En mis años belicosos –por eso disparan los cabos y casi nunca los coroneles– quise tomar partido en el asunto de los nacionalismos españoles, enarbolando un relato en donde el protagonista era el alcalde de un pueblo riojano, que aprovechándose de que el Ebro pasaba por su término municipal, construyó una inmensa presa que dejó seco el curso del río desde allí hasta un delta que convirtió a Amposta y Tortosa en desiertos. Con su acción, además, consiguió que tanto el presidente de la Generalitat como el del Gobierno de España bebieran de su mano, y para solicitarle que depusiera su actitud, al menos, abriendo las compuertas algunas veces, regaron de dinero las cuentas de su municipio mientras España se unía gracias a una inmensa presa de la que era dueño un tipo que simplemente detestaba los nacionalismos periféricos.
Cuando llegué a China en 2007 lo primero que capté, aunque la plebe caucásica sólo prestara atención a ese dinamismo constante, fue la profusa manera han de calcar la Revolución Industrial inglesa 250 años después con una salvedad: tras tantísimos avances, en la República Popular se contaminaba más que en 789 revoluciones industriales consecutivas, detalle que me enseñó algo del chino: su pragmatismo y cortoplacismo: les da igual el mañana si en el hoy generan beneficio. O dicho de otro modo: si hoy enveneno este río y yo me hago rico todo quedaría justificado.
Que la esperanza de vida jamás haya ido acorde al ascenso en nivel de vida del chino de clase media me dejó estupefacto: les da igual cuántos nuevos tipos de cáncer si, finalmente, el país, el imperio del centro, comienza a armar el calendario, no sólo de sus habitantes, sino de buena parte del resto del planeta, que sigue asumiendo la entrada en sus vidas de los mandarines como si, en realidad, estuviéramos en una playa mediterránea esperando a que nos traigan la paella amarillenta de tanto colorante.
Porque lo que debe quedarles claro es que a China el Mekong no le importa mucho, y el daño que ejerce sobre sus aguas, aún menos, ya que a sus resultados se enfrentan países que poco o nada les importan: Tailandia, Laos, Camboya, Vietnam, y sobre todo, Birmania, la actual Myanmar, un país azotado –y derrotado– por una inmensa y muy duradera guerra civil que ha permitido, como tantas veces, pescar a China en río revuelto, algo en lo que es un especialista sin escrúpulos.
La historia es sencilla. En el estado de Shan, independiente de facto del resto de Myanmar gracias a la guerrilla, se encuentran –los chinos las encontraron; ¿quién les daría el permiso para entrar allí y hacer a su antojo lo que se les plazca?– las mayores reservas mundiales de tierras raras, aquellos minerales que son esenciales para la fabricación de productos de alta tecnología, como teléfonos móviles y portátiles, además de turbinas eólicas, vehículos eléctricos y dispositivos médicos.
Pero tras el asentamiento chino en esa parte del mundo dominada por menores con sus machetes y pistolas, los expertos advierten: a comienzos de este año, el Departamento de Control de la Contaminación de Tailandia, detectó niveles de arsénico casi cuatro veces superiores a los límites establecidos por la Organización Mundial de la Salud (OMS) en algunas partes del río Kok, un afluente del Mekong que fluye hacia Tailandia desde la antigua Birmania. También se detectaron otros metales tóxicos en niveles peligrosos. Que los que adviertan de estos daños sean ecologistas occidentales acentúa el daño chino contra el Mekong, el cual podría ser mucho mayor, ya que una de las premisas del oenegero occidental es molestar sólo de puertas para adentro.
Para que se comprenda mejor, el Mekong es el río más largo del Sudeste asiático, el cual supone un sustento vital para decenas de millones de jemeres, birmanos, tailandeses, laosianos y vietnamitas, y que claro está, también colabora con el aumento del turismo en esa región. Cinco países azotados por la rigurosa manera que tiene China de asediar, sin napalm, a sus vecinos, en realidad contrincantes. El problema, claro está, es que el veneno inyectado por la extracción de tierras raras y el vertido de sus residuos al Mekong, llegará seguro –de hecho ya debe ser una realidad– a los sistemas de riego que alimentan gigantescas extensiones de tierras agrícolas y suministros de agua, en teoría potable, para millones de familias de la región. Como todo el mundo sabe, la exposición prolongada al arsénico y otros metales provoca cáncer, trastornos neurológicos y fallos multiorgánicos. Y según los expertos, todo lo que hoy acontece es la punta del iceberg de todo lo que vendrá después, lo cual no parece ser, ni de lejos, algo que podrá desarmarse de la noche a la mañana.
