Belenes y solsticios

Si voy a honrar una religión, prefiero honrar la religión en la que me crié

Primero quiero contarles que quien escribe este texto fue quizá una de las primeras españolas en felicitar el solsticio de invierno en lugar de la Navidad. Esto ocurrió hace unos veinticinco años, cuando regresaba yo de Escocia. Allí estuve varios meses trabajando para la Universidad de Aberdeen y tuve la oportunidad de que me aceptaran en un coven.

Un coven (pronunciado /ˈkʌvən/) es una palabra inglesa que se traduce como aquelarre, refiriéndose a una asamblea o grupo de brujas que se reúnen para practicar magia. Un coven funciona como una familia para sus miembros, ofreciendo guía y protección. El coven en el que ingresé no creía en la magia propiamente dicha; más bien era una reunión de mujeres que lo utilizaban como forma de reivindicar una tradición escocesa precristiana y una idea de búsqueda espiritual asociada al feminismo.

No me voy a extender mucho sobre esa historia, más allá de recordarles que, como ya he dicho, cuando llegué a España felicitaba el solsticio de invierno y no la Navidad.

Mi barrio es grande, turístico y está lleno de tiendas. Un barrio que, si uno lo mira con atención, funciona como un pequeño laboratorio de psicología social. Buscando un nacimiento, me lo recorrí entero: Muy Mucho, Ale Hop, Tiger, cuatro bazares chinos (sin ironía, fueron cuatro) y dos tiendas de decoración. Y ninguno, absolutamente ningún establecimiento, tenía un nacimiento.

Había de todo, eso sí: elfos, Papá Noel, espumillón, bolas, bolas de nieve con muñecos dentro, árboles de Navidad, catrinas, coronas de acebo, bastoncitos de caramelo rojos y blancos, figuras de «Pesadilla antes de Navidad» de Tim Burton… Toda la imaginería posible de la Navidad americana, desreligiosizada e infantilizada. Pero ni rastro del belén. Aquello no era una casualidad comercial, sino un síntoma cultural.

Durkheim explicaría esto con bastante claridad. Durante siglos, el catolicismo cumplió funciones esenciales. Cohesionaba a la comunidad, establecía normas morales compartidas y ofrecía un sentido de pertenencia. El nacimiento no era solo un objeto decorativo, era un símbolo común que organizaba el tiempo, el espacio y el significado de la Navidad. Pero cuando esa religión dominante se debilita, aparece lo que él llamaba anomia, una falta de normas claras y de referencias compartidas. El barrio sigue celebrando la Navidad, pero ya no sabe muy bien qué está celebrando.

Por eso la decoración no desaparece, se transforma. Tal y como lo hicieron Yolanda Díaz e Irene Montero, que pasaron de ser unas perroflautas desarrapadas a ir divinísimas con modelitos ideales, pero en el fondo seguían siendo las mismas, aquí todo cambia para que todo siga igual: en lugar de símbolos religiosos aparecen elementos considerados neutros, figuras laicas que recuerdan un otoño invernal cuajado de nieve, que puede que uno encuentre en Segovia pero que desde luego no hallará en Madrid: piñas, ramas de abeto, rodajas de madera, bayas rojas, copos de nieve, elfos, casitas, campanas, lobos, osos, renos, animales varios, coronas de ramas naturales adornadas con lazos o bolas de colores, centros de mesa con velas, flores de Pascua, frutas de temporada e incluso alguna calabaza. Todo muy acogedor, muy bonito y meticulosamente desprovisto de trascendencia.

Charles Taylor llamaría a esto vivir dentro de un marco inmanente. Lo inmanente es lo que se sigue buscando: sentido, belleza y comunidad. Seguimos en su pos, pero sin recurrir a lo religioso.

Tras mi tour por el barrio, casi dos horas de tienda en tienda en busca del nacimiento que nunca encontré, me enfadé tantísimo que acabé haciendo mi propio nacimiento con plastilina. Y ni tan mal. No se trataba solo de cabezonería, era una reacción identitaria.

