Los Miserables y el katechon defraudado

El ideal que aparece en la novela de Víctor Hugo es extrañísimo, un ideal que excede y contradice la lógica de cualquier moral natural

Es una de tantas ironías de la historia el que Víctor Hugo –un hombre que creía que la filosofía vendría a sustituir a la religión, cuya acción política fue consistentemente anticlerical, que renegaba de la Iglesia pero tonteaba con el espiritismo (so many cases…), que trató de convencer a Don Bosco de que colgara los hábitos, y que influido por su conversación con el santo, en su lecho de muerte acabó pidiendo confesión, aunque sus familiares y amigos se la negaron– escribiera un personaje como Jean Valjean. En Los Miserables, título que con ambigüedad buscada abarca a los menesterosos y a los mezquinos, Víctor Hugo dibuja este personaje crístico en el que se captura la revolución moral del cristianismo.

A lo largo de la obra encontramos momentos de compasión heroica, que nos enternecen como enternecían al humanitarista Hugo. Pero estas alturas morales no nos resultan totalmente alienígenas porque estamos manchados por la herrumbre roja del cristianismo, que decía Jiménez Lozano. En realidad el ideal que aparece en Los Miserables es extrañísimo, un ideal que excede y contradice la lógica de cualquier moral natural.

Si giramos la cabeza en busca de las grandes conquistas morales de la historia, nuestra vista se topa con montañas inmensas. Parece imposible que el hombre haya escalado tales cimas. Podríamos condensar la figura de Sócrates y el pensamiento de Platón en una máxima sublime y contraintuitiva: siempre es mejor padecer un mal que cometerlo. Aristóteles funda su ética en el amor apropiado hacia uno mismo. Puedo tener un amigo cuando lo incorporo a la esfera de mi amor, cuando no hay distinción entre lo mío y lo suyo. También vincula la virtud con la felicidad. Los estoicos propugnan la benevolencia universal, la philanthrōpía. Todo esto es asombroso y verdadero. Son conquistas de la razón y del corazón, que llegan todo lo lejos que el hombre puede llegar. En sus protagonistas vemos una integridad y una majestad admirables. Pero el cristianismo es otra cosa.

Hay dos momentos críticos en los que queda patente la anormalidad a la que me refiero. El primero, cuando Jean Valjean roba los cubiertos de plata a monseñor Bienvenu, quien le había acogido cuando el resto del mundo le despreciaba. Cuando le atrapan los gendarmes, en vez de denunciarlo, el obispo le entrega también los candelabros y lo despide con esta bendición: “Yo compro vuestra alma; yo la libro de las negras ideas y del espíritu de perdición, y la consagro a Dios”.

La victoria del obispo sobre Valjean es más fulminante que cualquier otra forma de conquista. Al entregarlo a la policía lo habría reducido físicamente, lo habría apartado de la sociedad para que no causara más mal, pero la fuerza con la que le doblega es mucho mayor, una fuerza que triunfa sobre el corazón. El amor desarma. Mis muy admirados Platón y Aristóteles habrían hecho lo de todo el mundo, habrían denunciado un robo en su casa. Valjean habría desaparecido del mundo ahogado bajo el peso de su nueva condena, sería uno de esos elementos antisociales que es necesario confinar en nombre de la justica. Pero el obispo lo recluta para la vanguardia de su causa, lo inviste capitán de la ciudad celeste. Es un tipo de conquista que no está al alcance de los grandes caudillos de la historia.

El segundo momento se da cuando Jean Valjean le salva la vida a Javert, el hombre que lleva media vida hostigándolo. Javert es una figura interesantísima. En la novela Terra Alta, con la que Javier Cercas ganó el premio Planeta, el protagonista es un expresidiario convertido en policía que está obsesionado con la novela de Víctor Hugo que nos atañe. En un momento reflexiona que tanto el obispo como Javert parten del mismo planteamiento de que el mundo está enfermo. Pero mientras que el obispo cree que sólo la caridad sin medida puede sanarlo, Javert pretende sujetarlo con la ley, una ley que también ha perdido toda medida. El uno suministra una medicina mientras que el otro la amputación, el uno busca doblar las almas al amor, el otro doblar los cuerpos.

