El hombre que inventó un mesías

Nathan de Gaza y el dominio de la narrativa sobre la realidad visible

Los prósperos judíos de Ámsterdam y Amberes, de Hamburgo y Espira, vendían sus propiedades a cualquier precio. Comunidades enteras se estremecían ante la inminencia de una Edad de Oro. Las cartas cruzaban Europa y el Mediterráneo con noticias cada vez más febriles. Había llegado el momento. Y, en un solo instante, todo se vino abajo.

Fue en Constantinopla, en 1666. El hombre al que miles, quizá cientos de miles, de judíos de todo el mundo habían empezado a llamar Mesías comparecía ante el sultán. Durante meses había recorrido el Mediterráneo como una figura casi regia, proclamando la inminente redención de Israel. Ahora, en una sala cerrada, lejos de las multitudes que coreaban su nombre, se le ofrecía una elección sencilla: la muerte o la conversión. El “mesías” eligió el islam.

Durante mucho tiempo, desde finales del siglo XVII, hubo un nombre que las comunidades judías, especialmente las europeas, evitaron pronunciar, y aun hoy el personaje que lo llevó sigue sin ser un tema de conversación cómodo: Shabtai Tzvi, o Sabbatai Zvi. Su efecto sobre la psique colectiva judía llega hasta nuestros días.

De falsos mesías, sin embargo, el judaísmo había conocido unos cuantos. El fenómeno, por sí solo, no explica nada. La pregunta relevante es otra: por qué este se creyó como se creyó. Por qué la adhesión no fue local ni marginal, sino casi universal. Por qué se sumaron comerciantes acomodados y comunidades enteras, y por qué también lo hicieron rabinos formados en la Ley y la tradición, gente poco inclinada a arriesgados entusiasmos fáciles.

Se invoca su carisma, y algo hay en ello. Pero el carisma no explica la extensión ni la persistencia. Aquí había algo más, algo que permitía que cada objeción encontrara respuesta antes de hacer daño. Ahí empieza la verdadera historia, y no tiene como protagonista a Sabbatai Zvi, sino a Nathan de Gaza (en la imagen).

Cuando Zvi llega a Gaza en 1665, Nathan ya es una figura conocida en círculos místicos. Joven, brillante, con formación cabalística, afirma tener acceso a revelaciones y, sobre todo, demuestra una capacidad poco común para ordenar lo disperso. Es él quien proclama el mesianismo de Zvi y quien lo difunde a través de cartas que recorren las rutas comerciales y las academias rabínicas. 

A partir de ahí, lo decisivo deja de ser lo que hace Zvi y pasa a ser lo que Nathan dice que significa. 

El comportamiento de Sabbatai Zvi distaba mucho de encajar en el molde tradicional. Episodios de exaltación, decisiones erráticas, rupturas de normas religiosas básicas. En otro contexto, todo eso habría bastado para desacreditarlo. En manos de Nathan, se convierte en prueba. El antinomismo —la inclinación a vulnerar la ley— deja de ser un problema y pasa a ser señal. El mesías no confirma el orden; lo atraviesa. No se limita a cumplir la ley; la tensa hasta sus límites. Lo que desconcierta se presenta como indicio de una misión que no sigue los caminos habituales.

Ese giro descansa en un lenguaje preciso. Nathan toma categorías de la Cábala luriana —la idea de que la redención implica descender a las “chispas” atrapadas en la impureza— y las convierte en herramientas de uso inmediato. Hay una gramática que permite absorber lo imprevisto sin que el conjunto se resienta. Las objeciones encuentran su sitio antes de formularse. Cada gesto de Zvi encaja en un esquema que admite ajustes sin romperse. Es un proceso muy moderno: el dominio de la narrativa sobre la realidad visible.

Cuando llega la conversión en Constantinopla, ese talento alcanza el virtuosismo. La escena que debería cerrar el episodio se integra como un momento más de la historia. El paso al islam se interpreta como descenso deliberado a la impureza, una incursión necesaria para completar la redención. El hecho permanece; cambia su lectura, y con ella la posibilidad de seguir creyendo.

