José Luis Parra fue un poeta tan desconocido en vida como lo sigue siendo tras su muerte. Pero para el que desee saber qué de cosas le pasan por delante de su vida sin darse siquiera cuenta, sólo tendría que leer su antología Cimas y abismos, donde el verso se hace cielo y la piel de gallina, estratosfera.
Brindar con champán francés en los aperitivos de la cena que le organizó en Pekín Xi Jinping a Donald Trump, descuelga de manera absoluta lo que nos contaron hace sólo un par de semanas: que la visita oficial a China de nuestro presidente Pedro Sánchez era única y valiosísima cuando ha vuelto a resultar una insignificancia en comparación a la que acaba de realizar el máximo mandatario de los Estados Unidos. Unos continuamente en la cima mientras otros sólo parece que quieran arrastrarse por los abismos.
Cualquier entendido en geopolítica sabe que a quién más se le pone la alfombra roja es a quien más se le odia y se le teme, y que los que halagan hasta la genuflexión no son más que convidados de piedra. Por eso que Trump sacara esposado a Nicolás Maduro de Venezuela, esté asfixiando al régimen cubano y haya bombardeado Irán casi cada día –son tres de los socios de preferencia chinos–, ha permitido que Pekín lo trate con respeto, y que en ningún momento se le haya querido opacar, ni mucho menos ignorar, sino todo lo contrario.
Mientras los Estados Unidos se preparan para tener que compartir parte del poder del planeta con China, asumiendo que la dictadura de los mandarines sigue viento en popa gracias a que la inmensa mayoría del resto de naciones de este mundo, no es que no se interponga al PCCh, sino que directamente lo abrazan y masajean –a lo Sánchez–, buena parte del orbe –el occidental, mayoritariamente– sigue creyendo que Europa pinta algo en esta carrera por el cetro de la Tierra cuando sólo nos quieren, y a los datos y hechos me remito, para vendernos cosas y sacarnos minerales y tierras raras de nuestras entrañas.
Por Sánchez, damos muestra de supuesto poderío por una presunta asociación comercial benigna con Pekín, pero la tan desnivelada balanza comercial entre ambas naciones –y cada año aumentando su grosor– demuestra que nuestras reuniones con Xi, vendidas a bombo y platillo como históricas, sólo sirven para que las fotos conmemorativas hagan creer a la opinión pública una fantasía: que importamos en China cuando es exactamente todo lo contrario. O dicho de otro modo: que las visitas oficiales de España a la República Popular fundada por Mao Zedong a golpe de bombazo sólo interesan, oficialmente, a los negocios e influencias tanto de Pedro Sánchez como de José Luis Rodríguez Zapatero.
Y eso, que aunque se visite en nombre del Reino de España, sólo en 2025 nuestro país exportó a China menos de 8.000 millones de euros cuando desde el imperio del centro entraron en nuestro territorio mercancías por valor de casi 43.000 millones. O sea, que China representa el 15% de nuestras importaciones cuando nosotros, para ellos, sólo somos el muy insignificante 1%. Entonces, ¿a qué fue Sánchez a Pekín? Pues muy posiblemente a hacer política nacional, campaña mismamente, además de negocios para él y sus colegas.
Porque China, además de torearnos, compite directamente con buena parte de la industria europea a la que tanto halaga Sánchez, demostrándose el despropósito que somos: decimos que apoyamos a Europa, cuando cada automóvil chino que entra en la vieja Europa, producidos allí con costes bajísimos –inclusive el humano– y generados en base a un fortísimo apoyo estatal, compiten directamente con nuestras marcas Volkswagen, Renault o Mercedes–Benz, entre otras muchas, que ven como cada año los despidos así como las prejubilaciones nos enseñan lo poco que amamos a los nuestros y lo mucho que al resto, entendiéndose que ser solidario no era esto y que a este paso la ayuda humanitaria tendrá que ser enviada desde China a Occidente en botecitos de fideos que nos lanzarán desde sus aviones de combate para que podamos alimentarnos tras decir xie xie.
Otro ejemplo de la nula reciprocidad con el gobierno de Xi Jinping se muestra en el más de medio millón de ciudadanos chinos –nacionalizados o no– que residen en España, cuando los nuestros que aún viven allí no llegan a las 10.000 personas, asumiendo que las políticas chinas no permiten, en ninguno de los casos –por ejemplo, estando casado con alguien local, teniendo cuatro hijos, llevando allí sesenta años, teniendo empresas por doquier y dinero a mansalva–, poder nacionalizarte chino en la muy astuta República Popular, que sabe perfectamente los que significa la inmigración y cómo deben tratarla: metemos a los mejores de manera muy provisional, les sacamos su conocimiento y experiencia, y cuando ya no dan más de sí les invitamos a marcharse.
Se dice, se comenta, que las visitas diplomáticas de alto rango –de presidente a presidente– suelen desatascar acuerdos enquistados así como mejorar asuntos que se creían imposibles. Pues no debe de ser así invariablemente, porque cada vez que Sánchez visita China las importaciones de nuestros productos no crecen cuando las cortapisas se siguen sucediendo como si tal cosa. Un ejemplo que lleva lustros perdurando en el tiempo: tanto los vinos como la fruta chilena –son dos de los productos donde compite con España– carecen de aranceles gracias a que sus representantes supieron negociar ese detalle a cambio de que Pekín pudiera extraerles cobre, litio y otros minerales. Resultado: hoy Chile es el segundo país que más vino exporta a China, representando el 20% de las ventas totales, cuando España supera de milagro el 5% de cuota de mercado. Con la fruta pasa algo parecido. Y no ocurre con el jamón porque en Chile no es industria.
Porque es justo ahí, con nuestro amado cerdo, donde España prácticamente carece de cualquier tipo de competencia a nivel mundial, y donde se demuestra que los avances diplomáticos siguen a años luz de los frustrados intentos por ser alguien en China. Y es que la supuesta segunda potencia mundial, con más de 1.400 millones de habitantes –y bocas–, sigue anclada en el noveno puesto, muy por detrás de países como Francia, Italia, Portugal, Alemania, Reino Unido, Estados Unidos, México y Japón. O dicho de otra forma y con otro ejemplo: si de verdad tuviéramos algún tipo de sartén por el mango, el Instituto Cervantes no sería una triste comparsa comparada con el British Council, la Alliançe Française, el Goëthe–Institut o la Società Dante Alighieri, que prefiere ceder el testigo del acceso a nuestra lengua y cultura a manos de universidades chinas para, imagino, molestar lo menos posible. Pero claro, ¿es que alguna vez España, a través del binomio político desde la asunción de la democracia, ha querido ayudar a la expansión de la lengua española? Porque somos el cubo de Rubik de la autotraición.
Mientras cierro este análisis, Putin, tras Trump, se pasea por Pekín. Y no les quepa la menor duda de que si Rusia pudiera vendimiar sus caldos estarían en cada estantería china, porque ellos, ambos, son las cimas, mientras nosotros, los abismos. Y como decía el gran José Luis Parra: … En el confín de la orfandad/ cimas y abismos/ que tanto me elevaron/ y me hundieron.