Volver a Azorín, al voluble y escurridizo Azorín, al arquitecto de la frase corta, del adjetivo certero y antepuesto al sustantivo, al cazador de miniaturas en busca de lo sustancial de la vida. He vuelto a los libros de José Martínez Ruiz como el que regresa cansado de un largo viaje y sabe que podrá llamar a una puerta, y un amigo le dará conversación y lo confortará.
Reconozcámoslo: hoy apenas se lee al maestro de Monóvar, y es raro que un profesor de instituto explique su obra en clase. Si preguntáis a chavales por la generación del 98, sólo algún heroico alumno podrá balbucear alguna respuesta incompleta. Este es el estado crítico de nuestra enseñanza. “¿Por qué se le llama del 98?”. Silencio en el aula. Casi ninguno ha oído hablar del Desastre.
Quizá sea tarde para rescatar a Azorín del olvido. Puede que el porvenir haya dictado sentencia, y que sus libros queden relegados al estudio de ratones de biblioteca. El almanaque es así de cruel. No lo sé. El futuro está escrito en las estrellas, y yo no sé descifrar su lenguaje.
De niños leíamos a Azorín en la escuela. Poco, pero lo leíamos. Algún párrafo de La voluntad o de Los pueblos. Luego, a lo largo de mi paso por la universidad, me hice un asiduo de la cuesta de Moyano, en Madrid. Allí compré los primeros libros del escritor alicantino. Recuerdo que Antonio Azorín fue el primero que leí. Después devoré —ese sería el verbo adecuado, devorar— Las confesiones de un pequeño filósofo, Castilla y La ruta de don Quijote; sus libros de memorias Madrid y Valencia, las crónicas parlamentarias publicadas en ABC y qué sé yo más. La literatura azoriniana ocupa un lugar destacado en mi biblioteca.
Pero, después de todo lo leído, ¿qué sé yo de Azorín? Me refiero a su persona, al hombre que alcanzó la edad de 93 años (1873-1967). ¿Qué tiene en común el joven anarquista despedido de El País de Lerroux por sus ataques a la propiedad privada, que denuncia las injusticias en el campo andaluz, con el académico honorable que, vuelto de su exilio parisino, escribe panegíricos a Franco y José Antonio para congraciarse con el régimen del 18 de julio. ¿Cómo explicar su “transformismo” ideológico? Del anarquismo de su juventud pasó a militar en las filas conservadoras de Maura y La Cierva; llegado el 14 de abril de 1931 se declaró republicano federalista y, después de la guerra, acabó siendo el primer escritor oficial del franquismo. ¿De dónde le viene a Azorín la “inexplicable adoración” por el “poder constituido”, como recordó Cela?
La literatura como máscara
Cuanto más leo a Azorín, cuanto más indago en su vida —lo último ha sido la biografía escrita por Francisco Fuster (Alianza Editorial), de recomendable lectura—, más me doy cuenta de lo poco que sé, de lo poco que sabemos, de un escritor que escogió la literatura como máscara. Azorín es un enigma, un misterio escondido tras decenas de libros y miles de artículos en prensa.
Yo salí a la búsqueda de Azorín, y sólo hallé sombras en el camino, pistas borrosas para confundirme, las que me puso un hombre que lo sacrificó todo —incluida la salud— al altar sagrado de la literatura. La política casquivana, el acontecer de la vida pública y los cambios de regímenes políticos, de los que fue testigo excepcional, pertenecieron a la trama secundaria de su vida, a la espuma de los días.
En la vida de Azorín hay cuatro lugares esenciales: Monóvar, el pueblo donde nació; Yecla, donde estudió el bachillerato con los Escolapios; Madrid, donde triunfó como escritor y murió, y París, su exilio durante la última guerra civil. Podríamos añadir Valencia, una de las ciudades donde estudió Derecho, carrera que nunca acabó después de diez años de empeño. En Valencia se dio a conocer como periodista.

