El colapso de la natalidad

Las razones e irracionalidad de la infertilidad

Artículo publicado originalmente en francés traducido por Arnaud Imatz y reproducido con la amable autorización de la revista parisina La Nef (nº 386, diciembre 2025)

Paul Valéry decía que «dos peligros amenazan constantemente al mundo: el orden y el desorden». Siguiendo este modelo, podríamos decir: dos peligros amenazan constantemente a la población humana: el exceso y la escasez. Conocemos las palabras que el Señor dirigió al hombre y a la mujer: «Sed fecundos, multiplicaos, llenad la tierra». Cuando los seres humanos eran solo dos, ¡la multiplicación era sin duda recomendable! Sin embargo, el Señor dijo «llenad la tierra», no «sobrellenadla». Como en todo, hay que respetar la medida.

En las últimas décadas, se ha destacado el peligro de la superpoblación, con el ejemplo paradigmático del libro del biólogo Paul Ehrlich titulado La bomba P, publicado en 1968. El desarrollo industrial, iniciado a finales del siglo XVIII, ha modificado profundamente los equilibrios tradicionales, en particular el régimen demográfico. El rápido descenso de la mortalidad, combinado con el mantenimiento durante un cierto tiempo de altas tasas de natalidad, ha provocado un aumento sin precedentes de la población humana, primero en Europa y luego en los demás continentes de forma aún más explosiva. Así, la población mundial ha pasado de aproximadamente mil quinientos millones de personas en 1900 a más de ocho mil millones en la actualidad, y sigue aumentando.

Sin embargo, se está produciendo otro fenómeno: una espectacular disminución de la tasa sintética de fecundidad que, según las previsiones, debería caer por debajo del nivel necesario para garantizar la renovación de las generaciones a mediados de siglo. Estas tendencias generales ocultan enormes disparidades entre las diferentes regiones del mundo. Si bien la disminución de la fecundidad se observa en casi todas partes, en los países denominados desarrollados ya ha alcanzado niveles tan bajos que la supervivencia de los pueblos afectados está en entredicho, mientras que otras regiones del mundo siguen viendo crecer su población, en particular África, de donde, a finales de siglo, debería proceder más de uno de cada tres habitantes del planeta.

A menudo, lo bueno y lo malo no dependen de la esencia de un fenómeno, sino de su magnitud. Incluso se podría decir que, en la mayoría de los casos, se separa erróneamente lo cualitativo de lo cuantitativo, como si los órdenes de magnitud cuantitativos no fueran en sí mismos cualidades. Por lo tanto, no tiene sentido juzgar como bueno o malo el crecimiento o el decrecimiento de una población, independientemente de las circunstancias y, más aún, de la velocidad a la que se producen. La explosión demográfica que ha provocado el proceso de modernización en muchas regiones del mundo no es tanto un indicio de extraordinaria vitalidad como un signo de desequilibrio, que el brusco aumento de la población ha agravado a su vez. Del mismo modo, el desplome de la tasa de natalidad en muchos países no es el reflejo de una sabiduría que incite a reducir la población mundial para moderar los daños que las actividades humanas causan a la naturaleza, sino una manifestación de nihilismo.

Tasas de fecundidad catastróficas

Hace dos siglos, los países europeos estaban mucho menos poblados que hoy en día, y una disminución moderada de su población no sería en absoluto una catástrofe. En cambio, lo que sí son catastróficas son las tasas de fecundidad actuales: 1,12 en España, 1,2 en Polonia, 1,21 en Italia y 1,38 en el conjunto de la Unión Europea. Francia, que en esta crisis se las arreglaba más o menos, ve a su vez cómo su tasa de fecundidad se desploma (1,66 en 2023). No es la disminución, sino el colapso de la población que provocan estas tasas lo que constituye una catástrofe. La solución propuesta para colmar las lagunas: una inmigración masiva procedente de regiones del mundo menos avanzadas en el proceso de reducción de la natalidad. Los ecologistas se alegran por dos motivos: la escasez de niños en Europa debe reducir la huella ecológica humana y permitir acoger mejor a los candidatos a la inmigración. El cálculo es extraño. Los ciudadanos de países pobres que desean instalarse en Europa no lo hacen para vivir tan frugalmente como en su país de origen, sino para consumir al estilo europeo e incluir a sus familiares en la espiral del consumo: sustituir a los hijos por inmigrantes no mejora en nada el estado del planeta (la fortuna de la palabra «planeta», que designa a la Tierra como un cuerpo celeste entre otros, visto desde el exterior, es emblemática del pensamiento desarraigado que hoy en día pretende preocuparse por la naturaleza).

