Según nos dice Higino en sus Fábulas, CLXXXIII, Júpiter con la titánide Temis tuvo a unas amabilísimas hijas llamadas las Horas, todas relacionadas con la felicidad y el bienestar moral del hombre: Auxo, Eunomía, Ferusa, Carpo, Dikê, Euporía, Irene, Ortosia y Talo.
Este sentido de las Horas como alentadoras y representantes de los principios y cosas que fundamentan el bienestar general en el hombre era algo que ya venía de muy antiguo entre los griegos, y así lo vemos en la Teogonía, de Hesíodo, en la que aparecen Eunomía, Carpo, Dikê e Irene.
Auxo era la diosa que favorecía el crecimiento. Eunomía era la diosa que velaba porque las leyes fueran buenas, y estuvo omnipresente en la redacción de la Constitución de Solón, y de otras muchas constituciones de la misma época. Ferusa es, etimológicamente, “la que lleva”, y en la Ilíada nos aparece como una de las nereidas. Y como tiene la misma raíz con la que en las lenguas indoeuropeas se construyen las palabras “brother”, “Bruder”, “frater”, “brat”, etc., tiene que tener ese sentido positivo de la fraternidad. Carpo está relacionada con los frutos y su hermana Talo personifica la Primavera. Pausanias nos dice que ambas diosas hermanas eran muy veneradas en Atenas, y en su templo se encontraba un altar dedicado a Dionisio. A Carpo se la representa en procesión o danzando, sosteniendo los frutos propios del verano, especialmente una manzana, tal como se aprecia en una pelikê del gran ceramógrafo Sosias, en donde la diosa sostiene un fruto rojo. También representaba el Otoño. Respecto a Talo, Pausanias, en 9. 35. 2, nos indica asimismo que los atenienses la veneraban en la mismísima Acrópolis, el Sanctum Sanctorum de Atenas, y quizás, de todo el Occidente, junto a la diosa Pándroso. Pándroso era hija de Cécrope, el mítico rey de Atenas, y fue la discreta cuidadora, a diferencia de sus hermanas, del pequeño monstruo Erictonio, hijo de Hefesto y de la Madre Tierra, con forma de serpiente de la cintura para abajo. Hijos de Hefesto por sus reyes, los atenienses fueron verdaderos y consumados “ergoláboi” de supremas “aristourgémata”, obras maestras, ejemplos de perenne belleza y moralidad. Euporía es la diosa que facilita hacer los trabajos, nuestros proyectos, y nos otorga facultades para ello. De ahí que también sea la diosa de la Abundancia. Irene es la diosa de la Paz, la Hora más cantada por los poetas y los dramaturgos. Recuérdese La Paz, de Aristófanes. Cefisodoto el Viejo, padre de Praxíteles, esculpió para el Ágora de Atenas una “Eirenê” con un Niño en sus brazos, “Ploûtos”, la Riqueza. Nos parece toda una bella Virgen María con el Niño Jesús. Ortosia es la diosa de la Corrección y fue también sobrenombre de la diosa Artemisa. Y, finalmente, tenemos a Dique, la Justicia, y la protagonista de este trabajo.

Pero antes de nada debemos recordar un poco a la madre de todas las buenísimas Horas, Temis, la titánide que presidiendo el orden de todas las cosas, representa la Justicia Universal. En Homero “Themis” puede significar “sentencia”, “hábito”, “conducta moral”, y aunque a menudo coincide con dique, se aplica sobre todo a la concepción de una legalidad general basada en la esfera divina. Thêmis se mantendrá más en el orden religioso, y Dique más en la ética estética, primero de la Aristocracia, y luego, de la Democracia. Esto es, la Dique en el mundo griego estará siempre profundamente penetrada por la “kalokagathía”, en donde “lo más hermoso es los más justo”, tal como dice el epigrama de Delos. Una sociedad compuesta de clases bellamente ordenadas constituye Dikê. Así, Arquitas entendía la justicia como “distribución según los méritos” (kat´axían).
