¿Por qué sigue Irán en pie? La desproporción es casi cómica. Estados Unidos gasta en defensa cerca de 130 veces más que Irán. Solo su presupuesto militar supera con creces el producto interior bruto de su adversario. Dispone de la mayor fuerza aérea del planeta, once portaaviones, bombarderos estratégicos, submarinos nucleares, una red mundial de bases y una capacidad logística sin precedentes en la Historia.
Enfrente tiene a un país sometido desde hace casi medio siglo a un régimen de sanciones que ha estrangulado su economía, limitado su acceso a la tecnología y reducido drásticamente su margen de maniobra.
Y, sin embargo, tras los bombardeos, Teherán sigue lanzando misiles, amenazando el tráfico por el estrecho de Ormuz y obligando a Washington a dedicar cantidades crecientes de hombres, dinero y recursos a una guerra cuya salida resulta mucho menos evidente de lo que sugería la descomunal desproporción de fuerzas.
Esta no es la guerra que hemos conocido siempre. Durante siglos, la superioridad material bastaba para prever quién iba a ganar. El Estado más rico reclutaba ejércitos más numerosos, fabricaba mejores armas, sostenía campañas más largas y, antes o después, terminaba imponiendo su voluntad. Pero nada de eso garantiza ya la victoria.
No es cosa de hoy, o no todo. De hecho, el primer gran aviso llegó hace más de medio siglo, en Vietnam. Estados Unidos desembarcó con una superioridad material tan aplastante como la que hoy despliega frente a Irán, con dominio indisputado de aire, mar, logística y producción industrial. No perdió claramente ni una sola batalla e infligió al Viet Cong y a Vietnam del Norte unas pérdidas estimadas entre algunos cientos de miles y un millón, una proporción de bajas que ningún estratega clásico habría asociado jamás con una derrota política. Y, sin embargo, acabó retirándose.
¿Qué había ocurrido? Sencillamente, que los vietnamitas estaban librando una guerra distinta. No necesitaban destruir al ejército estadounidense ni derrotarlo en el campo de batalla siquiera. Les bastaba resistir hasta que Washington entendiera que la guerra no compensaba lo que estaba costando.
Vietnam fue la primera gran anomalía, indicio de una transformación que desde entonces no ha dejado de acelerarse. La tecnología ha abaratado extraordinariamente la capacidad de hacer daño, las sociedades ricas acumulan cada vez más patrimonio que proteger y la opinión pública en una democracia próspera tiene hoy un peso decisivo en la conducción de las guerras. Y el pobre ha descubierto que, para sobrevivir, no necesita ganar. Le basta convertir la guerra en un negocio ruinoso para el rico.
La primera ventaja del pobre en este tipo de guerra asimétrica es evidente: tiene mucho menos que perder. Un país pobre, no digamos uno condenado a un relativo aislamiento internacional, vive ya en unas condiciones inimaginables para una sociedad rica. Sus dirigentes pueden asumir pérdidas humanas, privaciones económicas o destrucciones materiales que resultarían políticamente inaceptables para cualquier democracia próspera. El rico entra en la guerra para mejorar su situación; el pobre a menudo la libra porque la alternativa es desaparecer.
La segunda consiste en jugar en casa. El rico manda a sus tropas lejos de casa; el pobre combate donde vive. Conoce el terreno, habla la lengua de la población, dispone de redes familiares y sociales y sabe que, cuando termine la guerra, seguirá allí. El tiempo, además, corre a su favor. Cada mes aumenta el coste para el adversario, desgasta a sus gobiernos, altera sus presupuestos y alimenta las protestas.
Pero de poco sirven todas estas ventajas si la tecnología solo beneficia al rico, como ha sucedido sobre todo desde la Revolución Industrial, que convirtió la riqueza en una ventaja estratégica casi imbatible: grandes fábricas, enormes inversiones y una industria pesada capaz de producir barcos, cañones, aviones o carros de combate en cantidades masivas.
