Durante las últimas semanas, el Guernica ha copado portadas de periódicos y tenido un espacio notable en tertulias televisivas. Y no ha sido para rescatar la pintura moral más emblemática de Pablo Picasso –y buque insignia del Museo Reina Sofía–, sino porque el nacionalismo vasco ha vuelto a reivindicar sus “derechos históricos” sobre el cuadro.
En esta ocasión, ha sido a través del lendakari Imanol Pradales y del presidente del PNV, Aitor Esteban. Ambos han solicitado el traslado del Guernica durante nueve meses al Guggenheim de Bilbao. Además de contravenir todas las recomendaciones de historiadores, restauradores y conservadores de arte, las raíces de esta insistencia se remontan a la manipulación de un episodio de la Guerra Civil española, explotado hasta la saciedad por el PNV: el bombardeo sobre la ciudad de Guernica. Pero, ¿el relato nacionalista choca con las evidencias histórica de lo sucedido en Guernica?
¿Qué pasó en Guernica?
El 31 de marzo de 1937, el Bando nacional inició la ofensiva del norte buscando tomar los puntos estratégicos del País Vasco y Asturias. En el caso del País Vasco, el PNV era predominante en el Gobierno de la región y, posteriormente, se encargaron de difundir el mito de la lucha entre “vascos y españoles”. Pero, como bien señaló Stanley Payne en La revolución española (1936-1939) (Planeta, 2019), solo un tercio de los vascos apoyaba a los nacionalistas, en tanto que otro tercio era partidario de Franco.
En ese contexto, se dio la acción más tristemente famosa de la guerra: el bombardeo de la localidad vizcaína de Guernica, un municipio de 5000 habitantes y escenario de tradicionales ceremonias políticas, pues era bajo su famoso roble donde, primero, el señor de Vizcaya y, después, el rey de Castilla juraban los fueros de Vizcaya.
Guernica era para los nacionales un objetivo militar, ya que estaba a poco más de diez kilómetros del frente, albergaba tres batallones de tropas vascas, una fábrica de municiones (que producía, entre otras cosas, bombas incendiarias parecidas a las que destruyeron la localidad) y se encontraba junto a un puente que parte de las tropas enemigas tendrían que utilizar para su retirada. Las autoridades republicanas eran conscientes de ello y, por ese motivo, construyeron allí siete refugios antiaéreos.
El bombardeo lo llevó a cabo la Legión Cóndor el 26 de abril bajo la directriz de Franco de que solo podían atacarse ciudades y pueblos para alcanzar blancos militares importantes. Así, la aviación, al mando del coronel Wolfram von Richtofen, ordenó el ataque sobre Guernica para destruir el puente y sembrar el caos en las instalaciones militares de la localidad. Sin embargo, durante el bombardeo, las bombas incendiarias causaron un gran estrago porque muchas construcciones eran de madera.
Dicha acción, al contrario de lo que sucedió con el bombardeo sobre Durango, fue explotada por los republicanos como un factor propagandístico, en el que afirmaron que murieron más de 1000 personas y que se trató de la destrucción deliberada de una ciudad sin importancia militar. La campaña fue promovida por el corresponsal británico del diario The Guardian, George Steer, internacionalmente y, desde ese momento, la Segunda República utilizó los bombardeos de los alzados como un elemento propagandístico.
La cifra de muertes ha sido puesta en entredicho por historiadores y expertos en la Guerra Civil española, como Hugh Thomas, quien afirma en su obra La guerra civil española (Grijalbo, 1976) que “los acontecimientos que se produjeron a continuación hacen imposible afirmar el número exacto de muertos”. También, el ya citado Stanley Payne rebaja la cifra de forma considerable: “A esto se añadió una cifra de 1657 muertos, más o menos diez veces superior al número real”.
En cambio, los republicanos sí que emprendieron una incursión aérea sobre la pequeña localidad cordobesa de Cabra, de dudosa relevancia militar, y que acabó por lo menos con la vida de 100 personas en noviembre de 1937.
El papel del PNV en la guerra
La reacción inicial del PNV fue ambigua y en Álava y Navarra los nacionalistas habían apoyado a las fuerzas de Mola. Pero el sector principal del PNV no se comprometió con la república frentepopulista hasta que esta no concedió la autonomía al País Vasco e incluyó a ministros nacionalistas en el Gobierno.
