EL ANTIFASCISMO COMO PROFESIÓN Y COMO MENTIRA

Al contrario de lo que sostiene nuestra indocta «loony left», no puede identificarse antifascismo con democracia

A la altura de 2018, salió a la luz en español, el libro de Mark Bray (en la fotografía), Antifas. Manual antifascista, publicada por la editorial izquierdista Capitán Swing. Neoyorkino de 1982, Bray ha sido uno de los organizadores del movimiento Occupy Wall Street, que tuvo lugar en New York en 2011. Y es autor de libros como Translating Anarchy. The Anarchism of Occupy Walt Street, además de Antifas. Ha sido, además, coeditor der Anarchism Education andthe Modern School. A Francecs Ferrer Reader. Sus trabajos aparecen en  The Wasington Post Foreigh Policy, Critical Quarteleyy Raor Magazine. Ha sido profesor en el Dartmouth Colleg de New Hamshire en los Estados Unidos. La publicación de Antifas fue muy bien recibida por el conjunto de la prensa española; y no sólo por parte de la decididamente izquierdista. La Vanguardia publicó una entrevista a Bray, entre acríticos elogios. Y decía nuestro autor: “Debemos hablar de partidos como VOX sin normalizar sus horribles postulados”. En Diario Público afirmó que “la ultraderecha quiere equiparar protesta con terrorismo”. Acogido igualmente por El País, afirmó: “No podemos ignorar a la extrema derecha ni banalizarla”.  El Mundo dio audiencia Bray, tomándole en serio, aunque nuestro autor no dudaba en defender la violencia contra sus enemigos. Estimaba que Franco no fue fascista, pero que estuvo “muy cerca” de serlo. Celebraba que se hiciera un cordón sanitario político y mediático contra VOX. Aunque pueda parecer extraño también ABC  dio audiencia al norteamericano y sus planteamientos. Y es que, en algunos casos, podríamos hacer referencia igualmente a una crazy right.

  Por todo ello, podemos preguntarnos, con toda legitimidad ¿cuáles son las ideas de Bray?. En nuestra opinión, se trata de un retorno a lo más crispado y brutal del izquierdismo histórico. Un auténtico peligro público, existencial.  El antifascismo de que hace gala Bray no es liberal, ni democrático. De hecho, históricamente, a diferencia de lo que sostiene nuestra indocta loony left particular, no puede identificarse antifascismo con democracia.  Como ha señalado el historiador Michael Seidmann, el antifascismo no es sinónimo de izquierdismo, porque hubo conservadores opuestos al fascismo como Charles de Gaulle, Luigi Sturzo, Alcides de Gasperi o Winston Churchill. Incluso antifascista tradicionalistas y feudales como el Negus Haile Selassie. Por su parte, el antifascismo de izquierdas o revolucionario fue, como señala Annie Kriegel, “uno de los grandes mitos del stalinismo”, identificando “fascismo” con derecha y capitalismo. La demonología antifascista sirvió, entre otras cosas, para legitimar los sistemas de socialismo real. Y, lo que es peor, su poco agraciada faz vuelve a hacerse presente, como hemos señalado, en el discurso de las izquierdas. Se trata, como ha señalado Stanley Payne, de un antifascismo sin fascismo, porque ninguna de las fuerzas políticas denunciadas y execradas por esa nueva inquisición pueden ser definidas como tales con un mínimo de rigor.  Incluso podríamos hacer referencia, como hizo Pier Paolo Pasolini, al “fascismo de los antifascistas”.  En el ideario de Mark Bray no se trata de la defensa de la democracia liberal, sino de la revolución social y la violencia. En concreto, Bray defiende la violencia como praxis política cotidiana y la “sociedad sin clases” como horizonte. Sus iconos son las Brigadas Rojas, Lucha Continua, los partisanos de izquierdas, la oposición guerrillera a Franco, Autonomía Obrera, etc., etc. “Desde su punto de vista, los derechos que propugna el gobierno parlamentario capitalista no merecen respeto inherentemente”. La ofensiva antifascista ha de tener como objetivo central “la expropiación global de la clase capitalista y la destrucción (o toma) de todos los Estados existentes por medio de un levantamiento popular internacional que la mayoría piensa que va implicar alguna forma de enfrentamiento violento con las fuerzas del Estado”. Bray predica “la guerra de clases”, porque el antifascismo implica “promover una alternativa socialista revolucionaria (en mi opinión, una que sea antiautoritaria y antijerárquica) ante un mundo en crisis”. En España, Bray ha tenido como discípulo a Pol Andiñach, cuyo antifascismo se identifica con Durruti, Dolores Ibarruri y Clara Zetkin; y propugna “si hace falta, la acción directa”. Estos planteamientos han sido difundidos por el conjunto de la prensa de izquierdas, como Infolibre, Diario Público, Eldiario, El Plural o Tinta Libre. En televisión, sobre todo por La Sexta, donde el activista Antonio Maestre, un indocumentado de cuarta regional, ha convertido el antifascismo en una forma de vida. Siguiendo esta perspectiva, todos los partidos de la derecha, sobre todo VOX han sido estigmatizados como “fascistas” y sufrido agresiones violentas a cargo de los denominados antifascistas. De ahí el peligro de estos planteamientos.