Según la teoría de la identidad social de Tajfel y Turner, las personas necesitan pertenecer a grupos significativos y reconocerse en símbolos compartidos. El belén ofrecía eso: una identidad cultural estable. Al desaparecer, no desaparece la necesidad, sino que se desplaza. Pero yo no quiero desplazar al Niño Jesús en favor de un elfo zanquilargo, gracias.

En mi barrio solo dos establecimientos han puesto un nacimiento. Uno es una farmacia, porque a la farmacia se va sí o sí. Cuando estás enfermo no te pones exquisito ideológicamente ni haces boicot simbólico. Y el otro es un bar carísimo, muy pijo, cuyo dueño probablemente puede permitirse el lujo de no adaptarse a la sensibilidad dominante. Él sabe que su local está siempre lleno y que hay que reservar con semanas de antelación. El poder económico, curiosamente, concede libertad simbólica.

Sospecho que el resto de los establecimientos, sean bares o tiendas, no han puesto un belén porque saben que si lo hacen se arriesgan a que les escriban algún graffiti en el escaparate.

Si bajas un poco más hacia el Lavapiés más perroflauteado, el fenómeno se radicaliza. Allí no encontrarás nacimientos bajo ningún concepto. Verás coronas de muérdago ecosostenible, bolas hechas de materiales responsables y cero espumillón (por lo de su impacto ambiental). Si aparece algún belén, que puede aparecer, será traído de Perú o de México, con figuras cuidadosamente racializadas o reinterpretadas en clave no binaria. No es exageración; ya ha ocurrido: juro que el año pasado vi un belén en el que San José iba cuidadosamente maquillado y la Virgen llevaba barba. Aquí la decoración navideña deja de ser tradición y se convierte en declaración moral.

Nietzsche habría reconocido este paisaje sin dificultad. Con la muerte de Dios no desaparecen solo las creencias religiosas, sino los fundamentos morales absolutos. El vacío no queda vacío, se llena. Y lo que lo llena son nuevas moralidades colectivas, nuevas ortodoxias. Muchas de las ideas que hoy organizan el espacio público, igualdad, solidaridad, redención de los oprimidos, culpa histórica y justicia social, son, como él advertía, una moral cristiana secularizada, sin trascendencia pero con fervor.

Desde la teoría del manejo del terror, desarrollada por Solomon junto a Greenberg y Pyszczynski, esto también encaja. Los seres humanos necesitamos sentido frente al sufrimiento y la muerte. La religión lo ofrecía directamente. Al debilitarse esa religión aumenta la ansiedad existencial y buscamos cosmovisiones que prometan una redención futura. Las ideologías políticas pueden funcionar como escatologías seculares. No hay cielo, pero hay utopía. No hay salvación del alma, pero sí justicia histórica. El sacrificio presente se justifica por un futuro mejor. No llegarás al cielo, pero crearás un paraíso en la tierra. No alcanzarás la eternidad, pero tu nombre será recordado. Estarás, como les gusta decir, en el lado bueno de la historia.

Marx, que criticaba la religión como opio del pueblo, acabó construyendo sin querer una estructura que funciona de manera muy parecida: profetas, textos canónicos, herejías, promesa de liberación final. Voegelin lo llamaría religión política. Al eliminar la trascendencia, se diviniza la política. El belén desaparece, pero no desaparece la necesidad de ritual, de pureza moral y de señalización simbólica. Simplemente cambia de forma.

Así que en mi barrio no es que no haya Navidad. Hay muchísima. Pero es una Navidad sin nacimiento, sin misterio, sin Dios. Una Navidad llena de objetos, de estética, de buenas intenciones morales. De mucho postureo moral. Desde su atalaya de pureza nos recuerdan que debemos preocuparnos por los migrantes, los racializados y los no binaries. Y si no lo hacemos seremos pecadores y malas personas. El vacío que dejó el catolicismo ya no está vacío. Está cuidadosamente reinterpretado y decorado.