Este verano he recorrido tres de esos lugares —Madrid, Monóvar y Yecla— siguiendo los pasos del autor que mejor conoció el alma de nuestros clásicos. Este viaje comenzó a mediados de julio. Paseaba por los alrededores del Congreso de los Diputados. A sus espaldas vivió Azorín, en la calle Zorrilla, número 21, 2º izquierda. Hay una placa de mármol que lo recuerda. Su entierro reunió a la plana mayor del franquismo. Uno de los primeros en darle el pésame a la viuda Julia Guinda, fue mi amigo, escritor y periodista José Julio Perlado. Enviado por el diario en el que trabajaba, se declaró admirador de su marido y pidió permiso para ver al finado. En uno de sus libros, ahora no recuerdo cuál, Perlado recuerda que el escritor tenía un ojo abierto. Pudo ver su pupila azul. El escritor tenía los ojos azules. Por las fotos debió de ser alto de estatura. Al igual que sus ideas políticas, su fisonomía cambió con los años. El Azorín mofletudo y recio de la juventud y la madurez se transformó, como su escritura, en una figura estilizada en la vejez, como aparece en el retrato de Zuloaga. En sus últimos años de vida se agravaron sus problemas de colon. Padeció también diabetes. No probaba la carne ni el pescado; se alimentaba de verduras y frutas. Murió el 2 de marzo de 1967 de una miocarditis arterioesclerótica.
Cinco veces diputado conservador
El Congreso fue la segunda residencia de Azorín durante su juventud y parte de la madurez. Primero fue cronista parlamentario en ABC. Desarrolló esta labor entre 1904 y 1916. Este año es sustituido por Wenceslao Fernández Flórez. De observador pasó a ser actor —más bien secundario— de la política de la Restauración. Se afilió al Partido Conservador de Maura. Fue diputado cinco veces, por periodos cortos. Como hombre tímido que fue, apenas intervino en el hemiciclo, salvo para defender a Unamuno cuando este fue destituido como rector de la Universidad de Salamanca. En uno de sus vaivenes oportunistas traicionó a Maura para irse con Juan de la Cierva, también conservador. Azorín fue nombrado, dos veces, subsecretario de Instrucción Pública (el equivalente al actual secretario de Estado de Educación). En el cargo duró muy pocos meses. Optó por el mal menor a su paso por el Ministerio; se aplicó la máxima taoísta de “no hacer” (wu wei). No se le conoce ninguna orden o decreto inspirado por su persona. Llegó, estuvo y se fue.
Con el advenimiento de la República intentó ser diputado por Alicante, integrado en una candidatura republicana. No lo logró. Tuvo duras palabras para sus paisanos. Cambió de chaqueta y también de periódico. Dejó el ABC, al que volvería en 1941, y trabajó para publicaciones republicanos como Crisol y Luz. Conoció a Manuel Chaves Nogales. También escribirá para La libertad de Juan March cuando reniegue de Azaña. Durante el bienio azañista dará bandazos, como era natural en él: unos meses apoyaba la República, cuya conquista atribuía a la burguesía, y otras se distanciaba del régimen, siguiendo el ejemplo de Ortega. Defendió el sufragio femenino y la existencia de la nación catalana. Por si esto no fuera suficiente, llegó a apoyar al PSOE y la UGT de Largo Caballero. Se afilió al Partido Radical de Lerroux. Con esto queda todo dicho.
Años antes fue elegido miembro académico de la Lengua en 1924, después de tres intentos fallidos. Antonio Maura presidió la ceremonia. Su discurso de ingreso fue su posterior libro Una hora de España. Apenas asistirá a las sesiones semanales de la RAE. Su excusa fue que los horarios de la Academia eran incompatibles con los suyos, según desvela Francisco Fuster en su biografía. Azorín cena temprano, se acuesta a las ocho y media y se levanta a las tres y media de la madrugada. Quiere aprovechar esas horas de soledad y quietud. Fue un escritor de silencios.

El Azorín académico, el periodista ilustre, el escritor que se inventó un triunvirato con Baroja y Maeztu para desempolvar la literatura española, tuvo siempre a Monóvar en sus recuerdos, aunque no la visitaba. Se mantenía informado gracias la correspondencia con su hermano Amancio, según me comenta Yolanda Ramos, guía de la casa-museo del escritor. Este edificio conserva su legado y su biblioteca familiar y personal, donados por la viuda y su sobrino Julio Rajal. En total, 14.000 ejemplares. Azorín firma ‘Pepe’ en sus cartas dirigidas a la familia. Es bilingüe: habla con sus padres y hermanos en castellano, y en valenciano con el servicio. Su padre, Isidro Martínez, fue un terrateniente de la comarca. Llegó a ser el alcalde de Monóvar, diputado provincial por el Partido Conservador y presidente del Casino. No entendió que su hijo renunciase a ser abogado por el periodismo. La madre, María Luisa Ruiz, mujer piadosa, era de Petrel. Fueron nueve hermanos. Azorín, en cambio, no tuvo descendencia con su mujer.