Los vietnamitas lograron reducir ese abismo tecnológico a fuerza de ingenio. No podían fabricar mejores bombarderos que Estados Unidos, así que excavaron cientos de kilómetros de túneles. No podían igualar su capacidad logística, así que transformaron bicicletas en vehículos de transporte y la selva en un gigantesco aliado. Reutilizaron bombas sin explotar, improvisaron trampas, explotaron hasta el último accidente del terreno. La escasez seguía siendo una desventaja, pero no una condena inapelable.
Hoy ese ingenio dispone, además, de armas que hace medio siglo no existían, menos aún al alcance de países relativamente pobres. La revolución digital ha abaratado extraordinariamente la capacidad de hacer daño. Un simple dron comercial puede destruir un blindado cientos de veces más caro que el proyectil empleado. Un misil relativamente barato obliga al adversario a responder con sistemas defensivos muchísimo más costosos. Los componentes se compran en el mercado civil, los conocimientos circulan por internet y tecnologías que antes exigían la capacidad industrial de un gran Estado empiezan a estar al alcance de países mucho más modestos o incluso de organizaciones insurgentes. Durante dos siglos, la Revolución Industrial favoreció al rico. La Revolución Digital ha empezado a devolver cartas al pobre: nunca había sido tan barato hacer daño.
La guerra ha cambiado de modelo económico. Un dron que viene a costar lo que un televisor de gama media puede destruir o inutilizar un blindado valorado en millones. Un misil relativamente barato obliga a disparar un interceptor cuyo coste puede multiplicarlo decenas o incluso centenares de veces. El objetivo del pobre ya no consiste en igualar el esfuerzo militar del rico. Consiste en obligarle a gastar mucho más dinero de lo que él mismo gasta.
Los hutíes de Yemen no necesitan hundir toda la flota estadounidense para alterar el tráfico marítimo del mar Rojo. Les basta con obligar a las grandes potencias a mantener durante meses un costosísimo despliegue naval y antimisiles. Ucrania destruye bombarderos estratégicos con drones cuyo coste representa una fracción ridícula del aparato atacado. Irán sabe que no puede competir con Estados Unidos en portaaviones o aviación estratégica. Pero tampoco necesita hacerlo. Puede disponer de medios suficientemente baratos y numerosos para obligar a Washington a responder con sistemas muchísimo más caros.
La guerra del pobre ya no consiste en vencer al rico en una batalla decisiva, sino en cambiar las reglas del juego. Donde el rico busca una victoria militar, el pobre busca un desgaste económico, político y psicológico del contrario. Donde uno mide kilómetros conquistados o divisiones destruidas, el otro cuenta meses, presupuestos y paciencia. La guerra deja entonces de ser una competición de fuerza para convertirse, cada vez más, en una competición de resistencia. Y en ese terreno, el pobre juega con unas cartas mucho mejores de las que casi nadie habría imaginado hace apenas unas décadas.
Queda todavía una última ventaja, quizá la más difícil de medir. El pobre suele soportar mejor el sufrimiento, al que ya está sobradamente acostumbrado. Para una sociedad rica, una guerra prolongada significa presupuestos desbordados, incertidumbre económica, divisiones políticas, familias que empiezan a preguntarse por qué siguen muriendo sus soldados en un conflicto lejano. Estados Unidos no ha visto caer bombas sobre sus ciudades desde la Guerra de Secesión. No conoce desde 1945 el racionamiento, ni los apagones, ni las privaciones propias de una guerra librada en el propio territorio. Su inmenso poder militar ha protegido también a su sociedad de casi todas las consecuencias de la guerra. Es una fortaleza extraordinaria. Pero también una vulnerabilidad.
Ya no vale con la simple aritmética de contar quién tiene más aviones, más portaaviones o más misiles. Hay que introducir nuevas variables, como quién puede permitirse esperar más tiempo, quién soporta mejor el coste de una guerra interminable y quién necesita menos para seguir luchando.
¿Por qué sigue Irán en pie? Porque la guerra ya no se parece tanto a la que dominó los dos últimos siglos. Porque el pobre ha aprendido a transformar sus carencias en armas, su ingenio en tecnología y su debilidad en resistencia. No necesita derrotar militarmente al rico. Ni siquiera necesita ganar. Le basta convertir la guerra en un negocio ruinoso para el contrario.