MAGNIFICA HUMANITAS

Donoso, Schmitt y León XIV custodios de la «unidad de la cruz» frente a la torre de Babel

El pasado 15 de mayo, el Papa León XIV firmaba la Carta Encíclica Magnifica Humanitas, en conmemoración del documento que inaugurará la Doctrina Social de la Iglesia, “patrimonio de sabiduría que se fundamenta en la Sagrada Escritura y en la Tradición”–, esto es, Rerum Novarum (1981) de León XIII. Siguiendo los pasos de su “querido predecesor”, justo 135 años más tarde, en el contexto de una Revolución Industrial análoga a la vivida por el Papa italiano, León XIV nos sitúa frente a una disyuntiva que concierne al ser humano en su conjunto: “La MAGNÍFICA HUMANIDAD que Dios ha creado se encuentra hoy ante una elección decisiva: levantar una nueva torre de Babel o edificar la ciudad donde Dios y la humanidad habiten juntos”. 135 años de distancia entre dos Encíclicas análogas que, análogamente, dan cuenta de una misma tentación, la del imperio de la técnica: “el riesgo de la deshumanización –construir el futuro excluyendo a Dios y reduciendo al otro a un medio–, una tentación antigua y siempre nueva, que hoy también toma un rostro técnico”.

La pregunta que nos lanza el Papa León es algo así: ¿Cómo custodiar a la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial? Dicho de otro modo: ¿Cómo proteger lo humano de sí mismo? De ahí que en diversas ocasiones el Papa León eche mano de una maravillosa cita de un “Discurso” de 1970 de san Pablo VI: “los progresos científicos más extraordinarios, las proezas técnicas más sorprendentes, el crecimiento económico más prodigioso, si no van acompañados de un auténtico progreso social y moral, se vuelven, en definitiva, contra el hombre”. Así es. La Inteligencia Artificial no puede ser vista como una fuerza desatada y autónoma del ser humano, como una suerte de Deus ex machina, sino como el culmen de su hybris (desmesura, orgullo). Etimológicamente, mantiene relación con la palabra “hubridzo”, que significa “desbocarse”. Este “desbocamiento” o “desquiciamiento” es, en el fondo, un desajuste, un desquicie, una desmedida de la creatura ensoberbecida que se toma a sí mismo como medida de todas las cosas. Según el “Glosario de términos griegos en filosofía” de Giorgio Piacenza Cabrera, la hybris se da “cuando el ser finito se cree superior al infinito”. He ahí que el Papa León XIV haya decidido acotar el problema a partir de dos imágenes bíblicas.

Dos imágenes bíblicas

En efecto, el Papa explica cómo la Inteligencia Artificial, esa Res novae que actualiza el problema del dominio técnico, nos sitúa ante dos actitudes del Hombre incompatibles entre sí, antagónicas. Por un lado, está el “síndrome de Babel”, por el otro el “camino de Nehemías”. El “camino de Nehemías”, en referencia a la reconstrucción del Templo, nos habla de prudencia política, “una obra que tiene a Dios en el centro y reconstruye los vínculos incluso antes que las piedras (…). Hoy reconstruir significa reconocer que, en la pluralidad de voces y visiones que a veces recuerda la dispersión de las lenguas, existe, sin embargo una posibilidad luminosa (…). Y en esta obra compartida, los cristianos encuentran su propia forma de construir: orientar la acción hacia Dios, para que, bajo su luz, el pluralismo no se disperse en desorden”. De tal modo que “la antigua Jerusalén recupera así un lenguaje común, no el de la uniformidad, sino el de la comunión”.

Ahora bien, permítanme que me centre en el “síndrome de Babel”.

El “síndrome de Babel”

León XIV resume el pasaje del Libro del Génesis 11, 1-9, según el cual, los seres humanos, establecidos en la llanura de Senaar, toman la determinación de construir una ciudad y una torre “cuya cúspide llegue hasta el cielo” (Gn 11, 4). El objetivo es manifestar su poder y “perpetuarse un nombre”, por el temor de ser diseminados por la tierra. Crear una artificiosa univocidad: “una sola lengua, una sola tecnología, una sola dirección”, dice León XIV. Sin embargo, prosigue, “el proyecto esconde un profundo engaño: es una obra concebida sin referencia a Dios, sustentada por una uniformidad que elimina la diversidad y que, en lugar de la comunión, elige la homogeneización. Cuando la ciudad se edifica sobre el orgullo y la pretensión de bastarse a sí misma (…) el resultado no es la unidad, sino la dispersión. Babel revela así el límite de toda construcción que, por grandiosa que sea, surge de la absolutización de lo humano y de su pretensión de autosuficiencia, sacrifica la dignidad de las personas en aras de la eficiencia y aspira a alcanzar el cielo sin la bendición de Dios”. Esto nos suena, ¿Verdad…? Jungianamente podríamos hablar de un “arquetipo”, una estructura que se repite en diversas culturas y religiones.