El obispo encarna lo que constató Girard: que poner la otra mejilla es lo único que detiene la escalada de la violencia. Que hay una lógica que no es de este mundo pero que puede operar ya en este mundo. Quizás a esto se refería Cristo cuando decía que “el Reino ya está en vosotros”. Javert, por su parte, no es un villano, es un mártir de la ley. Entiende la ley como la única defensa del hombre contra el hombre.

Massimo Cacciari analiza la figura del gran inquisidor de Dostoievski, como un katechon que ha perdido la visión trascendente. El katechon es una misteriosa figura que, según San Pablo, retiene la venida del anticristo. Los Padres de la Iglesia lo identificaron con el Imperio Romano. Es el orden político que debe refrenar el desorden pero siempre consciente de que la salvación no le compete a él. No puede redimir la naturaleza humana, tan solo conocer su falibilidad para enderezarla y así hacer posible la vida en común. El katechon puede pervertir su misión si se desliza hacia veleidades utópicas y desea apropiarse de la trascendencia. Pero hay otra forma igualmente trágica de perversión que se da cuando agota su esperanza: cuando el mal le abruma, cuando las derrotas intramundanas se suceden y olvida la victoria final. Su papel se vuelve meramente represivo, cerrando todo resquicio a la gracia. El gran inquisidor, como Javert, son katechones pervertidos, en los que ha muerto la esperanza. Ambos son perseguidores de Cristo porque desde la lógica mundana la caridad es tan subversiva como la iniquidad. La sublimación de la justicia es tan peligrosa como la injusticia para el katechon defraudado.

En el encuentro último entre Javert y Valjean se confrontan el logos joánico con el logos heracliteano. Javert no es capaz de lograr lo que sí pudo Valjean con el obispo: abrirse a la gracia. La entrega de Valjean derrumba todas sus certezas. De nuevo, es una forma de conquista mucho más implacable que si Valjean lo hubiera destruido, lo hubiera degradado de su puesto, arruinado y humillado. Como buen racionalista, hombre de su tiempo, ha erigido un ídolo de la ley ferrosa e inmisericorde, ídolo que ahora se le desmorona. No pudiendo soportar el embate del amor, Javert pone sus asuntos en orden, redacta un informe para la policía proponiendo mejoras y denunciando los abusos del cuerpo y se arroja al Sena.

Frente a Nietzsche que entiende el cristianismo como lo que se interpone entre el hombre y su grandeza, Dostoievski y Kirkegaard descubren que el cristianismo es demasiado grande para el hombre. Escribe Kirkegaard en su diario: «Cuando el singular (tú y yo) se lo apropia en serio y tiene el coraje de decir: «tiene que ver conmigo», entonces el cristianismo resulta demasiado elevado y el escándalo es inevitable… Cuando tengo que decir: Como un Esposo, Cristo me ama a mí, Soeren Kierkegaard; […] Entonces el cristianismo da angustia».

El ideal moral del cristianismo va más allá que cualquier planteamiento retributivo fruto de una deducción racional. Como también dijo Kierkegaard, es una idea que nunca se le habría podido ocurrir a un hombre. Frente a esta constatación, queda rendirse o endurecerse: Valjean o Javert, Aliosha o Iván. 

Y sin embargo esta “angustia”, esta violencia que el cristianismo ejerce sobre la conciencia-consciente es una violencia que no se manifiesta como desorden, sino como un orden superior. Para los clásicos la armonía era signo de verdad. En los antiguos filósofos esto se expresaba como placidez y mesura. En el cristiano como un trastorno que da paso a una verdadera morada. En los antiguos como desapego, en los cristianos como transfiguración. En las oblaciones vitales de Jean Valjean, necedades para la lógica del mundo, hay verdad, una verdad muy grande. El exconvicto halla la paz en su vida de persecución, paz que no encontraba cuando se alimentaba del justo rencor contra un mundo que le había maltratado. El cristianismo es un absurdo contra un absurdo: una idea absurda colmada de sentido, quizás la única capaz de dar sentido al absurdo de la existencia.

(Ilustración: El obispo y el presidiario, Benvenu y Valjean, de Frédéric Lix)

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