Hace un par de años, fui a la Ciudad Prohibida de Pekín con mi familia y mis suegros. En un momento de nostalgia, mi suegro se quedó callado mirando un edificio y luego se puso a contarnos cómo, de adolescente, el régimen comunista le había enviado a subirse a los tejados del complejo para asustar a los pájaros, de modo que no pudieran descansar y que acabaran muertos de agotamiento.
Podía haberse matado él mismo, dado que andaba por ahí sin arneses ni nada, pero eran otros tiempos: finales de la década de 1950, cuando algún listillo le comentó a Mao Zedong que los pájaros se comían muchas semillas en el campo y no hacían ninguna función útil, así que por qué no exterminarlos. Los esfuerzos de mi suegro y millones como él solo sirvieron para que los insectos y otras plagas se multiplicaran por todo el campo chino, generando hambrunas que se llevaron a millones de personas más.
A todo esto, quedaban años para que empezara la Revolución Cultural. Si alguien les dice que la China Comunista iba fantástico hasta que llegó la Revolución Cultural, pueden reírse en su cara.
La Revolución Cultural empezó en 1966, justo mientras, en Occidente, los Beatles revolucionaban la música pop con su álbum Revolver. Lo de Mao Zedong fue, al mismo tiempo, más impactante y más cínico. El presidente chino había perdido poder en el Politburó después de su Gran Salto Adelante, incluyendo sus gloriosas ideas sobre ornitología, se convirtiera en un desastre absoluto, así que aprovechó una serie de eventos del partido para criticar la “burocratización” de la Revolución China y presentarse ante las masas como una figura preocupada por las maquinaciones de comunistas sin imaginación que le rodeaban.
El impacto de esta maniobra fue casi inmediato. Por toda China, los adláteres de Mao organizaron comités revolucionarios de “Guardias Rojos” (mi suegra fue miembro de uno de estos grupos) agitando para que los burócratas malos que ponían triste al presidente Mao fueran quitados de en medio. En un ambiente de movilización violenta, China se llenó de conflictos armados entre facciones del partido, con ataques a veteranos del Partido a los que una juventud frustrada culpaba, no sin cierta razón, de la miseria en la que había crecido.
Todo esto fue una maniobra de extremo cinismo por parte de Mao, que no buscaba ningún tipo de reforma, y solo quería acrecentar su poder al quitarse de en medio a todos los que habían criticado sus crímenes previos. Éstos pasaron años en campos de reeducación o picando piedra para meditar sobre sus errores, o acabaron asesinados por los Guardias Rojos. En la cúpula del Partido solo sobrevivieron los seres más abyectos, los más hábiles a la hora de besarle el culo a Mao.
El historiador belga Simon Leys, la persona que abrió los ojos a Occidente sobre la realidad de la Revolución Cultural, frecuentemente usó como ejemplo de este grupito al famoso Zhou Enlai, a partir de esta época la mano derecha de Mao.
Zhou besaba el culo de Mao tanto como fuera preciso y además se encargaba de recibir a todos los dignatarios y visitantes de cierta importancia a Pekín, lo que a Mao (uno de los mayores vagos de la historia, como escribió su médico personal en una biografía fascinante) le parecía maravilloso. Zhou se convirtió en una figura de culto entre la izquierda europea de la época, y no tendría mayor interés que el meramente histórico si no fuera porque al final fue Zhou, y no Mao, quien emergió como el modelo para la actual generación de líderes chinos.

Mao era un tirano de rasgos psicópatas. Zhou era un mandarín en la más pura tradición china. Hace más de 40 años, en una semblanza del entonces recientemente fallecido Zhou, Leys ofreció una parábola popularizada en China hace 2.300 años por el mítico sabio taoísta Zhuangzi. En la parábola, el sabio le recordó a un rey aficionado a la navegación fluvial la costumbre de las tripulaciones de los grandes barcos: cuando se les cruza una pequeña embarcación por el camino, los tripulantes de los grandes barcos siempre insultan a los del bote pequeño; pero cuando el bote pequeño está vacío y a la deriva, no tiene sentido insultar. En esos casos, lo que los grandes barcos hacen es simplemente evitar el choque.
La conclusión de Zhuangzi es que un gobernante que debe navegar por las turbulentas aguas de la política debe aprender, ante todo, a convertirse en una barcaza vacía. Leys señaló entonces que la historia ofrecía pocos ejemplos de estadistas tan exitosos como Zhou Enlai en dominar esta sutil disciplina, pero lo cierto es que la posterior historia china nos ha presentado muchos otros.
De hecho, la habilidad de la élite china para llevar un camino aparentemente caprichoso mientras evita conflictos con grandes potencias se ha convertido en uno de sus puntos fuertes. Todos los líderes chinos desde Mao han sido personalidades discretas que se han movido en las sombras de los conflictos y debates internacionales. El actual, Xi Jinping, es el campeón del mundo en poner cara de póker en desfiles, y lleva cuatro años triangulando entre Rusia, la Unión Europea y EEUU sin enfrentarse a ninguno ni casarse con ninguno.
Esto de parecer un barco que anda a la deriva y a su bola le funciona bien a China. Sus emisiones per cápita de gases de efecto invernadero ya casi están al nivel de EEUU, pero en Pekín no hay un grupito de histéricos del clima como el que domina la Comisión Europea. China, que solo fue capaz de lanzar su primer satélite al espacio en 1970 (¡después de que EEUU pisara la Luna!), está a punto de convertirse en la mayor potencia espacial del mundo: según una propuesta presentada en diciembre de 2025 a la Unión Internacional de Telecomunicaciones, China planea lanzar 193.428 satélites en los próximos años, dejando en ridículo los grandes planes de Elon Musk que, con su Starlink, contempla el lanzamiento de unos 42.000 satélites.
Como informa el medio especializado Baiguan, nos encontramos ante la paradoja de que un país aún teóricamente comunista se ha lanzado a impulsar la participación de empresas privadas como eje de su sector espacial comercial. A finales de 2025, el regulador bursátil de China permitió que las empresas del sector espacial coticen en bolsa aunque tengan pérdidas, siempre que demuestren avances significativos en tecnologías clave, como la recuperación de motores de cohetes líquidos, y se alineen con las prioridades estratégicas nacionales.
El sesenta aniversario del comienzo de la Revolución Cultural es también es el cincuenta aniversario del final de la Revolución Cultural. Zhou Enlai murió en enero de 1976, provocando tal consternación popular que el propio Mao, ya entonces confinado a su lecho de muerte, quedó sorprendido. Mao Zedong murió en septiembre de ese año y, en cuestión de meses, un golpe de estado interno quitó de en medio a sus seguidores más acérrimos, ejecutados o sentenciados a penas de cadena perpetua. El final de la peor era en la historia china fue el comienzo de lo que puede ser su mejor era: que nos sirva a todos de ejemplo.