Y, de hecho, el 24 de agosto de 1937, el PNV rindió a sus gudaris y pactó con los mandos de las fuerzas italiana del CTV y sus dirigentes intentaron huir a bordo de buques británicos. Esta fue una de las grandes traiciones del PNV a la Segunda República. Ese plan de reuniones y rendición a los italianos venía gestándose desde junio, cuando Juan de Ajuriaguerra se reunió con los generales del CTV Doria y Roatta, jefe de información militar de Mussolini.
Incluso, durante la Segunda Guerra Mundial, el PNV intentó aproximarse a los nazis alemanes, como hemos podido saber tras la desclasificación de documentos entre finales del 2018 y octubre del 2019 del archivo francés del Service Historique de la Défense de Vincennes, tal y como adelantaron medios como La Vanguardia. Entre las cosas que intentaron fue la búsqueda de apoyo de los alemanes para la creación de una hipotética “República vasca”.
Picasso y el Guernica: un pintor que amaba la tradición española
Pablo Picasso, que había sido nombrado director del Museo del Prado en septiembre de 1936, pero que nunca había llegado a tomar posesión del cargo, recibió en enero de 1937, meses antes del bombardeo, el encargo de crear un mural para la Exposición Internacional de París: este se convertiría después en el Guernica. Por este trabajo le abonaron 15 000 francos y lo completó en seis fases el 4 de junio.
Pese a tener un marcado carácter propagandístico, fue capaz de transmitir el efecto trágico de la Guerra Civil española. El cuadro era un alegato contra la barbarie y la crueldad desde el punto de vista de las víctimas.
Pero Picasso utilizó los símbolos de los que era heredero y que estaban insertos en la identidad española. Valeriano Bozal indica en Historia de la pintura y la escultura del siglo XX en España (La balsa de la Medusa, 2013), que el pintor malagueño se inspiró en los Desastres de la guerra de Francisco de Goya, por utilizar la perspectiva de las víctimas. Y, también utilizó esos símbolos tradicionales españoles: el toro enérgico y monumental (que había pintado anteriormente y que pintaría después), a su vez inserto en la tradición mediterránea desde tiempos de los minoicos (llega a pintar cuadros representando al minotauro); el caballo que relincha de dolor, la maternidad doliente; el guerrero muerto; la mujer aterrorizada, el incendio, el uso de la luz…
Este repertorio, como señala Valeriano Bozal, se identifica con claridad con el país en el que ocurre la tragedia, España, y con la obra posterior del artista.
En definitiva, Picasso fue un pintor puramente arraigado en la tradición artística española y que amó España hasta tal punto que, en 1958, rechazó la nacionalidad francesa argumentando sus orígenes españoles y siempre se sintió andaluz y español hasta su muerte. Incluso, como anécdota, está enterrado con la capa charra española. Por ello, tiene sentido que el Guernica esté en el Museo Reina Sofía, en la capital, donde los españoles tienen la facilidad de acudir a contemplar el legado de uno de los mayores artistas del siglo XX, que además es el segundo museo más visitado de España y en el que comparte espacio con otros artistas icónicos de nuestra historia del arte como Salvador Dalí.
Por lo tanto, cualquier reivindicación histórica hecha por el PNV que vincule al Guernica como una obra que soporte la narrativa nacionalista vasca –y su lectura de la Guerra Civil como un conflicto entre ellos y el resto de los españoles– es, desde la perspectiva del pintor, rotundamente falsa.
Además, los conservadores del Reina Sofía han realizado varios informes en los que avisan del riesgo de mover el Guernica. Sus anteriores traslados causaron un daño considerable en la obra y un traslado podría provocar grietas, levantamientos, pérdidas de capa pictórica e, incluso, desgarros. La propia técnica utilizada por Picasso, que empleó una mezcla de óleo con pinturas industriales oleorresinosas, aportan una fragilidad añadida que puede causar un craquelado crítico si se expone la obra a vibraciones. Por lo que cualquier traslado es una temeridad y más si el motivo es fundamente político y busca reforzar los argumentos del nacionalismo vasco.