También se trata de preservar la biodiversidad. Una vez más, resulta extraño limitar la preocupación por la diversidad de la vida a las especies vegetales y animales, y no incluir las culturas humanas, al menos no las culturas europeas. A los intentos de los hombres de reunirse en una gran masa indiferenciada, el Señor opuso la dispersión de Babel. Más tarde, le dijo a Abraham: «Todas las naciones de la tierra serán bendecidas en tu descendencia». La elección de Israel no relega a las demás naciones a un estatus subordinado, sino que significa que, a través de Israel, todas las naciones son elegidas a su manera. La diversidad de las naciones no debe abolirse, es un don precioso que hay que preservar y hacer fructificar; y para ello es necesario que los pueblos vinculados a estas naciones sigan existiendo. Los individuos pueden circular entre las naciones, pero los pueblos no son sustituibles entre sí.

El hecho de que, en un primer momento, el «desarrollo» provocara una explosión demográfica tuvo un efecto engañoso. En realidad, no era el desarrollo el motor del fenómeno, sino la propensión tradicional a tener hijos, que se mantuvo transitoriamente en el proceso de modernización que le era hostil. A medida que el proceso se desarrolla y el legado de épocas anteriores se desvanece, el desarrollo tal y como se ha concebido y aplicado durante más de dos siglos revela su dimensión devastadora. Hans Jonas se preguntaba si la evacuación de la trascendencia, correlativa al proyecto moderno, no había sido «el error más colosal de la historia». De hecho, si los seres humanos han progresado al abrirse a la trascendencia, retroceden al cerrarse a ella, hasta ver mermar en ellos la facultad esencial para todo ser vivo, que es la de transmitir la vida.

Este deterioro tiene múltiples causas. Entre ellas cabe citar el economicismo, el individualismo y el utilitarismo. Desde el punto de vista económico, los hijos son un mal negocio: en un mundo que pone en el centro de sus preocupaciones el poder adquisitivo, los hijos, por los gastos obligatorios que ocasionan, reducen la libertad de consumir. Desde el punto de vista individualista, los hijos también son algo que hay que evitar: por los cuidados que requieren y las preocupaciones que causan, disminuyen el tiempo y la energía disponibles para el desarrollo personal. Por otra parte, el utilitarismo, que en sus primeras formulaciones se proponía maximizar la felicidad en la tierra, parece ahora limitarse a minimizar el sufrimiento. Ahora bien, en un mundo incierto, ¿no es acaso la mejor manera de ahorrar sufrimiento a los nuevos seres no darles la vida?

La familia pasada de moda

Todos estos argumentos solo son válidos dentro de un marco de pensamiento que, en sí mismo, no lo es. La economía debería estar al servicio de la vida: que llegue a obstaculizar su transmisión es una perversión manifiesta. El florecimiento de una flor prepara la fructificación: el florecimiento sin otro horizonte que sí mismo es también una perversión. En cuanto a la preocupación por minimizar el sufrimiento, acaba oponiéndose a la vida, que expone al sufrimiento, y termina en puro nihilismo.

El colapso de la natalidad en todos los países desarrollados demuestra que las dificultades para acoger a los niños son muy reales. Dicho esto, la educación de las nuevas generaciones por parte de las anteriores ha constituido desde siempre la mayor empresa humana, y las dificultades específicas del momento actual no son, en definitiva, más que espuma en comparación con las dificultades de siempre. La modernidad ha dejado a la familia anticuada, en comparación con las personas que llevan una vida aventurera. Ya es hora de darse cuenta de que los retos de los que tanto se jacta nuestra época son anticuados en comparación con el hecho de traer al mundo y criar a los hijos. Charles Péguy decía: « Se suele creer que es el soltero, el hombre sin familia, el que es un hombre de fortuna, un aventurero, el que vive aventuras. Sin embargo, es el padre de familia, el hombre de familia, el que es un aventurero, el que no solo vive aventuras, sino una sola, pero grande, inmensa, total; la aventura más terrible, la más constantemente trágica; cuya vida misma es una aventura, el tejido mismo de la vida, el lienzo, el pan de cada día».

(Ilustración: Feto en el vientre de su madre, dibujo de Leonardo da Vinci)

Matemático y filósofo, miembro del Instituto de Historia y Filosofía de las Ciencias y las Técnicas (CNRS/Universidad París 1 Panthéon-Sorbonne)

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