Hay escenas que una sociedad aprende a no mirar. Una manta bajo un soportal; unas bolsas alineadas junto a un banco; un cuerpo que intenta dormir mientras la ciudad pasa a su lado como si no estuviera. No hace falta que nadie insulte, golpee o expulse de forma explícita para que la violencia esté presente. A veces basta con que alguien quede fuera del campo de la mirada moral.
El sinhogarismo empieza ahí, aunque no termine ahí: en esa zona incómoda donde una vida deja de ser percibida como una biografía y empieza a ser vista como paisaje, problema, molestia, resto. Hay una forma de pobreza que no consiste únicamente en carecer de bienes, sino en haber perdido la presunción de ser alguien de quien todavía puede venir algo bueno. Adela Cortina, en Aporofobia, el rechazo al pobre, lo llamó aporofobia: rechazo al pobre, al que no parece poder devolver nada, al que no encaja en una sociedad construida sobre la utilidad, la reciprocidad calculada y el rendimiento. Pero quizá, antes incluso que el rechazo, hay algo más silencioso: la retirada de la atención.
Josep Maria Esquirol, en El respeto o la mirada atenta, ha insistido en que el respeto empieza por una mirada atenta; no por una teoría moral grandilocuente, sino por ese modo de mirar que no invade, no reduce, no convierte al otro en función, etiqueta o paisaje. Aplicado al sinhogarismo, esto obliga a detenerse antes de clasificar: ver a la persona antes que el caso; la biografía antes que el deterioro; el nombre antes que la categoría. Porque mirar mal no es solo un defecto de sensibilidad. Muchas veces es el primer paso de una injusticia.
En España, según la Encuesta del INE de 2022, había 28.552 personas sin hogar atendidas en centros asistenciales de alojamiento y restauración, un 24,5% más que en 2012. La cifra importa porque impide convertir el sinhogarismo en una impresión subjetiva, en una escena aislada o en una rareza urbana. Pero ninguna cifra alcanza del todo a nombrar lo que está en juego. El problema no es solo cuántas personas duermen en la calle, sino cuántas han dejado de tener un lugar estable, seguro y humano desde el que vivir.
La tipología europea ETHOS, para clasificar las distintas formas de exclusión residencial, ayuda a ensanchar la mirada: no habla solo de quienes están sin techo, sino también de quienes están sin vivienda, viven en una vivienda insegura o en una vivienda inadecuada. Una persona puede no dormir al raso y, sin embargo, no tener hogar. Puede estar en un recurso temporal, en una habitación hacinada, en una casa bajo amenaza de violencia, en un sofá ajeno, en un alojamiento del que puede ser expulsada, en un espacio que contiene su cuerpo pero no protege su vida. La calle es la forma más visible de la intemperie; no necesariamente su comienzo.
Esta distinción es decisiva. Nuestra imaginación pública sigue atrapada en una imagen demasiado estrecha: el hombre solo, sucio, deteriorado, quizá enfermo, quizá alcoholizado, sentado junto a un cartón. Esa imagen existe, sería absurdo negarlo. Pero no agota el fenómeno. Hay mujeres que no duermen en la calle porque duermen bajo amenaza; jóvenes que encadenan habitaciones imposibles; migrantes que viven en alojamientos indignos; familias que todavía conservan techo, pero ya han perdido seguridad; personas que salen de hospitales, cárceles o centros sin un lugar al que volver. No toda intemperie se ve desde la acera.
Por eso conviene empezar por una distinción sencilla: techo, vivienda y hogar no son lo mismo. Un techo cubre, una vivienda aloja y un hogar sostiene. No siempre, no automáticamente, no por el mero hecho de existir cuatro paredes. Pero cuando permite cerrar una puerta sin miedo, guardar objetos, repetir rutinas, descansar, cocinar, limpiar, invitar, volver, entonces el hogar no protege solo del frío: protege la continuidad de una vida.
Gaston Bachelard escribió en La poética del espacio que la casa es nuestro rincón del mundo, nuestro primer universo. Puede sonar demasiado bello para hablar de quienes duermen en la calle, pero precisamente por eso resulta útil si se usa al revés: no para poetizar la miseria, sino para comprender lo que la miseria arrebata. Quien pierde la casa no pierde solo paredes. Pierde una geografía íntima: recuerdos, objetos y rincones donde uno puede no defenderse de nadie.
Deborah Padgett, en un estudio sobre seguridad ontológica y sinhogarismo publicado en Social Science & Medicine, lo formuló desde otro lenguaje: seguridad ontológica. La expresión puede parecer técnica, pero nombra algo muy elemental. Tener hogar significa contar con cierta constancia, con rutinas cotidianas, con privacidad, con control sobre el propio espacio y con una base desde la que reparar la identidad. Después de años de calle, albergues, recursos transitorios o instituciones, muchas personas no necesitan solo una cama; necesitan volver a experimentar que hay un lugar donde las cosas permanecen, donde nadie entra sin permiso, donde el día puede organizarse sin vigilancia constante, donde la vida deja de ser pura supervivencia.
