El hombre más divertido de América

La gran aportación de P. J. O’Rourke fue demostrar que una idea puede defenderse todavía mejor cuando se ríe de sí misma

El satírico P. J. O’Rourke (1947-2022) solía decir que una de las desventajas de ser escritor es que “todas tus idioteces todavía están impresas en alguna parte”. Por suerte para nosotros, sus idioteces han cumplido esa norma. Su humor, un constante ejercicio de libertad, resultan todavía hoy una gran fuente de inspiración para los conservadores que están en primera línea de fuego de la batalla cultural. Es el único autor que ha logrado que lea páginas y páginas de sesuda teoría económica, solo por una razón: porque su primer enemigo a abatir era el aburrimiento; el segundo, el socialismo.

Nacido en Toledo, Ohio, describió su ciudad natal como “plana y aburrida”, un paisaje “poco sublime”, que no brilla por nada en particular, y que está “en la nada”: “Toledo no parece gran cosa. Y las apariencias no engañan”. Apenas unos años después se encontraría escribiendo sobre la política de Washington, donde descubrió que muchos dirigentes “no siempre conocen la diferencia entre venir de la nada y dirigirse allí”. Tenía un talento instintivo para detectar la tontería institucional y envolverla en un dardo satírico que solía durar más que la propia institución.

Se consideraba ideológicamente un converso, pero solo porque en su juventud estaba fascinado con la militancia de extrema izquierda. Lo justo es admitir que sus primeras ideas políticas no son demasiado importantes, si consideramos que en aquellos años estaba permanentemente drogado o durmiendo la curda del día anterior.

Su formación académica, en Miami University y la Johns Hopkins, la recordaba con una mezcla de ironía y discreción: decía que estuvo marcada por “vicios y aficiones que sería poco elegante detallar”; aunque de todos modos las detalló de sobra en sus primeros escritos, haciendo de la hipérbole lisérgica un modo de ser ante el folio en blanco, tal y como hacía Hunter S. Thompson, fundador y colega de movimiento de aquello que se llamó, sin su aprobación, periodismo gonzo. Comenzó su andadura periodística en un diario clandestino liberal de Baltimore llamado Harry. Su progresismo comenzó a resquebrajarse el día en que los maoístas ocuparon la redacción del diario. “Creyeron que no éramos lo bastante radicales”, confesó divertido años después.

En 1973 llegó a la célebre revista satírica National Lampoon, estandarte del humor editorial universitario americano del siglo pasado, donde pronto sería editor jefe. Muchos años después firmó una pieza sobre aquella experiencia, titulada Cómo maté a National Lampoon para The Hollywood Reporter: “el trabajo era muy divertido pero el ambiente era un infierno: tener un montón de humoristas en un solo lugar es como tener un montón de gatos en un saco”. El éxito de la película Animal House, título traducido en España por los terroristas culturales habituales de la época como Desmadre a la americana, y de la que fue guionista junto a otros del Lampoon, vació la revista rumbo a Hollywood, donde se ganaba dinero de verdad, pero O’Rourke prefirió quedarse amarrado al bloc de notas y el bolígrafo.

Durante veinte años del siglo pasado trabajó en la Rolling Stone, siendo jefe de la sección internacional de revista, y viajando por el mundo buscando líos que documentar. Entretanto publicó más de veinte libros, un goteo que comenzó con Manual de malos modales, de 1983, y terminó con Un grito desde el medio lejano: Despachos desde una tierra dividida, de 2020.

Aunque la elección es difícil, el P. J. O’Rourke reportero de guerra es quizá el más fascinante de todos. “Solo hay una manera de cubrir una historia así… y que sea doble, por favor, camarero”, escribió en una de aquellas crónicas en medio de cadáveres y bombardeos. De aquellos despachos bélicos salió Vacaciones en el infierno (Holidays in Hell), que recorre conflictos como el del Líbano en 1984, Sudáfrica en 1986, Corea, Panamá, Nicaragua, y Filipinas en 1987, Polonia en 1986, e Israel en 1988. Sobre su estancia en los países más pobres, dijo que “lo que en cualquier otro lugar sería un peligro en la carretera, en el Tercer Mundo es probablemente la carretera«.