Activistas antifa en Minneapolis en 2017

  No resulta extraño que alevoso asesinato de Charlie Kirk haya suscitado una ofensiva contra el movimiento antifa.  Y que Donald Trump lo haya calificado de “terrorista”. Este asesinato es una consecuencia lógica de los planteamientos de Bray y de los acólitos. Sin embargo, la ofensiva ha convertido a Bray en una especie de mártir del antifascismo internacional. Según él, las amenazas que ha sufrido tras la muerte de Kirk le han obligado a exiliarse en España. No es una casualidad que este peligroso agitador haya elegido España para su autoexilio, ya que es un admirador del pedagogo anarquista Francisco Ferrer Guardia y del anarquismo español. De nuevo, la prensa española e incluso la televisión pública han dado audiencia a Bray, presentándolo como una víctima del malvado Trump y del “fascismo” internacional. Diario Público, El País, As, Eldiario, Ara, Cadena Ser, El Confidencial, El Salto, El Español, El Periódico, etc, etc. han salido en defensa de Bray, presentándolo como un “exiliado”, estigmatizado por el trumpismo. “Me gustaría ver –dice Bray en una entrevista- una huelga general en Estados Unidos”. “Trump tiene un plan fascista y la pregunta es si lo logrará”. Quede claro que cuando Bray hace referencia a una “huelga general”, no clama por una mera protesta obrera, sino al modo de Jorge Sorel, a una insurrección generalizada y violenta que destruya en sus cimientos el conjunto de la sociedad liberal y capitalista. En cualquier caso, lo que resulta bastante escandaloso es la simpatía que suscita este individuo entre ciertos sectores políticos, intelectuales y mediáticos y el desdén e incluso la alegría y el alborozo con que fue recibido el asesinato de Kirk en esos mismos medios, en particular la Cadena Ser, El País, Infolibre, Eldiario, Público, Mundo Obrero, etc. Y es que autodefinirse como antifascista implica, al menos para algunos, estar libre de pecado; y salvar el alma. Claro que el antifascismo de nuestra looney left particular resulta un tanto extraño. Si el fascismo, en su visión demonológica al menos, es sinónimo de racismo y xenofobia, llama, sin embargo, la atención en este tipo de antifascismo su simpatía respecto a los nacionalismos periféricos catalán y vasco. Entre sus defensores, existe un silencio absoluto acerca de su carácter racista, xenófobo y antidemocrático. Precursores y teóricos del catalanismo, como Valentí Almirall, Pompeyo Gener, Eric Prat de la Riba o Bartomeu Robert consideraban al conjunto de los españoles una raza inferior. ¿Conocen el programa político de las Bases de Manresa?. ¿Y el imperialismo y corporativismo de Prat de la Riba?.  Esta izquierda suele reírle las gracias a un histrión como Gabriel Rufián, cuyo partido, Esquerra Republicana, tuvo, durante la II República, claras veleidades fascistoides, reconocidas por algunos de sus dirigentes como Josep Dencás. Como ha documentado el historiador Chris Ealham, en su libro La lucha por Barcelona, los esquerristas practicaron la xenofobia y el racismo contra los emigrantes españoles, calificándoles de “forasteros” en “nuestra casa”, “enjambres”, “plagas virulentas”, “indignos” y “mendigos”. Y propugnaron y llevaron a cabo políticas antiinmigratorias. Más conocido es el racismo antiespañol de Sabino Arana y sus acólitos del PNV. En algunos de sus escritos, Manuel Azaña lo consideraba un “partido de extrema derecha”. Tanto él como Juan Negrín acusarían a los nacionalistas catalanes y vascos de deslealtad a la República durante la guerra civil. Ni