El crítico cultural suele ser un personaje incapaz de puntuar con un diez: disfrutamos más señalando fallitos que reconociendo la belleza cuando la tenemos enfrente. A pesar de esta debilidad de carácter, se han publicado ya varias reseñas de cinco estrellas de La Odisea, el ambicioso proyecto de Christopher Nolan de llevar al cine este poema épico compuesto hace más de 2.800 años, obra fundacional de la cultura en Occidente. Todo encaja en la película, con ritmo natural, como un encuentro de lo mejor del teatro clásico y las superproducciones de Hollywood. Las actuaciones de Matt Damon (Ulises), Anne Hathaway (Penélope) y Charlize Theron (Calipso) tienen la alquimia justa entre aura, solemnidad y momentos vulnerables.
Muchos atribuyen las reseñas entusiastas a una campaña internacional de sobornos, cuyo objetivo sería ocultar que el filme es un bodrio woke, que incluye ‘atrocidades’ históricas como que la mujer más bella del mundo, Helena de Troya, sea negra (la interpreta Lupita Nyong’o). Al ser un personaje de ficción, semidivino, es como debatir el sexo de los ángeles. Estas polémicas previas no pueden ser más delirantes ni alejadas de la película: La Odisea es un apuesta clásica, a ratos sobria y a ratos mágica, incluso ambas cosas a la vez, como en el hipnótico episodio de brujería de Circe o en las inquietantes escenas del reino de Hades. Estamos ante un peliculón sin un minuto de relleno: sales del cine con ganas de volver a verla.
No es que esta Odisea no sea woke, sino que es antiwoke de manera militante. La cinta tiene una interpretación política tan obvia que hasta produce sonrojo señalarla. Ulises podría ser el símbolo de los nuevos líderes socialpatriotas (Bukele, Meloni, Le Pen, Trump, Abascal…) que han venido a restaurar un viejo orden añorado por la plebe (más que viejo, orden eterno). Ítaca es una sociedad en decadencia, sobre todo por haber dejado de lado la ley de Zeus. Los pretendientes de Penélope serían una clase política volcada en el placer personal, el saqueo público y las conspiraciones palaciegas.
Todo está envuelto por una atmósfera de decadencia civilizatoria, como nuestra era. Hasta los sirvientes y esclavos dejaron de ser leales a las élites que realmente lo merecían. Los grandes medios serán demasiado cobardes para admitir esta interpretación, pero se ve muy clara, resplandece. Se ha acusado muchas veces a Nolan de ser un director vacío, espléndido al construir adictivos caleidoscopios temporales, pero con poca sustancia artística y política (le encontraban demasiado ambiguo). Aquí nadie podrá esgrimir eso.
En un reel que ha circulado mucho en redes, la actriz afroamericana Lupita Nyong’o responde a la cuestión de qué pregunta plantearía a Homero si pudiese charlar con él. “Le comentaría el escaso tiempo de pantalla que concede a las mujeres”, acierta a formular. Es el típico reproche cutre-woke que permite a quien lo enuncia sentir que queda por encima de un autor clásico sin necesidad de abrir un libro (la misma lógica con la que se despacha a los ‘hombres blancos muertos’ en las clases de literatura de muchos campus de élite de Estados Unidos). La realidad es que Helena de Troya apenas aparece diez minutos en pantalla en tres horas de película y tampoco son lo más intensos de la historia.
Que la máxima polémica previa sobre esta versión sea la diversidad racial del reparto muestra lo insustancial que se ha vuelto el debate sobre cine en la posmodernidad mustia en la que nos ha tocado vivir. Mirella Romero Recio, catedrática de Historia Antigua en la Universidad Carlos III, ha publicado El regreso de Ulises. La travesía de un mito (Esfera de los libros), un solvente repaso de la presencia del poema a lo largo de la historia. Esto explicaba hace poco en el suplemento literario Babelia, deshaciendo las acusaciones de Nyong’o sobre el machismo de Homero. “Es muy importante el papel de las mujeres: Penélope es tan inteligente y astuta como el propio Ulises. Atenea, una diosa, le protege en el viaje. Las mujeres son muy fuertes y poderosas, incluso las sirenas que atraen con su canto a los marineros”, recuerda. Eso queda claro en la película, aunque Nolan les conceda menos protagonismo que a ellos.
