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De reditu suo: por qué nunca viviremos la distopía de Davos

La cadena de chapuzas contemporáneas nos avisa de algo: las utopías fracasan porque las cosas dejan de funcionar

En el año de Nuestro Señor de 417, Rutilio Claudio Namaciano, patricio oriundo de las Galias, decide dejar Roma, donde había vivido desde su juventud, para volver a casa. Solo siete años antes, el bárbaro Alarico ha saqueado la Ciudad Eterna.

Namaciano escribió un melancólico pero esperanzador poema, De reditu suo, narrando su regreso, a lo largo del cual pudo comprobar en persona los síntomas concretos de la decadencia: las ciudades en ruinas, los caminos impracticables, los puentes que ya nadie reparaba, las bandas de asaltadores que asolaban las comarcas antes mantenidas en paz por el nombre de Roma.

Pero no había allí nadie para contarle que la Antigüedad Clásica acababa y la Edad Oscura estaba a las puertas, así que Rutilio, pese a todo lo que ve, con los godos campando a sus anchas por la Península Itálica, es optimista. Aún cree que Roma puede revivir y recuperar su antiguo esplendor, renaciendo de sus cenizas: “Ordo renascendi est crescere posse malis» (un modo de renacer es saber crecer sobre los males).

La Caída del Imperio Romano es probablemente el locus histórico más manoseado por los cronistas, y por eso nos resulta chocante pensar que quienes lo vivieron no eran conscientes de ser protagonistas de tan trascendental evento. No del todo, al menos; no que fuera el fin, de verdad, de la única civilización que podían concebir.

Sabían, sí, que el bárbaro Alarico había saqueado Roma. Deplorable, sin duda, pero eso ya había pasado antes, y la Ciudad Eterna, por lo demás, había dejado de ser la capital del Imperio. Lo que veían los contemporáneos del desastre era simplemente que ya apenas nada funcionaba bien, no que se fuera a acabar el orden romano.

En la reciente reunión del Foro Económico Mundial, de ominosa presencia, en el encantador pueblecito suizo de Davos se ha pasado por alto uno de esos sucesos que son, a la vez, parábola de nuestro tiempo.

Ya sabemos todo de Davos, una conspiración abierta, con luz y taquígrafos. Allí vuelan al toque de silbato las personas más poderosas del planeta a diseñar nuestro futuro y a contárnoslo sin pudor alguno. Allá van jefes de Estado y de Gobierno, CEOs de las multinacionales más poderosas, representantes de ONGs y organismos internacionales, líderes culturales. Y no podía faltar, en ausencia del senil presidente, el secretario de Estado norteamericano, Anthony Blinken.

Pero Blinken no pudo volar de vuelta a Washington desde Davos como estaba previsto el miércoles 17 debido a un error crítico con su avión, un Boeing 737. Tras volar desde Davos en helicóptero (dejando una ‘huella de carbono’ cien veces superior a la que quieren impedirnos dejar a la plebe) y subir a bordo del Boeing 737, se informó de que la aeronave no era segura para volar por una fuga de oxígeno que no pudo repararse.

No fue un fallo del todo casual, de esos que pueden pasarle a cualquiera, sino la continuación de una cadena de chapuzas. El pasado día 24, un Boeing 757 de Delta Air Lines que tenía previsto volar a Bogotá perdió una rueda en Atlanta justo antes del despegue. El avión afectado, identificado como un Boeing 757, según Spiegel. Pero el incidente más espectacular sucedió unos días antes, cuando una puerta de salida en la mitad de la cabina saliera volando en pleno trayecto en un Boeing 737 MAX 9 de Alaska Airlines.

Los malintencionados han dado en observar que el fabricante proveedor de las piezas de Boeing tiene como prioridad empresarial el fomento de la diversidad en su plantilla.

Antes de eso, este mismo año, Estados Unidos, la primera potencia mundial en casi todos los sentidos, ha sufrido una cadena de descarrilamientos de tren especialmente peligrosa. En febrero descarriló en East Palestine, Ohio, un convoy de cincuenta vagones con gases altamente tóxicos (en la foto). Los residentes de la zona fueron evacuados debido a los riesgos para la salud derivados de los vapores, y se informó de la muerte de animales, incluidos peces, gallinas y ganado.

Una golondrina no hace verano, pero es que no mucho después se dieron tres descarrilamientos más, en Texas, Carolina del Sur y Michigan.

El mal es malo: esta tautología es, en esencia, nuestra mejor esperanza contra la distopía.

Uno puede criticar Un mundo feliz por no haber previsto Internet, tan obvio a toro pasado, o 1984 por no haber profetizado que ese control sobre la intimidad de los hombres que representa la mitad de su horror llegaría a ser voluntario y descentralizado, con un pueblo ávido de descargar sus vidas hasta el detalle en redes sociales. Pero la verdadera crítica es que ambas obras, y muchas otras del mismo género, tienden a ignorar lo que digo al principio, a saber: el mal nunca es exclusivamente moral durante mucho tiempo, y el problema de las pantallas que agobian al Winston orwelliano no es que existan, sino que funcionen.

La Unión Soviética, sus países satélites y sus reencarnaciones por toda la geografía no cayeron por una súbita conversión ideológica, o por una rebelión popular. No, cayeron porque no quedaba papel higiénico. Cayeron porque no funcionaban. No cayeron: se rompieron, como una maquinaria mal hecha. Porque el mal es malo.

La distopía o utopía (una distopía no es más que una utopía puesta en práctica) que nos anuncia Davos con insistente candor, ese mundo bajo absoluto control personal en el que no tendremos nada y seremos felices, no llegará nunca. No porque sus inspiradores no sean lo bastante poderosos o coordinen mal sus planes, sino precisamente porque son una distopía, que es siempre un error acerca del hombre. Porque es, al fin, un mundo donde las cosas no funcionan, donde las cosas se rompen y nadie las repara.

Quince años en el diario líder de información económica EXPANSIÓN, entonces del Grupo Recoletos, los tres últimos años como responsable de Servicios Interactivos en la página web del medio. Luego en Intereconomía, donde fundó el semanario católico ALBA, escribió opinión en ÉPOCA, donde cubrió también la sección de Internacional, de la que fue responsable cuando nació (como diario generalista) LA GACETA. Desde hace unos años se desempeña como freelance, colaborando para distintos medios.

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