En la carrera de los escritores por ganar la posteridad, Jane Austen ha vencido a sus contrincantes. El 16 de diciembre se cumplen 250 años de su nacimiento en Steventon, una aldea en Hampshire. La hija de un clérigo inglés, criada en un entorno rural, es la escritora más mencionada del mundo en este 2025 que agoniza. Si hablamos de libros vendidos, sólo le aguantarían el pulso dos compatriotas: Agatha Christie y J. K. Rowling. Si nos referimos a escritores varones que pueden sostenerle la mirada, sólo cabe mencionar a Charles Dickens. Los demás colegas, sean mujeres u hombres, engrosan un pelotón que no le da alcance.
Jane Austen (1775-1817) murió joven: con sólo 41 años se despidió de este mundo. Fue la segunda niña de ocho hermanos. Ejerció de tía soltera con esmero, en una época en que casarse era obligado para toda mujer que quisiera asegurar su futuro. La autora de memorables historias de amor nunca se casó. Pudo haberlo hecho; en 1802 aceptó la propuesta de matrimonio de Harris Bigg-Whiter. Al día siguiente se desdijo del compromiso, para suerte de sus lectores, que se hubieran perdido gran parte de su obra. Antes hubo otro pretendiente —un tal Tom Lefroy—, que se hizo abogado, acabó casándose con otra mujer y fue padre de siete hijos en Irlanda.
Jane Austen no estaba predestinada para el matrimonio, sino para el arte. Su talento lo dirigió hacia la literatura, si bien también fue aficionada a la música (tocaba el piano) y a la pintura. Siempre que podía, frecuentaba galerías de arte. Como una niña de la época, su educación académica fue breve. A los siete años sus padres la enviaron, junto a su hermana Cassandra, su media alma, a un internado en Oxford y, después, a Reading. En 1786, con sólo once años, dejó de asistir a la escuela. Su paso por los internados le dejó una pobre impresión de sus maestras (profesión que despreciaba), a quienes fustigó con su mordacidad característica.
Porque Jean Austen, nuestra Jean Austen, de las que estaremos siempre orgullosos, manejaba la ironía y el sarcasmo como pocos escritores ingleses, tanto en sus novelas como en sus cartas. De hecho, su obra es una sátira de la vida rural en la Inglaterra de finales del siglo XVIII y comienzos del XIX. Le influyó el poeta y ensayista Samuel Johnson, autor del primer diccionario de la lengua inglesa.
La fiebre de la ‘austenmanía’
Uno se pregunta cómo esta mujer que vivió casi toda la vida a expensas de la familia, hasta que comenzó a cobrar unas libras por las ventas de Sentido y sensibilidad, su primera novela, se ha convertido en un modelo para tantos jóvenes. Sus libros se comentan en las redes sociales. Hay una fiebre contagiosa, que bien podría llamarse austenmanía. Austen es una marca que vende. Movistar estrenó Miss Austen recientemente, y Netflix prepara una miniserie de seis capítulos, basada en Orgullo y prejuicio. En 2022 se estrenó Persuasión, dirigida por Carrie Cracknell y protagonizada por Dakota Johnson. Y el año pasado una comedia francesa, Jane Austen arruinó mi vida, llenó las salas de los cines.
Cabe interrogarse por los motivos de la vigencia de esta autora, que también escribió teatro y poesía, cuando nadie recuerda hoy a sus escritores coetáneos. ¿Por qué la Austen, celosa de su intimidad y que al principio ocultó la autoría de sus novelas, reina en las letras contemporáneas? En primer lugar, es un clásico. Sus novelas han pasado la criba cruel del tiempo. En ella se da la rara circunstancia de gustar a la crítica y al público lector. No es autora para minorías. Y quizá lo más importante: en contra de lo que interesadamente se ha vendido, Jane Austen no es una escritora sólo para mujeres. Su narrativa rompe ese corsé porque nos habla, con una hondura psicológica de difícil hallazgo, sobre las intermitencias del corazón, tanto en hombres como en mujeres.
Se me dirá que las protagonistas de sus novelas son mujeres, y es cierto. El peso de sus relatos recae sobre ellas, mientras que los hombres, con alguna excepción como Darcy en Orgullo y prejuicio y el capitán Wentworth en Persuasión, se limitan a cumplir con su papel de secundarios. Para corroborarlo, ahí están las hermanas Marianne y Elinor, tan diferentes entre sí, como Jean y Cassandra, en Sentido y sensibilidad; Elisabeth Bennet en Orgullo y prejuicio; la modosa Fanny Price en Mansfield Park, la insufrible Emma Woodhouse y Anne Elliot, que da una segunda oportunidad a un amor del pasado, en Persuasión.