Desde Ícaro a Frankenstein o el Prometeo moderno, pasando por Belerofonte, Faetón y, por supuesto, Babel, siempre ha existido en el Hombre la tentación de alcanzar las alturas de los dioses y transgredir así la precaria y frágil condición humana. Pareciera que Dios creó al primer hombre, Adán –cuya etimología significa “hecho de tierra”–, a sabiendas de que sería tentado por la serpiente para usurpar su trono. Eritis sicut dii (“Y seréis como dioses”).

Esta potente imagen bíblica, que, como digo, tiene resonancias también en otras culturas, a la que recurre León XIV, puesto que “nos interpela acerca de nuestra relación con la tecnología y con la revolución digital en curso”, no obstante, señala dos aspectos fundamentales. Es la técnica desatada que nos lleva a la hybris (orgullo) y ello, en consecuencia, al intento de someter, homogeneizar y unificar todo lo creado.

Donoso Cortés y Carl Schmitt: contra la unidad del mal

En mi opinión fue Juan Donoso Cortés, el más insigne pensador español del siglo XIX, quien con mayor precisión supo aprehender la íntima relación entre ambos elementos (técnica-unidad). En un breve texto, publicado póstumamente por su discípulo Gabino Tejado, en las páginas del diario La Regeneración, y titulado “Pensamientos varios”, Donoso describe el delirio de su época “por la unidad que se ha apoderado de todos en todas las cosas”. ¿De qué imagen bíblica se sirve para ello? Como el Papa León XIV, de la Torre de Babel. ¿Sabéis lo que es la revolución?, se pregunta el pacense. A lo que responde: “Es el último término adonde ha llegado el orgullo. El mundo sueña en cierta unidad gigantesca que Dios no ve con buenos ojos, y que este Señor no permitirá, porque esa unidad sería el templo del orgullo. Nuestro siglo precisamente peca en todo por ahí. El delirio por la unidad se ha apoderado de todos en todas las cosas: unidad de códigos, unidad de modas, unidad de civilización, unidad administrativa, unidad comercial, industrial, literaria y lingüística. Unidad reprobada, no será ella otra cosa sino la unidad de la confusión. Huye el hijo impaciente del hogar paterno para lanzarse en la sociedad, que es unidad superior a la familia. Deja su aldea el aldeano, y se va a la ciudad para trocar la unidad del concejo por la de la nación. Los pueblos todos se salen de sus fronteras y se mezclan unos con otros. Tenemos, pues, la Babel de la Biblia”.

¿Qué diría el extremeño de levantar cabeza y ver con sus propios ojos esta “unidad gigantesca” que vivimos hoy en el tiempo de la globalización y de la Inteligencia Artificial? Las palabras que emplea resuenan con la fuerza terrible de una profecía autocumplida: “Unidad gigantesca”, “delirio por la unidad”, “unidad de la confusión”, “unidad reprobada”, “unidad de la confusión”…

Por su parte, el jurista alemán Carl Schmitt, siguiendo o casi plagiando a nuestro autor, en un texto de 1950 sobre la “unidad del mundo”, tuvo también el acierto de evocar la imagen bíblica de la Torre de Babel para ahondar  y cargar tintas contra el orgullo luciferino que está detrás de –y alienta– esa construcción orgullosa y artificial del Hombre in secula seculorum: “En el orden de las cosas humanas la unidad se nos antoja a veces como un valor absoluto. Imaginamos la unidad como unanimidad, como paz y buen orden. Pensamos en el Evangelio del ‘unus pastor bonus’, en el ‘unum ovile’, la ‘una sancta’. ¿Cabe entonces afirmar en términos abstractos y generales, que la unidad es mejor que la pluralidad? De ningún modo. No toda organización centralista que funcione bien es, sin más, el ideal del orden humano. No hay que olvidar que la unidad ideal vale para el reino del Buen Pastor, mas no para toda la organización humana. La unidad abstracta en cuanto tal lo mismo puede redundar en auge del bien que en auge del mal. También el reino de Satán es una unidad, y Cristo mismo, hablando del diablo y de Belcebú, dio por supuesta la unidad del mal. La torre de Babel representa una unidad. Frente a muchas formas modernas artificiales y forzadas de unidad, me atrevo incluso a decir, que la confusión Babélica puede ser mejor que la unidad de Babel. El ideal de la unidad global del mundo en perfecto funcionamiento responde al actual pensamiento técnico-industrial”.