Visita a la casa-museo de Monóvar
La casa-museo que visito el último día de julio es un espacio de estudio para especialistas en la obra azoriniana. Han venido de Turquía, China, Francia y Estados Unidos, entre otros países. Por aquí han pasado Vargas Llosa, Cela y Sampedro. El edificio acoge una exposición permanente de caricaturas sobre el escritor. La entrada cuesta tres euros. Estoy solo durante la hora que dura mi visita. La primera planta recuerda la vida íntima del escritor. En ella aparece recreado el cuarto de trabajo, del que destaca su Underwood —comenzó a escribir a máquina en 1916, por exigencias del diario argentino La Prensa, que no admitía originales a mano—; el dormitorio donde falleció, prendas de vestir y objetos personales como su maleta, paraguas (del paraguas rojo, ni rastro) y bastones.
Azorín no nació en esta casa situada en la calle Salamanca, en homenaje al marqués que introdujo el ferrocarril en España; lo hizo en otra, en la entonces calle de la Cárcel y hoy llamada Azorín, que fue demolida hace años por culpa de la desidia oficial.
¿Qué libros componen la biblioteca personal de Azorín, situada en la buhardilla? Quien escribe estas líneas observa volúmenes de Gabriel Miró, Mesonero Romanos, Quevedo, Jovellanos, Cervantes, Teresa de Jesús, Francisco Silvela, Castelar, Juan de Mena, Pereda… En su mayoría, clásicos que estudió con perseverancia y amor. En esta casa pueden verse fotos del autor con Unamuno, Baroja y Ramón Gómez de la Serna. Este último le dedicó una biografía. De la admiración inicial que sintió por Azorín pasó a denostarlo por aceptar premios de la dictadura. No fue el único que criticó al maestro por su “cobardía” y oportunismo. Pedro Salinas y Ramón J. Sender le dedicaron toda clase de improperios por claudicar ante el franquismo.

Pero ¿quién puede juzgar a cualquier hombre? ¿Quién tiene autoridad para censurarlo sin conocer su circunstancia íntima, orteguiana, el trastero de sus servidumbres? Debido a su larga vida, Azorín fue testigo del 98, el declive de la Restauración, el ascenso y caída de la dictadura de Primo de Rivera, el fracaso cruento de la II República, la terrible guerra civil y el franquismo. ¿Qué habríamos hecho cada uno de nosotros si hubiéramos estado en su lugar, ante semejante y trágica historia?
Azorín fue un superviviente y —recordémoslo de nuevo— sólo fue fiel a su obra. Caminaba, leía y escribía. No le gustaba hablar de sus libros, ni corregir las pruebas. Los idiomas no se le dieron bien. Hablaba el francés con dificultad, lo que acentuó su aislamiento en su exilio parisino, durante la guerra civil. Hay un libro de memorias en que cuenta aquellos años. Azorín recuerda sus paseos por el Sena, entrando y saliendo de las librerías de lance, y las horas que pasaba sentado en el Metro de la capital francesa. La conocía de haberla visitado como corresponsal en la I Guerra Mundial. ¿En qué pensaría nuestro protagonista cuando subían y bajaban los viajeros de los vagones? Era una figura prestigiosa, pero no faltaron fracasos en su carrera. Su teatro “suprarrealista”, ejemplificado en obras como Old Spain y Brandy, mucho brandy, fue un fracaso de crítica y público. No fue entendido. Tampoco acertó con novelas experimentales como Doña Inés: historia de amor y Félix Vargas.