Ahí aparece una de las heridas más hondas del sinhogarismo: la intemperie interior. No tener hogar no significa únicamente no tener dónde dormir. Significa carecer de un lugar desde el que poder reconstruir la continuidad de una vida. La calle no solo expone al frío, al hambre, a la enfermedad o a la violencia; también desordena el alma. Deshace rutinas, erosiona vínculos, rompe la confianza, reduce la identidad al deterioro visible, obliga a vigilar, impide descansar, dificulta recordar quién se fue antes de que todo se torciera.
Quien ha pasado tiempo en la intemperie aprende a sobrevivir, pero sobrevivir no siempre enseña a volver a vivir. Salir de la calle no consiste únicamente en cruzar una puerta. A veces, cuando por fin hay una llave, aparece una pregunta nueva: ¿y ahora qué? ¿Cómo se llena una casa después de haber aprendido a no esperar nada? ¿Cómo se reconstruye una rutina cuando durante años la vida ha estado gobernada por el miedo, la urgencia, el recurso, la cola, la norma, la sospecha, el cansancio? Una casa no hace una vida, pero sin casa muchas vidas no encuentran dónde empezar a recomponerse.
En Reflejos anónimos, Rafael Fernández de Capel Echevarría muestra precisamente esa zona donde la mirada se educa o se retira. No convierte a las personas sin hogar en símbolo plano ni en coartada sentimental. Las deja aparecer con su pudor, su herida, su dureza, su gratitud, su miedo, su deseo de ser vistas sin quedar reducidas a una desgracia. También Jorge Bustos, en Casi, trabaja sobre esa frontera moral: la de una sociedad que puede contar casos, organizar recursos o sentir compasión, pero sigue sin saber muy bien cómo mirar a quien ha quedado fuera de los marcos ordinarios de reconocimiento. Ambos libros permiten resistir una tentación muy frecuente: mirar al sinhogar como puro residuo, víctima o destrucción. Hay deterioro, sí. Hay enfermedad, adicciones, trauma, violencia, rupturas familiares, biografías rotas, decisiones equivocadas, daños acumulados. Pero incluso ahí persiste algo que no deberíamos dejar de ver: pudor, decoro, sensibilidad, reciprocidad, deseo de cuidar, necesidad de libertad, memoria de otro tiempo, voluntad de volver a trabajar, gratitud ante un gesto pequeño. La dignidad no desaparece; puede quedar enterrada bajo el barro, el miedo o el deterioro. Enterrada no significa abolida.
El lenguaje también importa porque no es lo mismo decir “un sintecho” que “una persona en situación de sinhogarismo”. No por corrección cosmética, sino porque la primera fórmula corre el riesgo de convertir una situación en identidad. Nadie es su caída, ni es su diagnóstico, ni su expediente. Nadie es solo aquello que perdió. Ser llamado por el nombre propio es una forma básica de alojamiento moral en el mundo. Quizá por eso una de las formas más graves de abandono consiste en que alguien deje de ser esperado, nombrado, reconocido.
Simone Weil sostuvo en Echar raíces que el arraigo es quizá la necesidad más importante e ignorada del alma humana. Arraigar no significa simplemente residir en un sitio. Significa participar de forma real en una trama de pertenencia: una familia, un barrio, un oficio, una comunidad, una memoria, unas obligaciones mutuas, un futuro compartido. Desde esa perspectiva, el sinhogarismo es una forma extrema de desarraigo. No faltan solo paredes; faltan raíces. Y una raíz no es una prestación, ni una plaza, ni una cama. Es una forma de pertenecer al mundo sin estar siempre de paso, siempre a prueba, siempre expuesto.
Por eso el debate no puede reducirse a cuántas plazas de albergue existen, aunque hagan falta. Los recursos de emergencia salvan noches, protegen cuerpos, ofrecen alimento, higiene, orientación, primer contacto. Sería injusto despreciarlos. Pero también sería insuficiente confundirlos con una solución. Hay dispositivos que protegen de la intemperie física y, al mismo tiempo, no logran reconstruir vida. Hay normas, horarios, convivencias impuestas, pérdidas de privacidad, separación de animales, restricciones sobre pertenencias o rutinas que pueden hacer que una persona rechace un recurso no porque “quiera vivir en la calle”, sino porque intuye que aquello que se le ofrece no le permite vivir como alguien.
Esta es una de las grandes trampas morales del asunto. Decimos: “No quieren ayuda”. Pero rara vez preguntamos qué tipo de ayuda estamos ofreciendo, bajo qué condiciones, con qué precio subjetivo, con qué grado de control, con qué horizonte real. A veces la persona no elige la calle; elige conservar el último margen de control que le queda. Su banco, su portal, su rincón, sus bolsas, su perro, su horario, su manera precaria de seguir sabiendo dónde están las cosas. No es libertad plena. Es una soberanía mínima dentro de la devastación.