Sobre Jane Austen y su obra se ha vertido mucha tinta, aciertos y desatinos. Hay biografías canónicas como la de Claire Tomalin (Circe Ediciones) que intentan arrojar luz sobre un personaje con matices y contradicciones, ambiguo, como muchos grandes escritores que suscitan visiones contrapuestas en sus obras. Lamentablemente, Jane Austen tampoco ha escapado al influjo pernicioso del tinglado woke. La usaron para la causa feminista. ¡Flaco favor le han hecho!
Sus obras acaban con un final feliz
Jane Austen debió de leer el ensayo Vindicación de los derechos de la mujer, de Mary Woolstonecraft, madre de Mary Shelley, la autora de Frankenstein. Pero en su vida no consta que se pronunciase a favor de dichos derechos, pese a que sus heroínas reivindican la condición femenina en un mundo gobernado por los hombres. Algunas de sus protagonistas son espíritus independientes —como Elisabeth Bennet, que rechaza inicialmente a Darcy, y Fanny Price, que hace lo propio con el malévolo Henry Crawford—, pero todas ellas acaban casándose, en un final feliz que agradecieron los lectores de entonces y también los de 2025.
Tal como sostiene Tony Tanner, uno de los principales estudiosos de su obra, Jane Austen es hija del siglo XVIII, marcado por la hegemonía de la razón y el respeto a los límites. Es el equilibrio entre el sentido y la sensibilidad, los sentimientos y la cabeza. Austen, hija de un clérigo, como dijimos, recela de cualquier veleidad apasionada. Desconfía de un corazón sin control; limita el contacto físico en sus personajes. En esto se diferencia de las hermanas Brontë, que llegarán años después.
Uno de los atractivos de Jane Austen es que, aun siendo criatura de su tiempo, cuando Napoleón tomaba a Europa en brazos, anticipa el espíritu romántico, como puede apreciarse en personajes como Marianne en Sentido y sensibilidad, y en la relación de Anne Elliot con Frederick Wentworth,en Persuasión.
La señora Austen tuvo que pasar por el consabido purgatorio de las letras, después de su muerte. La abadía de Northanger y Persuasión son novelas póstumas. Dejó otra inconclusa, Sanditon. Con esta apuntaba un giro narrativo en su obra. A diferencia de la inmensa mayoría de los escritores, que acaban en el infierno del olvido, ella fue elevada al Olimpo. En vida tuvo paciencia, resignación, voluntad y talento. Poco a poco sus libros fueron abriéndose paso en el continente y en el resto del mundo. Fue elogiada por Walter Scott, George Eliot, Henry James…, hasta que en el siglo XX entró en el canon literario de su país.
Defensa de la quietud frente a la vorágine digital
Indiferente a la moda y a la política, aunque procedía de una familia tory, Jane Austen reivindicó la quietud, el atractivo de la lentitud, el apego a una vida rural que sería arrasada por el empuje de las revoluciones industriales. Por suerte no conoció este proceso, pero quizá lo intuyese. Por esta razón, el mundo que nos propone —un salón neoclásico en que jóvenes risueños se entretienen bailando y representando obras de teatro, como describe en Mansfield Park— nos cautiva, hastiados del yugo digital y del imperio de lo efímero.
Por ahí puede entenderse el interés que Jane Austen, maestra en la caracterización de personajes, despierta en los jóvenes, también entre los españoles, que no encuentran una narradora de sus características en su país. En el siglo XIX se debieron conformar con Fernán Caballero —pseudónimo de Cecilia Böhl de Faber— y con la hoy omnipresente, doña Emilia Pardo Bazán. Qué decir del siglo XX. Aun tratándose de países y épocas distintas, nada tiene que ver Austen con las obras de Rosa Chacel, Carmen Laforet, Carmen Martín Gaite y Ana María Matute. ¿Y el siglo XXI, cuando la literatura escrita por algunas mujeres abandona su condición de tal para convertirse en un catecismo feminista? ¿Por qué al público femenino le interesa más Jane Austen que Marta Sanz, Elena Medel o Sara Mesa? Disculpen la comparación por lo que tenga de forzada y odiosa. Pero Jane Austen sólo hay una y, por desgracia, nació inglesa y no en Alcorcón.
Está enterrada en la catedral de Winchester. Cada año es visitada por una legión de seguidores. En el lecho de muerte, según cuenta su biógrafa Claire Tomalin, tuvo un último recuerdo para Dios: “Concédeme paz, Señor. Reza por mí, ¡oh, reza por mí”. Fue una fingidora: impidió que su inclinación natural a la tristeza, al “perro negro” de la depresión, empañase la alegría de sus historias.