estas alturas, los únicos que quedan por rendirse a Bad Bunny son los rockeros más rancios y los intelectuales de traje, tipo David Cerdá (que prefiere a Manuel de Falla) y Javier Gomá (que le trata como “onomatopéyico” y “preverbal”). En las cabezas de los dos intelectuales cabe toda la alta cultura de Occidente, pero por desgracia Dios —con crueldad propia del Antiguo Testamento— les privó de la capacidad para comprender “Mueve tu cucu” de Missiego, el himno que arrasó en verano de 1997. No se puede tener todo en esta vida.
Los peores, como siempre, hemos sido los periodistas. Un crítico musical de El País señalaba —campanudo— que La Casita “es la cosa más hortera y pija que se puede ver en un concierto. Habla mal también del tipo de sociedad del postureo: ni feos/as ni gordos/as ni por supuesto no famosos/as”. Esto último es mentira, abundaban los ‘no famosos’ o al menos la ‘no famosas’, pero qué se le va a hacer. Lo que no decía el periodista es que las celebridades que escogió Bad Bunny son las mismas que adornan cada fin de semana la portada de Icon y El País Semanal.
Otra por ese sendero era Marta García Aller, que denunciaba donde Alsina que en La Casita había “mucha minifalda, mucho escote y bota alta. Siempre la sonrisa”. Es como si no estuviera familiarizada con el concepto ‘salir de fiesta’, complicado de encajar en la tristeza ambiental centrista de Onda Cero. Doña Inés Hernand, en su canal, proclamó que ella iba a seguir adorando a Bad Bunny por muchas machistadas que hiciera. Ella construyó su carrera abroncando la tibieza política de nuestros gustos culturales, pero no aguantan que la regañen a ella por los suyos (hasta ahí podíamos llegar). Cada progre con su tema con su tema.
Sigamos con un secreto: a Bad Bunny no le gusta dar conciertos. Justito de voz y más tímido de lo que pensamos, el conejito no es “un animal de directo”. En verano de 2019, cuando podías ir a verle por 25 euros, hacía un playback descarado y estaba en el escenario, más que nada, para pasear y saludar. La actual gira, más que un concierto parece un musical, donde él ejerce de director de escena de un amplio reparto, dosificando al máximo su protagonismo. Es una estrategia parecida a la de la última gira de C. Tangana, otro estrellón cortito de voz, que sabe repartir juego para no aburrir al público ni aburrirse él. Pero estas consideraciones musicales no interesan a nuestros opinólogos, por lo visto, tan centrados como siempre en la polémica genital.
Otra consideración pertinente es que Bad Bunny no está del todo cómodo con la cultura de la celebridad: en La Casita mete sobre todo a fans normales, a quienes no cobra, cuando podría (ninguna otra estrella de su nivel hace eso). No le termina de gustar el famoseo, por eso apareció vestido de octogenario en la última MET gala, algo que no había hecho nadie hasta entonces. Hay que mencionar también que Benito cuida tan poco la zona VIP, situada junto a La Casita, que en Barcelona abundaron las quejas, hasta el punto de que hubo un creador de contenido que la abandonó porque no podían bailar y además les costaba respirar. Hablamos de entradas de 600 euros. No es verdad que su gira este pensada para millonarios.
La sensación final, tras decenas de columnas, tuits y tertulias, es que de Bad Bunny interesa todo menos lo que importa. Primero: su condición de campeón del español, que pulveriza récords y ayuda a que los jóvenes artistas que usan nuestro idioma se quiten el complejo de inferioridad ante los anglosajones. Segundo: el altísimo nivel del repertorio, no solo la euforizante “Debí Tirar Más Fotos” sino decenas de trallazos históricos como “Dákiti”, “Safaera”, “Callaíta”…y el espléndido disco nacional-popular que da nombre a la gira. Tercero: seguimos mirando a los artistas caribeños con superioridad colonial, insultándoles cuando apuestan por la misma sencillez artística que alabamos en los Ramones (a quienes medimos distinto porque son de Nueva York). Tampoco hay que deprimirse: Benito es cada vez más grande y nosotros —los jornaleros de la opinión— cada vez un poquito más coñazo.