El río Kok es un afluente del Mekong que transita por la ciudad tailandesa más norteña: Chiang Rai. Desde allí, las autoridades siamesas han mostrado su honda preocupación por las altísimas concentraciones de arsénico en sus aguas. Y ante las quejas de las comunidades locales, desde Bangkok se dice que se construirán barreras submarinas contra los venenosos sedimentos que generan las extracciones de tierras raras río arriba. A su vez, se quieren construir minicentrales hidroeléctricas en el mismo río Kok para tratar de atrapar los depósitos tóxicos antes de que lleguen a las aldeas, en una zona repleta de arrozales, cafés y otras tierras de cultivo. El problema, como siempre, es el tiempo. Porque mientras la burocracia eterniza el comienzo de este proyecto para limpiar las aguas del Kok, fábricas chinas en el estado birmano de Shan no cesan de verter veneno al río. Y claro, China, que apoya de manera directa a la guerrilla del Ejército Unido del Estado de Wa (UWSA, por sus siglas en inglés), sigue manando daño a las aguas birmanas, a sabiendas de que desde Tailandia ni desde Rangún, la capital de Myanmar, nada pueden hacer. Sobre todo, cuando es la propia guerrilla la que les hace de guardaespaldas en sus fábricas tan ilegales como amorales.
Sin ser muy listo, uno asume que lo que entra en el río Kok, afluente del Mekong, estará a estas alturas Mekong abajo, atravesando Tailandia, Laos, Camboya y Vietnam. En el antiguo reino Jemer, por ejemplo, el 60% de la dieta proteica de sus habitantes tiene que ver con el consumo de pescado del Mekong. La propia sociedad civil, alarmada, ha exigido a la fláccida Comisión del Río Mekong (MRC por sus siglas en inglés) que haga algo; que actúe. Las malas lenguas indican que muy posiblemente, China esté adormeciendo con dinero a una asociación intergubernamental que, como poco, actúa de forma tan lenta como timorata ante un perjuicio evidente contra sus compatriotas. Para comprender cómo la MRC va por su lado de forma extrañísima, hace poco realizó unas declaraciones ante la presión social en donde indicaron que “estamos ante un problema medioambiental fronterizo moderadamente grave”. La corrupción en Asia, y sobre todo si China saca tajada, es alevosa.
Pero en realidad, y aunque existan gobiernos y asociaciones medioambientales del sudeste asiático compradas por China, el problema está, justamente, en Pekín, sede del gobierno chino que como país controla el 60% de la producción mundial de tierras raras y el 90% de su refinado. Como dato curioso, y tras el sometimiento durante décadas de un país que abusaba de la contaminación hasta límites extremos, en 2010 se implementaron algunas medidas por parte del Partido Comunista chino (PCCh) contra la polución asumiendo que la extracción de tierras raras generaría muchos problemas entre su población. Pero a la vez, las empresas estatales chinas comenzaron a invertir fuera de su territorio para realizar la misma labor mal vista dentro de sus propiedades dentro de la vecina Birmania, que en plena guerra se ha tronchado rápidamente para pasar a ser su querido epicentro a la hora de abrir minas ilegales. Para mantener su fábrica tecnológica que abastece al resto del mundo en forma de móviles y ordenadores, China debe seguir consumiendo el 90% de tierras raras del planeta.
En 2018, el gobierno de Myanmar, aterrado por las consecuencias medioambientales, ordenó a las empresas mineras chinas que redujeran sus operaciones y dejaran de exportar, pero China supo que si apoyaba de manera ferviente a la guerrilla del estado de Shan, conseguiría desunir al país y continuar con su negocio. Y claro, eso fue lo que hizo, ignorando las denuncias de numerosas asociaciones medioambientales que reclamaron a China extraer esas tierras raras sólo donde se cumplieran las normas. China, claro está, hizo caso omiso, sometiéndose a la guerrilla del estado de Shan, que comprada por ellos, los ampara en su denigrante negocio.
En Asia muchos se preguntan cómo el país que maneja el continente desoye cualquier asunto que tenga que ver con medidas medioambientales. Todos conocen que en la carrera mundial por el control de las tierras raras China no quiere ceder ni un trozo de su inmensa tarta. Y tanto es así, que Pekín negocia con Laos y Camboya la apertura de minas de tierras raras en sus territorios. En ambas naciones, por cierto, se compran voluntades políticas con facilidad pasmosa. Casualidades.
China, por cierto, siempre alardea de no interferir en políticas internas de otros países, cuando un ramillete de naciones vecinas (Birmania, Laos, Camboya, Vietnam y Tailandia) temen por las aguas que beben y riegan sus inmensas llanuras aluviales, aquellas que hacen florecer al arroz, el alimento básico y que por toneladas, se consume a diario en todo el sudeste asiático. Claro que, si los peces quedan envenenados y los arrozales y frutales también, ¿qué comerá esa inmensa región asiática? ¿Acaso pantallas planas y móviles de última generación?