En 2011, ya retirado del reporterismo bélico, publicó Holidays in Heck, una secuela en la que se embarca en amables viajes familiares que se suponían menos peligrosos, pero que a menudo le dejaban tan extenuado que deseaba volver a estar bajo el fuego de la artillería.

O’Rourke decidió abandonar las trincheras durante la Guerra de Irak. “Había estado escribiendo sobre conflictos en el extranjero de un tipo u otro durante 21 años, en unos 40 países, ninguno de ellos agradable. Tenía un matrimonio feliz y lindos hijos. No había mucho feliz o lindo en Irak”. El detonante fue la muerte en Bagdad de su amigo y compañero Michael Kelly. Habían viajado juntos a la guerra. Kelly, que había sido editor jefe de The Atlantic cuando P. J. escribía allí, iba “incrustado” en la Tercera División de Infantería, mientras que O’Rourke cubría el evento de forma “unilateral”. “Pensamos que cuando comenzaran las operaciones terrestres”, escribió, “tendría la misma libertad para molestar a los lugareños que ambos habíamos tenido durante la Guerra del Golfo una docena de años antes”. La última vez que hablaron, Mike bromeó sobre cómo él quedaría bloqueado en su camino a Bagdad, mientras P. J. estaría conduciendo un coche de alquiler “por el Irak ya liberado y bebiendo cerveza”. “En lugar de eso”, escribe O’Rourke, terminé atrapado en Kuwait, aburrido e inútil, y Mike se fue con el frente a Bagdad, donde fue asesinado durante el asalto al aeropuerto.

La llamada a su esposa para darle la primicia de la muerte de su amigo fue doblemente difícil, por la noticia y… porque debía confesarle que ahora le tocaba a él cubrir su baja. “Mike también tenía un matrimonio feliz y niños lindos de la misma edad que los míos. Llamé a mi esposa y le dije que yo iba a ocupar su lugar”. “Tina lloró por Mike y su viuda y sus hijos”, prosigue, “pero Tina es hija de un agente del FBI. Hasta los 14 años pensó que todos los hombres iban armados al trabajo, así que me dijo: ‘Está bien, si crees que es importante ir’. No era importante. Y eso fue todo como corresponsal de guerra”. Así, P. J. regresó a Estados Unidos y se convirtió en un influyente comentarista conservador especializado en liberalismo económico y en asuntos internacionales.

En 2015, cuando The Daily Beast —el digital americano que entonces estaba de moda– me ofreció encargarme de lo que acontecía en España y alrededores, lo que más ilusión me hizo es que un par de semanas antes P. J. O’Rourke acababa de estrenarse como nuevo columnista allí. De este modo, cada quince días compartíamos un rincón de la primera plana y eso cubría aproximadamente el 90% de mis aspiraciones profesionales en esta vida. En realidad, la oferta del Beast a P. J. tenía trampa, porque por entonces el autor, radicalmente reaganista, ya estaba peleado con Donald Trump, algo que interesaba muchísimo a la prensa de centro-izquierda de entonces (hoy el Beast se ha vuelto de extrema izquierda).

Al año siguiente, en un polémico movimiento, O’Rourke escribió que votaría por Hillary Clinton. Los grandes señores de la prensa conservadora le cerraron la puerta de forma estúpida y grosera ya hasta el final de sus días, sin considerar que simplemente se estaba riendo de los dos candidatos presidenciales. “Hillary está equivocada en todo, pero al menos está equivocada dentro de los parámetros normales” era una forma bastante sutil de decir que Clinton era un desastre y que seguía enfadado con Trump. Lo prudente es considerar que el Trump que O’Rourke conoció el pasado siglo no tiene nada que ver con el que más tarde sería presidente del Gobierno.

Sobre Bill y Hillary condensó en una línea su talento para caricaturizar toda una época en la política americana, aún bajo la sombra del caso Lewinsky: “Solo hay dos reglas de gobierno en una sociedad libre: Ocúpate de tus propios asuntos. Mantén tus manos quietas. Mantén tus manos quietas, Bill. Hillary, ocúpate de tus propios asuntos”.