La Sagrada Familia tras la bendición de la Torre de Jesucristo por el Papa León XIV

La Sagrada Familia: ejemplo de unidad de la Cruz

Pero frente a esta unidad de Babel, una unidad artificial y abstracta, espoleada por el actual pensamiento técnico-industrial-digital, se yergue una unidad natural que, en palabras de Donoso, es de distinta naturaleza, a saber, la “unidad de la Cruz”: “Nuestro Señor Jesucristo vino al mundo para constituir, en sí y por sí, la unidad del género humano. De todos los pecados posibles, ninguno hay que se iguale con el que consiste en echarle el hombre de Dios o en querer hacer con otros fines, y por modo diferente, aquello que Dios hace. Dos veces ha tenido el hombre esa intención satánica: la primera, cuando quiso erigir la torre de Babel; y la segunda, el mismo día de hoy, en el cual una democracia insensata pretende constituir el mundo de esa manera unitaria. Pero Dios no permitirá que haya otra unidad que la unidad de la Cruz”.

Los cristianos estamos llamados a esta otra forma unidad patrimonio de un Dios que, como expresa San Pablo en su Carta a los Filipenses, “no retuvo ávidamente su dignidad, sino que se hizo hombre”, un Dios que no nos iguala a la fuerza, sino que nos ama tal y como somos, en nuestras diferencias y particularidades. “La Babel democrática –prosigue Donoso– tendrá la misma suerte que la Babel de los libros santos: lo que aconteció entonces acontecerá ciertamente ahora. Repetiráse el drama de las llanuras de Senaar: antes que esté acabada la torre, Dios castigará las naciones”.

Por esto, el Papa León XIV nos exhorta a una tarea muy concreta, esto es, a custodiar la persona humana, “ser constructores de comunión, no arquitectos de Babel; siervos del Reino que viene, no dueños de torres destinadas a derrumbarse. Y, con ánimo de pastor y de padre, pido a todos que detengan la construcción de la enésima Babel y que unan fuerzas para edificar en el bien, para que la humanidad nunca pierda su propia belleza y el mundo pueda reconocer una vez más, en el corazón del ser humano, el lugar donde Dios desea habitar”. Quizá, Dios, como manifestación de su amor y su misericordia, lejos de emitir sobre nosotros un juicio sumarísimo o de castigar a las naciones, ha permitido que nos deleitemos en la belleza de la finalización de la Sagrada Familia, que, a diferencia de la Torre de Babel, acaba de coronar una obra humana nada más y nada menos que con la fulgurosa cruz de la Torre de Jesucristo, que ilumina la ciudad como el brasero incandescente de la fe de nuestros antepasados. Igual que Cristo coronó su cabeza, obedeciendo al Padre, con la corona de espinas… He ahí la verdadera diferencia entre el arte sacro y el arte profano: el artista que culmina su obra y pone todo su genio creativo al servicio de sí mismo, profana los dones que el Señor le ha dado; mientras que el artista que, reconociendo su pequeñez, culmina su obra con la Cruz del Señor al servicio de Él y no de sí, sacrificando su ego, es el siervo bueno y fiel que pone los talentos al servicio del Reino.

Justo ahora, con la visita del Santo Padre a España, hemos sido privilegiados testigos de esta belleza querúbica, que evoca lo sublime en la dulce polifonía de la Escolanía de Montserrat, en la conmemoración del centenario de la muerte de un verdadero devoto como Antonio Gaudí, que proyectó una obra que ha sido edificada durante más de un siglo por arquitectos y operarios de diversas generaciones –en comunión– para gloria de Dios (como la ardua tarea de reconstrucción del templo de Nehemías). Divina bellezza que es capaz de redimir todas las injusticias, los crímenes, los pecados y, en definitiva, la impiedad de una babilónica ciudad como Barcelona. He ahí, quizá, la clave. No es lo mismo “edificar” que “construir”…

Más ideas