Algunos seguidores llevan la lógica hasta el extremo y siguen al “mesías” en su conversión externa, manteniendo en secreto su fe original. Nacen así los Dönmeh, comunidades de identidad doble a lo largo y ancho del Imperio Otomano que durante generaciones conservan ritos propios, matrimonios endogámicos y una teología que convierte la ruptura en cumplimiento. En ciudades como Salónica llegan a constituir un grupo social reconocible dentro del Imperio otomano, integrado en lo visible y separado en lo esencial; externamente musulmanes, internamente judíos devotos de Zvi. La creencia se hace clandestina.

En el siglo XVIII aparece Jakob Frank, que recoge el hilo y lo lleva más lejos. Si el descenso a la impureza forma parte del plan, entonces la transgresión puede convertirse en método. Sus seguidores acabarán en conversiones masivas al catolicismo en la Polonia de la época, manteniendo una interpretación propia en la sombra. La secuencia se repite con variaciones: promesa, crisis, reinterpretación, continuidad.

Paul Johnson, en su Historia de los judíos, apunta en la dirección correcta al subrayar que el verdadero impulso del movimiento no reside tanto en Zvi como en la estructura intelectual que lo sostiene. Sin Nathan, no habría habido fenómeno. La intuición es sencilla: un líder puede aparecer; alguien tiene que hacerlo creíble.

Las consecuencias fueron profundas. El golpe no fue solo la decepción, sino la conciencia de hasta qué punto comunidades enteras habían organizado su vida en torno a una expectativa mal fundada. A partir de ahí, se impone una cautela que marca generaciones. El mesianismo no desaparece, pero pierde centralidad operativa. Se vuelve menos urgente, menos político, menos disponible para convertirse en programa inmediato.

La reacción rabínica refuerza el estudio, la Ley y la vida comunitaria como ejes. La redención se desplaza a un horizonte más difuso, menos accesible a la manipulación inmediata. En algunos desarrollos, la figura del Mesías se despersonaliza o se diluye en una noción más colectiva: la continuidad del propio pueblo, su fidelidad a la Ley, su persistencia histórica. No es una negación, sino una forma de desactivar la prisa que hace posibles los errores.

Queda, sin embargo, algo que no pertenece solo a aquel siglo. Cuando una expectativa ha orientado decisiones, sacrificios y renuncias, admitir el error tiene un coste. El lenguaje ofrece entonces una salida: reordenar los hechos para que sigan encajando. El fracaso se convierte en fase, el retraso en estrategia, la contradicción en profundidad. Las promesas se desplazan, los objetivos se redefinen y siempre hay un plan que unos pocos parecen comprender mejor que los demás.

Ese mecanismo no depende de una doctrina concreta. Aparece allí donde la esperanza se vuelve necesidad. El líder aporta la figura; el intérprete, la coherencia; la comunidad, la disposición a aceptar esa coherencia incluso cuando la realidad empuja en sentido contrario.

Lo inquietante no es que existan líderes carismáticos. Eso ha ocurrido siempre. Lo inquietante es la facilidad con la que se construyen marcos en los que el error deja de ser visible. Cuando eso ocurre, la corrección se vuelve difícil, el coste se acumula y la distancia con la realidad crece. Siempre van a surgir falsos mesías; el problema es cuando un Nathan de Gaza es capaz de neutralizar su fracaso.

Quince años en el diario líder de información económica EXPANSIÓN, entonces del Grupo Recoletos, los tres últimos años como responsable de Servicios Interactivos en la página web del medio. Luego en Intereconomía, donde fundó el semanario católico ALBA, escribió opinión en ÉPOCA, donde cubrió también la sección de Internacional, de la que fue responsable cuando nació (como diario generalista) LA GACETA. Desde hace unos años se desempeña como freelance, colaborando para distintos medios.

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