Pero quiero decirles una cosa. En este barrio se festeja y se vive rabiosamente en verano la fiesta de la Paloma. La fiesta de la Paloma se celebra precisamente en las fechas que marcan el solsticio de verano. De la misma manera que la Navidad es un sincretismo religioso que se ha impuesto sobre las celebraciones precristianas del solsticio de invierno, la fiesta de la Paloma, como las fiestas de tantas otras vírgenes a lo largo de la geografía española, son celebraciones que el catolicismo impone como sincretismo para celebrar el solsticio de verano. Pues bien, en ese caso a nadie le importa seguir con la tradición religiosa. Hay siete días de marcha brutal a lo largo de todo el barrio de Lavapiés. La Paloma es la fiesta más sonada: puestos y puestos de limonada, en los que se puede beber limonada, pero también gin-tonic o Red Bull, o lo que uno quiera. Y en prácticamente todos los puestos hay una Virgen de la Paloma bien grande y, a veces, también un San Cayetano. Nadie felicitará el solsticio. Nadie querrá organizar celebraciones del Midsommar. Nadie querrá bailar alrededor de un poste con cintas. A nadie se le ocurre salir a la calle con coronas de flores silvestres de la estación, como margaritas o amapolas. Algunos irán vestidos de amarillo, blanco y naranja, pero será por casualidad, no porque sepan que esos son los colores tradicionales que deberían usar para representar el sol y la fertilidad. La mayoría llevará pantalones cortos y la primera camiseta que hayan encontrado, porque saben que esa camiseta acabará manchada de vino y probablemente habrá que tirarla al día siguiente. Es cierto que en San Juan se hacen muchas hogueras para saltarlas, pero poco más.

Y ustedes se preguntarán, como yo, ¿por qué se empeñan en destruir la Navidad cuando los mismos hipsters perroflautas y no binarios que atacarían un negocio en Lavapiés y lo acusarían de facha y reaccionario si mostrara un nacimiento son los primeros en darse aire con abanicos que llevan impresa una imagen de la Virgen de la Paloma o de San Cayetano? Yo tengo dos, por cierto, y son lo más pop que se puede añadir a un atuendo.

Ustedes no lo saben, pero yo, tres veces por semana, colaboro en un centro para personas con problemas neurológicos. Trabajo con un grupo en el que básicamente hay personas mayores, pero también algún joven. Son personas con deterioro cognitivo, bien sea por demencia, consumo de drogas, Alzheimer o simplemente por la edad. Suelo traer canciones y poesías; las leemos, las interpretamos y conversamos sobre ellas.

Para hablarles del origen del villancico, les llevé varias canciones del Cancionero de Upsala. El Cancionero de Upsala, también conocido como Cancionero del Duque de Calabria o Cancionero de Venecia, es un libro que contiene villancicos españoles de la época renacentista. La mayor parte de esos villancicos se pueden encontrar en YouTube interpretados por coros modernos que han recuperado las canciones. Son temas bellísimos. Por internet encontré las letras y les expliqué a mi grupo que en ellas se enfatizaban dos cosas:

La primera, que el niño Jesús era pobre. Y eso porque el catolicismo quería dejar clarísima esa diferencia respecto al protestantismo y, sobre todo, al calvinismo. En la época en que se escribieron muchos villancicos católicos había una fuerte polémica con los protestantes. A veces, el arte y la literatura se usaron para marcar diferencias identitarias, incluso exagerándolas. El catolicismo está con el pobre y con el necesitado. En realidad, son diferencias de énfasis y de grado, no de valores. El catolicismo, especialmente desde la Edad Media y más aún en la Contrarreforma, puso mucho énfasis en la pobreza de Jesús, la identificación de Cristo con los pobres y la limosna y las obras de caridad como expresión visible de la fe. Por eso, en villancicos e imágenes se subraya mucho el pesebre, la humildad y la pobreza material.

El calvinismo, sin embargo, no glorifica la pobreza como ideal espiritual. Tiende a destacar la responsabilidad personal, el trabajo bien hecho y el uso responsable de los bienes. Esto se ha malinterpretado a veces como falta de compasión, pero no lo es: ayudar al necesitado sigue siendo un deber moral, solo que sin idealizar la pobreza en sí.

