El espejismo árabe

La guerra de Irán amenaza la existencia de los Estados del Golfo Pérsico

Contaba el representante de una petrolera recién destinado a Dubái que, siendo un gran aficionado a la Historia, se propuso nada más llegar visitar el centro histórico, el lugar más antiguo de la ciudad. Pero su búsqueda fue infructuosa: Dubái no tiene historia digna de mención. Antes de convertirse en el escaparate de riqueza y lujo que es hoy, apenas era una fortaleza rodeada de cabañas de adobe en el desierto de Arabia. En 1822, según un informe redactado por el teniente inglés Robert Cogan, tenía una población de 1.200 habitantes. Hoy son casi tres millones y medio.

No es un caso único en la zona. Los llamados Estados del Golfo tienen mucho de espejismo del desierto, países riquísimos que, sin embargo, dependen para su misma existencia como entidad política de un recurso vital, el petróleo, del turismo y de las finanzas. Sin ellos, su destino sería desaparecer en la arena.

La guerra de Irán ha puesto esta amenaza de relieve, cuando desde la terraza acristalada de lujosos restaurantes que sirven caviar, wagyu japonés y champán francés, frecuentados por modelos, ejecutivos, influencers, traders y criptobros, se han visto los primeros misiles iraníes golpeando infraestructuras cercanas y sonando como las trompetas del Juicio Final.

El crecimiento de estas ciudades (y sus Estados) ha sido cualquier cosa menos orgánico. Durante milenios las ciudades surgieron siempre por las mismas razones: agua, tierra cultivable, clima favorable. Donde había grandes ríos aparecían civilizaciones, Egipto a orillas del Nilo, Mesopotamia entre el Tigris y el Éufrates, China a lo largo del Yangtsé y el Huang He. Incluso las grandes ciudades comerciales del Mediterráneo dependían de hinterlands agrícolas que alimentaban a sus poblaciones.

Pero el Golfo Pérsico depende de las desalinizadoras para beber, e importa más del 80% de la comida que consume. Kuwait, Dubái, Doha o Manama son lugares sin apenas agua dulce, con temperaturas diurnas que las hacen inhabitable sin aire acondicionado y sin agricultura. Durante siglos la región –señalada en los mapas como la Costa de los Piratas– estuvo habitada por tribus nómadas, pequeños puertos comerciales y pescadores de perlas. 

El petróleo y el cálculo geopolítico de la potencia dominante a principios del siglo pasado, Gran Bretaña, lo cambiaron todo. La existencia del mayor recurso energético del planeta para la economía industrial bajo sus arenas hizo enormemente ricos a sus escasos habitantes originales, y el desierto empezó a llenarse de rascacielos, autopistas, aeropuertos gigantescos y puertos capaces de mover millones de contenedores. En apenas dos generaciones surgieron algunos de los países más ricos del planeta.

Pero este milagro tiene una base extraordinariamente frágil al depender de un decorado geopolítico muy concreto: petróleo abundante, comercio global fluido y una estabilidad regional que ahora parece quebrarse. 

También dependen de una estructura demográfica extraordinaria. En buena parte de los Estados del Golfo los ciudadanos nacionales son minoría dentro de su propio país. En Emiratos Árabes Unidos cerca del noventa por ciento de la población es extranjera. En Qatar los nacionales representan apenas una pequeña fracción del total. En Kuwait o Bahréin los expatriados constituyen también una mayoría o una parte muy sustancial de la población.

Son países que funcionan, en gran medida, gracias a poblaciones móviles.

Por un lado está la élite flotante de la economía global: ejecutivos, consultores, ingenieros, financieros, traders, influencers. Personas que llegan porque las oportunidades son grandes, los impuestos bajos y el estilo de vida espectacular. Muchos trabajan en sectores financieros, tecnológicos o logísticos que conectan estas ciudades con los grandes flujos de capital del planeta. 

La palabra operativa es “móvil”. Son profesionales y financieros de éxito que pueden irse con la misma celeridad y facilidad con la que llegaron si el entorno deja de ser favorable, dejando las soberbias ciudades convertidas en aldeas Potemkin del siglo XXI.

Existe también otra población extranjera mucho menos visible: obreros del sur de Asia, conductores, camareros, empleados domésticos procedentes de Bangladesh, India, Pakistán, Nepal o Filipinas. Durante años muchos de ellos llegaron bajo el sistema kafala, que vinculaba legalmente al trabajador con su empleador y permitía incluso la confiscación del pasaporte.

El sistema fue objeto de fuertes críticas internacionales, especialmente cuando Qatar comenzó a construir los estadios y las infraestructuras necesarias para organizar el Mundial de fútbol de 2022. Investigaciones periodísticas estimaron en miles los trabajadores migrantes fallecidos durante la década en que el pequeño emirato levantó autopistas, aeropuertos, metros y gigantescos estadios climatizados en pleno desierto. El dato exacto es objeto de debate, pero el episodio sirvió para recordar algo que el brillo del Golfo suele ocultar: bajo los rascacielos y los centros comerciales existe una enorme maquinaria de trabajo migrante que sostiene buena parte de esa prosperidad.

Las ciudades del Golfo funcionan, en realidad, gracias a la convergencia de tres grandes factores: energía abundante, comercio global fluido y estabilidad geopolítica. Si uno de esos factores falla, el sistema entero se vuelve vulnerable. A esa vulnerabilidad se añade otra menos visible pero igualmente importante: la dependencia logística. Gran parte del agua potable en la región procede de plantas desalinizadoras instaladas en la costa. Buena parte de los alimentos llega en barco desde otros continentes. Las ciudades del Golfo son extraordinariamente ricas, pero dependen de complejas cadenas de suministro que atraviesan océanos.

Durante décadas ese sistema ha funcionado con sorprendente eficacia. El Golfo se convirtió en uno de los grandes nodos de la globalización: centros financieros, aeropuertos que conectan continentes, puertos logísticos, turismo de lujo, zonas francas y gigantescos proyectos inmobiliarios que parecen diseñados para competir en espectacularidad con cualquier metrópoli occidental.

Pero las ciudades futuristas del Golfo están situadas a pocas horas de vuelo de algunos de los conflictos más peligrosos del planeta. Misiles, drones y rivalidades regionales forman parte de un paisaje estratégico que nunca ha desaparecido del todo. Cuando la región entra en tensión, el espejismo se vuelve visible.

El petróleo no se come ni se bebe. Casi todo su valor desaparece si no hay por dónde sacarlo. La zona depende de que el comercio global siga funcionando con relativa normalidad, de que las rutas marítimas permanezcan abiertas y de que los inversores internacionales sigan considerando esas ciudades lugares seguros para vivir y hacer negocios.

Si ese equilibrio se rompe, las consecuencias podrían llegar con rapidez. Las poblaciones más móviles serían las primeras en marcharse. Los capitales buscarían refugio en otras jurisdicciones. Las ciudades que hoy parecen invencibles descubrirían hasta qué punto dependen de un sistema global extraordinariamente delicado. La pregunta es cuánto tiempo puede durar el espejismo bajo las bombas.

Quince años en el diario líder de información económica EXPANSIÓN, entonces del Grupo Recoletos, los tres últimos años como responsable de Servicios Interactivos en la página web del medio. Luego en Intereconomía, donde fundó el semanario católico ALBA, escribió opinión en ÉPOCA, donde cubrió también la sección de Internacional, de la que fue responsable cuando nació (como diario generalista) LA GACETA. Desde hace unos años se desempeña como freelance, colaborando para distintos medios.

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