Clarín y el anhelo de la voz de madre

En el 125 aniversario de su muerte, un análisis de «Su único hijo», su novela menos conocida, clarividente en la percepción de la crisis de maternidad

Hoy, 13 de junio, se cumplen ciento veinticinco años del fallecimiento en Oviedo de Leopoldo Alas «Clarín», un escritor no tan prolífico como otros de su época, dígase Galdós, Pardo Bazán o Pereda. En parte, esto se debió a su prematura muerte en 1901, con tan solo 49 años; aunque también a que su labor fundamental la desempeñó como profesor de Derecho romano y Derecho natural en Oviedo, sumando a esto una gran dedicación a la crítica literaria, lo que le otorgó fama de crítico implacable y temido por sus contemporáneos. Como anécdota, digamos que Unamuno intentó encontrar en Clarín el aval para su primera novela, Paz en la guerra, que Clarín ignoró y que hizo a Unamuno cambiar su primer estilo realista por un estilo trágico. Clarín sólo escribió dos novelas, La Regenta y Su único hijo, y es en esta última obra en la que nos detendremos como homenaje en este día del aniversario de su fallecimiento. Clarín escribió numerosos cuentos, relatos de tan enorme calidad literaria que es casi imposible destacar uno, aunque me atreveré a mencionar dos: ¡Adiós, Cordera! y Doña Berta. Aunque la mayoría de sus críticas literarias eran demoledoras, algunas fueron elogiosas hasta el extremo, aportando, además, un análisis filosófico muy potente; de entre estas últimas, yo destacaría su crítica a Marianela de Galdós, una joya que muestra la entrega y la admiración que Clarín sentía por el escritor canario; admiración que fue mutua y que llevó a Galdós a realizar el gran prólogo a la segunda edición (1900) de La Regenta. A Clarín, liberal, progresista y krausista, también le admiraron aquellos grandes conservadores y tradicionalistas que, pese a la diferencia ideológica, no cayeron en el fanatismo de no reconocer a un espíritu grande; así, el conservador Menéndez Pelayo o el tradicionalista Pereda elogiaron en numerosas ocasiones el genio de Clarín. También Gustavo Bueno le elogió, especialmente en un artículo titulado Los filósofos en La Regenta (1984), en el que destaca la filosofía seria que existe en La Regenta, yendo esta novela mucho más allá del embellecimiento literario, mostrando la filosofía en las actuaciones y pensamientos de los protagonistas. También decía Gustavo Bueno, y lo recordaba recientemente Jesús Maestro –gran conocedor e intérprete de esta novela– que La Regenta es una novela para dejar de ser curas; ciertamente fue La Regenta una novela anticlerical, pero no fue sólo eso, ya que no sólo atizó a la hipocresía del sacerdote don Fermín de Pas, sino también al liberalismo barato, al egoísmo y al donjuanismo inmoral de Álvaro Mesía, a los acomodados burgueses del Casino de Vetusta, a la ingenuidad de Víctor Quintanar.

En la opinión de quien escribe estas líneas, Galdós fue el más grande escritor del siglo XIX español, pero «La Regenta» de Clarín es, a mi juicio, la mejor novela del XIX español. Sin embargo, hoy que se cumple el aniversario de su muerte, no vamos a hablar de esta novela inmortal, sino de su segunda novela, menos conocida, Su único hijo (1890).

En La Regenta uno puede sentir cierto afecto —no excesivo— hacia el naturalista Frígilis o hacia el buen obispo de Vetusta —de los pocos a los que Clarín salva de la infesta inmoralidad es a un obispo, como Víctor Hugo salvó a otro—; pero ¿con quién simpatiza uno en el nido de víboras en el que Clarín nos introduce a través de Su único hijo? Esta característica de crear personajes poco simpáticos al lector es algo buscado por el propio escritor con el fin de acercarse mejor a un realismo y a un naturalismo de tintes pesimistas que, a mi parecer, invade buena parte de la obra de Clarín.

Suele decirse, y el mismo autor lo sostenía, que Su único hijo bebe del influjo del Tolstoi más espiritualista. Pero la novela se escribe en 1890, y en esa época, Tolstoi, que ha pasado ya fuertes crisis espirituales, está aún en una etapa que aún es estrictamente moral. La influencia de Tolstoi en Su único hijo es, en todo caso, la del moralista ruso; moral que, inevitablemente, tiene ya el germen —sólo el germen- de una espiritualidad. Clarín presentó en Su único hijo, como Tolstói en La muerte de Iván Ilich, el presagio de un hundimiento moral sin precedentes en la historia. La literatura posterior, la del siglo XX, gustará de mantenerse en dicho hundimiento, regodeándose en él, mientras que Tolstoi y Clarín lo exponen con el fin de superarlo a través de una fuente espiritual que irá tomando forma en los años venideros. En la novela de Clarín todos los vicios, especialmente los más sutiles —los llamados pecados espirituales— están presentes en esa ciudad pequeña del norte de España en la que se desarrolla la novela, ciudad labrada como un campo de cultivo de veneno interior. En Su único hijo también recoge Clarín algo que sí había recibido de Tolstoi: el recelo hacia el arte en general, convertido en acicate de la subjetividad, desde la que se espolea a la separación entre los hombres; un arte romántico de línea egocéntrica y victimista, que parece solo hecho para ser degustado por una élite nihilista. No en vano, la ópera, odiada por Tolstoi en su etapa moralista, es el telón de fondo de la novela de Clarín. En el gran discurso pronunciado por Clarín en 1889 con motivo de la apertura del año académico en la Universidad de Oviedo, mostrará el escritor, inmerso en la escritura de Su único hijo, que al arte debe edificar, y que el arte elitista, así como la obsesión por lo práctico en la enseñanza y en la vida, minan tanto la fuente espiritual como el buen juicio de los hombres.