Ahora bien, los más débiles en la pólis pueden no apreciar la belleza del orden aristocrático, y sus anhelos estuvieron representados por el gran poeta Hesíodo, que convierte la Dique en una defensa del débil frente al fuerte, que debe contentarse con la mitad en vez del todo. Y lo que en Hesíodo es exigencia del débil, de que el fuerte respete determinados principios, llevará durante los siglos VII y VI a. C. a la redacción de decenas de Constituciones a lo largo y ancho del mundo helénico, a fin de que se consiga la armonía social que entraña la Dique: Dracón en Atenas, Zaleuco en Locros, Carondas en Catania, el legislador aún desconocido en Gortina, Pítaco en Mitilene, Licurgo en Esparta, Solón en Atenas, etc. Las mismas tiranías colaborarán también en un principio a conseguir ese orden bello de la pólis, pues que es la injusticia de los nobles la que echa al pueblo en manos del tirano (Pisístrato en Atenas, Periandro en Corinto, Clístenes en Sición, Fidón en Argos, Polícrates en Samos, etc. llevarán a cabo reformas sociales que nunca las abolirán las posteriores democracias). La Justicia va a ser ahora un principio general de tendencia igualitaria que buscará una mejora de las condiciones de vida del pueblo con vistas al beneficio de toda la ciudad. Por otra parte, la Dique convierte a los hombres libres de cada pólis en polítai, ciudadanos; hasta tal punto que Aristóteles definirá al ciudadano como aquel habitante que participa en la Administración de Justicia.
La diosa Dique castiga la insensatez (aphradíê) del gobernante, y es, ante todo, sentido de la medida, del límite, del autocontrol, de la mesura, en suma. La transgresión de los límites que impone el orden atrae el castigo divino. Su propia etimología nos aclara un poco su función. Tiene que ver con la raíz indoeuropea *deik-, que suele significar “mostrar, señalar o indicar” (gr. deíknymi), “decir” (lat. dico), “anunciar” (gót. ga-teihan), y también “decir algo malo de alguien” y “acusar” (antiguo alemán zîhan). El latín “dicax” derivaría de este último sentido. Todos estos significados en su conjunto vienen bien a la divina Hora Dique. Generalmente se suele señalar o mostrar aquello que rompe la medida o el límite; tal es el caso de los monstruos, que vienen del verbo latino “monstrare”. Defiende la “medida” de la aristocracia, y al extenderla también al pueblo la hace Justicia, ella misma. Todo orden (kósmos) se funda en el sentido de medida, y es por ello que para los griegos la Dique también se proyecta en el universo, es también justicia cósmica: “la justicia del Sol es no traspasar la medida”, nos dirá Heráclito. Los griegos levantaron un kósmos sin sacrificar en lo fundamental los valores tradicionales, también defendidos por la Dique. El orden de los hombres no está separado del orden del universo. Es la misma Dique.

A diferencia de la nómos, la ley, nacida de la interacción política y, por tanto, siempre preñada de coyunturalidad, la Dique apela a una especie de conciencia universal, fundamentada en la naturaleza del hombre; y en ese sentido la Dique griega tendría cierto parecido a la doctrina del Padre Vitoria, y su derecho natural, ius naturale. Ningún hombre, fiel o infiel, rico o pobre, blanco o negro, griego o bárbaro, puede estar excluido de la justicia divina. Es por ello que la bella Hora Dique nunca se acomodará, como las nómoi, a la coyuntura política, al interés político, sino que pretenderá siempre defender una definición eterna de la naturaleza humana fuera de cualquier circunstancia política. La belleza, la moral y la física, es objetiva. Todo el mundo siente espontáneamente lo bello, como lo bueno. Otra vez la “kalokagathía”. El Derecho Natural, la Dique griega, estará condenada a combatir el oportunismo político que soslaye los derechos naturales del hombre, que son los únicos sagrados, esto es, la primera generación de derechos que especificó Francisco de Vitoria, porque los de 2ª y 3ª generaciones anulan los intrínsecamente naturales careciendo de toda belleza, al ser productos de la nómos y no de la Dique. La auténtica y verdadera Dikê nunca será política, y sí esencialmente religiosa.
(Ilustración: Justicia (Diké) y Venganza Divina persiguiendo el crimen, de Pierre Paul Prud’hon)