¿Era Azorín un escritor acabado en los años treinta? Catedráticos y estudiosos de su obra como José María Valverde sostienen que la aportación del autor a las letras españolas fue irrelevante a partir de 1915. Hasta ese año publicó la trilogía de novelas, firmada como el José Martínez Ruiz de la juventud —La voluntad, Antonio Azorín y Las confesiones de un pequeño filósofo—; Los pueblos, Castilla y La ruta de don Quijote, y la tetralogía de ensayos críticos de la madurez (Lecturas españolas, Clásicos y modernos, Los valores literarios y Al margen de los clásicos). Si supo de estas críticas, el escritor debió de estar de acuerdo en parte con ellas. Él mismo reconoce, al reflexionar sobre el proceso de creación literaria, que todo escritor alcanza el cénit con su libro más logrado, a partir del cual se recrea imitando esa fórmula exitosa.
El descubrimiento tardío del cine
Al Azorín parisino le quedarían casi treinta años de vida, en los que volcó su talento en sus cuatro libros de memorias —Madrid, Valencia, París y Memorias inmemoriales— y los artículos en la prensa, además de ocuparse de sus obras completas. En la vejez descubrió la pasión por el cine. Le gustaban los cines populares como el Benavente, el Carretas, el Bellas Artes y el Infantas. También su gusto por el séptimo arte se enfrió hasta desaparecer; fue entonces cuando ocupaba todo su tiempo en escribir y leer a Cervantes, Montaigne y Molière.
Me juego la mano derecha a que entre sus recuerdos, en aquella Francia que caminaba de nuevo hacia el abismo, estaban sus años de bachiller en el colegio de los Padres Escolapios de Yecla. Allí lo mandó su padre, yeclano de nacimiento. En este pueblo vivió ocho años (1880-1888). Esta “ciudad adusta”, “casi manchega, de antiquísima historia” es el escenario de La voluntad, su primera novela, publicada en 1902, y de Las confesiones de un pequeño filósofo (1904).
Yecla guarda recuerdo principal del escritor que la inmortalizó en sus páginas. Unos niños juegan a la pelota en un parque en cuyo centro se levanta un busto dedicado al maestro. Se erigió en 1953. A sólo unos pasos está el instituto José Martínez Ruiz ‘Azorín’. Justo ahí estuvo el colegio de los Escolapios, donde Azorín estudió el bachillerato. El edificio fue derribado en 1969.

Paseo por el centro de Yecla, en una mañana de finales de agosto. Subo por la calle san Francisco y llego a la plaza de España. Entro en la basílica de la Purísima. El templo, de estilo neoclásico, está vacío. Me fijo en la cúpula de color azul y blanco, distintivo de la ciudad. Para llegar a la iglesia Vieja atravieso la plaza Mayor, donde se ubica el Ayuntamiento. En el centro, una bandera nacional deshilachada es agitada por un viento tibio. La iglesia Vieja, citada en La voluntad, está cerrada a cal y canto.
Yecla, cuna del mueble y del vino, ve languidecer su pequeño comercio. Una sensación de tristeza se despierta cuando ves sus tiendas cerradas, en traspaso o alquiler, en las calles Hospital y Niño Jesús. Hace más de un siglo, un adolescente de ojos azules tomaba nota de la intrahistoria de este pueblo para rememorar, años después, a personajes como el maestro Yuste, Puche, Justina y Antonio Azorín. Puche y Azorín son apellidos característicos de la comarca. Aquel José Martínez Ruiz, contaminado de Schopenhauer y Nietzsche, escribe en boca del maestro Yuste: “Todo pasa, Azorín, todo cambia y perece”; “Azorín, la gloria literaria es un espejismo, una fantasmagoría momentánea…” y “Si alguna vez eres escritor, Azorín, toma con flema este divino oficio. Y después… no creas en la crítica ni en la posteridad…”.
Con las palabras del maestro Yuste acaba este viaje por la vida y la obra de Azorín, el enigmático e indescifrable Azorín, el que sacaba chispas de “los primores de lo vulgar”, artista de prosa fina, hacedor de paisajes y silencios, veleta político y grafómano ejemplar, a cuyas palabras regreso en busca de paz y quietud, suspendido en un tiempo eterno, como aquel viajero que medita ante un palacio renacentista en ruinas, pasado glorioso que nos empeñamos en olvidar, “entre finos chopos que tiemblan levemente en sus hojas al soplo de la tarde expirante”.
Azorín, siempre.