El hip-hop español como caniche progre

Una nueva plataforma cultural intenta impedir contenidos patrióticos y contrarios a la izquierda en la escena rapera

Se acaba de presentar en sociedad Kódigo 73, un colectivo antifascista que  —de momento— consiste en una cuenta de Instagram y la promesa de impulsar un podcast y organizar eventos raperos. ¿Objetivo? Frenar los contenidos de derecha en el hip-hop español. Les molesta especialmente el ascenso de El Jincho (en la fotografía), un rapero de Orcasitas que simpatiza con Vox, menciona en sus letras a José Antonio Primo de Rivera y piensa que la inmigración masiva perjudica a los españoles. A los promotores de esta nueva plataforma también les sobran raperos emergentes como Angie o Swit Eme, que en sus rimas defienden la cultura española. Como era de esperar, diversos medios de izquierda han difundido la noticia del nacimiento de Kódigo 73  sin preguntar nunca por su visión a los artistas a quienes se pretende cancelar.  

Estamos ante una forma de activismo parecida a la de proyectos como Newtral de La Sexta: los agentes progresistas saben cómo son las cosas y cualquier mirada fuera de su modelo debe ser estigmatizada o silenciada. ¿Qué nombres conocidos impulsan este proyecto? Los Chikos del Maíz, El Langui, Sho-Hai, Fermin Muguruza, El Meswy…Sobre todo, viejas glorias del género que han sido desplazados por la pujanza de la escena trapera, hoy favorita de los jóvenes españoles. Para que se hagan una idea: lo más popular que ha grabado El Meswy es un vídeo donde explica que habría que pegar a cualquiera que vaya con una rojigualda por la calle (“una galleta que le deje los dedos marcados”). Estos son los que pretenden darnos lecciones de arte y respeto.

El texto donde se anuncia Kódigo 73 presenta una visión idealizada del género: habla de “una respuesta colectiva a la exclusión” donde “no hay espacio para discursos del odio”. Luego afirman que aspiran a “proteger” esa cultura de toda forma de “racismo, fascismo y apropiación indebida”. En realidad, cuesta imaginar la labor cotidiana del colectivo: ¿van a luchar para que se retiren de las plataformas las letras hipermachistas de clásicos como LL Cool J, Public Enemy y NWA? ¿Pedirán incluir pitidos sobre los recitados salvajes de Eminem contra su exmujer? ¿Presionarán a Brian de Palma para que pida disculpas por Scarface (1983),la película más influyente en la escena hip-hop, una fábula pasada de rosca que glorifica las armas, la cocaína y la prostitución como la mejor manera de comprender cómo funciona realmente Estados Unidos?

En realidad, Kódigo 73 está condenada al fracaso: intentar imponer las normas de la corrección política al hip-hop de 2026 no tiene ningún sentido, a no ser la propia exhibición de bondad.  Los promotores de la iniciativa deberían haber logrado ser un ejemplo a través de sus ritmos y rimas, no actuando como trabajadores sociales. Si tu trayectoria no ha inspirado a los nuevos artistas, será complicado que lo hagan los sermones socialdemócratas. Nunca ha funcionado la censura contra el hip-hop: ni en los años noventa cuando las Demócratas ‘esposas de Washington’ —lideradas por Tipper Gore— se inventaron las pegatinas “Aviso parental: letras explícitas” no cuando intentaron anular a 2Live Crew por sus letras pasadas de voltaje lúbrico (un precedente del reguetón cocinado en Miami).

De hecho, da la impresión de que la energía para este proyecto nace precisamente de la incapacidad de la vieja escuela para trasmitir a los chavales su credo progresista y su rechazo a España. Kódigo 73 se parece más a un cincuentón de Izquierda Unida quejándose de que “los jóvenes ya no tienen valores” que a un grupo de respetados profesores universitarios que se unen para fundar un máster en el que los alumnos estén deseando matricularse.