Su conservadurismo libertario estaba fundado en una mezcla de desconfianza hacia el poder, una fuerte tradición intelectual conservadora, y un gran entusiasmo por la defensa de las libertades individuales. En Parlamento de putas, su libro más vendido, dejó una inmensa colección de frases magníficas; no por casualidad fue durante años el autor vivo con más entradas en las diversas ediciones de la enciclopedia de citas humorísticas The Penguin Dictionary of Modern Humorous Quotations. “Todo gobierno es un parlamento de putas… el problema es que, en una democracia, las putas somos nosotros”.

Con los años se hizo aún más evidente que solo sabía respirar en la independencia, por eso se mudó a una granja lo más lejos posible de Washington porque no quería estar cerca de los políticos sobre los que escribía: “Rara vez conozco a un político que no me guste personalmente. Generalmente, están bien dotados de encanto. Ahí está el peligro”. Con frecuencia disparaba con nombre y apellidos, pero en otras dejaba ver una desconfianza natural hacia el político con mando en plaza, siguiendo la estela de su admirado H.  L. Mencken: “Distraer a un político de gobernar es como distraer a un oso de comerse tu bebé”.

Su gran aportación fue demostrar que una idea puede defenderse todavía mejor cuando se ríe de sí misma. Su economía, por ejemplo, era un espectáculo de comedia: “La microeconomía trata sobre el dinero que no tienes, y la macroeconomía trata sobre el dinero que el Gobierno no tiene”. O esta otra, en No votes, solo animas a los cabrones (Don’t Vote It Just Encourages the Bastards): “El libre mercado no es un credo ni una ideología que los conservadores políticos, los libertarios o los acólitos de Ayn Rand quieren que los estadounidenses adopten por fe. El libre mercado es simplemente una medida. El libre mercado nos dice lo que la gente está dispuesta a pagar por algo en un momento dado. Eso es todo lo que hace. El libre mercado es una báscula de baño. Puede que no nos guste lo que vemos al subirnos a la báscula, pero no podemos aprobar una ley que nos obligue a pesar 75 kilos. Los liberales y los izquierdistas piensan que sí podemos”. Y otra cita clásica, esta vez sobre la medicina pública: “Si crees que la atención médica es costosa ahora, espera a ver lo que cuesta cuando sea gratis”.

“El Décimo Mandamiento”, escribió, “envía un mensaje a los socialistas, a los igualitarios, a las personas obsesionadas con la justicia, a los candidatos presidenciales estadounidenses del año 2000, a todos los que creen que la riqueza debe redistribuirse. Y ese mensaje es claro y conciso: vete al infierno”.

Fuera de la política seguía siendo igual de divertido. De sus hijos decía que uno sabe que están creciendo “cuando dejan de preguntarte de dónde vienen y se niegan a decirte a dónde van”. De la paternidad: “Todo el mundo sabe cómo criar niños, excepto las personas que los tienen”. De Internet: “Internet es solo un dispositivo mediante el cual las malas ideas viajan por todo el mundo a la velocidad de la luz”. Y en sus crónicas viajeras encontraba una comedia global: “En Japón se conduce por la izquierda. En China se conduce por la derecha. En Vietnam no importa”.

Cuando en 2008 anunció a través de un artículo en Los Angeles Times y The Guardian que le habían encontrado un tumor maligno, también fue capaz de arrancarnos una sonrisa: “Me han diagnosticado cáncer, de un tipo muy tratable. Me han dicho que tengo un 95% de probabilidades de sobrevivir. Ahora que lo pienso, como sabueso que bebe, fuma y consume grasas saturadas, mis posibilidades de supervivencia han mejorado debido al cáncer”. De algún modo, consideraba que su tumor anal era un tanto vergonzoso: “¿Debería pedir a Dios un cáncer más digno? ¿Páncreas? ¿Hígado? ¿Pulmón?”; como si se tratara de una larga travesía de humor negro, fue precisamente años después un cáncer de pulmón el que acabaría con su vida en 2022.

El resultado de la mayoría de sus cientos de artículos no es una carcajada constante, sino un punto de vista lúcido y un análisis brillante, roto en una, dos, o mil ocasiones con divertidos golpes de humor. Quizá podríamos concluir que en su modo de ver el columnismo, no está todo al servicio del humor, sino el humor al servicio de las ideas. Aunque lo preciso es admitir que en él ninguna regla se cumple siempre, excepto las de cortesía. “Nunca rechaces el vino”, escribió, “es una opinión extraña pero universalmente sostenida que cualquiera que no bebe debe ser alcohólico”.