Luigina Mortari, en Filosofía del cuidado, recuerda que el cuidado verdadero no se limita a hacer algo por el otro; exige atención, responsabilidad y delicadeza para no ocupar su lugar. Esta distinción es clave, pues hay recursos que abrigan, pero infantilizan; instituciones que sostienen, pero terminan administrando una vida entera. Cuidar a quien ha vivido demasiado tiempo a la intemperie no puede consistir en sustituir su agencia, sino en devolverle poco a poco las condiciones para ejercerla.
El modelo tradicional de intervención ha funcionado muchas veces como una escalera: primero el recurso de baja exigencia, luego el centro, después el alojamiento temporal, más tarde quizá una vivienda supervisada y, al final, si todo va bien, una casa. La lógica parece razonable: avanzar por fases, demostrar estabilidad, ir ganando autonomía. Pero para muchas personas esa escalera se convierte en rueda. Avanzan, caen, vuelven a empezar, son expulsadas, recaen, pierden de nuevo, se cansan de contar su historia ante desconocidos, terminan atrapadas en una puerta giratoria.
Frente a eso, Housing First, un modelo de intervención social, introduce un cambio de premisa: la vivienda no como premio final, sino como punto de partida. No significa “una llave y ya está”. Esa caricatura conviene evitarla. Significa vivienda estable con apoyos flexibles, acompañamiento, reducción de daños, trabajo comunitario, responsabilidad vecinal y respeto a la autonomía. La idea de fondo es sencilla y profundamente humana: no se puede exigir a alguien que reconstruya estabilidad desde la inestabilidad absoluta. Muchas rehabilitaciones no empiezan antes de tener casa; empiezan porque por fin hay casa.
Pero tampoco basta una llave. Padgett lo muestra con claridad: la vivienda ofrece una plataforma, pero después aparecen la soledad, el estigma, la pregunta por el trabajo, la dificultad de vincularse, el miedo al futuro, la necesidad de comunidad. Housing First no debe convertirse en Housing Alone. Una casa puede devolver privacidad, rutina y control; solo el vínculo convierte esa continuidad en pertenencia. Hay que abrir puertas, sí, pero también reconstruir barrio, reconocimiento, salud, participación, apoyo y sentido.
El IX Informe sobre exclusión y desarrollo social en España, de la Fundación FOESSA, ha insistido en algo incómodo: la vivienda se ha convertido en uno de los grandes factores de exclusión social en España. Cuando uno de cada cuatro hogares presenta problemas relacionados con la vivienda, la persona que duerme en la calle deja de poder ser mirada como excepción incomprensible y empieza a aparecer como advertencia. Antes del banco o del cajero suele haber una larga pedagogía de la fragilidad: alquiler imposible, deuda, habitación compartida, ruptura familiar, enfermedad, pérdida de empleo, red agotada, violencia, papeles, vergüenza, aislamiento. La calle no es solo un lugar donde alguien acaba durmiendo. Es el punto en que una sociedad llega tarde a casi todo.
De ahí que la respuesta tenga que ser política, sí; pero también moral y comunitaria. Política, porque sin vivienda asequible, parque público suficiente, prevención de desahucios, salud mental comunitaria, apoyos personalizados y coordinación real, todo discurso sobre el hogar se vuelve retórico. Moral, porque ninguna estrategia funcionará si seguimos mirando al pobre como coste, amenaza, molestia o residuo. Comunitaria, porque no se rehace una vida solo con expediente, prestación o recurso. Hace falta alguien que siga llamando por el nombre, alguien que espere, alguien que no humille con el bien que ofrece.
Una sociedad decente no se limita a retirar cuerpos de la calle para que no incomoden. Se pregunta qué obligaciones ha olvidado para que algunas vidas hayan llegado hasta allí. Se pregunta qué vínculos se rompieron, qué suelos desaparecieron, qué miradas se retiraron, qué formas de hospitalidad fueron sustituidas por pura gestión. Se pregunta, en definitiva, cómo volver a hacer hogar —moral, relacional, comunitario— allí donde la vida quedó a la intemperie.
Porque el sinhogarismo no revela solo la pobreza de quien no tiene casa. Revela también la pobreza de una sociedad que ya no sabe muy bien cómo alojar al herido, al difícil, al pobre, al improductivo, al que no devuelve nada de inmediato, al que ha perdido el paso. Y quizá el primer gesto, antes incluso de la política pública —aunque sin renunciar nunca a ella—, sea aprender a mirar de nuevo. Mirar bien a quien vive sin hogar significa dejar de verlo como fracaso individual o como expediente social, y empezar a reconocer en él una pregunta dirigida a todos: qué clase de mundo estamos construyendo si algunos solo encuentran sitio en sus márgenes; qué puertas, qué mesas, qué vínculos y qué comunidades tendrían que seguir existiendo para que cualquiera de nosotros, si un día se rompe, encuentre algo más que un techo: un mundo al que poder volver.