Le he escrito un correo a mi amigo y traductor, Luís Pedroso, el poeta de Lisboa, y después, como tantas veces me ocurre, me he percatado de que la misiva encerraba un poema —de que era casi en sí misma un poema, sin apenas necesidades de corrección—, y la he puesto en columna, y ha quedado estupenda como inesperada pieza en verso.
Me alegra recibir noticias tuyas, Luís.
Aunque en ocasiones no merezca
el perdón de Dios ni el de los hombres:
¡tantas veces no contesto tus misivas!
Mis asuntos andan
no sé si decir que bien o regular:
la habitual batalla
contra los arcos y las flechas
de Fortuna escandalosa sigue siempre
su curso enrevesado, y hay bajadas
y subidas, y toda infame clase
de tropiezos, torcimientos y revueltas
(valles, picos, crestas, zigzags,
curvas peligrosas, repechos de Sísifo
que se hace agotador subir);
pero a pesar de los múltiples vaivenes,
acarreamos nuestro fardo
y continuamos.
Tengo muchas ganas
de ir a visitaros a Lisboa.
Realmente debería
organizarme y hacer otra escapada.
Podríamos tomar café en el Barrio Alto
y dar largos paseos por Alfama;
hablar de poesía, demorarnos
en la librería española de Changuito;
recordar otros días, otros cielos, otros viajes.
La ciudad, sin embargo —la tuya
tanto como esta— es una trampa;
y a mí Madrid me tiene preso
en el cepo de la crónica necesidad.
En cualquier caso, ¡no pierdo la esperanza
de salir alguna vez de aquí!
El poema que me adjuntas
es un tanto extraño.
Creo que podrías mejorarlo.
Si pudiera yo meterme
más a fondo en su pellejo
intentaría versionarlo;
de hecho, lo he intentado,
y no he sido capaz.
No importa. Como dijo
de sus películas Fassbinder:
«¿No le gustó la última que hice?
No se preocupe.
Tengo más».
Por lo pronto, volvamos al trabajo
(una de las pocas cosas que nos salvan).
Que la inspiración
nos sorprenda metidos en faena;
que donde falte una palabra
otra palabra ocupe su lugar;
y que nadie —lo dejó escrito el poeta—
pueda acusarnos nunca
de haber sido infieles a nuestra misión.
Los poemas que surgen así, de las insospechadas entrañas de un texto en prosa, tienen siempre otro sabor, más narrativo a veces, más —por decirlo de algún modo— pavesiano, o hasta cernudiano. Pero están muy bien, o pueden estarlo, en su condición de mágica bisagra entre los géneros. Demuestran asimismo que el espíritu de la poesía posee el don de la ubicuidad; donde menos uno lo imagina, salta la liebre, galana y pizpireta, y traza por el aire una poética acrobacia.
La poesía es un juego maravilloso y fascinante, muy indicado para las mañanas en que tenía uno pensado salir a hacer recados, pero luego, perezoso y remolón, se queda en casa a mirar las musarañas; o para tardes de lluvia ensimismadas y dulcemente introspectivas, que devuelven a su cauce al mundo y reconcilian a los seres con su entorno.
La poesía, como antes he dicho, habita en todas partes, oculta y misteriosa. En cuanto entreabres un poquito las líneas del discurso, se cuela por las grietas, los resquicios, las fisuras, haciendo suyos los recovecos más recónditos del alma. Es como la cerveza aquella del anuncio: impregna los lugares que ninguno de sus competidores es capaz de alcanzar.