O’Rourke pudo dedicar dos libros y cientos de páginas a reírse de cómo evolucionó el movimiento hippy de los 60 porque él fue uno de ellos, y porque lo primero que hace allí es mofarse de su propio corte de pelo en aquellos años, y de su afición a experimentar con diferentes drogas. Al fin, años después, también tuvo ocasión de reírse de eso: “fumar crack es la forma en que las personas que no pueden pagar la universidad estudian las obras de Charles Darwin”.

Luchó a muerte contra la superioridad moral del intelectual, contra la soberbia del que imparte doctrina, y sobre todo, contra el aburrimiento. «La seriedad», firmó en Age and Guile, «es la estupidez enviada a la universidad».

O’Rourke creyó en América y en la libertad, y eso no le impidió burlarse en alguna ocasión de los propios estereotipos americanos, casi siempre para subrayar la ineficacia del Gobierno: “Dondequiera que haya injusticia, opresión y sufrimiento, Estados Unidos aparecerá con seis meses de retraso y bombardeará el país de al lado”. Sin embargo, su posición habitual era defender y presumir de la prosperidad de Estados Unidos: “Estados Unidos no se fundó para que todos pudiéramos ser mejores. Estados Unidos se fundó para que todos pudiéramos ser cualquier cosa que nos apeteciera”.

De visita a Europa, el P. J. más macarra y divertido, trazó un feroz perfil: “Estoy harto de estas nacioncillas de juguete. Si escupes hacia delante, seguro que la saliva tendrá que pasar por la aduana”. Era solo el inicio de una larga diatriba para denunciar que todo aquí es pequeño en comparación con Estados Unidos. Spoiler: era una pataleta por el cabreo que se cogió cuando pidió en París un whisky on the rock y los hielos eran del tamaño de una hormiga.

O’Rourke no perdió ocasión de reírse de quienes emplean la careta del ambientalismo o cualquier otra excusa. “Todo el mundo quiere salvar el planeta, pero nadie quiere ayudar a mamá a fregar los platos”; «a la mierda los derechos de la naturaleza. La naturaleza tendrá derechos tan pronto como tenga obligaciones».

Sacaba con frecuencia a pasear su desprecio por el Gobierno: “El misterio del Gobierno no es cómo funciona Washington, sino cómo detenerlo”. En Vacaciones en el Infierno, escribió: “Moscú ha cambiado. Estuve aquí en 1982, durante el crepúsculo de Brezhnev, y ahora las cosas están mejor. Por ejemplo, tienen basura. En 1982 no había nada que tirar basura”. Su objetivo a abatir solían ser los comunistas, los socialistas, y cualquiera que tratara de hacer un Estado más grande: “En China no hay forma de conseguir buena comida china para llevar a casa y en Cuba los habanos están racionados. Eso es todo lo que necesitas saber sobre el comunismo”. “Cuando las compras y las ventas están controladas por la legislación, lo primero que se compra y se vende son los legisladores”, es una de sus citas más repetidas en todo el mundo, y yo cada vez que la leo veo una inmensa caja de mascarillas.

La obra de O’Rourke está torpemente traducida al español y mayoritariamente descatalogada. Sin embargo, es fácil encontrar muchos artículos suyos en un montón de idiomas en internet. El primer libro que tuve de él es una gamberrada que en España se llamó Cómo tener la casa como un cerdo, y el último que he conseguido en español en una de esas librerías de segunda mano es la colección de artículos y crónicas Alucinaciones de un reptil americano; sus obras originales en inglés no solo están disponibles, sino que se reeditan constantemente, de algunos libros tengo hasta tres o cuatro ediciones diferentes.

A pesar de que su influjo no ha llegado a Europa con la fuerza de otros grandes pensadores del conservadurismo, quizá porque el humor siempre se cree estúpidamente un arte menor, O’Rourke sigue siendo un foco de luz para el pensamiento conservador de hoy, y tanto su obra como su sentido del humor están más vigentes que nunca. Aprender a reírse de lo propio para poder reírse de lo ajeno, es quizá el mejor legado del que un día fue el hombre más divertido de América.

Más ideas