En el centro de todo está siempre la aventura, el crecimiento de quien sale de casa para buscar su destino. Y está contado de manera deslumbrante. Emily Hauser, doctora en Antigüedad Clásica, elogia que “la forma en que Nolan captura el impacto de la proa de un barco contra las olas o el crujido de los huesos en las fauces del Cíclope tiene sus raíces en la dinámica visual de la poesía de Homero, lo que los antiguos comentaristas llamaban enargeia, la capacidad de la epopeya para dar vida al mundo ante nuestros ojos”, celebra.
Lo recuerda en una larga y estimulante tribuna en el diario británico The Guardian, donde también reprocha a Nolan una tendencia excesiva de Ulises a pedir perdón por su acciones y por las consecuencias negativas que acarrean, recordándonos que “para los griegos, los héroes suelen ser destructores de sus comunidades en pos de sus objetivos —pensemos en Aquiles en La Ilíada, pidiéndole a Zeus que mate a todos los griegos—, no supervivientes atormentados por la culpa”. Es un comentario pertinente, quizá el único reproche que cabe hacerle a esta obra maestra.
No tiene gran importancia cinematográfica, pero quizá quieran saberlo los letraheridos o interesados en cultura de la época: Hauser destaca algunos ingredientes básicos del relato de Homero que Nolan ha preferido no incorporar. “En el poema, Ulises arruina el regreso de sus compañeros por su arrogancia al maldecirlos a todos, algo que Nolan omite”. Peor aún es que en la película Penélope se convierte en la verdugo de su esclava, Melanto, cuando en el libro es Telémaco quien ahorca a unas esclavas, presionado por su padre. Además el filme prescinde de un personaje femenino clave, Nausícaa, impulsora el regreso a Ítaca. Estos detalles confirman que no hay un enfoque woke, feminista ni progresista, solo decisiones de carácter artístico.
Quien haya visto el póster promocional de la película se habrá dado cuenta de que hay que acercarse bastante para apreciarlo, ya que es mucho más oscuro de lo habitual. Esto es crucial en la estética de La Odisea. Lo explica Hoyte Von Hoytena, director de fotografía. “En el noventa y cinco por ciento de la película, las noches están iluminadas únicamente por luces que construimos nosotros mismos. Las llamábamos piroedros. Es una palabra inventada, por su forma: pirámides de fuego. Cuando Chris y yo hablamos de la película desde el principio y vimos muchas películas [como referencia], empecé a sentirme incómodo con las grandes escenas de batalla. Estaban iluminadas, tradicionalmente, con cajas lunares: marcos gigantes sobre la escena que contenían luces y proyectaban una luz de luna muy suave y artificial. No podía evitar fijarme siempre en la iluminación mecánica. La idea inicial era que quería iluminarlo todo con fuego. Quería que la cámara viera lo que vería el ojo humano”, explica al New York Times. El resultado del experimento es sutil y majestuoso al mismo tiempo, justo la sensación de estar allí.
El propio Nolan confirmó la importancia de esta estrategia. “Cuando escribía el guión, cada vez que incluía una escena en un barco pensaba: ‘Uf, ¿de verdad tenemos que estar en barcos?’. Porque sé lo que implica filmar en alta mar. Y me respondían: ‘Bueno, es La Odisea, así que sí’. Tener una embarcación antigua, construida con esas especificaciones, donde todo es de madera, y salir al mar con el elenco y el equipo fue un gran desafío. Estos actores, que interpretaban a la tripulación de Ulises, aprendieron a remar. Aprendieron a izar la verga y a desplegar las velas. Cuando llegamos con la cámara, Hoyte y yo estábamos en nuestra propia cubierta. Filmábamos como si fuera un documental. Fue muy emocionante. Pero fue muy duro. Lo fue para todos», explicó a The Independent.
El punto de inflexión de la historia llega cuando Ulises comprende que el mejor lugar desde donde observar una sociedad son los estratos más bajos. A diferencia de la Ilíada, que representa un universo heroico, la Odisea “muestra interés por las capas desfavorecidas como los esclavos, los extranjeros, los mendigos, los animales…”. Lo explica el helenista Óscar Martínez, traductor de Homero y autor de Héroes que miran a los ojos de los dioses (Edaf). Una de las grandes conclusiones de la aventura es que la reconquista de nuestras sociedades se hará desde abajo o no se hará. Por eso fracasó el wokismo y por eso sigue importando Ulises.