Se intuyen problemas de discurso desde el primer momento: por ejemplo, me pregunto qué postura podría tomar Kódigo 73 ante una crisis candente como la de Cuba, donde los artistas urbanos de la isla —los que no han podido emigrar a Miami— viven acosados por el gobierno.  ¿Va a grabar Nega (Chikos del Maíz), amigo de Pablo Iglesias desde hace muchos años, un vídeo condenando la persecución castrista a los raperos de la escena repartera (equivalente a nuestro trap)? ¿Aplaudirá Fermín Muguruza la represión contra las protestas del movimiento San Isidro mientras pide jalear cualquier algarada de la izquierda abertzale? ¿Acabará Kódigo 73 escribiendo un comunicado contra Mala Rodríguez —una artista más relevante que cualquiera de ellos— porque ha dicho en sus entrevistas que no es de izquierda y que rechaza el régimen cubano después de haber vivido cuatro años en la isla?

Constatemos lo evidente: en Estados Unidos el hip-hop ha virado brutalmente a la derecha, a pesar de la densa red cultural de preservación de la historia del género, que incluye revistas, museos, documentales, libros y hasta cursos en universidades de prestigio. Si eso no ha impedido el pendulazo, nada puede hacerlo. La situación en España es muy distinta, con escaso análisis escrito, pocos documentos audiovisuales y bajo respeto institucional. Los principales medios que difunden estos días la nota fundacional de Kódigo 73 —Público, TVE, Ediario.es… — son los mismos que apenas dan espacio a nuestro hip-hop porque es demasiado de barrio para ellos. Lo que ha hecho el rap siempre es reflejar la realidad del territorio donde se graba, así que las actuales cifras de apoyo a la derecha de los jóvenes anticipan varios años de hip-hop antiprogresista.

Cualquier intento de condenar al ostracismo a quien no comulgue con los dogmas de la izquierda está condenado al fracaso. Lo pudimos comprobar hace tres años cuando el rapero Ice Cube, uno de los grandes tótems del género, concedió una entrevista al periodista Tucker Carlson, afín a la derecha trumpista, para denunciar que poderosa celebridades de Hollywood como Oprah Winfrey y Whoopie Goldberg le habían puesto en una lista negra por sus opiniones políticas controvertidas (entre ellas, rechazar la ideología de género). Tampoco han podido menoscabar el impacto de Kanye West, un superventas cercano a Trump y capaz de componer un himno titulado “Heil Hitler” (de esto último se arrepintió, pero no de su derechismo). Lo único que consiguen las campañas de señalamiento es potenciar el carisma de los artistas repudiados.

 El Jincho, además, resulta inatacable porque organiza sus propios conciertos, no trabaja con patrocinadores y tampoco necesita a los medios tradicionales. Se comunica con su creciente masa de fans a través de Instagram y Youtube, así que es mucho más independiente que la mayoría de los miembros de la plataforma que busca hundir su carrera. Quizá quienes no entienden en qué consiste el hip-hop son los impulsores de Kódigo 73: se trata de un medio barato de expresión, que florece por su potencia individualista y su capacidad de plantear visiones ajenas a la corriente dominante. Hoy lo quieren convertir en el perrito caniche de la cultura progresista, que está en franco retroceso en casi todo el mundo.

Una última cosa: la izquierda española cada vez apuesta más por estrategias buenistas para ejercer su censura. Los profesionales progresistas del arte contemporáneo de Valencia impulsaron hace poco un Código de Buenas Prácticas obligatorio para el sector prescribiendo feminismo, cultura LGTBIQ+ y enfoques ecologistas (al estilo de cómo crea hegemonía la Agenda 2030). Así se aseguran de que, si gana la derecha, ellos siguen dominando los discursos culturales. En una línea similar, el municipio de Mieres (Asturias) tiene un programa cultural llamado Caja de Resistencia donde programan obras culturales censuradas, aunque solo si las ha prohibido la derecha. Kódigo 73 es un nuevo eslabón de esta triste cadena.

Víctor Lenore (Soria, 1972) es periodista cultural. Ha colaborado en distintos medios, entre ellos El Confidencial, Vozpópuli, El País, La Razón y Rolling Stone. Es autor de los ensayos 'Indies, hípsters y gafapastas' (Capitán Swing, 2014) y 'Espectros de la movida. Por qué odiar los años ochenta' (Akal, 2018)

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