León en Barcelona

La humildad y sencillez del mensaje de León XIV y la majestuosidad que el catolicismo catalán demuestra no haber olvidado

Según relata una anécdota, durante su visita a la Sagrada Familia bajo la guía de Antonio Gaudí, Francisco Giner de los Ríos, fundador de la Institución Libre de Enseñanza, le felicitó por la construcción de «la última» de las catedrales europeas. Ágil, Gaudí replicó: «La primera de muchas otras».

En el centenario exacto de la muerte del gran arquitecto catalán, León XIV ha bendecido la Torre de Jesucristo al final de una liturgia cuidada y honda en el interior de la que Benedicto XVI consagró como basílica. Ha maravillado de nuevo la visionaria belleza de la obra de Gaudí. La realzaba una ceremonia donde la voz y la luz tejían el entrelazado de una música vertical lanzada al cielo barcelonés. La coral infantil reforzaba una tradición que emergía en la exploración fantástica del espacio y de las formas gaudinianas. Con una continuidad natural, el espectáculo de luces en que el interior y el exterior, la piedra y la comunidad viva de fieles respetaban su singularidad personal, culminaba en un estallido luminoso que prácticamente ocultaba la basílica. Transfigurada, se dibujó la cita de Gaudí: «Primer, l’amor; després, la tècnica».

Ese incendio de la Cruz y la Resurrección es el mensaje de León XIV. Sencillo y humilde se propaga a menudo escondido, con una majestuosidad que el catolicismo catalán ha demostrado no haber olvidado. No es otro el culto cristiano: el del amor sin tasa.

El Papa León XIV bendice la Torre de Jesucristo en la Basílica de la Sagrada Familia

En las retransmisiones televisivas se insistía en que no todas las personas que asistían a los actos del Papa eran creyentes. Se recordaba también que Cataluña era la sociedad más secularizada de nuestro país. Se ofrecían los datos de que «sólo un tercio de la mitad de los que se declaran católicos practican» o de que los matrimonios canónicos apenas representan el 9% del total anual de las bodas que se celebran. En plena fiesta, parecía preciso contener el riesgo de las chispas de unas brasas inextinguidas.

Es verdad. Tanto como que no habría sido posible culminar el grandioso proyecto de Gaudí sin el grano de mostaza de sucesivas generaciones que no han perdido la fe de sus padres, o que la han recuperado, o que han venido con ella a edificar una nueva vida. Con alegría comparten sus esperanzas y sus esfuerzos con una sociedad que acostumbra a recriminarle sus debilidades y sus tensiones, aunque no duda en arrogarse el usufructo de los bienes que el catolicismo en Cataluña sigue repartiendo a manos llenas y sin alharacas. Con todas sus limitaciones humanas, este sigue ejerciendo el mandato evangélico movido por una fe que atrapa y transforma lo más íntimo de personas concretas, como se ha podido ver en los testimonios de estos días.

Esa multitud que se congregó ante la Catedral a recibir el Papa esperaba el consuelo y el apoyo de un padre que bendijese a nuestros hijos más pequeños, que abrazase a nuestros hermanos más frágiles y que, con su escucha, confortase nuestros cansancios.

Arrodillado ante el Cristo de Lepanto, ante Nuestra Señora de Montserrat o ante el sagrario de la cripta de la Sagrada Familia, el Papa León ha testimoniado de una manera que el católico catalán capta perfectamente el compromiso que le conduce a visitar la prisión de Can Brians, la iglesia de San Agustín o el estadio olímpico. Como está arraigado en nuestra tradición, la oración forja con toda naturalidad un espíritu de servicio a la comunidad, por más zarandeada que haya estado nuestra barca. Con la mirada alzada a la Cruz tridimensional que ahora la corona, Gaudí imaginó el Juicio de amor y gracia que seguimos esperando: «Venid, benditos de mi Padre, porque tuve hambre y sed y estuve enfermo y preso, y me disteis de comer y de beber, y me visitasteis».

Suelo declararme güelfo. Un güelfo reconoce en la autoridad del Papa el poder de un Reino que, aunque no es de este mundo, lo hace más plenamente humano y lo protege de las amenazas de una soberanía desatada. Con la visita del Papa León XIV, durante un par de días no pocos católicos catalanes, aliviados, han podido acogerse, como suya también, a la bandera blanca y amarilla del Sucesor de Pedro, el Vicario de Cristo.

Armando Pego Puigbó (Madrid, 1970), es catedrático de Humanidades de la Facultad de Filosofía de Cataluña (URL). Autor, entre otros, de Poética del monasterio (Encuentro, 2022), Teología güelfa (Vitela, 2015) y Anti(pos)modernos españoles (Sindéresis, 2023).

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