En las últimas cuatro décadas, digamos de 1982 a 2025, el sector editorial de nuestro país ha sido un enorme parque de atracciones socialcomunista, que de vez en cuando admite tres o cuatro cacharritos conservadores o liberales. Todo parte de un fenómeno cultural delirante: en España fueron los perdedores de una guerra los encargados de escribir su relato (dudo si ha ocurrido en algún otro territorio). Hasta tal punto ha llegado su dominio que han intentado lograr la victoria varias décadas después en las páginas de novelas, escenas de películas y mensajes en redes sociales. También en extensos programas de actividades culturales pagados con dinero público, como el reciente España: cincuenta años de libertad, impulsado por Pedro Sánchez para martillear a los jóvenes con el moribundo relato del PSOE sobre el franquismo.
En este contexto, explota el fenómeno David Uclés, un treintañero gay de Jaén, que viste como un hípster reciclado en pastor de ovejas y despacha 300.000 copias de un libro de 700 páginas titulado La península de las casas vacías (2024, Siruela). En realidad, según fuentes con acceso al medidor GfK, son 265.000 (todo el mundo exagera en esto). Meses después del pelotazo, llegan un puñado de críticas feroces en Internet, que replican al almíbar que derrochó la prensa cultural oficial y que algunos consideran acoso. Lo que aspira a explicar este artículo es que los detractores de Uclés nos centramos demasiado en criticarle a él —por su carácter trepa o su mediocridad literaria— cuando lo grave es el entramado pijiprogre que le ha encumbrado por motivos extraliterarios (siempre es mucho más cómodo ensalzar una novela que exalta al bando republicano que cuestionarla). Uclés tiene derecho a querer ganar dinero y a protegerse usando un personaje, pero también nosotros a decir ‘basta’ a un ecosistema cultural que ofrece ‘menos de lo mismo’ para maquillar su decadencia.
Como en una película sobre misiones suicidas, en la operación han participado un grupo de veteranos de prestigio al borde del retiro. Iñaki Gabilondo dijo de esta novela que era “lo mejor que he leído en muchos años” y que quedaría para la Historia de la Literatura. El hispanista ‘progre’ Ian Gibson, uno de los tipos más pesados y maniqueos de nuestra esfera pública, añadió que “ninguna novela contemporánea me ha conmovido tanto”. El coro de adoración se completa con santones como Joaquín Sabina, Fernando León de Aranoa y el equipo cultural habitual de guardia en el grupo Prisa. Tampoco ha faltado apoyo de los grandes mecenas culturales: Uclés ha recibido la beca Monserrat Roig, la de creación literaria del BBVA y el premio Nadal del grupo Planeta, que suman alrededor de 83.000 euros y nos dan una idea del alto interés del sistema en promocionar su discurso.
No estamos ante un fenómeno ‘de abajo’, como sugiere su ‘look’ menesteroso, sino frente a un mimado del régimen que sabe moverse como se espera. Cuando le nominaron para el premio de novela de la Bienal Vargas Llosa, Uclés pidió a Info Libre que retirasen de la web un artículo suyo crítico con el autor de La ciudad y los perros (1963). La maniobra no le sirvió para ganar el galardón, pero sí para demostrar la flexibilidad de espinazo necesaria para inclinarse ante cualquier entidad cultural que pueda beneficiarle. Según cuenta en un vídeoblog el periodista Juan Soto Ivars, el artículo de Info Libre contra 2001) Vargas Llosa proponía dejar de pagar por los libros del Nobel peruano y limitarse a leerlos en bibliotecas, para evitar financiar a la malvada derecha.
Cuando le dieron el premio GQ en 2025, Uclés aprovechó para soltar un chiste contra Isabel Díaz Ayuso. No era necesario, la verdad, puesto que Pedro Sánchez ya había señalado al escritor jiennense como uno de los suyos, al incluir su imagen en un clip del gobierno para celebrar el 12 de octubre en clave de orgullo plurinacional y sexualmente diverso. Pocas veces hemos estado ante una encarnación tan literal del ‘escritor del régimen’, que se niega a incluir en sus libros la palabra “España”y reproduce de manera espontánea y entusiasta todos los tópicos consabidos, desde el anticlericalismo hasta la exhibición de odio a la Guardia Civil. Uclés es un paso atrás desde el anterior libro canónico del grupo Prisa sobre nuestra guerra más reciente, el maduro y conciliador Soldados de Salamina (2001), de Javier Cercas.
Sobre la calidad literaria de La península… no voy a pronunciarme. Solo recordaré que un tuitero anónimo hizo un hilo cáustico con pantallazos de pasajes mediocres de la novela y la respuesta de los usuarios fue tan entusiasta que el propio autor del hilo se asustó y decidió borrarlo. Uclés no lo llevó bien y terminó por marcharse de X llamándolo “nido de fascistas” (la originalidad no es su fuerte). En ese momento, me vino a la memoria un comentario del joven filósofo Ernesto Castro —megawoke, pero culto e inteligente— sobre el hecho de que los grandes éxitos editoriales de nuestro tiempo en España son todos libros de autoayuda, aunque no lo parezcan. El superventas Imperiofobia (2019), de la profesora Elvira Roca Barea, fue un necesario tranxilium para quienes nos desesperamos ante la Leyenda Negra, mientras que El infinito en un junco (2019), de Irene Vallejo, tuvo el mismo efecto entre quienes ven con ansiedad cómo se desploma el interés en la lectura. El libro de David Uclés ha resultado perfecto para que el progresismo tenga unas migas de esperanza ante derrumbe de su relato, la agonía de su poder político y la fuga de los jóvenes hacia la derecha patriótica. Estamos ante el peluche de seguridad que abrazan para espantar el miedo al cambio que ya está aquí.
Podemos definir a David Uclés como el rostro cultural de su derrota. Durará muchos años, aupado por los nostálgicos, un equivalente cutre al talentoso y divertido Fernando Vizcaíno Casas para los franquistas insobornables. Pronto se publica la novela con la que Uclés ganó el último Nadal, La ciudad de las luces muertas, donde rinde homenaje a las escritoras Carmen Laforet, Mercé Rododera y Montserrat Roig. En la ronda de promoción, nadie le hará preguntas incómodas porque hasta en nuestros medios de presunta derecha los redactores son progresistas y poco dados a pisar charcos. También nos queda la adaptación audiovisual de La península…, que ya está firmada y podemos imaginar que terminará rodando David Trueba, con Bob Pop haciendo un cameo disfrazado de campesino extremeño. No nos dejemos arrastrar por el muermo: Uclés es la posdata histriónica y degradada de un régimen cultural zombi que estamos obligados a rematar cuanto antes.