Bonifacio Reyes, protagonista de esta novela, es aquel que venera el arte sin ocuparse ni preocuparse por el sentido de lo bueno y lo malo, pero tampoco por ejercitar un pensamiento racional. En Su único hijo denuncia Clarín no solo “el arte por el arte”, sino algo mucho más dañino y pernicioso: el arte como escape de la moral y del pensar. Schopenhauer, en su pesimismo —no en su metafísica del arte—, está muy presente como trasfondo a criticar por Clarín. Emma Valcárcel es la reina de todas las víboras que divagan y serpentean por esta novela. Es Emma una esposa que detesta ser esposa, una madre que no quiere ser madre. Una tesis doctoral sobre la maldad femenina en la literatura no puede dejar pasar la figura de Emma Valcárcel, no porque Emma carezca de instinto materno —lo cual es posible en la mujer—, sino porque posee el instinto de matar al hijo, pues su fin es erradicar de su vida todo aquello que le niegue placer a ella misma. La clarividencia de Clarín —valga el juego de palabras— respecto a nuestro mundo de hoy es radical. Del parto teme Emma que pueda causarle dolor físico y que pueda la “abominable” criatura que lleva en su seno acabar con su vida o afearla. Se le congela a uno la sangre cuando Emma desea que con el traqueteo de la carroza que ha de llevarle a la costa, se produzca el aborto que mate al niño. Me llaman la atención dos conceptos de la novela que Unamuno aún no había gestado y que hará de lleno en Del sentimiento trágico de la vida, el «instinto de conservación» y el «instinto de perpetuación». Creo que esta novela de Clarín es una de las obras que da a Unamuno las claves para desarrollar ambos conceptos. La conservación denunciada en Su único hijo apunta a lo puramente individual y terreno: se quiere conservar la propia vida. En esta novela no hay un “nosotros” al que parece gritar Clarín: ¡Aparece y salva al mundo! Los personajes de esta novela sólo viven para su “yo” como instinto de conservación estrictamente personal. No se trata de conservar la vida de los que se quieren, ni de la patria, ni de nada común, porque en esta novela nadie quiere a nadie. Y el instinto de perpetuación sólo lo percibe Bonifacio; ni siquiera los artistas a través del arte sienten el menor instinto de perpetuación. Bonifacio Reyes acoge este instinto cuando atisba por fin que existe una moral, y que él ha causado mucho mal y ha hecho mucho daño, siendo quizás el personaje más inocente de todos. Bonifacio es el idiota que termina siendo idiota en ese final tan teatral de esta novela, al que me referiré al terminar estas líneas. Pero el idiota es el único que quiere cambiar para bien, quizás por eso es considerado —y presentado— como idiota. Obsérvese el parangón con el príncipe Mischkin en El idiota de Dostoievski. La diferencia está, no obstante, en que el idiota era en la Rusia decimonónica una especie de loco que merecía el respeto que antiguamente se debía a estos y a los ancianos. Nuestro Bonifacio solo merece la risa y el desprecio de todos. Clarín es un genio al manifestar esta idiotez putrefacta. El “cornudo”, el “calzonazos”, el “idiota” —palabras de Clarín—, eso es Bonifacio. Y, sin embargo, ese idiota acaba creyendo que el hijo que le perpetuará es en verdad su hijo; quiere creerlo, quiere también creer en la religión, siendo el único personaje de la novela en el que se despierta un instinto religioso más o menos sincero (instinto presente siempre en Galdós, en Varela, y por supuesto en Pereda). Un instinto religioso que se despierta al final también en la soprano, Serafina, aunque resulte absolutamente postizo.