La segunda gran diferencia entre los villancicos del Cancionero de Upsala, base de los villancicos tradicionales españoles, y los villancicos de inspiración sajona es que en los nuestros se glorifica la figura de María hasta la saciedad. Se deja claro que María es el portal gracias al cual Jesús llega al mundo. María es virgen y siempre será virgen porque tiene una naturaleza divina. Para los protestantes, María es la madre de Dios, pero no una divinidad.

En fin, ya sé que estoy simplificando, pero lo cierto es que la tradición católica parece bastante más feminista y socialmente justa que la protestante. No es casualidad que el término justicia social lo acuñara por primera vez un religioso, el jesuita Luigi Taparelli d’Azeglio, y que lo ratificara el papa León XIII en la encíclica Rerum Novarum, considerada el texto fundacional de la doctrina social de la Iglesia.

Lo cierto es que cuando Irene Montero, Yolanda Díaz, sus adláteres y sus huestes abominan del nacimiento tradicional, muy probablemente sea porque quieren hacer eso que decía la Fania All Stars: quítate tú para ponerme yo. Vienen a contarte lo mismo que me contaban a mí en la catequesis cuando era pequeña: que ayudes al necesitado (siempre que lo hagas tú y no Irene Montero poniendo a disposición de los 400 desahuciados en Badalona su parcela de 2.300 metros cuadrados, o que Yolanda no tenga que ceder su piso de 450 metros cuadrados); que te sacrifiques por los demás (siempre que lo hagas tú, tú tienes que pagar el agua, la luz y los suministros a tu inquilino okupa, pero ellas no ofrecerán un céntimo); que tengas una fe ciega, y nunca mejor dicho religiosa, en los líderes y sus palabras; y que tengas un libro canónico y cambies la Biblia por El capital, pero creas en ese libro y sus dogmas con fervorosa convicción. Y que, si los católicos repetían jaculatorias, tú repitas mantras: las mujeres trans son mujeres, al fascismo se le para con derechos, el silencio es violencia, la identidad de género es una experiencia interna, no biológica, ya tú sabes.

En conjunto, el conflicto puede entenderse como un proceso de sustitución simbólica: donde la religión tradicional ya no estructura la vida colectiva, la ideología ocupa su lugar. La política se convierte en moral absoluta y el barrio en escenario sacrificial. Algo que Durkheim llamaría anomia, Tajfel choque identitario, Nietzsche moral cristiana sin Dios, Voegelin religión política y Taylor tensión del marco inmanente.

Y precisamente por eso yo he decidido poner un belén en casa. Porque si voy a honrar una religión, prefiero honrar la religión en la que me crié, aunque no me la crea mucho, antes que honrar esa pseudorreligión laica e hipócrita que nos traen los comunistas de salón. Dejando al margen que creo que las tradiciones no deben perderse y que me parece absurdo que los adalides del anticolonialismo nos metan por las narices una figura tan imperialista como la de Papá Noel, que al fin y al cabo lo inventó la Coca-Cola, o nos impongan todo el rollo de muérdagos y coronas de abeto, importado desde Estados Unidos. Por no hablar de que estos ecologistas de postín nos obligan a que la corona de acebo y el muérdago de la puerta sean de plástico, porque si vas a la Sierra de Guadarrama a cortar un trocito de muérdago te puede caer una multa de 50.000 euros.

Ya sabemos todos que la hipocresía es un pecado en cualquier ámbito, sea en el catolicismo o sea en la neorreligión wokista. Excepto en la política. En la política, la hipocresía se convierte en una virtud moral y en una estrategia de supervivencia.

Lucía Etxebarria (1966). Novelista, poeta y ensayista. Licenciada en Filología Inglesa, Periodismo y Psicología. Es autora, entre otros, de 'Amor, curiosidad, prozac y dudas'; 'Un milagro en equilibrio'; 'Beatriz y los cuerpos celestes'; 'La Eva futura. La letra futura' y 'La escritura que cura'. Ganadora del premio Nadal y el Primavera de Novela, entre otros galardones.

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