los catalanistas ni los peneuvistas han abandonado los fundamentos étnicos de su ideario. Ahí están los escritos de Jordi Pujol contrarios a la emigración de castellanos y andaluces. O las invocaciones de Xavier Arzallus al RH Negativo de los vascos. Más espinoso es el tema de ETA. No obstante, desde que Pedro Sánchez accedió al gobierno, en alianza con una caterva de representantes de la looney left española y el conjunto de los secesionistas vascos y catalanes, se ha puesto en marcha, como ha señalado lúcidamente Victor Lenore, lo que podríamos denominar la ETA político-cultural. Uno de sus adalides es Oscar Matute, portavoz de Euskal Herria Bildu en el Parlamento; y, como Gabriel Rufián, muy bien tratado por los medios de comunicación de la looney left autóctona. Matute se ha valido de los planteamientos antifas para vender –de matute, nunca mejor dicho- su averiada mercancía de legitimación histórica de la violencia etarra. Como Bray y toda su caterva de acólitos, Matute afirma que el antifascismo es sinónimo de democracia; lo cual, como ya hemos señalado, es históricamente falso. Y lo dice un defensor de las hordas borrokas. Da asco esta distorsión brutal de la realidad histórica. Sus referencias a Guernica o al antifascismo del PNV pasa por alto la ideología profundamente reaccionaria del nacionalismo vasco –¿ha leído Matute no ya a Sabino Arana, sino a José de Ariztimuño (“Aitzol”)–, el pacto de los peneuvistas con los fascistas italianos en Santoña o sus contactos con los nacional-socialistas tras el final de la guerra civil.  Por su parte, la izquierda radical y antifascista, representada por Podemos, ha seguido la lógica de la ETA político-cultural; y nunca ha recatado su admiración por la organización terrorista vasca y sus herederos.  Por eso, resulta muy significativo el contenido de la obra de Nicolás Buckley, Del sacrificio a la derrota, publicada por Siglo XXI yprologada por un catedrático de la Universidad Carlos III, en cuyas páginas ETA aparece como una organización antifascista y antineoliberal. Y es que, según este autor, la Constitución del 78 posee elementos fascistas por su proclamación de la unidad nacional española. Sin comentarios. Quizás exagere, pero conjeturo que pronto veremos a los terroristas de ETA como héroes oficiales del antifascismo. Bastará con que Bildu logre conquistar el gobierno en el País Vasco.

  Y es que, como señaló el filósofo alemán Peter Sloterdijk, en su libro Ira y tiempo, este antifascismo tiene como objetivo no confesado “la salvación de comunistas y revolucionarios”, “borrar las huellas que delatan qué cerca se había estado del genocidio de clase”. A partir de estos supuestos, toda crítica al comunismo suponía una apología del fascismo identificado con las derechas. Quizás por ello, podemos definir, siguiendo a Samuel Johnson, esta modalidad de antifascismo, por sus silencios, su apología de la violencia y su visión sectaria y sesgada de la historia, como “el último refugio de los sinvergüenzas”. Y es que si alguien merece el apelativo de looney left es nuestra izquierda. Se trata de una izquierda indigente desde el punto de vista de la creación filosófica y cultural, cuyo único motor parece ser el resentimiento, la envidia, la voluntad de poder y el nihilismo más radical. En ese sentido, como diría Vilfredo Pareto, el antifascismo de que hace gala no es más que una “derivación” de esas pulsiones destructivas y sanguinarias. Ese es su peligro y esa es su tragedia.

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