UNA NOVELA DE «DEFORMACIÓN»

Es verdad lo que denuncian algunos críticos literarios actuales: que los idealistas y soñadores son idiotas que se darán de bruces contra la realidad. Pero todo dependerá de la acuñación y de la amplitud dada a los términos “idealismo” y “realismo”. Bonifacio es ese idealista, pero los otros, los “realistas”, son mucho peores; pues la realidad que pisan, que respiran, que absorben, es una realidad espantosa y más perniciosa que el idealismo: el realismo del utilitarismo y del egoísmo, del placer, del beneficio propio, de la rentabilidad. Y el único que pretende librarse de ese infierno es Bonifacio. A diferencia de la llamada «novela de formación», donde vemos la evolución del personaje, Su único hijo es un ejemplo de novela de “deformación”. Clarín hace conscientemente que ningún personaje evolucione, pues se presentan sin conciencia, como parte de una raza de víboras cuyo único acto no envenenado del todo es el “estar fingiendo”, la hipocresía como estado ontológico más que psicológico. Si Galdós fue un maestro en ridiculizar la hipocresía de modo humorístico, Clarín es un maestro en presentarla de un modo aterrador.  Sólo Bonifacio desea salir de la cueva. Dice Clarín de Bonifacio, casi al final de la novela: La lucha en que iba venciéndose a sí mismo le parecía una iniciación a la vida de virtud, de sacrificio, a que se sentía llamado”. O, más adelante: “Bonifacio volvió a tomar conciencia”, “recuperó un cierto tacto espiritual”, “empezó a distinguir lo bueno de lo malo”. Y esto lo hace gracias a un ideal de perpetuación manifestado en el deseo de tener un hijo, deseo ajeno al egoísmo que denuncia la novela.

La lascivia es la manifestación más envenenada de la inmoralidad mezclada con el pesimismo, hasta el punto de que, no creo exagerar, si consideramos a Su único hijo como una novela con buenos tintes del género erótico, pero de un erotismo enfermo, degenerado, exento de cualquier potencial espiritual. Hay mucho más erotismo en esta novela que en La Regenta. El erotismo de Su único hijo es una lascivia de tintes diabólicos infiltrados en Emma, en Serafina, en Minghetti, en Bonifacio, en Marta… Erotismo degenerado que pone Clarín en un pensamiento de Emma tras una conversación con Marta: «Había en el mundo dos clases de seres; los escogidos, y los no escogidos, las almas superiores y las vulgares. El toque estaba en ser alma escogida, superior; en siéndolo ¡ancha es Castilla!, ya no había moral corriente, vínculos sociales ni nada, bastaba para guardar las apariencias evitar el escándalo». El placer del engaño, la retorcida y sutil depravación moral son la sangre de esta novela, que presenta la extirpación quirúrgica de todo potencial espiritual.

Y esta intervención quirúrgica la presenta Clarín como la extirpación de la maternidad. Que sea Bonifacio quien desee tener un hijo, educarlo, quererlo, perpetuarse a través de él, señala una crisis: la de la maternidad. Hoy tenemos ambas, y mucho más la de la paternidad, pero ¿hemos pensado en todas las consecuencias de la crisis de la maternidad? El mundo moderno —y posmoderno—, que ya anticipa proféticamente Clarín, es el mundo que endiosa lo estrictamente individual, y en todo caso los grupúsculos ideológicos que funcionan a todos los efectos como colectivos “individuales”. La madre es el ser supraindividual por excelencia, y la crisis de la modernidad es una crisis de la paternidad, pero mucho más es una crisis de la maternidad. Bonifacio cree escuchar en el canto de la soprano Serafina, su amante, una voz de madre, pero él desea tener un hijo con su esposa, con Emma, aunque esta le deteste. El canto de Serafina le recuerda a Bonifacio a la madre que apenas conoció: “porque tu voz me habla de un hogar tranquilo, de una cuna que yo no tengo, a cuyos pies no velo”. Y no deja de ser significativa la transfiguración, casi diríamos “travestí” del propio Bonifacio cuando oye en sueños: “vas a ser madre, no padre sino madre para sentir las “delicias de la concepción”. “Voy a ser padre-madre”,dice finalmente. Bonifacio anhela lo que se busca en la novela misma: el “eterno femenino”.

Y ¡qué final tan conmovedor! La que estaba llamada a ser la voz de madre, Serafina, saca del ensueño a un Bonifacio que compadecemos. La escena final tiene lugar en la iglesia, justo después del bautizo del hijo; suena el órgano, y Bonifacio siente las delicias de la religión, las imágenes talladas, pintadas y vitalizadas por el espíritu de la música. ¿Y qué música suena? Y ¿quién toca el órgano? Suenan unas variaciones de La Traviata de Verdi; Bonifacio, como buen melómano, reconoce la ópera y se deleita en que lo pagano armonice tan bien con lo religioso, pero… La Traviata es precisamente la mujer de vida lasciva que no ha sido madre, que no ha querido ser madre y que cuando podría haberlo querido, resulta ya demasiado tarde. Respondamos a medias a la segunda pregunta: ¿Quién toca el órgano? Minguetti, el barítono… Si quieren saber de él y completar el significado teatral y dramático de esta última escena, lean la novela y oigan a Serafina susurrar la realidad al oído y al son de La Traviata. Leopoldo Alas “Clarín” merece, sin duda, ser más leído. Valga este breve ensayo como homenaje al cumplirse hoy los ciento veinticinco años de su muerte.

Ceuta, 1972. Doctor en Filosofía y Profesor de Filosofía en Enseñanza Secundaria. Sus últimos libros publicados son 'La melancolía del cristianismo' (Homolegens, 2020) y 'El oído a los cirios' (Cristiandad, 2024)

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